Capítulo 22
La perla
C uando me despertó la alarma de siempre, a la hora de siempre, noté todo mi cuerpo entumecido. Estaba tumbada boca abajo sobre mi cama completamente desnuda.
Al destaparme con la sábana que me cubría, no pude reprimir una mueca de dolor. El tejido se había pegado a mi culo gracias a alguna especie de líquido.
Tras ponerme de pie, corrí al baño. Me puse de espaldas delante del espejo, posando de maneras bastante ortopédicas intentando entender lo que tenía encima.
Moratones, restos de sangre seca y un líquido blanquecino reseco pegado a mis cachetes y parte de mis muslos.
Era asqueroso y no sabía de dónde había salido.
No recordaba nada.
Ni una imagen suelta, ni una sensación, ni siquiera el rastro borroso de un sueño al que aferrarme. Solo ese cuerpo que no sentía como mío. Pesado. Usado. Como si alguien lo hubiera habitado durante la noche sin pedirme permiso.
Tragué saliva.
Me incliné un poco más hacia el espejo, forzando la postura hasta que la incomodidad me hizo temblar las piernas. Los moratones no eran pequeños. No eran accidentales. Dibujaban formas irregulares, dispersas, como si hubieran aparecido a lo largo de horas… no de un golpe.
Pasé los dedos por uno de ellos.
Dolía.
Fue un dolor real y profundo.
—¿Qué coño…? —susurré.
Abrí el grifo sin apartar la mirada de mi reflejo. El agua empezó a correr mientras mi cabeza intentaba reconstruir algo que no existía. Ayer. La sesión de apoyo. Volví a casa.
Todo encajaba… hasta que dejaba de hacerlo.
Porque había un vacío.
Uno enorme.
Me metí en la ducha casi por inercia, intentando que el agua pudiera borrar algo más que la suciedad. Cerré los ojos cuando empezó a caer sobre mi espalda.
Froté mi piel con más fuerza de la necesaria.
Una vez. Otra. Otra más.
Hasta que escoció.
Hasta que el rojo sustituyó a los restos que no entendía.
Pero no se iba.
Nada de eso se iba.
Apoyé la frente contra la pared de azulejos, respirando hondo, intentando ordenar las ideas. Había algo más. Algo que no era físico. Una sensación.
Como si alguien me hubiera robado la libertad.
Abrí los ojos de golpe.
El vapor ya había empezado a empañar el baño. Difuminaba los contornos y distorsionaba el espacio. Y, durante un segundo… juraría que no era la única figura reflejada en el espejo.
Me giré.
No había nadie.
Solo yo.
Siempre solo yo.
Pero mi cuerpo no parecía estar de acuerdo.
Salí de la ducha.
El aire frío me golpeó la piel y me arrancó un leve temblor. Cogí la toalla y me envolví con torpeza, secándome sin cuidado, frotando más de la cuenta en las zonas que dolían. Evitaba mirarme. Evitaba el espejo.
No quería confirmar nada más.
Abrí la puerta del baño.
Entonces vi un movimiento rápido. Bajo. Pegado al suelo.
—¡Joder! —el grito me salió solo.
Di un salto hacia atrás, chocando contra el marco de la puerta. El corazón me golpeaba con fuerza en el pecho mientras mis ojos intentaban seguir aquella sombra que ya no estaba donde había estado hacía un segundo.
La vi desaparecer por el pasillo.
Una rata pequeña y gris.
Avancé despacio por el pasillo, con cuidado de no hacer ruido, temerosa de que el suelo pudiera delatarme. Mis pasos eran cortos, tensos y ridículos, probablemente. Pero algo dentro de mí me pedía que no bajara la guardia.
Llegué al final del pasillo y me detuve.
La puerta de casa estaba entreabierta.
Mi pulso volvió a acelerarse.
Entonces escuché un pequeño golpe dentro de casa. Como si algo, o alguien, hubiera chocado contra un mueble.
Se me heló la sangre.
—¿Hola? —mi voz sonó más baja de lo que esperaba, casi rota.
Nadie respondió.
Me quedé unos segundos más en el mismo sitio, con el cuerpo en tensión y la mirada clavada en la puerta, esperando que ese ruido se repitiera, que algo volviera a moverse y me diera una explicación clara, algo tangible a lo que poder aferrarme.
Pero no pasó nada.
Tragué saliva y me pasé una mano por la cara, notando la piel aún húmeda, fría, ligeramente temblorosa.
—Vale… —murmuré para mí, obligándome a respirar más despacio—. Vale, Leah. Piensa.
Ratas.
