Capítulo 24
La perla
E l coche se detuvo con un leve crujido, como si también él necesitara descansar después de aquella hora y media de trayecto. Apagué el motor y, durante unos segundos me quedé inmóvil, con las manos aún aferradas al volante, sintiendo el eco del viaje vibrándome en los huesos.
Hablar con Maddie me había ayudado. No lo suficiente como para silenciarlo todo, pero sí lo justo para que el ruido dentro de mi cabeza dejara de ser un grito constante y pasara a convertirse en un murmullo soportable.
Habíamos hablado de cualquier cosa: de turnos en el hospital, de pacientes imposibles, incluso de series absurdas que ninguna de las dos seguía realmente.
Me había contado que acabó la carrera hace unos años, pero que por el estrés del post grado empezó a beber.
Ahora que estaba limpia no sabía a qué dedicarse.
Le daba miedo la estabilidad porque no la había tenido nunca.
Hablamos de todo. De todo, menos de lo que importaba.
Bajé del coche.
El frío me golpeó cortante, como si alguien me hubiera abierto en canal de un solo gesto.
El aire olía a humedad, era limpio, casi demasiado puro, y por un instante sentí que no lo merecía.
Me abracé a mí misma mientras observaba el terreno: una extensión de tierra dura, llena de árboles, salpicada de piedras, y al fondo, elevándose imponente, la montaña.
—Hace más frío del que esperaba —murmuré, aunque en realidad lo que quería decir era otra cosa. Mi cuerpo susurraba a gritos que no debía estar aquí. Pero mucho menos en mi casa.
A este paso iba a empezar a vivir en mi coche.
Maddie salió por su lado, cerrando la puerta con un golpe firme. No parecía afectarle. O quizá sí, pero lo disimulaba mejor que yo.
—Es parte de esto —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta—. De hecho, por eso lo hacemos en invierno.
La miré de reojo.
—¿Para sufrir?
Soltó una pequeña risa, pero no era burlona. Era paciente.
—Para sentir —corrigió—. El frío te obliga a estar aquí. En el ahora. No puedes pensar en meterte una raya cuando apenas sientes los dedos.
Bajé la vista hacia mis manos, que ya empezaban a entumecerse.
—Muchas veces —continuó— este viaje no va de compañerismo ni amistad. Va de aguantar. De demostrarte que puedes pasar por algo incómodo sin huir. Para mucha gente del grupo… es más fortaleza mental que otra cosa.
Tragué saliva. El viento sopló con más fuerza, levantando mechones de mi pelo y clavándose en mi piel como agujas finas. Y, por primera vez en todo el día, mi cabeza se quedó en blanco.
Ni recuerdos. Ni impulsos. Ni necesidad.
Solo el frío. Avancé unos metros más y levanté la vista.
La montaña era un cuerpo vivo, quieto y antiguo, cubierto por una capa de nieve que se acumulaba en las copas de los árboles como si alguien las hubiera espolvoreado con una paciencia religiosa.
Los pinos se alzaban altos, oscuros en sus troncos, blancos en sus extremos, cargando el peso del invierno sin quejarse.
Algunos se inclinaban levemente, vencidos por la nieve, ellos también estaban pasando algún tipo de penitencia.
Había piedras por todas partes. Grandes, irregulares, dispersas sin orden aparente, medio enterradas en la tierra helada.
Algunas asomaban cubiertas de escarcha, otras parecían húmedas, parecían respirar bajo la piel del frío.
Me dieron la sensación de estar caminando sobre algo más que suelo.
Como si debajo hubiera huesos. La niebla se movía despacio, baja, enredándose entre los troncos y desdibujando los límites del paisaje.
No era densa, pero sí lo suficiente como para que todo pareciera más lejano de lo que realmente estaba. Más inaccesible. Más… secreto.
Seguí caminando junto a Maddie, sorteando piedras y raíces medio ocultas bajo la nieve, hasta que las siluetas empezaron a tomar forma entre la niebla.
Al principio fueron solo sombras. Manchas oscuras que se movían despacio, agrupadas.
Luego, poco a poco, aparecieron figuras.
Un grupo de personas dispersas, envueltas en abrigos gruesos, bufandas hasta la nariz, manos escondidas o frotándose entre sí.
