Capítulo 23
La perla
E l timbre sonó cuando estaba sentada, terminando de desayunar, con la mirada perdida en un punto que no estaba realmente mirando. El sonido me sacó de golpe de ese estado espeso en el que llevaba un rato. Desde que no tenía trabajo no sabía muy bien qué hacer con tanto tiempo.
Tardé un segundo en reaccionar hasta que, por fin, me levanté y caminé hacia la puerta, notando cómo la tensión se me instalaba en los hombros sin saber muy bien por qué.
Mientras avanzaba por el pasillo, mis ojos recorrieron el suelo casi de forma automática, anticipando un movimiento que no llegó a producirse.
Nada.
No había nada.
Abrí.
Un hombre de unos cuarenta y tantos, uniforme de trabajo, botas gastadas y una pequeña caja de herramientas en la mano me devolvió la mirada desde el otro lado. Tenía una expresión neutra.
—Buenos días —dijo—. Control de plagas.
Asentí, apartándome para dejarle pasar.
—Sí… gracias por venir.
Entró con naturalidad, como si cruzar puertas ajenas formara parte de una rutina que ya no le exigía pensar, y echó un vistazo rápido alrededor antes de cerrar la puerta tras de sí.
Sus ojos se movían de forma constante, midiendo el espacio, deteniéndose en detalles que a mí me pasaban desapercibidos.
—Voy a necesitar revisar la vivienda —comentó, dejando la caja en el suelo mientras se ajustaba los guantes—. Y, por precaución, me gustaría subir también al piso de arriba.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Arriba?
—Sí —respondió, con tono tranquilo—. Aunque el foco parezca venir de abajo, a veces se desplazan por estructuras, tuberías… Prefiero descartar.
Asentí.
—Vale.
Se dirigió hacia las escaleras sin esperar más, y yo fui detrás, sintiendo cómo esa incomodidad volvía a instalarse poco a poco en el estómago.
A mitad del primer tramo se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Esta propiedad es antigua?
La pregunta fue directa.
—Sí —respondí sin dudar—. De hace varias generaciones.
Me miró un segundo más, como si necesitara confirmar algo más allá de la respuesta.
Luego asintió.
—De acuerdo.
Siguió subiendo.
El sonido de sus botas contra los escalones rompía el silencio de la casa con un ritmo constante, casi incómodo, y por alguna razón no pude evitar pensar que ese sonido no era tan ajeno como debería haber sido.
Sacudí la idea antes de que tomara forma.
Arriba, el pasillo estaba en penumbra.
La luz entraba débil desde el fondo, dibujando sombras suaves en las paredes, en las puertas cerradas, en los rincones que nunca me habían parecido relevantes.
Él avanzó despacio, agachado, observando con atención, deteniéndose en los rodapiés, en las juntas, en pequeños detalles que yo no habría sabido interpretar.
Yo me quedé unos pasos atrás. Mirándole. Esperando. Se incorporó despacio, limpiándose las manos en el pantalón, y esta vez sí se giró hacia mí con una expresión más clara.
—Vale —dijo—. Efectivamente, el foco está en el piso de abajo.
Noté cómo algo dentro de mí se relajaba apenas un poco.
—¿Entonces…?
—Entonces voy a tener que tratar esa zona —continuó, señalando hacia las escaleras—. Voy a usar varios productos, algunos bastante fuertes, y necesito trabajar sin que se dispersen por el resto de la casa.
Asentí, intentando seguirle.
—Por eso prefiero que se quede en el piso de arriba mientras termino —añadió con naturalidad—. Es una medida de seguridad. Sobre todo por la inhalación y el contacto.
Esta vez sí tenía sentido.
—Vale, claro.
—No tardaré demasiado —dijo, cerrando la caja de herramientas—. Cuando termine, le aviso para que pueda bajar sin problema.
Pasó a mi lado y empezó a bajar las escaleras con paso firme, sin prisa pero sin pausa, como alguien que simplemente está haciendo su trabajo. El sonido de sus botas fue apagándose poco a poco hasta desaparecer.
Me quedé en el pasillo de arriba, sola, con los brazos ligeramente tensos a los lados del cuerpo, como si no supiera muy bien qué hacer conmigo misma ahora que no tenía que seguirle ni responder a nada.
El aire parecía más denso.
O quizá era yo.
Abajo se escuchó un golpe seguido de un ruido más arrastrado, metálico, que encajaba demasiado bien con la idea de alguien moviendo herramientas para trabajar… pero igualmente me alarmó.
No podía estar reaccionando así por todo.
No todo tenía que significar algo.
Tenía cosas que hacer, y aferrarme a ellas era, en ese momento, casi una forma de no pensar demasiado.
El viaje.
Lo había dejado en un segundo plano, como si no fuera importante, pero en cuanto entré en la habitación y vi el macuto abierto sobre la cama, tal y como lo había dejado antes, a medio preparar, con la ropa doblada sin demasiado orden y varios huecos evidentes aún por llenar, algo dentro de mí se recolocó ligeramente.
