El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 18
40%

Capítulo 18

La perla

E l aislamiento era un billete de ida hacia la soledad perpetua. Yo no perseguía al dolor. Tampoco lo consideraba mi amigo, pero un poco sí que lo apreciaba. Porque siempre que venía me reventaba y una parte de mí se reinventaba.

Ansiaba con todo mi ser permanecer sola. Convencerme de que no necesitaba nada ni a nadie para explotar todo mi potencial. No entendía por qué alguien como yo necesitaba a otro para sentirse completa. ¿Si yo era tanto, por qué me sentía tan poco?

Estaba muy equivocada.

Tan equivocada, que después de descubrir las cápsulas blancas en mi mano no pude hacer por menos que tragármelas. El cielo se abrió, era claro, blanco, puro y estaba esperándome. Ellas siempre me acogerían, me devolverían toda la tranquilidad que yo jamás tuve.

El aislamiento era un billete de ida, sin duda. Pero no de vuelta. ¿Habría algo en el planeta lo suficiente fuerte como para hacerme volver? Lo dudaba bastante.

Las pastillas eran más fáciles de tragar que aceptar que yo jamás sería una persona estable con la que alguien decidiera quedarse.

En el mismo estado de confusión que me había dejado todo esto, pude moverme e ir hasta el hospital.

No para trabajar. Ya no podía. Ya no era digna de ello.

Pero tenía que ir al grupo de apoyo al que accedí a asistir con tal de que no me quitaran la licencia.

Esperaba encontrarme con caras lúgubres, rostros ojerosos y labios resecos que intentaban explicar el por qué de sus adicciones.

Esperaba poder escuchar los diferentes motivos que tenía la gente para levantarse de la cama y hacer vida normal.

Yo no tenía ningún motivo.

Pero tampoco me encontré con eso.

En su lugar, me vi sentada en una de las salitas que el hospital reservaba para conferencias.

Estábamos subidos al escenario, las sillas formaban un círculo.

Yo no dejaba de toquetear el bolsillo izquierdo de mi pantalón.

No recordaba cuándo había adoptado la costumbre de guardar ahí mis pastillas, pero me sentía en paz con su presencia.

Pobre Leah.

Mi respiración se volvió un poco más lenta.

Más consciente.

—Leah.

Alcé la vista.

La mujer que dirigía la sesión me estaba mirando, con una sonrisa contenida, profesional, de esas que buscan parecer cercanas sin serlo realmente. Había oído que se llamaba Sara.

—¿Quieres presentarte? —añadió, inclinando apenas la cabeza hacia mí.

Sentí cómo varias miradas se giraban en mi dirección. No había juicio en ellas. Tampoco compasión.

Eso era casi peor.

Tragué saliva, notando la garganta seca, y saqué la mano del bolsillo despacio.

—Soy Leah —empecé, y mi voz sonó más clara de lo que esperaba—. Y… —hice una pequeña pausa, lo justo para elegir las palabras— no sé muy bien qué hago aquí.

No hubo reacciones inmediatas. Nadie se movió. Nadie intervino.

Eso me obligó a seguir.

—Trabajo… trabajaba aquí —rectifiqué, y esa corrección se me quedó pegada un segundo en la lengua—. Las personas de mi alrededor dicen que tengo un problema.

Levanté la mirada, recorriendo el círculo, buscando algo en sus caras. Una grieta. Una duda. Algo humano.

Nada.

—Supongo que esperáis que diga que soy adicta —continué, apoyando los codos en las rodillas, inclinándome ligeramente hacia delante—. Pero no lo soy.

El silencio se tensó un poco.

—No consumo por placer. Ni por evasión. Ni porque no pueda dejarlo —añadí, notando cómo mis dedos se cerraban suavemente sobre sí mismos, como si echaran de menos el contacto del bolsillo—. Consumo porque… —la palabra se quedó suspendida— porque hay cosas que no deberían sentirse.

Alcé la vista otra vez.

—Y esas pastillas hacen que no las sienta.

Una de las personas del círculo se movió ligeramente en su silla. Otro bajó la mirada. Sara seguía observándome, sin interrumpir.

—No sé si eso cuenta como adicción —dije, con una calma que empezaba a sonar demasiado rígida—. Pero sí sé que no es lo mismo que lo que tratáis aquí.

Ahí estaba.

La distancia.

La necesidad de marcarla. La necesidad de presentarme como alguien diferente a los demás. Alguien mejor, por encima de todos. Alguien calculador, inteligente, medido… en otras palabras: estable.

Mi mano volvió, casi por inercia, al bolsillo izquierdo, presionando suavemente contra la tela, asegurándome de que seguían ahí, de que no había sido otra cosa que mi cabeza jugando conmigo.

Sara dejó que el silencio se asentara, como si aquello también formara parte del proceso.

—Gracias por compartirlo, Leah —dijo al fin, con esa misma voz medida—. Aquí no vamos a discutir etiquetas.

Asentí levemente, sin saber muy bien si aquello me tranquilizaba o me incomodaba más.

—Pero sí vamos a hablar de patrones —añadió—. De lo que haces… y de por qué lo haces.

Sentí varias miradas todavía sobre mí, algunas más curiosas, otras más opacas, como si ya hubieran escuchado versiones parecidas de lo mismo.

