Capítulo 15
La perla
M i vista viajó del fémur, a sus manos, a sus ojos y finalmente a la cámara frigorífica del cuerpo donde descansaba el chico que acababa de morir.
La pasarela que sostenía el cadáver estaba completamente sacada, con lona impermeable medio levantada. El hueso que intentamos contener antes de que se desangrara hasta la muerte descansaba ahora en sus manos.
No estaba en el cuerpo.
Empecé a hiperventilar. Sollozos se colaron por mi garganta, rasgándome las cuerdas vocales, emitiendo sonidos que no se parecían a nada conocido. El pecho me dolía, la cabeza me zumbaba y el mundo empezó a encogerse a mi alrededor, como si la morgue entera se estuviera cerrando sobre mí.
Ezra dejó caer el fémur al suelo y cogió mi cara con ambas manos.
—Shh… —murmuró él.
Sus dedos se cerraron alrededor de mis mejillas con firmeza, obligándome a mirarlo. Su piel estaba tibia, casi cálida, y el contraste con el frío que me recorría el cuerpo entero hizo que el mareo fuera todavía peor.
Negué con la cabeza, incapaz de obedecer.
Mi vista seguía intentando regresar al suelo, al lugar donde el hueso había quedado tirado como un objeto abandonado, como si no acabara de salir del cuerpo de alguien que todavía estaba caliente hacía apenas unos minutos.
—Tú… —mi voz salió rota.
Él no apartó la mirada de la mía.
Sus ojos azules ya no chisporroteaban de aquella forma inquieta de antes; ahora parecían más concentrados, más atentos, como si estuviera observando una especie de experimento.
—Yo… —continuó mi frase.
Sus pulgares presionaron ligeramente mis pómulos, obligándome a mantener la cabeza quieta. El gesto no era brusco, pero tampoco dejaba espacio para negarme.
—Leah.
Pronunció mi nombre despacio, casi como si quisiera traerme de vuelta a la habitación. Pero mi cabeza seguía atrapada en la camilla abierta, en el hueco imposible del cuerpo del chico.
—Eso… eso estaba dentro de él —logré decir.
Mi voz tembló.
Ezra inclinó la cabeza apenas un poco, observándome con una calma que resultaba insoportable en medio de todo aquello.
Mi respiración volvió a acelerarse.
—Estás asustada.
No era una pregunta.
Sus dedos se movieron un poco más, limpiando con el pulgar una lágrima que ni siquiera sabía que había empezado a caer.
—Pero no es por el hueso.
Su mirada se hundió un poco más en la mía, como si buscara atravesarla.
—Es por lo que la muerte te ha hecho sentir. Porque incluso ella te ha dado placer.
Durante un segundo nadie habló.
La luz de la morgue volvió a parpadear sobre nuestras cabezas, lanzando sombras largas sobre las paredes de acero.
Entonces sus ojos bajaron un instante hacia el suelo, hacia el lugar donde el fémur había quedado tirado.
—Los cuerpos se rompen —dijo finalmente—. Todo el tiempo, para todo el mundo. Pero el tuyo no tiene ese privilegio.
Sus manos seguían sujetando mis mejillas, pero ahora sus pulgares se movieron dibujando un arco lento sobre mis pómulos, como si estuviera estudiando cada reacción de mi piel. Su mirada descendió un instante hacia mis labios entreabiertos.
—Tienes que mantenerte con vida, mi perla. Es tu deber.
Volvió a mirarme directamente a los ojos. Su sonrisa apareció de nuevo, lenta y peligrosa. Durante un segundo tuve la absurda sensación de que toda la habitación se había inclinado hacia nosotros, como si incluso las paredes quisieran escuchar lo que estaba diciendo.
Ezra soltó mi cara solo lo suficiente para que pudiera respirar mejor. Pero no se alejó.
—La muerte no te asusta tanto como crees, Leah —murmuró.
Su voz era casi un secreto.
—Te mantiene en el cielo.
Durante un par de segundos la habitación se encendió y se apagó a intervalos irregulares, parecía que alguien estuviera jugando con el interruptor desde algún lugar que no podíamos ver.
El último destello fue el más intenso.
Después, todo se apagó.
Dejé de sentir su tacto. Dejé de sentir la calidez de su cuerpo cerca del mío. Dejé de escuchar su respiración, que hacía apenas un instante estaba tan cerca que parecía mezclarse con la mía.
—Ezra… —susurré.
Mi voz apenas existió en aquella negrura.
Esperé, con el corazón latiendo demasiado fuerte en el pecho.
—Ezra.
Nada.
Solo el zumbido constante de las cámaras frigoríficas, ese murmullo grave y mecánico que hasta entonces había pasado desapercibido y que ahora parecía llenar cada rincón de la habitación.
—Por favor… Dios mío.
El silencio siguió siendo la única respuesta.
Entonces las luces volvieron.