Reconocí a un par de caras del grupo. No sabía sus nombres, pero sí sus gestos: la forma de no sostener la mirada demasiado tiempo, de encogerse ligeramente sobre sí mismos, de parecer siempre a medio paso de irse.
Eran personas demasiado acostumbradas al caos como para pretender huir de él.
A veces pensaba que el mundo era más bello cuando lo ves con unos ojos que han llorado mucho.
Maddie levantó la mano.
—Eh —saludó, como si estuviéramos entrando en un bar y no en medio de una montaña helada.
Entonces vi a Sara, que estaba de pie cerca del grupo, sin destacar demasiado, pero siendo, claramente, el punto al que todo volvía.
Abrigo oscuro, pelo recogido, postura tranquila.
Tenía las manos metidas en los bolsillos y los hombros ligeramente encogidos, como cualquiera de nosotros.
Cuando nos acercamos, dio un par de palmadas suaves, más para reunir atención que para imponerla.
—Vale… —dijo, mirando alrededor—. Ya estamos casi todos.
Su tono no era solemne. Era práctico. Cercano.
—Gracias por venir —añadió—. Sé que levantarse, meterse hora y pico de coche y acabar aquí congelándose tampoco era el plan ideal para un día libre.
Alguno soltó una risa breve. Yo misma noté cómo se me aflojaban un poco los hombros.
—Pero bueno —continuó, encogiéndose ligeramente—, esto tiene su sentido. El frío ayuda más de lo que parece. Te obliga a espabilar, a estar presente… y, sobre todo, a no pensar demasiado en otras cosas.
Miró a uno de los chicos, que estaba frotándose las manos sin parar.
—En resumen: incomoda, y la vida está para vivir cosas incómodas.
Hubo algún asentimiento, más natural esta vez.
—La idea es sencilla —dijo—. Vamos a pasar aquí el fin de semana. Acampar, convivir un poco… hacer grupo. Habrá paseos, algunas dinámicas, charlas… y también ratos sin hacer nada, que a veces es lo que más cuesta.
Metió de nuevo las manos en los bolsillos.
Yo, inconscientemente, hice lo mismo.
—¿Sí? ¿Todos bien?
Nadie dijo nada. Pero nadie se fue.
Sara asintió, como si eso ya fuera suficiente.
—Pues venga. Vamos a movernos antes de que nos quedemos aquí tiesos del todo. Coged vuestras cosas y volved a este punto. Estableceremos campamento cuando estéis listos.
El grupo empezó a reorganizarse poco a poco.
Yo me quedé un segundo quieta, observando todo.
No había nada espectacular. Ni discursos intensos. Ni grandes promesas. Solo gente intentando no caer en su propia tentación.
¿Sería yo capaz de no caer en la mía?
Intentaba sanar mientras pasaba por mi pérdida, aprendiendo a perdonar, olvidar, amar y ser amada.
Definitivamente era demasiado para un solo corazón.
—Venga —dijo Maddie a mi lado, dándome un leve toque en el brazo—. Vamos a por las mochilas antes de que alguien nos quite el sitio.
Asentí, agradeciendo tener algo concreto que hacer. El camino de vuelta al coche se me hizo distinto. Más corto. O quizá era que mi cabeza ya no estaba tan llena. El frío seguía ahí, clavándose igual, pero ahora tenía algo de lo que agarrarme.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Maddie mientras caminábamos, metiendo las manos dentro de las mangas para calentárselas.
—Raro —contesté sin pensarlo demasiado—. Pero… no está mal.
—Sí —sonrió ligeramente—. Suele ser así.
Hubo un pequeño silencio, roto solo por el crujido de la nieve bajo nuestros pies.
—Oye —añadió de pronto—, luego, cuando dejemos todo montado… si te apetece, puedo enseñarte un sitio bastante chulo que hay por aquí cerca.
La miré de reojo.
—¿Ah, sí? ¿Y eso qué es, un secreto o algo?
—Un poco —respondió, encogiéndose de hombros—. Nada dramático. Pero merece la pena.
—¿Cuántas veces has venido?
—Con este año… tres —dijo, pensándolo un segundo—. La primera fue un desastre. La segunda… un poco menos. Y esta… bueno, ya veremos.