Como si mi discurso no fuera tan único como yo necesitaba creer.

Quizás yo no era tan diferente a los demás.

Probablemente la gente me percibía como una más.

Una transeúnte más, una estadística más, un ciclo más, un patrón más, una vida más, una pérdida más.

—Dices que no consumes por placer —continuó Sara—. Que lo haces para no sentir. Pero ahí ya has establecido un vínculo.

Mi mandíbula se tensó.

—Es una herramienta —corregí, sin levantar la voz—. Igual que un antibiótico para una infección.

—Claro —asintió ella—. Pero no estás aquí por una infección al uso, Leah.

La frase quedó suspendida en el aire.

Desvié la mirada un instante, justo lo suficiente para romper ese punto de contacto, y fue entonces cuando lo noté.

Todos me miraban. Odiaba que me miraran.

Desde hacía semanas cada vez que notaba la mirada de alguien, sabía que me miraba con pena y lástima.

No había nada más humillante que ser observada como si ya no fueras del todo una persona, sino como algo que te había ocurrido.

Cuando la gente miraba a un huérfano no le veía a él sino a la sentencia de soledad que la muerte provocaba.

Cuando la gente miraba a un viudo no le veía a él sino a las lágrimas que derramaba al comprar el ramo de flores para el velatorio de su mujer.

Cuando la gente miraba a un indigente no le veía a él sino a las noches frías donde no tenía dónde dormir.

Cuando la gente miraba a un borracho no le veía a él sino a las arcadas contenidas porque era la tercera noche que bebía.

La vida nos pasaba por encima a todos. Sobre todo cuando la cabeza ha terminado de aceptar algo que el corazón sigue sintiendo. Yo seguía sintiendo muchas cosas.

Pobre Leah, pobre Leah.

Un frío lento me recorrió la espalda.

—Leah —la voz de Sara me devolvió al círculo—. ¿Cuándo fue la última vez que sentiste que no podías parar?

Parpadeé.

El aire se volvió más denso.

Mi mano apretó un poco más el bolsillo.

Las pastillas seguían ahí, menos mal.

—No lo sé —respondí, y esta vez sí hubo una pequeña grieta en mi voz—. Supongo que… no se trata de parar.

—¿De qué se trata entonces?

Dudé.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente para que una imagen se colara sin permiso.

La cocina. El desayuno. Dos platos. Ezra.

—De no recordar —dije al final, más bajo.

Sara asintió lentamente, como si aquella respuesta sí encajara en algo que ya conocía.

—Entonces no eres diferente a ninguno de nosotros.

No recordaba qué había pasado después. Sabía que la sesión había continuado, pero yo ya había dejado de escuchar.

Tenía el cuerpo pesado, adormilado, entumecido y rígido.

También sabía que la gente se había levantado y marchado, a juzgar por el ruido de las sillas y el bullicio.

Pero yo ya había dejado de escuchar. Salí del estado en el que me encontraba cuando una mujer me tocó las manos.

Se había agachado, parecía que me estaba diciendo algo.

Pero, de nuevo, yo ya había dejado de escuchar.

—¿Qué? —pregunté, volviendo a la realidad.

—Decía que la primera sesión siempre es extraña, pero que espero verte por aquí. La terapia funciona, de verdad.

Asentí sin escucharla del todo, con la sensación de que sus palabras no terminaban de llegarme, como si se quedaran a medio camino entre su boca y mis oídos.

—Me llamo Maddie. Soy alcohólica.

Fijé la vista en su rostro. Maddie era guapa.

Tenía el pelo más largo que había visto en mi vida, casi como Max.

Las puntas castañas le rozaban un poco más allá de la cadera.

Me sonrió a medida que analizaba su cuerpo y sus labios se tensaron entre la argolla de un piercing que tenía a mitad del inferior.

Pestañas largas, ojos castaños y un lunar enorme en la mejilla izquierda.

Maddie parecía normal. De hecho, parecía mejor que normal.

Y era alcohólica.

La palabra no encajaba con lo que estaba viendo. No con su piel limpia, ni con la forma en la que se sostenía a sí misma, ni con esa sonrisa tranquila que no parecía estar pidiendo nada a cambio.

—Encantada —dije, aunque sonó más automático que real.

Ella asintió, como si reconociera ese tipo de respuestas.

Me levanté.

Las piernas me respondieron con un segundo de retraso, pesadas, parecía que el suelo tirara de mí hacia abajo. Maddie se incorporó también, estirándose ligeramente, y durante un instante me dio la sensación de que lo hacía con una naturalidad que yo había perdido hacía tiempo.

—No tienes por qué decir nada ahora —añadió mientras empezábamos a avanzar hacia la salida de la sala—. A veces cuesta un poco… al principio.

Un poco. Vaya.

La seguí sin pensar demasiado, atravesando el círculo de sillas, esquivando miradas que ya no quería sostener. Notaba algunas clavarse en mi espalda, pero no me giré.

—No creo que esto sea lo mío —respondí al fin, en voz baja.

Maddie empujó la puerta de la sala y salimos al pasillo.

La luz blanca del hospital me golpeó de frente.

—Nadie cree que lo sea —dijo mientras caminábamos lado a lado—. Todos al principio queremos resignarnos en nuestra soledad y miseria.