Eso era lo único que encajaba sin volverse completamente absurdo. Una rata en el pasillo. Ruidos dentro de casa. Algo que se movía rápido, que se escondía, que chocaba con cosas. No era nada sobrenatural, no era… otra cosa. Era algo sucio, sí, pero lógico. Terrenal.
Y, sobre todo, solucionable.
Me aferré a esa idea con más fuerza de la que me habría gustado admitir.
Di media vuelta cerrando la puerta del todo y caminé hacia la habitación con pasos todavía tensos, como si en cualquier momento algo pudiera volver a cruzarse delante de mí. Al llegar, cogí el móvil de la mesilla y lo desbloqueé con un gesto automático. Abrí el navegador.
“Exterminador ratas”.
Los resultados aparecieron enseguida. Empresas con nombres serios, números de contacto visibles, promesas de eficacia inmediata.
Elegí el primero, no quise pensar demasiado. Marqué el número y acerqué el teléfono a la oreja mientras empezaba a caminar de nuevo hacia la puerta, incapaz de quedarme quieta en un solo sitio.
El tono sonó dos veces antes de que contestaran.
—Control de plagas, buenos días.
—Sí… hola —dije, aclarándome la garganta—. Creo que tengo ratas en casa.
Hubo un pequeño silencio al otro lado, seguido del sonido de unas teclas.
—De acuerdo. ¿Ha visto alguna o solo ha oído ruidos?
Miré hacia el pasillo sin darme cuenta, pensando que podía volver a aparecer en cualquier momento.
—He visto una. Esta mañana. Y… también he oído cosas.
—Entiendo. Podemos pasar a revisarlo. ¿Le vendría bien mañana por la mañana?
—Sí, por favor —respondí demasiado rápido—. Sí, cuanto antes mejor.
—Perfecto. Le doy cita a las diez. Hacemos una inspección, localizamos el foco y actuamos en función de lo que encontremos.
Asentí, aunque sabía que no podía verme.
—Vale.
—¿Me indica la dirección?
Se la di de memoria, con la mente aún a medio camino entre la conversación y esa sensación incómoda que no terminaba de desaparecer.
—De acuerdo, queda agendado. Mañana a las diez estaremos allí.
—Gracias.
Colgué.
El móvil se quedó unos segundos en mi mano, con la pantalla encendida reflejando mi cara de una forma que no me gustó en absoluto. Había algo en mi expresión… algo demasiado alerta, demasiado tenso, como si mi cuerpo siguiera reaccionando a algo que mi cabeza aún no terminaba de procesar.
Lo dejé sobre la cama.
Mañana vendrían, revisarían la casa y encontrarían el problema. Lo eliminarían.
Así de simple, así debería ser.
Sin embargo, cuando volví a girarme hacia el pasillo, la sensación regresó con la misma facilidad con la que había intentado apartarla.
La puerta ya estaba cerrada.
Y aunque no había vuelto a escuchar ningún ruido, ni ver ningún movimiento, no pude evitar quedarme unos segundos más mirando hacia ese espacio oscuro, con la incómoda certeza de que algo, al otro lado, no necesitaba hacer ruido para estar ahí.
Pobre Leah.
El móvil seguía en mi mano. No lo había soltado del todo. Había otra llamada pendiente, una que llevaba días evitando con excusas cada vez más pobres.
Tragué saliva.
Mi pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla unos segundos, dudando, repasando mentalmente todas las veces que había pensado en hacerlo y todas las veces que había decidido dejarlo para mañana. Para cuando estuviera mejor. Para cuando tuviera algo que demostrar.
Para cuando no sonara a súplica.
Abrí la agenda.
Su nombre seguía ahí.
Pulsé.
El tono empezó a sonar y, en cuanto lo hizo, sentí el impulso inmediato de colgar. De cortar antes de que contestara, antes de tener que sostener una conversación que no sabía cómo manejar.
—¿Sí?
Su voz sonó seria y directa. La misma que usó para despedirme. Me quedé en silencio un segundo más de lo debido.
—Hola… soy Leah.
Otra pausa. Más breve esta vez.
—Lo sé.
No había calidez en su tono, pero tampoco rechazo abierto.
—Perdona que te llame así, sin avisar… —empecé, notando cómo se me secaba la boca—. Solo… quería decirte que… he empezado a ir al grupo de apoyo.
Silencio.
Podía imaginarla perfectamente al otro lado, escuchando sin interrumpir, evaluando cada palabra.
—Llevo ya unas cuantas sesiones —continué, obligándome a no detenerme—. Y… me está yendo bien. Creo. Estoy… siendo consciente de cosas que antes no veía.
