El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 20
44%

Capítulo 20

La perla

P refería morir antes que hablar. Hasta que el silencio empezó a matarme.

La próxima sesión de apoyo que tuve con el grupo intenté hablar. Hablé con Maddie, sí, a la entrada. Ella se sentó en la silla de mi izquierda. Era un día raro. Mi piel y pelo estaban suaves. Mi ropa también. Incluso me había igualado las uñas para llevarlas de la misma longitud.

Sara nos dio los buenos días.

No respondí. Pero sí observé.

Un par de personas empezaron a hablar de su proceso.

Se habían presentado, pero los nombres me daban igual.

Los nombres nunca habían importado. Hablaron de las idas y venidas.

Las mejoras y las recaídas. Los subidones y los bajones.

Lo dolorosa que era la depresión cuanto más deliciosa era la euforia.

Me di cuenta de que una vida condenada a ese bucle infinito se sentía como la mayor de las maldiciones a la que puedes anclar a un ser humano.

Aquí casi todos eran alcohólicos. La gente suele serlo porque la embriaguez se sentía como caer en los brazos de un viejo amor una y otra vez. Hasta yo misma echaba de menos el control más allá de lo que echaba de menos mi cuerpo. Esa es la parte de la adicción de la que nadie hablaba.

Del sí al no en cuanto a consumir, ¿cuántos quizá había?

Muchos. De muchas formas, colores e incluso nombres.

Bajé la mirada a mis manos. Descansaban entrelazadas en mi regazo. Estaba consumiendo mi existencia en esta silla, mortificándome a mí misma con el consuelo, tan estéril como maligno, de que una persona inteligente nunca llega a ser nada, y solo el estúpido llega a ser algo.

—No puedes cambiar a un adicto. Da igual si tienes seis años y es tu madre o si tienes treinta y eres tú mismo.

Esa clase de sentencia me hizo volver a la realidad como si alguien hubiera chasqueado los dedos dentro de mi cabeza.

Parpadeé.

Y escuché un sonido pequeño, irregular y húmedo.

Tardé unos segundos en entender que salía de mí.

Bajé la mirada.

Una gota cayó sobre mis manos entrelazadas.

Luego otra.

Uno, dos, tres.

No recordaba haber empezado a llorar.

No recordaba haber sentido nada en concreto. Ni pena, ni rabia, ni miedo. Solo ese vacío espeso en el que llevaba metida… ¿cuánto tiempo?

Pobre Leah.

Inspiré por la nariz. Mal, claro. El aire se quebró a medio camino y el sonido volvió a escaparse, más evidente esta vez.

Levanté la vista.

Todos me estaban mirando.

Todos.

Como si de repente yo fuera el centro exacto de algo que no quería existir.

Sentí el calor subir por mi cara, lento e implacable.

No sabía cuánto tiempo llevaba así. Ni en qué momento había dejado de estar dentro de mi cabeza para convertirme en…

esto. Me sequé las lágrimas con la manga del jersey, rápido, torpe, arrastrando la humedad como si pudiera borrar la escena entera.

Pero mi jersey no pudo borrar los ojos acusatorios.

Seguían ahí, clavados, suspendidos en ese segundo incómodo que parecía alargarse más de la cuenta, como si nadie supiera muy bien qué hacer con lo que acababa de pasar.

Yo tampoco. Bajé la cabeza otra vez, fija en mis manos, en la piel enrojecida por la presión, en cualquier cosa que no fueran ellos.

Entonces Sara carraspeó suavemente.

—Bueno —dijo, apoyando las manos sobre las rodillas—, antes de que se me olvide… recuerdo que este fin de semana tenemos algo que celebrar.

El cambio de tema fue tan limpio que por un momento resultó irreal.

Algunas cabezas asintieron. Otros esbozaron una media sonrisa. Yo, en cambio, fruncí ligeramente el ceño sin darme cuenta.

No tenía ni idea de lo que estaba hablando.

—Nuestro miembro León cumple un año limpio —continuó Sara, mirando alrededor—, y eso se celebra. Es una forma de… desconectar un poco, salir del entorno habitual.

Doce meses limpio.

La cifra flotó en mi cabeza sin anclarse a nada.

Giré la cara hacia la izquierda, lo justo para mirar de reojo a Maddie. Ella ya me estaba mirando, como si hubiera anticipado mi desconcierto. Esbozó una sonrisa pequeña, tranquila, y se inclinó un poco hacia mí.

—Es una escapada a la montaña —susurró, lo bastante bajo como para que no interrumpiera—. Nos vamos todos a acampar en la montaña dos días.

