El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Aún no me había tocado de verdad y, aun así, su presencia ya se sentía como electricidad bajo la piel.

Cada vez que sus dedos me rozaban, aunque fuera apenas un milímetro, ese punto empezaba a arder, como si mi cuerpo reconociera el contacto antes incluso de que ocurriera.

Mi piel se quemaba por él. Y, al mismo tiempo, me escocía cuando no estaba allí, cuando sus manos se apartaban y dejaban ese vacío extraño, parecía que mi cuerpo se hubiera acostumbrado demasiado rápido a solo existir entre sus dedos.

—Eres tan delicada, mi perla. Me da miedo romperte.

—Rómpeme y acaba con esto.

—Mmm —gruñó en la distancia—. Las palabras tienen poder. Ten cuidado con cómo las usas.

Su rostro se inclinó un poco más cerca del mío. En la oscuridad no podía distinguir la forma de su sonrisa, pero sabía que seguía allí.

Sus manos empezaron a explorar mi torso, deleitándose con mis costillas. Las recorría como contándolas, evaluando si mi carne era merecedora de un mordisco. Ojalá lo fuera. Ojalá me comiera entera. Ojalá hincara los colmillos en el músculo y lo desgarrara hasta perforarme un pulmón.

Desabrochó mi blusa y dejó mis pechos al descubierto. Lamió uno de mis pezones, notando así la calidez de su boca cada vez que su lengua hacía un nuevo movimiento. Pasó al otro, dejando un rastro de mordiscos débiles por el camino.

No sabía qué estaba haciendo con mi cuerpo. Solo sabía que necesitaba más contacto, más piel. ¿Su piel estaría caliente como la mía? ¿Encontrarían sus manos mi propia entrepierna?

—Si te desnudo, ¿te encontraré mojada, mi perla?

Joder.

No respondí en sí, tampoco sé si asentí.

Me quedé callada. Esperando cualquier movimiento por su parte.

Odiaba la oscuridad. En la morgue la oscuridad no era solo ausencia de luz; era algo más denso, más pesado.

Me hacía sentir como uno de los cuerpos que descansaban allí cuando las luces estaban encendidas.

Inmóvil. Expuesta. Como un cadáver esperando a que alguien abriera su piel y empezara la autopsia.

—No quiero esto.

—Tú nunca quisiste el cielo, mi perla.

—Deja de llamarme así —dije, buscando su boca.

Sus labios se abrieron para mí, pero no me besaron. Dejaron la respiración colgando entre su boca y la mía. Sus suspiros se colaban entre mis dientes y rozaban mi lengua. Estaba esperando a que yo buscara roce.

No pude por menos que abalanzarme a por él.

Mis labios chocaron contra los suyos con más urgencia de la que pretendía.

Durante un instante no respondió; permaneció quieto, recibiendo el beso como si lo estuviera estudiando, como si quisiera entender qué parte de mí estaba buscando aquello.

Yo tampoco lo entendía. No entendía por qué deseaba a un hombre como él.

Pero luego su boca se movió.

No fue un beso suave, tampoco violento. Fue lento, profundo, como si quisiera adentrarse en él más de lo que un simple beso permitía.

Sus labios se cerraron sobre los míos con una precisión deliberada, y sentí cómo su mano volvía a encontrar mi cintura, sujetándome con una firmeza que me impedía apartarme.

Su respiración se mezcló con la mía.

Noté su dureza intentando escaparse de sus pantalones, haciendo un bulto más que evidente que ya estaba restregando contra mis propios vaqueros.

Ezra estaba gimiendo en mi boca a mitad del beso.

Le mordí el labio inferior y tiré de él, separándonos apenas unos centímetros.

Y el gruñó de nuevo y acercó mi cuerpo más al suyo.

—Saca la lengua, Leah.

No sabía por qué, pero obedecí.

Tiré la cabeza hacia atrás, abrí la boca e hice lo que me ordenó. Después de dos segundos que se me hicieron interminables, la saliva de Ezra aterrizó en la comisura de mis labios, cayéndose en mi lengua y deslizándose por mi garganta.

—Trágatelo, mi perla.

Lo hice.

Tragué y lo saboreé. Ezra sabía dulce. Dulce como el infierno en sí mismo.

—¿Harás lo mismo con mi corrida? —preguntó mientras escuchaba movimiento—. Tragártela cuando yo quiera. Jugar con ella entre tus labios y que gotee por tu barbilla.

—Sí.

—Mmm… qué complaciente —pasó los dedos por mis mejillas. Estaba llorando y no me había dado cuenta—. Estás preciosa cuando lloras, Leah. Tengo tu cara de guarra memorizada. Ojalá poder verla ahora.

Se había desabrochado los pantalones. Notaba su carne jugar con mis muslos, haciendo presión en la costura de mis vaqueros donde se escondía mi entrepierna.

