Capítulo 21
El Dios
L a forma en la que su piel se ruborizaba bajo mi tacto me enfermaba. Me intoxicaba. Yo amaba desde lo roto, desde lo que daba asco. Por eso me atraía lo grotesco. Porque si yo podía ver belleza en algo que se estaba pudriendo quizás mi perla la podría ver en mí.
Tuve que desnudarla cuando se desmayó. Dejé toda su ropa en un montón en la entrada del oscuro pasillo.
Tenía los ojos medio abiertos. La sumisión química de este calibre no la dejaba completamente inconsciente sino más bien en un sueño profundo.
El color blanco de sus ojos brilló como brilla un órgano vivo recién arrancado.
El temblor de su respiración me lo dejó claro: a mi pequeña perla le gustaba ser sometida. Dominada. Acorralada.
Quería volverla tan loca como yo lo estaba.
Que mi ausencia la hiciera enloquecer todavía más que mi presencia.
Todavía no había probado toda la oscuridad que se agitaba dentro de ella, prometo hacerme un batido de ella después.
La polla me llevaba doliendo todos estos días. Sintiéndola incluso cuando ella no estaba. Oliendo mis manos después de haberla tocado unos minutos. La piel de Leah siempre olía a vainilla. No podía quitármelo de la cabeza, y mi entrepierna tampoco.
Apreté los dientes cuando la cogí en brazos y la dejé como un cuerpo muerto encima del islote de la cocina.
Mi perla estaba pasando por una batalla mental, seguro.
Inclinaba la cabeza hacia atrás con los brazos por encima de su cabeza mientras le pasaba los dedos por su pelo.
Mi mirada continuó recorriendo su vientre plano, siguiendo el camino de su ombligo hasta que me detuve en su coño.
Le separé un poco las rodillas y pude ver que estaba reluciente de humedad.
Noté la punta de mi polla latir un poco más y terminé aplastándola contra el borde en un intento inútil por sofocar toda esta locura.
Sentía una satisfacción limpia al provocar dolor. No era algo que pudiera disimularse ni domesticarse: era abrumador, posesivo, profundamente tóxico… y aun así, lo sentía hasta los huesos. Como una certeza. Como una fe.
Pero lo verdaderamente inquietante no era eso.
Era descubrir que mi súbdita no solo lo soportaba, sino que lo recibía. Que había en ella una forma casi devota de inclinarse hacia ese mismo abismo, como si el dolor no fuera un castigo sino un lenguaje que por fin entendía.
La sujeté por la cintura y giré su cuerpo con facilidad, colocándola boca abajo. La encimera estaba fría, lo suficiente como para quebrar la suavidad de su piel y erizarla al instante.
Me incliné sobre ella, despacio, sin prisa.
Deslicé la nariz a lo largo de su columna, recorriendo cada vértebra como si leyera algo escrito solo para mí. Su olor se abría paso sin permiso, mezclándose con todo lo que no decía, con todo lo que no hacía falta nombrar.
Leah era una infección. No solo por lo que tenía en ella sino por todo lo que significaba en mi mundo.
Un gruñido bajo se escapó de mi garganta al bajar ambas manos por su cadera y llegar hasta su culo.
Se lo agarré con fuerza, provocando que sus piernas se separaran un poco más.
Mi perla me estaba pidiendo que la follara.
Con su cuerpo, todavía no con su mente. Pero a mí eso ya me valía.
El consentimiento no tenía importancia cuando Leah literalmente existía gracias a mí.
Me subí a horcajadas encima de ella. Con cuidado de no aplastarla. Me desabroché los pantalones y bajé un poco mi bóxer. Mi polla salió deseosa, ya lubricada con un par de gotas de líquido preseminal.
Rebusqué en el bolsillo izquierdo y encontré mi preciado tesoro: mi rosario de perlas blancas.
Antes de seguir, envolví la blanca cadena alrededor de mi erección.
Las piedras estaban frías y duras, añadiendo más sensación.
La crucecita morada terminó cayendo hacia un lado, rozando el culo de mi perla.
Agarré mi polla y aunque al principio empecé a masturbarme lentamente, pronto empecé a flagelarme a mí mismo raspando mi carne con las cuentas blancas.
Mis ojos se cerraron mientras me la imaginaba encadenada, desnuda y lista para ser engullida.
Apoyé mi carne en medio de su culo, apretándole las nalgas alrededor de mi erección cada vez que la embestía de nuevo. Adelante y atrás. Follándomela como si no estuviera drogada encima de la mesa de la cocina. Manchándole la parte alta de su culo de mis propios líquidos.