Asentí muy levemente, aunque no estaba segura de estar siguiendo del todo.

—Se supone que ayuda —añadió, encogiéndose de hombros—. A recordar por qué empezaste. Y a no sentirte tan… solo.

Sus palabras se quedaron flotando entre nosotras.

Volví la vista al frente.

Sara seguía hablando, mencionando horarios, transporte, detalles logísticos que me atravesaban sin dejar huella. Yo seguía ahí sentada, con la cara todavía caliente y la vergüenza pegada a la piel, pero algo había cambiado. No sabía muy bien el qué.

Quizá el hecho de que, por primera vez, no era la única que no entendía cómo mantenerse a flote.

—Bien —añadió Sara, entrelazando las manos—. ¿Alguien quiere compartir algo más hoy?

La pregunta quedó suspendida en el aire por dos segundos.

Hasta que pasó lo que jamás imaginé. No hubo una decisión clara, ni una intención formada.

Simplemente ocurrió. Mi brazo se levantó unos centímetros, casi por inercia, como si no terminara de pertenecerme del todo.

Me di cuenta tarde, cuando ya estaba en el aire, cuando ya no había forma de fingir que no había sido yo.

Sentí cómo el pulso se me aceleraba.

Sara me miró.

No con sorpresa ni con presión. Solo con atención.

—Leah —dijo, con suavidad—. Adelante.

Tragué saliva.

Noté la sequedad en la garganta, el peso de todas las miradas volviendo a caer sobre mí, pero esta vez no era lo mismo. No era exactamente lo mismo.

Apreté ligeramente la mano antes de bajarla.

—Quiero… —mi voz salió más baja de lo que esperaba, pero no se rompió—. Quiero presentarme de nuevo.

Sara asintió, manteniendo ese tono sereno que no empujaba, pero tampoco permitía esconderse.

—Muy bien.

Inspiré, esta vez con más cuidado, como si midiera el aire antes de dejarlo entrar.

—Me llamo Leah… —hice una pausa mínima, suficiente para coger aire— y soy adicta.

Las palabras quedaron en el centro de la sala, desnudas, irreversibles.

Y, por primera vez, no quise retirarlas.

◆◆◆

Tardé veinte minutos más de lo normal en llegar a casa.

La carretera seguía completamente acordonada y prohibida.

Cuando me bajé del coche y llegué al porche delantero, el viento había arrastrado varios pétalos ya secos de tono naranja apagado.

Los aparté con el pie, no tenía ganas ni fuerzas para barrer como se debía.

Me quité el abrigo y mientras dejaba el bolso en su sitio, mi móvil sonó. Era el número raro. Deslicé el dedo y me llevé el móvil a la oreja mientras caminaba hacia la cocina, a oscuras.

—Estaba pensando en ti, mi perla.

Abrí la nevera. La luz blanca me golpeó en la cara, demasiado limpia para esa casa. Saqué un tupper con ensalada, lo abrí y removí con el tenedor sin ganas.

—No sé por qué —dije, metiéndome un bocado en la boca.

—Nadie lo sabe —respondió—. Igual que nadie sabe por qué Satán torturaría a los pecadores por desobedecer al mismo Dios que él desobedeció.

Masticar se volvió lo único que me hacía estar presente.

—No te entiendo, Ezra.

—Hoy has aprendido a pronunciar tu naturaleza —dijo, ignorando la pregunta—. No todos sobreviven a eso.

El tenedor se detuvo un segundo.

—No sabes de lo que hablas.

—Claro que sí —su voz bajó apenas un tono—. Las palabras son promesas. Y las promesas… siempre acaban cobrándose.

Tragué despacio. La lechuga crujió más de la cuenta.

—Estás diciendo tonterías.

—Tú también —murmuró—. Cuando me haces prometer.

Otro bocado. Más pequeño.

—Tu naturaleza te ha hecho sentir vergüenza —añadió de pronto—. Te miraban como si esperaran ver algo sagrado.

Apreté el tenedor.

—¿Dónde estás?

—Donde el ruido no entra —respondió—. Donde las cosas se ven mejor cuando se rompen.

El frío de la nevera seguía escapándose, pegándose a mis piernas.

—Eso no significa nada.

—Significa que has llegado donde tu Dios quería —dijo—. Y que has dejado la puerta abierta, igual que siempre.

Mi mirada se deslizó, sin querer, hacia el pasillo.

—Dices cosas sin sentido.

—Pero reales al fin y al cabo —susurró—. Sé cómo respiras cuando crees que nadie te escucha.

Me llevé otro bocado a la boca, aunque ya no tenía hambre. Masticar era lo único que sonaba normal.

