El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

La perla

L a alarma sonó. Misma hora. Mismo sonido. No fui capaz de desactivarla ayer. Me daba miedo despertarme en silencio. También me daba miedo despertarme por el ruido. En realidad, no sabía qué me daba miedo.

Todo y nada. Era una sensación extraña.

De igual modo, me levanté.

La situación era completamente absurda. Me habían puesto una etiqueta que no me pertenecía. Yo no era adicta. Yo no dependía de nada en sí. No podía vivir con dolor, eso estaba claro. Pero de ahí a despedirme como si fuera politoxicómana… había un trecho.

De todos modos, me duché. El agua corría por mi cuerpo y yo no dejaba de mirar el espejo empañado al otro lado de la habitación.

Se empezaron a escurrir un par de surcos de agua por el vaho.

La calefacción seguía funcionando gracias a él.

La casa estaba caliente. Pero yo siempre sentía el cuerpo frío.

Completamente tembloroso, tenso, agarrotado.

Creía que mi cuerpo estaba esperando algo. Quizás a alguien. No lo sabía.

Intentaba no pensar en Ezra. No era alguien que mereciera mi atención, desde luego. Le divertía jugar conmigo. A mí me divertían otras cosas.

Me vestí y bajé al piso principal. La luz de la cocina estaba encendida. Anoche me había asegurado de dejar todo bien apagado y cerrado. Sobre todo lo segundo.

Me asomé a la estancia.

Me encontré con otro desayuno a medio terminar. Dos platos encima del islote principal. Incluso una servilleta arrugada y manchada del uso. La lucecita de la vitrocerámica estaba todavía encendida, indicando que la placa todavía estaba caliente.

Así que todo este numerito era reciente. De apenas unos minutos.

Pero, ¿hasta qué punto?

Me había duchado así que no tenía pruebas en mi cuerpo… o al menos no externas. Pero sí internas.

Fui dando zancadas al baño.

No estaba muy segura del plan, pero era lo único que me quedaba por comprobar. Mi propio interior.

Me arrodillé frente al inodoro, apoyando un brazo sobre la cerámica fría, sintiendo el contraste con mi piel, y levanté la otra mano. Dos dedos. Entraron en mi boca con torpeza primero, rozando los dientes, la lengua… hasta que empujé más. Más adentro. Hasta la campanilla.

Si había comido, tenía que haber algo. Tenía que haber una prueba.

Llevaba más de doce horas sin ingerir nada, que yo recordara.

Mi estómago debería de estar vacío. La primera arcada me hizo cerrar los ojos con fuerza.

Las lágrimas brotaron casi de inmediato, calientes e involuntarias.

Mis nudillos chocaron contra los incisivos y supe que no era suficiente.

Tenía que forzar más. Meterlos más hondo.

Lo hice.

Pobre Leah.

Sentí las uñas rozando el inicio de mi garganta, era sensación aguda, punzante, como una espina clavándose donde no debía. Mi mano dejó de ser una mano. Se convirtió en una garra, en algo ajeno, algo que buscaba abrirme desde dentro, rasgar, comprobar, asegurarse.

Necesitaba saber qué había dentro de mí. Aunque tuviera que romperme para verlo.

La siguiente arcada me atravesó como un espasmo eléctrico, brutal, incontrolable. No me dio tiempo ni a pensar. Mi estómago se contrajo con violencia y todo subió de golpe, caliente y espeso, arrastrando un sabor ácido que me quemó la garganta al salir.

Vomité y el sonido fue viscoso y repugnante, y llenó el silencio del baño como si fuera lo único real en ese momento.

Sentí cómo me temblaba todo el cuerpo, cómo los músculos del abdomen se contraían una y otra vez, obligándome a expulsarlo todo.

Respiré a bocanadas cortas, jadeando, con la saliva mezclándose con el ácido, con ese regusto agrio pegado al paladar que no se iba.

Tenía los ojos empañados en lágrimas, la nariz húmeda, la garganta ardiendo como si la hubiera rasgado por dentro.

Y aun así… miré.

No debería haberlo hecho.

Había trozos.

Masa blanda, irregular, apenas deshecha. Fragmentos que reconocí antes de querer hacerlo: pan empapado, restos de algo que aún conservaba forma, como si mi cuerpo no hubiera tenido tiempo de procesarlo. Demasiado reciente. Demasiado intacto.

Se me revolvió algo más que el estómago.

Retrocedí apenas unos centímetros, pero no pude apartar la mirada del todo. Estaba ahí. La prueba.

Había comido.

Un hilo de saliva amarga me resbaló por la comisura de los labios mientras intentaba tragar, pero la garganta se me cerraba, irritada, dolorida, como si se negara a funcionar con normalidad.

No.

No podía ser.

Intenté recordarlo. Forcé la mente, rebusqué en las últimas horas como quien hurga en una herida abierta.

Nada.

Vacío.

El aire empezó a faltarme de verdad. Inspiré con fuerza, pero el pecho no se llenaba. Era como respirar a través de un tubo estrecho, insuficiente, frustrante. Mis manos se aferraron al borde del inodoro con tanta fuerza que noté las uñas clavarse en la cerámica.

Los dos platos.

La servilleta sucia.

El calor aún vivo de la vitro.

Un temblor me recorrió entera.

No estaba sola.

