El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

El suelo brillaba demasiado. Todo olía a limpio, a control, a algo que pretendía mantener las cosas en su sitio.

Mis dedos volvieron al bolsillo.

—Yo no soy adicta —añadí, casi por reflejo, mientras avanzábamos por el pasillo—. No es lo mismo.

Maddie no se detuvo. Tampoco aceleró. Mantuvo el ritmo, como si supiera exactamente cuánto espacio darme.

—Ya —respondió—. Lo entiendo.

Giramos una esquina. Un par de enfermeras pasaron a nuestro lado hablando en voz baja y me miraron por un segundo. Desvié la mirada y me cubrí la cara con el pelo. Un carro metálico chirrió al fondo. Todo seguía funcionando.

Sin mí.

—¿Cuánto llevas viniendo? —pregunté.

—Unos meses, menos de un año.

—No pareces… —me callé a mitad de frase.

—¿La típica borracha que encuentras tirada en la calle? —completó ella con una media sonrisa.

No respondí.

—Lo fui, que conste. Pero estoy mejor —añadió.

Seguimos caminando. Las puertas automáticas del vestíbulo ya se veían al fondo.

—¿Y dices que funciona? —pregunté.

—Depende de lo que entiendas por funcionar.

No me gustó esa respuesta.

—¿Has dejado de beber?

—No del todo.

Solté una pequeña exhalación.

—Entonces no funciona.

Maddie soltó una risa breve y sin burla.

—Un adicto lo será para siempre —dijo—. El caso es encontrar la manera de que serlo deje de ser un factor de riesgo para acabar muerta antes de los treinta.

Joder con Maddie.

Salimos al vestíbulo.

La gente entraba y salía. Teléfonos, pasos, conversaciones. Vida.

—¿Y tú? —preguntó entonces, girando un poco la cabeza hacia mí mientras caminábamos hacia la salida—. ¿Qué es lo que no puedes dejar?

La pregunta me golpeó más de lo que esperaba.

Empujé la puerta.

El aire de la calle me dio en la cara, más frío, más real.

—La verdad es que todavía no lo sé —respondí.

Maddie y yo nos despedimos. La vi alejarse hasta disolverse entre cuerpos ajenos y pasos que no se detenían por nadie, y cuando desapareció del todo caminé hacia mi coche con esa sensación de estar moviéndome por inercia, como si mi cuerpo siguiera un guion aprendido mientras mi cabeza se quedaba atrás, suspendida en algún punto que no terminaba de ubicar.

Arranqué.

Salí del aparcamiento y tomé la carretera sin pensar demasiado en el trayecto, dejando que fueran las manos las que decidieran por mí.

Y entonces volvió a aparecer.

El ganado. Los mismos cuerpos enormes, pesados, inertes, desparramados a lo largo de los márgenes como si alguien los hubiera depositado allí sin cuidado y sin respeto.

El campo se extendía completamente nevado.

Algunos cadáveres estaban tapados por la nieve, pero otros no.

Lo cual quería decir que murieron en diferentes fechas y momentos.

Pero esta vez no eran solo ellos.

Reduje la velocidad, casi sin darme cuenta, mientras mi mirada empezaba a fijarse en los detalles que antes había ignorado.

Ahora había pájaros. Pequeños, oscuros, esparcidos entre los cuerpos grandes, algunos sobre el asfalto, otros en el arcén, otros atrapados entre la hierba aplastada. Demasiados. No uno o dos. No algo puntual. Era como si el cielo hubiera decidido vaciarse justo en ese tramo de carretera.

Y lo peor no era verlos. Era cómo estaban.

Inmóviles. Podridos. Supurantes. Sin señales de impacto, sin sangre visible, sin el desorden propio de un accidente. Simplemente… caídos.

El olor llegó unos segundos después, espeso y cálido, colándose por las rendijas del coche aunque las ventanas estuvieran cerradas, una mezcla densa de carne y algo más difícil de identificar, algo que no terminaba de ser natural.

Estaba muy acostumbrada a ciertos olores por mi profesión, pero aun así se me revolvió el estómago.

Subí la manga hasta cubrirme la boca y la nariz, respirando a través de la tela mientras seguía conduciendo, con la vista fija al frente pero incapaz de no registrar cada cuerpo que dejaba atrás, cada mancha, cada forma que no encajaba del todo.

—Joder…

Apreté el volante.

El silencio en esa carretera no era normal.

No había otros coches, no había movimiento, no había nada que rompiera esa sensación de pausa forzada, como si todo estuviera contenido a la espera de algo.

Aceleré ligeramente, con la necesidad urgente de atravesar ese tramo, de salir de allí cuanto antes, de dejar atrás esa imagen antes de que empezara a tener sentido.

Pero entonces aparecieron las luces. Azules.

Intermitentes. El destello rompía la monotonía del paisaje con una insistencia casi agresiva.

Frené, sintiendo cómo el coche perdía velocidad mientras la escena se iba definiendo poco a poco.

Un vehículo cruzado en mitad de la carretera. Y más allá, dos figuras.

Llevaban trajes blancos, cerrados, herméticos, demasiado pulcros para ese entorno, como si el simple contacto con el aire fuera un riesgo. Uno de ellos levantó la mano, indicándome que me detuviera, y lo hice, notando cómo la tensión se acumulaba en los hombros sin que pudiera relajarla.

Bajé la ventanilla apenas unos centímetros.

El aire que entró no alivió nada el panorama.

—No se puede continuar por aquí —dijo uno de ellos, y su voz llegó amortiguada, filtrada por la máscara, desprovista de cualquier matiz humano—. La carretera va a quedar cerrada hasta nuevo aviso.

Mi mirada se deslizó más allá de ellos, incapaz de quedarse quieta. Había más. Más cuerpos. Más pájaros. Más ganado. Demasiados.

—¿Qué está pasando? —pregunté, sin apartar la manga de la cara, notando cómo la pregunta salía más tensa de lo que pretendía.

Se miraron entre ellos, un intercambio breve pero suficiente como para hacerme consciente de que había algo que no estaban diciendo.

—Circule, señorita —respondió el otro finalmente—. Tiene que dar la vuelta. Esta vía queda clausurada por riesgo biológico.

—¿Riesgo de qué? —insistí, aunque ya sabía que no iba a obtener una respuesta.

—Circule.

Subí la ventanilla.

Mis manos volvieron al volante, pero ya no se sentían igual. Giré despacio, dando la vuelta, notando cómo el coche respondía mientras mi mente se quedaba atrás, anclada en esa imagen imposible.

Y, aun así, no pude evitar mirar una vez más.

Todos quietos.

Todos en silencio.