—¿Me estás vigilando?

Hubo un silencio breve. No vacío del todo.

—Vigilar es de necios —respondió al fin—. Una mujer de fe como tú siempre se pone en mi mira.

Se me tensó la mandíbula.

—No tengo interés en hacerlo.

—Aún no sabes qué de todo te interesa de mí—replicó—. La verdad tarda en revelarse.

Tragué.

—Deja de llamarme.

—Y tú deja de abrir la puerta cuando nadie llama.

El tenedor chocó suavemente contra el plástico.

—No la abro.

—La abres —insistió, casi con ternura—. Siempre lo haces. De una forma u otra.

Silencio.

—Espero que sigas llorando —añadió—. Eso es bueno. El agua limpia. Aunque no siempre salva.

Cerré los ojos un segundo.

—Cállate.

—No puedo, Leah —dijo.

Abrí los ojos.

—¿Qué quieres de mí?

Tardó en responder.

No por duda, eso seguro.

—Que no te escondas cuando empieces a verme —susurró—. Sería un sacrilegio.

El aire se quedó suspendido.

—No me escondo de lo que no existe, Ezra.

Me quedé quieta, con el móvil en la mano y el tenedor suspendido sobre el plástico. El patrón de las baldosas empezó a desplazarse, lento, como si alguien lo empujara desde debajo. Las líneas ya no encajaban donde debían. Los colores se mezclaban en los bordes.

Parpadeé.

No se corrigió.

Cuando alcé la mirada, pasó lo mismo con los muebles. Las esquinas no eran esquinas. Todo tenía un ligero desfase, como si la realidad estuviera mal encajada sobre sí misma.

Tragué saliva.

Un pitido empezó a instalarse en mis oídos, fino al principio, casi imperceptible, pero constante. Como un hilo que alguien tensaba poco a poco.

Apoyé el tenedor en el borde del tupper, o lo intenté. No calculé bien la distancia y el metal chocó contra el plástico con un ruido seco, más fuerte de lo que debería. Me sobresalté. O creí hacerlo. Mi cuerpo reaccionaba con retraso, como si necesitara tiempo para entender cada orden.

Respiré.

El aire entró, pero no llegó a mis pulmones del todo.

—Mi perla, yo siempre he existido.

Dijo al otro lado de la línea mientras intentaba sostener el móvil en mi oído.

—Estoy por todas partes.

Su voz se me metió dentro del estómago, como si hubiera aprendido el camino y ya no necesitara recorrerlo.

Parpadeé.

Las baldosas se arqueaban bajo mis pies, respiraban. Las líneas se abrían y se cerraban como una herida que no termina de curarse.

El pitido se afiló.

—Qué… —quise decir, pero la palabra se quedó a medio camino, pegada en la lengua.

El móvil pesaba. Demasiado. O mi mano ya no era mía. Apoyé la palma en la encimera. No encontré borde. No encontré nada fijo. La superficie cedía, blanda, como si yo la estuviera recordando en lugar de tocarla.

—¿Qué… me has hecho…?

Mi voz llegó tarde. Arrastrada y pesada.

—¿Si te lo digo te mojarás para mí?

Tragué saliva. El gesto no coincidió con la sensación. Nada coincidía. El tupper se me escapó. El golpe sonó lejos, como si alguien lo hubiera dejado caer en otra vida.

—Mira lo fácil que eres —continuó, con una calma que daba asco—. Solo hay que empujarte un poco y cedes por mí en seguida.

Intenté dar un paso.

No supe hacia dónde.

—No quiero… —insistí, aunque ya no sabía qué estaba negando.

—La mentira mancha el alma —dijo de pronto—. Encuentra lo que quieres y muere por ello.

El pasillo.

Mi mirada se deslizó sola hacia allí.

No quería.

Pero lo hice.

—Ahí, mi perla —susurró—. Donde no llega la luz.

Negué con la cabeza.

Mala idea.

El mundo se inclinó sin avisar. El estómago se me subió a la garganta.

—No hay nadie —forcé la voz—. No hay nadie.

—Siempre hay alguien —corrigió—. Me has llamado con tus súplicas.

Mis dedos se abrieron sin permiso. El móvil resbaló un poco.

Las rodillas me fallaron un centímetro.

Luego otro.

—No… me toques… —salió de mí, sin saber por qué, sin saber de dónde.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Me agarré a la encimera, pero mi mano llegó tarde.

Siempre tarde.

Caí de rodillas.

Entonces el hombre que se alzaba delante de mí dijo:

—Mi pequeña perla… no voy a tocarte. Voy a profanarte.