—Esto es lo que me haces. Esto es lo que me provocas. Esto es lo que lleva pasando desde que te conocí.

Sus manos empezaron a desabrocharme los míos con urgencia, y con la misma, yo levanté un poco el culo para que pudiera bajármelos.

Los arrastró hasta las rodillas y cayeron por su propio peso a los tobillos.

Levanté una pierna y la apoyé encima de la mesa.

Con el ángulo perfecto para que pudiera hacer conmigo todo lo que quisiera.

—Te odio, Leah. Me despiertas cosas que me pidieron dormir —admitió, mientras deslizaba mi ropa interior a un lado—. Pones a prueba mis límites y no soy un hombre paciente.

Apoyó su erección entre mis labios. Se lubricó la polla con mis propios fluidos, arrastrándola hacia delante y atrás con una paciencia desesperante. Jugó con la punta, acercándola a mi entrada pero sin penetrarme del todo.

—¿Te vas a portar bien hasta que pueda follarte, mi perla? —preguntó mientras me rozaba el clítoris con el glande, jugando con mi carne como él quería.

—Sí.

—Bien —concluyó en mi boca—. Ahora bien, ¿estarás lista para mis propios límites?

Se apartó apenas unos centímetros de mi cuerpo, pero la distancia se sintió mucho mayor, como si al retirarse hubiera arrastrado consigo el único calor que quedaba en aquella habitación. El frío regresó de inmediato, trepando mis muslos.

De pronto me sentí incompleta.

Sentía el odio, el rencor, la rabia que llevaba tanto tiempo acumulándose dentro de mí… pero también algo más peligroso: la necesidad de que él estuviera allí para aplastar todo eso. De que su presencia se impusiera sobre mi ira, sobre mi resistencia, sobre cualquier intento de apartarme.

Acercó la punta a mi entrada y empezó a follarme. Sin vacilación y sin avisos previos. Y yo no pude hacer otra cosa que echar mi cuerpo hacia atrás. Dejando caer el peso de mi cuerpo a mis espaldas, todavía apoyándome en mis muñecas. De mis labios salieron sonidos cortantes.

—Haz ese ruido otra vez, mi perla. Hazlo para mí.

Se metió más en mi interior. Las paredes de mi coño se ensanchaban a medida que se pegaba más a mí. La metía y la sacaba con lentitud. Notaba sus ojos recorrerme, a pesar de la oscuridad. Agradecí al cielo que estuviéramos sin luz.

De verdad, de corazón.

Esto era una locura. Había perdido la cabeza. Pero, ¿qué podría hacer?

Estaba dejando que Ezra me usara, me humillara y que encima me exigiera más. Con él siempre era más y más. Le estaba dando todo mi cuerpo y encima me llamaría egoísta por quedarme con mis huesos.

Se retorció dentro de mí, gimiendo en voz alta. Sentí sus labios acercarse a los míos mientras yo era incapaz de reprimir mis propios sonidos.

Sonreí, no sabía por qué. Ezra me despertaba muchas cosas. La mayoría contradictorias y sucias. Turbulentas, como un líquido sanguinolento que escapa de un órgano vivo.

Me mordí el labio mientras él seguía follándome. Empujé mi cuerpo contra el suyo para que se enterrara más en mí, alzando el culo un poco para que cada centímetro se sintiera dentro.

—Lo estás empapando, Leah —dijo, a mitad de una risa. Ezra tenía una risa especial. Una risa de alguien que no entiende la broma pero la continua igual.

Un puto lunático.

Volví a empujar dentro, cansada de sus juegos. Él gruñó bajo mi movimiento y tiró aún más de mi ropa interior. Rozando mi clítoris con sus dedos. Eché la cabeza hacia atrás, pero una mano me sujetó la nuca mientras entrelazaba mi pelo entre sus dedos.

—Así, mi perla. Hasta el fondo.

Me empezaron a temblar las piernas y todo mi cuerpo se tensó.

Intenté no hacer demasiado ruido cuando el orgasmo salió de mi boca.

Él apretó mi cuerpo contra el suyo y sonrió en mi mejilla.

Le divertía mi placer. Le divertía tenerme con el tanga a un lado mientras me follaba en la oscuridad de una puta morgue.

Cuando por fin me sentí saciada, me aparté y salió de mi cuerpo.

Las luces de la estancia parpadearon mínimamente, y mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse ante tal flashazo.

Le miré a la cara. Estaba sonriendo, con el pelo negro cayendo por su frente, enmarcando todos sus rasgos.

El azul de sus ojos chisporroteaba y se pasó la lengua por el labio superior con una calma irritante, saboreando el momento como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Al bajar la vista me encontré con algo que jamás, ni en mis peores pesadillas, pude imaginar.

Ezra sostenía un fémur con una mano.

Lo sujetaba con naturalidad, como si fuera un objeto cualquiera, pero la cabeza redondeada del hueso estaba manchada. Empapada.

Empapada con mis propios fluidos.