Me acerqué despacio y apoyé las manos a ambos lados de la cama, inclinándome lo justo para revisar lo que ya había metido.
Pantalones cómodos, varias sudaderas, camisetas amplias.
Todo elegido sin pensar demasiado en cómo se vería, sino en cómo se sentiría.
No era un viaje para impresionar a nadie ni para construir una imagen.
La adicción. Mis pastillas blancas.
La paz que la droga me daba.
La idea se coló sin pedir permiso, y con ella la imagen de Maddie.
No pude evitar esbozar una leve mueca, casi imperceptible, al pensar en ella.
En lo fácil que había sido hablar desde el primer día, en esa forma suya de escuchar sin juzgar, de reírse en los momentos exactos, de hacer que todo pareciera un poco menos pesado de lo que realmente era.
No sabía muy bien en qué momento había empezado a sentirme cómoda a su lado, pero había ocurrido, y eso, dentro de todo lo demás, era casi inesperado.
Quizá por eso el viaje no me resultaba del todo insoportable. Quizá por eso, en el fondo, quería ir.
Abrí uno de los cajones y saqué un par de prendas más, deteniéndome un instante a pensar en el frío, en el tipo de lugar al que íbamos, en el campo abierto, en las montañas, en cómo las temperaturas caían sin previo aviso en cuanto anochecía.
Añadí otra sudadera, más gruesa, y una chaqueta que sabía perfectamente que no era bonita, pero sí lo suficientemente útil como para no cuestionarla demasiado.
Desde abajo llegó otro ruido, más apagado esta vez, más integrado en el fondo de la casa.
Ni siquiera levanté la cabeza.
Cerré una de las cremalleras a medias y, casi de inmediato, volví a abrirla, comprobando por segunda vez, por tercera quizá, que no se me olvidaba nada importante.
Todo parecía correcto.
Todo… en su sitio.
Lo cerré.
Luego me incorporé despacio, y sin darme cuenta giré la cabeza hacia la puerta de la habitación.
El pasillo seguía en silencio y los ruidos habían cesado.
—¡Ya puede bajar! —la voz del hombre llegó desde el piso de abajo rompiendo el silencio que se había instalado arriba como una capa de nieve.
Cogí el macuto de la cama y me lo colgué a la espalda, ajustando una de las asas con un gesto automático antes de salir de la habitación.
Al cruzar el pasillo, noté de nuevo esa sensación extraña, leve pero persistente, como si algo hubiera cambiado mientras yo estaba ocupada en otra cosa, aunque no sabría decir exactamente qué.
Bajé las escaleras. Él estaba en la entrada, con la caja de herramientas ya cerrada esperando a que yo apareciera.
—Ya está todo —dijo en cuanto me vio—. La casa está libre de ratas.
Asentí, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias…
—Le mandaré la factura y todo lo relacionado con el pago por teléfono más adelante —añadió, con ese tono profesional que no dejaba espacio a nada más—. No se preocupe por eso ahora.
—Vale, perfecto.
Estaba a punto de responder algo más, de cerrar la conversación de forma normal, cuando, sin saber muy bien por qué, desvié la mirada hacia la cocina. Me fijé en el desayuno que no había terminado.
Fue un gesto mínimo.
Instintivo.
Había algo.
No supe decir el qué exactamente, pero algo no encajaba.
—Ah, sí —añadió él de pronto, casi adelantándose a cualquier cosa que yo pudiera decir—. Yo también tengo esa costumbre.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué costumbre?
—La de acabarme la comida de mi mujer cuando sobra —respondió con naturalidad, como si estuviéramos hablando de algo completamente cotidiano.
Lo miré, confundida.
—No… no entiendo.
—Ha aparecido por aquí su marido mientras estaba trabajando —continuó, encogiéndose ligeramente de hombros.
El silencio que siguió fue terrorífico.
—¿Qué? —la palabra salió casi sola, más seca de lo que pretendía.
—Sí, estaba ahí en la cocina —añadió, señalando vagamente hacia dentro—. Ha sido un momento, tampoco…
—Yo no estoy casada —le corté.
Mi voz sonó más firme de lo esperado.
Él se quedó callado.
Por primera vez desde que había entrado en la casa, su expresión cambió, apenas un matiz, pero suficiente como para notarlo.
—Pero… —empezó, como si fuera a reformular lo que acababa de decir.
El timbre sonó. Agudo y repentino, cortando la escena de raíz. Me giré casi de inmediato, agradeciendo el corte más de lo que quería admitir, y caminé hacia la puerta sin mirar atrás. Al abrir, me encontré con Maddie al otro lado, con una mochila colgada de un hombro.
—¿Lista? —dijo, sonriendo.
Asentí.
—Sí.
Y, por un momento, mientras salía de casa con el hombre a mis espaldas y cerraba la puerta detrás de mí, decidí no volver la vista hacia la cocina. Ni a la casa. Ni a mi vida.