Primero un parpadeo tímido, casi dubitativo, seguido de otro más largo, hasta que el fluorescente terminó por encenderse con un chasquido seco que inundó la sala de una claridad fría y clínica.
Parpadeé varias veces, tratando de adaptarme.
Y fue entonces cuando comprendí que él ya no estaba allí.
La puerta estaba entreabierta.
Durante unos segundos me quedé inmóvil, escuchando con atención hacia el pasillo que se extendía más allá, esperando oír algún paso, algún roce, cualquier señal de que Ezra seguía cerca y de que aquello no había sido más que otro de sus juegos enfermizos.
Pero no llegó ningún sonido.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia la cámara frigorífica donde descansaba el cuerpo del chico.
La pasarela metálica seguía completamente extraída, como la había visto antes, y la lona impermeable permanecía levantada a medias sobre el cadáver.
Desde donde estaba aún podía ver la silueta rígida de su cuerpo bajo la tela, inmóvil, ajena a todo lo que había ocurrido a su alrededor.
No pude evitar acercarme. Necesitaba ver la ausencia del fémur con mis propios ojos.
Cuando llegué a la camilla, mis manos dudaron un instante antes de apartar un poco más la lona.
El cuerpo del chico seguía allí.
Pálido, frío, exactamente igual que antes.
Mis ojos recorrieron su torso, descendieron por su abdomen y terminaron deteniéndose en la pierna.
Suspiré, aliviada.
El fémur seguía en su sitio.
Dentro de su pierna.
El cuerpo no había sido alterado.
Me quedé inmóvil, intentando ordenar en mi cabeza lo que acababa de ver hacía apenas unos minutos: el hueso en la mano de Ezra, la cabeza redondeada manchada, el sonido seco que hizo al caer al suelo.
Entonces miré alrededor.
Allí, junto a una mesa auxiliar, estaba el esqueleto anatómico que los estudiantes de medicina utilizábamos durante las prácticas para reconocer huesos antes de las autopsias.
Sus piezas blanquecinas colgaban unidas por finos alambres metálicos, formando esa estructura rígida que tantas veces habíamos usado como referencia.
La pierna derecha del esqueleto terminaba en la tibia.
El fémur no estaba.
Ezra no había arrancado el hueso del cuerpo del chico.
Había usado el del esqueleto.
Pobre Leah.
Uno, dos, tres.
Cuando por fin reaccioné, la morgue parecía exactamente lo que siempre había sido: una sala fría, ordenada, diseñada para que la muerte no pareciera un caos.
Tardé un rato en devolverla a ese estado.
Recogí la lona de la camilla con movimientos automáticos, volví a deslizar la pasarela metálica dentro de la cámara frigorífica y comprobé dos veces que el cuerpo del chico quedaba correctamente colocado.
Luego recogí el fémur del suelo, el del esqueleto, y lo llevé de vuelta a su soporte, encajándolo de nuevo en la estructura anatómica con el mismo cuidado con el que se recoloca una pieza de museo.
Nadie habría notado nada.
Nadie habría imaginado que, durante unos minutos, ese hueso había estado dentro de mí.
Cuando terminé, me quedé un momento quieta en mitad de la sala, escuchando el zumbido constante de los frigoríficos. La morgue había recuperado su aspecto habitual: pulcra, silenciosa, casi respetuosa.
Como si nada hubiera pasado.
Como si él no hubiera estado allí.
Me lavé las manos más tiempo del necesario, dándome cuenta de que durante el forcejeo me había roto un par de uñas. Qué pena, las tenía bonitas. Cuando salí al pasillo, la vida del hospital continuaba exactamente igual que siempre.
Volví a mi puesto.
En la pantalla del ordenador seguía apareciendo la misma lista de pacientes que me habían asignado esa mañana, y entre ellos reconocí el nombre del mismo hombre de digestivo que había visto el otro día.
Luego cogí la carpeta y caminé hacia su habitación.
Cuando entré, él estaba incorporado en la cama, con la televisión encendida en un volumen bajo. Al verme, su expresión cambió de inmediato, y una sonrisa cansada apareció en su rostro.
—Enfermera —dijo, acomodándose un poco mejor contra la almohada.
Me acerqué a la cama y revisé rápidamente el monitor de constantes.
—¿Cómo se encuentra hoy?
—Mucho mejor —respondió con una pequeña risa—. De verdad. Mucho mejor que el otro día.
Tomó aire antes de continuar.
—Quería darle las gracias.
Levanté la vista hacia él.
—¿Por qué?
—Por cuidarme —dijo—. Sé que no es fácil lidiar con pacientes pesados como yo, pero… se lo agradezco.
Durante un instante me quedé mirándolo, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—No tiene que…
La puerta se abrió antes de que pudiera terminar la frase. La enfermera jefa apareció en el umbral con una expresión seria que no dejaba espacio para interpretaciones.
