Capítulo 14
La perla
M e quedé sola en la morgue para rellenar los papeles, como parte del equipo médico que había presenciado el reconocimiento y debía certificar que todo se había hecho conforme al protocolo.
Nada extraordinario. Firmas, horas, nombres.
Trámites que existen para poner un cierre administrativo a algo tan absurdo como la muerte.
Me dolía la cabeza.
Me sorprendió más de lo que debería. Hacía ya un par de días que no me pasaba, no desde que había empezado a tomarme la medicina por mi mano.
Era un dolor sordo, insistente, como una presión interna que no terminaba de estallar.
Me llevé la mano a la frente y cerré los ojos un momento, solo para comprobar si el mundo seguía en su sitio.
La luz de la morgue parpadeó.
Fue apenas un segundo, lo justo para que el blanco se volviera gris y después regresara a la normalidad, como si nada hubiera ocurrido.
Abrí los ojos de inmediato. El fluorescente seguía encendido, estable, inocente.
Me quedé quieta, escuchando, esperando que algo más confirmara que no había sido solo cosa mía.
No pasó nada.
La morgue era la de siempre. Una morgue típica, sin adornos ni rarezas: paredes de azulejo claro, demasiado fáciles de limpiar.
El suelo pulido, frío incluso a través de la suela del calzado.
Las cámaras frigoríficas alineadas en un lateral, puertas metálicas con números negros, impersonales, como taquillas de un vestuario al que nadie querría pertenecer.
Y una mesa enorme metálica en el centro.
El aire olía a desinfectante y a metal, una mezcla neutra que intentaba borrar cualquier rastro humano y no lo conseguía del todo.
Aun así, bajo aquella luz blanca, todo parecía ligeramente desplazado.
Las sombras se acumulaban donde no deberían, en las juntas de los azulejos, en los huecos entre las cámaras, en la esquina donde la luz no alcanzaba con la misma intensidad.
Cada superficie reflejaba una versión distorsionada de mí misma: fragmentada, multiplicada, algo que no terminaba de encajar en una sola forma.
Tragué saliva, respiré hondo y empecé a escribir, diciéndome que el dolor de cabeza, la luz, esa inquietud que me recorría la espalda no eran más que efectos secundarios de lo que llevaba encima.
Solo eso. Efectos secundarios.
El móvil vibró sobre la mesa metálica y el sonido me sobresaltó más de lo que debería. Demasiado fuerte en un lugar donde cualquier ruido parecía una blasfemia. Lo miré con fastidio primero, pensando que sería la supervisora o alguna notificación tardía, y fue entonces cuando vi el número.
El número invertido.
“Estás respirando muy deprisa.”
Se me cerró el estómago. Levanté la cabeza de inmediato, pensando que alguien podía estar observándome desde algún punto concreto, pero la morgue seguía exactamente igual. Demasiado igual. El móvil vibró de nuevo antes de que pudiera reaccionar.
“No necesito estar cerca de ti para conocer tu respiración, Leah.”
Me llevé la mano a la frente sin pensar. El gesto me delató incluso a mí misma. Sentí un frío espeso en la espalda, una lucidez desagradable.
Otro mensaje.
“Creo que es porque tu cuerpo me rechaza.”
La pantalla volvió a encenderse casi de inmediato.
“Pero no hay nada más excitante que un cuerpo que rechaza a su creador.”
Intenté salir. Fui hasta la puerta, empujé, pasé la tarjeta por el lector con manos torpes. Nada. El pitido nunca llegó. Miré la tarjeta entonces, y vi rayones en la banda metálica, profundas, irregulares. Alguien se había asegurado de volver irreconocible mi tarjeta identificativa.
El móvil vibró otra vez.
“¿Has olvidado a quién obedeces?”
Me giré de golpe, convencida de que alguien estaba detrás de mí. Nadie. Solo la hilera de cámaras frigoríficas, inmóviles, alineadas como dientes repletos de caries. El zumbido de mi cabeza seguía ahí, grave, envolvente.
Uno, dos, tres.
Otro mensaje.
“Siempre hay calma antes de la tormenta, mi perla. Yo puedo lidiar con eso pero… ¿podrás tu?”
Me quedé inmóvil, con el teléfono temblando en la mano, comprendiendo demasiado tarde que aquello no era una amenaza inmediata.
Era algo peor.
Era alguien que conocía mis tiempos.
—Ezra… —dije en voz alta, y mi propia voz me sonó extraña allí dentro, demasiado frágil, demasiado humana.
Esperé.
Nada.
Me alejé de la puerta sin darme cuenta, parecía que algo invisible me empujara hacia dentro de la sala.
Retrocedí hasta una esquina, el único lugar donde al menos tenía dos paredes cubriéndome la espalda.
Me dejé caer al suelo con torpeza y me abracé las rodillas, encogida, intentando hacerme pequeña, desaparecer dentro de mí misma.
Respiraba mal. A trompicones. Mejor dicho, no sabía respirar.
Uno, dos, tres.
—Ezra, por favor déjame… —dije esta vez con la voz rota, sin fuerza, como si decir su nombre fuera lo único que me mantenía entera.
El móvil vibró en mi mano.
“No.”
La luz de la morgue desapareció.
Puf.
Sin más, la estancia quedó a oscuras.