La idea no fue un pensamiento. Fue una certeza que se me incrustó en el pecho y empezó a expandirse, fría, pegajosa e imposible de ignorar.

No estaba sola.

Alguien había estado en mi casa. Alguien había comido conmigo. Pero yo había cerrado las puertas. Me había asegurado. Mi casa estaba vacía cuando me fui a dormir.

El pánico llegó entonces de verdad, desbordado, sucio, sin control. Porque no era solo la comida, ni el vómito, ni el asco que aún me subía por la garganta.

Era peor. Era él.

Ezra era una infección.

No era algo que se tuviera, sino algo que se metía por dentro.

Lo sentía extenderse por mi piel como un líquido espeso, corrompido, avanzando sin prisa, reclamando cada centímetro de mí.

Como si mis venas ya no transportaran sangre, sino algo oscuro, sucio, que nacía en la punta de mis dedos y trepaba despacio por mis brazos.

Se colaba por mi boca, invadía mi garganta, descendía hasta mis pulmones, donde el aire empezaba a saber distinto y acababa en mi estómago, asentándose, ocupándolo todo.

Como si ya no hubiera ningún lugar dentro de mí que no le perteneciera.

Y yo no lo recordaba.

Ni su voz. Ni sus manos. Y ahora pensándolo, tampoco su cara.

Nada.

Me incorporé a duras penas, con las piernas aún temblando, y avancé hasta el lavabo casi a ciegas, guiándome más por inercia que por conciencia.

Abrí el grifo con un gesto torpe y bajé la cabeza, apoyando las manos a ambos lados del mármol.

Bebí directamente del chorro, sin pensar, dejando que el agua fría me golpeara los labios, arrastrando el sabor ácido que seguía pegado a mi boca.

Escupí, volví a beber, otra vez, otra, hasta que la garganta dejó de arder lo suficiente como para respirar sin sentir náuseas.

Después subí las manos y me mojé la nuca.

El contacto del agua fue inmediato, helado y cortante. Mis dedos se hundieron entre mi pelo rizado, castaño, empapándolo, pegándolo a la piel, como si así pudiera anclarme al presente, obligarme a volver.

Respiré hondo.

Una vez. Dos.

Pobre Leah.

Levanté la cabeza poco a poco. El reflejo me devolvió una imagen que no reconocí al instante: los ojos enrojecidos, el maquillaje corrido, la piel morena apagada, húmeda, con mechones oscuros pegados a las mejillas y al cuello.

Parecía alguien que acababa de salir de un sitio del que no se vuelve igual.

Fue entonces cuando sonó mi teléfono. Me sobresalté tanto que el corazón me dio un vuelco seco en el pecho, obligándome a llevar una mano al borde del lavabo para no perder el equilibrio.

Tardé un segundo en reaccionar.

Otro en ubicarlo.

Vibraba en el bolsillo trasero de mis vaqueros.

Lo saqué con dedos torpes, aún húmedos, y miré la pantalla.

El número invertido.

No dudé, o quizá sí, pero no lo suficiente como para detenerme, porque el gesto salió solo, automático, como si mi cuerpo ya supiera lo que tenía que hacer antes de que mi cabeza pudiera procesarlo. Deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.

No dije nada.

Al otro lado de la línea había una respiración lenta y regular.

Tragué saliva, notando la garganta aún irritada, y me obligué a permanecer quieta, a no hacer ningún ruido que delatara el temblor que empezaba a extenderse por mi cuerpo. Cerré los ojos un segundo, intentando concentrarme, intentando convencerme de que aquello podía tener otra explicación.

Pero no la tenía.

Porque supe que era él.

No hizo falta una palabra, ni un susurro, ni siquiera un cambio en el ritmo de esa respiración que seguía entrando y saliendo con una calma que me resultaba insoportable.

Lo supe de la misma forma en la que había sabido que no estaba sola en la casa, como se saben las cosas que no tienen lógica pero aun así se instalan dentro de ti sin pedir permiso.

Mis dedos se tensaron alrededor del móvil, casi hasta hacerme daño. No estaba llamando para ver si contestaba. Eso ya lo sabía. Estaba llamando para ver si yo lo recordaba.

—Has vomitado.

Su voz llegó baja y limpia. Sin interferencias ni titubeos.

Mi cuerpo no lo interpretó como si estuviera al otro lado de la línea, sino justo detrás de mí, inclinándose lo suficiente como para rozarme el oído.

Sentí cómo se me erizaba la piel en la nuca, aún húmeda, y mis ojos se abrieron un poco más en el reflejo del espejo, como si mi propio cuerpo intentara advertirme de algo que ya era evidente.

No respondí.

Porque no era una pregunta.

—Siempre lo haces —continuó, con esa misma calma que me revolvía el estómago—. Cuando algo no encaja. Cuando tu cabecita no puede sostenerlo… simplemente lo sacas. Lo echas.

Tragué saliva, notando de nuevo el recuerdo físico de lo que acababa de hacer, y el corazón empezó a latirme más rápido, más fuerte.

—Todo santo tiene un pasado —añadió después, y hubo algo en su tono, algo casi imperceptible, que me heló—. Y todo pecador un futuro, mi pequeña perla.

El lavabo, el espejo, la casa entera… todo empezó a sentirse demasiado pequeño.

Demasiado cerrado.

Mis dedos temblaron ligeramente alrededor del teléfono.