El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Inspiré despacio, forzando a mis pulmones a trabajar con normalidad, a no delatar el pánico que me recorría por dentro, porque si había algo claro en ese momento era que no podía permitirme perder el control. No aún. No cuando cada palabra, cada silencio, podía darme algo.

Tenía que hablar.

—¿Por qué sabes que he vomitado? —pregunté al fin, y mi propia voz me sonó extraña, más baja de lo habitual.

Giré la cabeza, lo justo para mirar de reojo la puerta del baño a través del espejo. Seguía abierta. El pasillo, vacío. O eso parecía.

Pero eso ya no significaba nada.

—Recuerdo irme a la cama —continué, saliendo al pasillo—. Recuerdo no haber comido. Recuerdo estar sola.

Silencio.

Aproveché.

Di un paso fuera del baño, despacio, con el teléfono aún pegado a la oreja, y dejé que mis pies avanzaran por el pasillo sin hacer ruido, tanteando el suelo como si pudiera delatarme en cualquier momento. Mis ojos recorrían cada rincón, cada esquina, cada puerta cerrada.

Si estaba allí… tenía que cometer un error. Cualquiera cometería un error. Tenía que encontrarle. Tenía que estar hablándome desde algún rincón oscuro de mi casa. Y a decir verdad, esos podrían ser muchos.

—Las decisiones son como portales —dijo al fin, y no fue una respuesta, sino algo más cercano a una afirmación sagrada—. Hay veces que atraviesas uno y, sin darte cuenta, cambias de realidad.

Seguí avanzando despacio, con el teléfono pegado a la oreja y los sentidos abiertos de par en par, como si el menor roce pudiera delatar su presencia. Mis dedos rozaron la pared de madera al pasar, fría, sólida, demasiado normal para lo que estaba ocurriendo.

—No me estás contestando —insistí, manteniendo el tono bajo—. Te he preguntado por qué lo sabes.

—Porque tu lengua pronunció mi nombre con veneno —murmuró—. Y será ese veneno el que te consuma.

Mi estómago se contrajo.

El marco del salón apareció frente a mí, oscuro, silencioso. No había nadie.

—No estabas aquí —dije, esta vez más firme—. No podrías haber estado.

—¿Seguro, mi pequeña perla?

La pregunta se deslizó despacio, sin peso, pero con algo debajo. Algo que no encajaba.

—La casa estaba cerrada —continué, ignorando la sensación que empezaba a apretarme el pecho—. Yo misma lo comprobé.

—Siempre compruebas todo —añadió él, casi en un susurro—. Las cerraduras. Las ventanas. Incluso miras debajo de la cama, aunque te dé vergüenza admitirlo.

Me quedé inmóvil.

—Eso no significa nada —murmuré, aunque ya no sonaba igual—. Eso no prueba que hayas estado aquí.

—No necesito probarlo —respondió, con una calma que me heló—. Ya lo estás haciendo tú por mí.

Apreté los dientes.

Retomé el movimiento, esta vez hacia las cortinas, dejando que mi mirada recorriera cada esquina, cada sombra proyectada por los muebles. Todo parecía en su sitio. Demasiado en su sitio.

—Entonces dime algo que nadie sepa —dije—. Algo que no haya compartido con nadie, pero tú sepas.

—Se te rompieron dos uñas —dijo con un tono divertido, como si aquello le resultara especialmente interesante—. La del índice y corazón de la mano derecha.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Bajé la mirada de forma automática.

Ahí estaban.

Desiguales. Astilladas. Mal arregladas.

—Me las enseñaste a mitad del desayuno —continuó, con esa calma insolente que empezaba a revolverme por dentro—. Te quedaste mirándolas como si fuera una tragedia.

Apreté los labios sin darme cuenta.

—Y dijiste… —hizo una pausa breve, recreándose— “me da pena, porque las tenía bonitas”.

El silencio que siguió fue incómodo. Mis ojos se desviaron hacia la cocina otra vez, hacia el islote, hacia ese espacio que empezaba a sentirse menos como un lugar y más como una escena que yo había abandonado sin cerrar.

—También frunciste el ceño después —añadió.

Mi respiración se volvió más corta.

Mis ojos buscaban piezas de un puzle mal colocadas.

—Y aun así seguiste comiendo.

Tragué saliva.

—No estabas ahí… —repetí, pero esta vez fue casi un ruego disfrazado de afirmación.

—Leah —dijo entonces, y mi nombre sonó distinto, más cercano, más bajo—… he estado contigo siempre —Se me erizó la piel—. Y tú no te has separado de mí ni una sola vez —remató.

Mi cabeza se alzó de golpe. Seguía sin haber nadie.

—Ezra… no recuerdo tu rostro. No recuerdo nada. Temo haber perdido la cabeza.

—No estás pasando por la locura, mi perla —respondió, con esa calma que no sostenía, sino que empujaba—. Estás pasando por la pérdida.

Parpadeé, intentando encontrarle sentido, pero sus palabras no encajaban en ningún lugar que pudiera sostenerlas.

—No estabas ahí, no estabas ahí —repetí, y ya no sonó como una afirmación, sino como alguien aferrándose a la última versión posible de la realidad antes de que se deshiciera.

—Mira tu mano derecha.

Lo dijo despacio. Casi con dulzura. El mundo pareció inclinarse un poco.

Bajé la mirada. No me había dado cuenta hasta ese momento, pero tenía la mano cerrada en un puño tan tenso que los nudillos se me habían puesto blancos.

Las uñas se clavaban en la piel de la palma, marcándola, hundiéndose como si quisieran atravesarla.

No recordaba haberla cerrado. No recordaba desde cuándo estaba así.

Sentí un latido extraño ahí dentro, como si algo me llamara.

Mis piernas cedieron. No de golpe, sino en una rendición lenta, inevitable, hasta que terminé deslizándome por la pared, notando la frialdad en la espalda, el peso del cuerpo caía hacia el suelo sin que pudiera evitarlo.

—No… —la palabra se rompió antes de terminar de salir—. No…

El teléfono seguía pegado a mi oreja, pero ya no lo sostenía con firmeza. Mis dedos temblaban, flojos, incapaces de decidir si soltarlo o aferrarse más.

El aire empezó a escaparse de mí en sacudidas irregulares, cada vez más cortas, más torpes, hasta que el primer sollozo se abrió paso sin permiso.

Luego otro. Y otro más. Cada uno más sucio, más descontrolado, hasta que ya no hubo forma de contener nada.

Lloré. Lloré como cuando era una cría. Sin medida.

Sin orden. Con la cara húmeda, la respiración rota, el pecho encogido sobre sí mismo como si pudiera proteger algo que ya estaba roto.

—Abre la mano, Leah —murmuró él, y su voz sonó demasiado cerca, demasiado consciente de cada reacción.

Negué con la cabeza, aunque sabía que no podía verme, o tal vez sí, y ese pensamiento me hizo apretar aún más los dedos.

—Ya sabes lo que hay dentro —añadió, con una suavidad casi cruel—. Pero necesitas verlo.

El llanto se me atascó en la garganta, mezclado con el miedo, con la certeza de que tenía razón.

—Cállate… —susurré, sin fuerza.

El silencio que siguió fue pesado, expectante.

—Un adicto hará cualquier cosa por su siguiente dosis —dijo entonces más bajo —. Incluso olvidar por qué la necesita.

Se me heló la sangre. Pero él siguió hablando.

—Pobre Leah.

—Ezra…

Pero la línea ya estaba muerta. Bajé la mirada a mi mano. La abrí. Dos pastillas del blanco más puro descansaban en ella.