Ojalá de mí.
Ojalá mi pequeña perla se despertara con el coño rebosante de mi corrida todos los días.
Ojalá mi ausencia le ardiera por dentro.
Ojalá poder habitar sus huesos hasta consumirlos.
Algún día la haría recoger cada gotita de semen del suelo con la punta de los dedos y chuparlos después.
La obligaría a recitar en voz alta todos los usos que tiene su cuerpo para mí mientras le come la vergüenza.
La vergüenza le va a sentar mejor que cualquier caricia.
Quería que me mirara sabiendo perfectamente lo que voy a hacer y que aun así no se moviera.
La callaría con mi polla en la boca cada vez que quisiera mirarme más de tres segundos.
Joder.
A cada movimiento el rosario se interponía, rompiendo la continuidad del contacto, obligando a la piel a adaptarse a algo que no tenía forma de hacerlo. Al principio era solo una molestia, una fricción incómoda, casi insignificante.
Pero la repetición lo cambia todo.
Las perlas empezaron a arrastrarse siempre por los mismos puntos, insistentes, implacables, como si hubieran elegido su lugar. La piel, tan fina en esa zona, no estaba preparada para ese tipo de presión constante. Y lo que al inicio era solo un roce empezó a dejar rastro.
No visible de inmediato, sino como un escozor leve, creciente, que se mezclaba con el resto de sensaciones hasta volverse indistinguible de ellas.
Como si el dolor no irrumpiera, sino que se filtrara poco a poco, ocupando su espacio porque ahí es donde debió estar siempre.
Tenía que aprovechar para correrme antes de que despertara.
De pronto, hierro. Un rastro metálico en el aire, sutil, pero inconfundible. Bajé la mirada. Le estaba dejando el culo lleno de pequeños rastros de sangre y mi propia lubricación. Las cuentas nos habían hecho pequeños cortes a ambos, claro que a mí en la polla.
Sonreí.
Ya estábamos unidos en carne y en sangre.
Las perlas no estaban hechas para ser suaves. Ni siquiera la mía lo era.
Y la piel… tampoco para salir intacta de algo así.
Le aparté el pelo de la cara mientras su cuerpo se mecía por mis embestidas.
Sus pechos aplastados hacían una curva perfecta boca abajo.
Curva que quise morder y desgarrar con los colmillos.
Me incliné sobre ella, lo suficiente como para que mi respiración rozara su piel.
Con la misma intensidad con la que se piensa en romper algo que, en el fondo, no quieres conservar intacto.
Dicen que los corazones de dos almas gemelas encajan de manera natural a la perfección. Mi perla y yo no encajábamos. Así que rompería su corazón y su cuerpo hasta que encajara con los míos.
La cuestión era encajar, ¿no?
Notaba las blancas circunferencias cortarme la piel, frotando a medida que me masturbaba con más brusquedad.
Su boca había quedado abierta, inútil, expuesta, como si ya no le perteneciera ni ese gesto tan básico.
Sus labios se veían más pálidos de lo normal, seguro que quedarían perfectos adornados de color blanco.
La respiración se le escapaba húmeda e irregular.
Y en la comisura empezó a formarse un rastro de babas que me hizo reprimir un gruñido que subía por mi garganta.
Mi pequeña perla me estaba cediendo su cuerpo, con las cejas juntas y gesto de dolor mientras mi polla seguía usando su culo para correrme.
Un hilo denso de su saliva descendió despacio, pegajoso, sin control, resbalando por su piel con una lentitud casi obscena. Cayó sobre el mármol y se extendió, formando un pequeño charco que brillaba bajo la luz, viscoso, indecente en su quietud.
A medida que su respiración se aceleraba, también lo hizo la mía.
El ritmo de mis embestidas se ralentizó mientras me descargaba en su culo.
Mi polla se hinchó, mis ojos se oscurecieron y mis respiraciones se volvieron lo único reconocible en la casa.
Las gotitas blancas salieron disparadas de la punta y aterrizaron en su espalda.
Tiñendo su piel morena como copos de nieve.
Recogí el rosario, cuyas perlas blancas estaban manchadas de sangre seca. Mi pequeña perla también estaba igual, pensaba que las cuentas solo me estaban cortando a mí, pero no. Ella también tenía un par de cortes en mitad del culo.
La he terminado marcando de verdad.
Joder.
Pobre Leah.
Entonces mis ojos se cerraron, pensando que la próxima vez que me corriera sería solo porque me la estoy follando.