—¿Y siempre acabas volviendo?
Maddie soltó una pequeña risa por la nariz.
—¿Sabes cuántas veces puede la misma cosa romperte el corazón, Leah?
Miré a Maddie confundida. Esta chica a veces soltaba frases así al azar. Cuando se dio cuenta de que no tenía respuesta, habló:
—Tantas como la sigas amando.
Llegamos al coche.
—¿Y ese sitio? —pregunté mientras cerraba de un golpe—. ¿Es muy lejos?
Maddie negó con la cabeza.
—Nada. Un paseo corto. Pero mejor te lo enseño luego.
Me sostuvo la mirada un segundo.
—Te va a gustar.
No supe por qué, pero no dudé.
—Vale.
Rodeamos el coche hasta el maletero. Maddie pulsó el botón y el portón se abrió con un chasquido seco, dejando escapar una bocanada de aire aún más frío.
Dentro estaba todo amontonado: mochilas, bolsas, una nevera pequeña, mantas.
Me incliné para coger lo mío y, en cuanto aparté un par de cosas, apareció la almohada.
La saqué sin darle demasiada importancia, pero noté la mirada de Maddie clavarse en mí.
—No me lo puedo creer —dijo, alargando la frase con una sonrisa—. ¿Te has traído una almohada?
—Claro —respondí, como si fuera lo más normal del mundo, ajustándola bajo el brazo.
—Leah… —negó con la cabeza, soltando una pequeña risa—. Que hay almohadas para todos, eh. No estamos en la selva.
—Ya lo sé —contesté, encogiéndome de hombros mientras terminaba de sacar la mochila—. Pero con las almohadas soy especialita.
Cerré el maletero con un golpe suave.
—Solo duermo bien con la mía.
Maddie soltó una risa más abierta esta vez, de esas que salen sin pensar.
—Vale, vale. Lo respeto.
—Pensaba que una alcohólica no respetaba nada.
Nos miramos un segundo. Y nos reímos.
Ajusté la mochila sobre mi hombro y di un par de pasos, todavía con la risa de antes deshaciéndose poco a poco, cuando noté la vibración.
Me detuve. Otra vez. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué el móvil. Número desconocido. La pantalla iluminó mis dedos entumecidos, demasiado blancos por el frío. Dudé un segundo antes de contestar.
—¿Sí?
—Leah, ¿verdad? Soy el exterminador.
Su voz llegó con interferencias.
—Sí —respondí—. Dime.
—Te llamaba por la factura. Te la pasaré luego, pero he tenido que añadir un extra por las estancias adicionales.
Las palabras se quedaron suspendidas un instante.
—¿Qué estancias adicionales? —pregunté confundida.
Un pequeño silencio.
—Las de tu casa —dijo al fin—. La construcción donde vive tu marido.
Algo se desplazó dentro de mí. Un hormigueo me recorrió la espalda de golpe, como si algo frío se deslizara bajo la piel, lento, consciente.
Se me tensaron los hombros, la respiración se me quedó a medio camino y un sudor helado empezó a abrirse paso por la nuca, pegándose al cuello pese al frío que hacía fuera.
—No —dije, casi sin voz—. Tú solo limpiaste el piso de abajo.
—Sí, pero también revisé el resto. Había actividad. No podía dejarlo así, así que lo revisé y lo dejé…
La señal empezó a quebrarse, a deshacerse entre estática.
—Espera —insistí, apretando el móvil contra la oreja—. ¿Qué estancias? ¿Qué… estás diciendo?
—Donde
—vive
—tu
—ma
Corte.
Silencio.
Sin cobertura.
El viento pasó entre los árboles, arrastrando la niebla en un movimiento lento, casi deliberado, como si el paisaje respirara.
Me quedé inmóvil. No había duda en su voz, ni vacilación, ni ese matiz torpe de quien se confunde y rectifica a mitad de frase.
No.
Había hablado con la naturalidad de quien describe una habitación, una puerta, un lugar al que ha entrado sin pedir permiso. Como si lo hubiera visto. Como si lo conociera.
Mi alma estaba muriendo.
Ahora sabía que había sido enterrada en esa casa.