El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

El Dios

P odría convertirte en algo tan bello, mi perla.

Dolería, pero sería solo un momento. Incluso te cogería de la mano durante el proceso.

Teníamos justo el tiempo que Dios quería.

Ni más para perderlo, ni menos para morirnos de hambre.

La forma más profunda de esclavitud es el hambre de ser comprendido.

El precio de amar mucho a alguien es no ser capaz de amar de nuevo.

Ese era el problema de Leah. No las pastillas, no su trabajo, no la soledad que la acompañaba como un fantasma.

El problema tenía una causalidad. Un patrón.

Mi perla no iba a poder romperlo.

Pero la memoria era más débil que las emociones del presente.

Envidiaba tus costillas, mi perla. Las odiaba, en realidad.

Por cómo se cerraban sobre tu corazón, por cómo lo guardaban para ellas, como si les perteneciera.

Yo habría sabido hacerlo mejor.

Lo habría sostenido con más cuidado del que ese hueso frío y mudo podría ofrecerte jamás.

Pero ellas estaban ahí. Tus huesos estaban ahí.

Siempre ahí. Entre tú y yo.

Y no había nada que deseara más que abrirme paso a través de ellos.