No sabía si eso sonaba convincente. Ni siquiera sabía si lo era del todo.
—Me alegro, Leah —respondió ella al cabo de unos segundos.
Su voz seguía igual de contenida. Correcta pero distante.
Apreté los labios.
—Quería que lo supieras —añadí, aunque en realidad no era solo eso—. Y… también quería preguntarte si… —la frase se me atascó en la garganta, pero la forcé a salir— si habría alguna posibilidad de volver al trabajo.
Esta vez el silencio fue distinto.
Más pesado.
—Leah… —empezó, y solo con la forma en la que dijo mi nombre supe la respuesta antes de escucharla—. Que estés asistiendo al grupo es un buen primer paso, pero no cambia lo que pasó.
Miré al suelo, sintiendo cómo algo se tensaba dentro de mí.
—Lo sé, pero yo…
—No es solo una cuestión de intención —me interrumpió, sin elevar la voz—. Es una cuestión de responsabilidad. De confianza. Y ahora mismo esa confianza no existe.
Tragué saliva.
—Podría recuperarla…
—Robaste al hospital y venías al trabajo drogada.
La claridad de sus palabras fue casi acusatoria.
—Me dolía la cabeza.
—Necesitas tiempo. Estabilidad. Un proceso real. No dos sesiones.
Me apoyé contra la pared, notando el frío atravesar la toalla.
—Entiendo…
Pero no lo entendía del todo. O no quería hacerlo.
—Sigue yendo al grupo de apoyo —añadió ella, algo más suave—. Haz las cosas bien. Por ti, no por recuperar el trabajo.
Asentí, otra vez para nadie.
—Vale.
—Cuídate, Leah.
La llamada terminó. Me quedé unos segundos con el teléfono aún en la oreja, como si mi cuerpo no hubiera recibido la orden de moverse. Luego lo aparté despacio y dejé caer la mano a un lado.
La casa volvió a quedarse en silencio. Demasiado silencio. Y, por alguna razón, la negativa no fue lo que más me pesó. Fue la certeza de que, hiciera lo que hiciera, había algo en mí que no se arreglaba tan fácilmente.
Algo que no desaparecía con dos sesiones. Algo que seguía ahí.
Esperando.
Me di cuenta de que no sabía amar algo sin convertirlo en una especie de violencia contra mí misma.
Abrí el armario sin pensar demasiado y me quedé unos segundos mirando la ropa colgada, sin verla realmente. Elegí lo primero que encontré: unos vaqueros, una camiseta cualquiera, con el pensamiento de que vestirme de manera informal pudiera ayudar a que el día también pasara sin hacer ruido.
Hoy tenía otra sesión con el grupo. La idea apareció con una mezcla extraña de alivio y rechazo.
No me apetecía hablar, pero sí escuchar.
Aunque no a mí misma, no quería ordenar pensamientos que aún no terminaba de comprender.
Pero, al mismo tiempo, era lo único que parecía tener un mínimo de sentido en medio de todo lo demás.
Suspiré. Tenía que ir.
Salí de la habitación ya vestida y bajé a la cocina con pasos más rápidos de lo que mi cuerpo pedía, como si quedarme quieta fuera peor que cualquier otra cosa. Al llegar, me apoyé un segundo en la encimera, mirando el espacio esperando que algo hubiera cambiado desde hacía unos minutos.
No tenía ganas de cocinar. Abrí la nevera y cogí un yogur de arándanos casi por inercia.
Eran mis favoritos, siempre tenía en casa.
Lo abrí, removí con la cucharilla y me llevé una primera cucharada a la boca sin prestar demasiada atención al sabor.
Era solo algo que hacer. Algo que llenara ese vacío momentáneo.
Había llegado a la mitad cuando me di cuenta de que llegaba tarde.
—Mierda… —murmuré, apartándome de golpe de la mesa.
Subí a la habitación casi corriendo, notando cómo el pulso volvía a acelerarse por una razón distinta esta vez. Cogí el bolso, rebusqué dentro para asegurarme de que llevaba lo necesario sin comprobar realmente nada, y agarré el abrigo del respaldo de la silla con un gesto rápido.
Volví a bajar.
El yogur seguía sobre la mesa. Lo cogí y lo tiré vacío a la basura. Metí mano en mis vaqueros y saqué dos pastillas. Las miré un instante antes de llevármelas a la boca, acompañándolas con un trago rápido de agua directamente del grifo.
Lo sabía. Era consciente. Seguía consumiendo. Pero la conciencia no siempre era suficiente para detener el gesto.
Cerré el grifo, me limpié la boca con el dorso de la mano y luego salí sin mirar atrás.