—¡He dicho que me dejes, joder!
No terminé de escuchar el eco de mi propia voz cuando lo sentí.
—Y yo he dicho que no, Leah —susurró alguien en mi cuello.
De pronto, una mano me rodeó las mejillas, apretándolas para obligarme a abrir la boca. Pero yo estaba demasiado paralizada como para gritar, como para siquiera emitir sonido alguno.
Otra mano cogió las puntas de mi pelo y tiró de ellas. Me arrastró hacia su cuerpo. Él parecía que estaba de pie, o al menos agachado. Me choqué con sus pantorrillas e instintivamente me abracé a ellas.
—¿Por qué haces esto? —pregunté, sollozando —. Me haces daño, me haces mucho daño.
Ezra soltó una pequeña exhalación. No sonaba enfadado. Tampoco satisfecho. Era algo peor: era una calma espesa en sí misma. No había nada más peligroso que un hombre que sabía lo que quería, y que además, no tenía nada que perder.
—El dolor despierta cuerpos, mi perla.
Tiró de mi pelo y con ello, tuve que ponerme de pie. Me dolía la sensible piel de mi cabeza y estaba empezando a sudar por la espalda. Mi móvil seguía encendido en el suelo, era la única fuente de luz de toda la estancia.
Reuní el valor suficiente para mirarle a la cara, aunque sabía que hacerlo solo iba a empeorar las cosas.
Ezra sonreía.
No era una sonrisa abierta ni amable, sino algo leve, apenas una curva tranquila en la comisura de los labios, como si todo aquello le resultara interesante.
Me observaba con una calma inquietante. Con la cabeza ligeramente inclinada.
Definitivamente estaba pensando, evaluando cada gesto mío con la paciencia de quien examina algo que ya comprende.
Sus ojos azules seguían siendo lo peor. Eran demasiado claros, demasiado quietos, y al sostener su mirada sentí la desagradable impresión de que me atravesaban, de que no se limitaban a mirarme sino que buscaban algo dentro de mí. Sabían leerme. Sabían escribirme. Sabían diferenciarme.
Su pelo le caía largo, desordenado, y los mechones oscuros le rozaban por encima de los hombros. Algunos le caían sobre la frente, proyectando pequeñas sombras sobre sus pómulos marcados y sobre la mandíbula dura que se tensaba ligeramente cuando su sonrisa se mantenía.
Era horrible. Preciosamente horrible.
—Mi perla, mi perla, mi perla…
Repitió ese nombre a medida que se acercaba a mí. Yo retrocedía, no sabía muy bien a dónde. La parte baja de mi espalda chocó con el borde de la mesa metálica que estaba en el centro de la morgue. Incluso con ropa podía sentir el frío metal mordiéndome la piel.
Ezra se detuvo a apenas un paso de mí.
Levantó una mano.
Durante un segundo pensé que iba a tocarme, o a pegarme. Giré la cara antes de que pudiera hacerlo. Pero sus dedos se detuvieron en el aire, a escasos centímetros de mi piel, como si estuviera recordándose a sí mismo que todavía no podía tratarme con tanta delicadeza.
—Te he buscado tanto… —murmuró.
Su voz era baja, suave, y eso la hacía todavía peor.
—Y tú sigues intentando rechazar a tu creador.
Sus ojos volvieron a clavarse en los míos.
—Pero eso es lo bonito de ti, Leah.
Su sonrisa se ensanchó apenas un poco más.
—Que tu dolor habita en mí.
Durante unos segundos no supe qué responder. Algo en la forma en que lo había dicho me había vaciado por dentro. Como si esas palabras no fueran una metáfora para él, sino una afirmación literal.
Negué con la cabeza, lentamente.
—Estás enfermo.
Inclinó un poco la cabeza, observándome con una curiosidad casi infantil, como si aquella respuesta fuera exactamente la que esperaba.
—Siempre existe una cura, mi perla. Hasta para la peor de las infecciones.
Su mano seguía suspendida en el aire entre nosotros, a pocos centímetros de mi cara. Podía sentir el calor de su piel sin que llegara a tocarme. Era una distancia mínima, insoportable. Enfermiza.
Por primera vez su sonrisa cambió.
No desapareció, pero se volvió más tensa, más fina.
Ezra dejó caer la mano despacio.
—Qué curioso —murmuró—. Todo lo que eres empezó conmigo.
—Eres un monstruo, Ezra.
Avanzó medio paso más.
El borde de la mesa metálica me presionó con más fuerza la espalda. Ya no tenía espacio para seguir retrocediendo.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
Sentí su aliento rozándome la mejilla.
Su voz se volvió casi un soplo.
—Si yo soy un monstruo, Leah…
Sus labios se curvaron de nuevo. Podía ver sus colmillos.
—Entonces tú eres su puta merienda.
Me cogió con ambas manos por la cintura. Me levantó del suelo y me sentó en lo que reconocí como el borde de la mesa metálica. Mi bata blanca resbaló por los lados y con una delicadeza pasmosa, deslizó la tela por mis hombros hasta que se despojó de ella.
La luz del móvil parpadeó una vez, luego otra, iluminando a intervalos su rostro inclinado sobre mí, antes de apagarse del todo y devolver la morgue a la oscuridad.