Capítulo 19
El Dios
M i pequeña perla me sonreía como si no entendiera que ya estaba dentro de algo que la superaba.
El agua se enfriaba, pero eso no importaba. Nada importaba cuando la conciencia empezaba a ceder. Cuando el cuerpo y el alma empezaban a hablar idiomas diferentes. Se apartaban, se resquebrajaban, se mantenían separados.
Lo suficiente para dejar sitio.
Y yo lo ocupaba todo.
—Te estás poniendo serio… —murmuró, blanda, casi deshecha—. No me gusta… cuando te pones serio…
No respondí.
El silencio también es una forma de dominio.
El silencio enseña.
El silencio somete.
—Pareces… —sonrió, perdida— …un dios enfadado.
La esponja se detuvo.
Dios.
Siempre encontraba el camino hacia ese nombre, como si lo llevara inscrito en la sangre.
—Mi pequeña perla… —mi voz descendió, más grave, más limpia—. tú todavía no conoces a ningún Dios.
—Sí… —susurró, tambaleándose al incorporarse—. Lo siento aquí…
Se llevó una mano al pecho, torpe y descoordinada. Sus uñas rozaron uno de sus pezones y arrastró un par de gotitas blanquecinas por la espuma con ellas.
Tuve que sujetarla.
Mi mano se cerró alrededor de su brazo con precisión, firme, sin dejar espacio al error. Su piel ardía bajo mis dedos, húmeda, blanda, completamente entregada a algo que ni siquiera entendía. Leah siempre ardía. Ella había salido del mismísimo infierno. Y yo de algún lugar todavía más profundo.
—Estate quietecita.
La empujé suavemente hacia atrás, devolviéndola a la bañera, recolocándola. Ella era algo que debía permanecer exactamente donde yo decidiera.
—Te resbalas —añadí.
—No… —sonrió, dejándose hundir un poco más—. Tú no dejas que me caiga. Siempre me sostienes.
Pobre Leah.
Pero la caída nunca fue física en sí misma.
Su piel era un texto sagrado que se lee a través del sacrificio y el sometimiento.
En la piel se guarda todo lo que aún no ha sido purificado, todo lo que permanece impuro a la espera de ser reclamado, y yo no necesitaba tocarla como un hombre toca un cuerpo, sino con la intención de que estuviera abierta.
Porque hay cuerpos que no están hechos para resistir.
Están hechos para recibir.
En mi pequeña perla había una necesidad latente, un hueco que no comprendía pero que la definía, una ausencia que reclamaba ser llenada no con consuelo, sino con algo más denso, más imperturbable, más poderoso.
Buscaba prepararla.
Deshacer cada capa que la mantenía cerrada, cada resistencia inútil, cada resto de voluntad que le impedía comprender que su propósito no estaba en protegerse, sino en abrirse, en ofrecerse completamente, en dejar de pertenecerse.
Porque el dolor, cuando es guiado, cuando es sostenido por una voluntad superior, deja de ser un castigo y se convierte en una forma de comunicación directa con aquello que está por encima, con aquello que no necesita explicarse porque simplemente es .
Y yo sabía cómo hablar ese idioma.
Yo mismo era algo que no se veía, pero permanecía. Algo que no se nombraba, pero transformaba. Algo que se depositaba y, desde ese instante, dejaba de poder separarse.
—Ya no estás temblando, mi perla —dije.
—Es porque estás… —respondió, con esa voz suave—. Cuando estás… todo está bien.
Cerré los ojos un segundo.
Un instante bastaba para perderse. Un instante basta para caer en la tentación de culpar al viento por el desorden cuando fui yo quien abrió la ventana.
—Te estás acostumbrando a mi tacto.
—Me estaba muriendo —dijo, abriendo los ojos lo justo para encontrarme—. Sin ti, me estaba muriendo. Eres como mi…
Sus labios se curvaron levemente.
—Dios.
La palabra no me sorprendió.
Mis dedos se detuvieron en su clavícula, inmóviles, sintiendo el pulso bajo su piel, ese ritmo constante que no era suyo, que podía romperse en cualquier momento si yo lo decidía.
Y aun así… seguía ahí.
Confiando en su creador.
—Te he dicho que los nombres tienen poder —murmuré.
—Pero lo eres… —susurró—. Me salvas… me limpias… me sostienes…
Sus dedos buscaron los míos bajo el agua, torpes, desorientados, hasta encontrarlos y cerrarse alrededor sin fuerza real. Leah ya no tenía voluntad ni espíritu que doblegar.
—Nadie más lo hace.
Apreté la mandíbula.
—Mañana no te vas a acordar de esto, mi perla —dije, sujetando su mano.
—Ya… —admitió suavemente—. Prométeme que me harás recordar algún día.
Me incliné lo suficiente para apartarle el pelo de la cara otra vez, deslizando los dedos por su sien, por su mejilla, con una lentitud que no necesitaba explicación.
Podía hacerlo.
Ella me lo permitía.
Como una criatura diminuta que no entiende qué la aplasta, qué la persigue.
Qué o quién le da caza. Tan pequeñita que ni siquiera concebía la magnitud de aquello que la cubría, y ni por esas dejaba de resistirse.
No porque se rindiera, sino porque algo en su naturaleza reconocía que ese final ya estaba escrito para ella.
No hay resistencia real cuando algo está escrito. Cuando algo está predestinado. Mi pequeña perla esperaba… ansiaba ser engullida por su Dios.
—No te vayas… —murmuró.
A Leah le daba más miedo que la abandonara que la posibilidad de que la matara con mis propias manos.
Con mi perla podía cruzar cualquier cosa, cualquier límite y cualquier práctica.
Porque ella quería ser guiada, quería ser sometida, quería ser masticada.
Necesitaba entregarse a mí. Darse cuenta de que ni la mayor de las esperas iba a otorgarle valentía, ni el mayor de los miedos iba a mantenerla con vida.
Aunque Leah no necesitaba valentía.
Necesitaba comprender que nunca la tuvo.
Que nunca la necesitaría.
Porque no había nada más allá de mí.
Y entonces ya no haría falta que me llamara Dios.
Porque yo mismo me encargaría de que dejara de existir un plano terrenal que gobernar.