—Leah. Sal conmigo un momento, por favor.
Asentí sin decir nada.
—Ahora vuelvo —le dije al paciente, intentando mantener un tono normal.
Él sonrió con amabilidad, ajeno a la tensión que se había colado en la habitación.
Seguí a la enfermera jefa por el pasillo. Caminaba delante de mí con ese paso firme que siempre tenía, sin mirar atrás para comprobar si la estaba siguiendo. Todo parecía perfectamente normal. Excepto el nudo que empezaba a formarse en mi estómago.
Cuando entramos en su despacho, la habitación era pequeña, ordenada hasta el extremo, con un escritorio metálico, un ordenador y varias carpetas apiladas sin cuidado. Ella cerró la puerta tras de sí y me señaló la silla frente a la mesa.
—Siéntate.
Obedecí.
Ella permaneció de pie un segundo, observándome, antes de rodear la mesa y sentarse en su sitio. Durante unos segundos no dijo nada. Solo entrelazó las manos sobre el escritorio y me sostuvo la mirada. Suspiró.
—Leah —empezó finalmente—. Hemos detectado que falta cierta medicación en la farmacia del hospital.
Mi estómago se tensó.
—No grandes cantidades —continuó—, pero sí lo suficiente como para que nos haya llamado la atención.
Sentí cómo el corazón empezaba a latirme más rápido.
—¿Sabes algo al respecto?
Negué con la cabeza casi de inmediato.
—No.
Mi voz sonó más seca de lo que esperaba.
La mujer me observó durante un momento largo, demasiado largo. Luego suspiró.
—Bueno… —dijo, inclinándose ligeramente hacia el ordenador—. Creo que sí lo sabes.
Giró la pantalla.
En el monitor apareció una grabación de la cámara de seguridad de la farmacia del hospital.
Me vi a mí misma.
Era en un turno de noche, el pasillo estaba vacío, y en la imagen se me veía abrir uno de los armarios de medicación. Mis manos se movían rápidas, nerviosas. Cogía un par de cajas y las guardaba en el bolsillo de la bata antes de cerrar el armario y salir de la habitación.
Sentí cómo se me helaban las manos.
La jefa volvió a girar la pantalla hacia sí misma.
—Esto no se puede tolerar —dijo con una firmeza tranquila—. Bajo ningún concepto.
No levantó la voz.
—Así que, a partir de este momento, quedas despedida. Además —añadió— vamos a iniciar el proceso para retirar tu licencia para ejercer la medicina.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Espere… —dije, inclinándome hacia delante—. Por favor.
Mi voz salió más baja de lo que pretendía.
—No fue… no fue lo que parece.
La jefa me miró con una mezcla extraña de cansancio y decepción.
—Leah.
—Estoy pasando por un momento complicado —insistí—. Solo necesitaba un poco de ayuda.
Ella permaneció en silencio unos segundos.
—Lo sé.
Aquella respuesta me sorprendió.
Se recostó ligeramente en la silla, cruzando los brazos.
—Sé que estás pasando por una mala racha —Su tono había cambiado apenas un matiz—. Por eso todavía no he enviado el informe al colegio médicos.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—He dicho que todavía no lo he enviado.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Pero eso no significa que no vaya a hacerlo.
Tragué saliva.
—Por favor…
La jefa suspiró.
—Mira, hay un grupo de apoyo en el hospital —dijo finalmente—. Para personas con problemas de adicción.
Sentí un nudo formarse en mi garganta.
—Pero yo no soy adicta.
—Si accedes a asistir —continuó, interrumpiéndome— y demuestras que estás intentando arreglar esto, me pensaré lo de informar al colegio.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Pero tendrás que comprometerte.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotras.
—¿Entendido?
No respondí de inmediato.
Porque, por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, comprendí que mi vida acababa de romperse en dos otra vez.
Por mi culpa. Por mi enfermedad. Porque yo misma era un virus.
Porque mis manos nunca estuvieron de acuerdo con mi cabeza.
Porque yo misma había salido del infierno.
Habitar conmigo misma era como tener paciencia con algo cuando en el fondo sabes que no va a cambiar, pero a la vez no puedes dejarlo marchar.
—Entendido.
Diez minutos más tarde estaba recogiendo mis cosas. Entregándole los informes de mis pacientes a mis compañeras con una sonrisa fingida. Me preguntaron que por qué me iba. Me limité a responder algo como que las cosas no iban bien y era hora de cambiarlas.
Pero, exactamente, ¿cambiar el qué?
Yo no iba a poder cambiar. Creo que tampoco quería, en sí mismo. Si no lograba vivir con suficiente odio, ¿qué pasaría si mi existencia no bastaba para matarme?
Conduje hasta mi casa pensando que podría vivir hasta vaciar mi ser, pensando en cada suspiro que me hace perder la cabeza. Y ni aun así la ausencia de culpa me vencería antes que la muerte.