El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Llegaron amortiguados al principio, como si el hospital intentara protegerse de ellos, pero enseguida se volvieron claros, desgarrados, imposibles de ignorar.

Provenían de urgencias. Probablemente los padres.

Acabarían de llegar. Lo supe sin que nadie tuviera que decirlo.

Había un tipo de grito que solo aparece cuando la noticia ya ha sido dada y el cuerpo no sabe cómo contenerla.

Se me cerró el pecho.

No pude soportarlo.

No pude imaginar sus caras, ni el gesto exacto en el que la esperanza se les rompía.

Una culpabilidad espesa, antigua, que no tenía un nombre concreto, me subió desde el estómago hasta la garganta y me dejó sin aire. Bajé la vista, llevé el vaso a los labios e intenté beber el café despacio, concentrarme en el calor, en el sabor amargo, en la sensación física de tragar.

El café temblaba todavía más.

Me apoyé en la mesita porque las piernas dejaron de parecerme fiables.

Sentía la piel demasiado ajustada, mi cuerpo se me había quedado pequeño de pronto, tenía algo dentro que empujaba por salir.

Sudaba frío. Me picaban los brazos. La mandíbula se me tensó hasta dolerme.

Reconocí esa sensación con una lucidez que me dio rabia: no era solo ansiedad. Era mi cerebro pidiéndome más.

Un adicto siempre pide más.

Un adicto siempre miente más.

Un adicto siempre, siempre, siempre hará lo que sea para otra dosis.

Me castañeteaban los dientes. Tenía la sensación constante de que algo horrible estaba a punto de pasar, aunque no sabía qué, ni dónde, ni por qué.

Solo la certeza aplastante de que no iba a soportarlo.

De que no iba a aguantar así mucho más. Conté respiraciones, pero perdí la cuenta.

El café se me revolvió en el estómago y tuve que tragar varias veces para no vomitar.

Metí la mano en el bolsillo del vaquero con un gesto aprendido, automático, y noté el tacto duro y familiar de las pastillas.

Había traído un par precisamente para eso, para cuando los síntomas de la abstinencia regresaban sin avisar, cuando el cuerpo empezaba a traicionarme en los momentos menos oportunos.

No podía permitirme que se notara. No allí.

No cuando acabábamos de perder a un paciente.

Me llevé una a la boca, y luego la otra, sin agua, dejando que se deshicieran despacio mientras tragaba saliva. El sabor era áspero, químico, pero conocido. Esperé y conté.

Uno, dos, tres.

Uno, dos, tres.

Al principio el temblor siguió ahí, insistente, pero poco a poco empezó a retirarse, como una marea cansada.

El pulso se me asentó. El pecho me dejó de doler.

Inspiré hondo, llenando los pulmones hasta donde pude, y solté el aire con cuidado, como si cualquier brusquedad pudiera romper el equilibrio recién recuperado.

El móvil vibró en el bolsillo del uniforme cuando ya había conseguido que el pulso se me estabilizara lo justo. Contesté casi de inmediato, como una niña asustada.

Era la supervisora de urgencias.

Me explicó que los padres del chico habían llegado hacía unos minutos.

Que estaban destrozados. Que, por protocolo, alguien del equipo que hubiera estado presente durante la atención tenía que acompañarlos a la morgue para el reconocimiento del cuerpo.

También habría un oficial de policía; uno de los que había acudido al accidente, para dejar constancia formal de que el reconocimiento se hacía correctamente.

—Te toca a ti —dijo—. Tienes que empezar a afrontar estas cosas, Leah.

No pregunté nada. No dije que no. ¿Cómo iba a decir que no? Era mi trabajo.

Los encontré en una sala pequeña, demasiado blanca.

Los padres estaban sentados uno junto al otro, sin tocarse, como si incluso el consuelo se les hubiera quedado grande.

El padre miraba al suelo. La madre tenía los ojos fijos en un punto indeterminado de la pared, con una expresión vacía que reconocí de inmediato.

El oficial estaba de pie, a un lado, con el gesto serio, profesional, incómodamente humano.

Les expliqué lo imprescindible. Usé la voz que se usa en esos casos, neutra, contenida, pensada para no romper nada más.

Asintieron sin mirarme. Cuando nos pusimos en marcha, sentí que cada paso que daba hacia la morgue pesaba más que el anterior.

El trayecto fue silencioso. Nadie hablaba.

El sonido de nuestros pasos parecía amplificado.

Notaba la presencia del policía detrás de nosotros, firme, y aun así no conseguía quitarme de encima la sensación absurda de que éramos demasiados… o de que faltaba alguien.

Pero algo no estaba bien.

Mientras yo exista nada estará bien.

Uno, dos, tres.

La morgue estaba fría.

Siempre lo estaba, pero aquella vez el frío parecía distinto, más escurridizo.

Encendí la luz y el fluorescente tardó un segundo en reaccionar.

El padre dio un paso al frente. La madre se quedó atrás, aferrada a su propio abrigo, como si aún pudiera marcharse.

No se tiene escapatoria cuando la muerte te alcanza.

Abrí la cámara correspondiente con cuidado, explicando cada gesto, marcando el ritmo para que no fuera un golpe seco.

Cuando el compartimento se deslizó el tiempo pareció ralentizarse de una forma casi insoportable.

Deslicé la lona impermeable por encima del cuerpo, para dejar al descubierto la cara del chico.

Gracias a Dios, su rostro no había recibido demasiados daños.

Un cuerpo fallecido siempre me había parecido algo profundamente extraño.

No tenía nada que ver con la violencia de la muerte ni con el dramatismo que uno imagina; al contrario, lo inquietante es su quietud.

La forma en que el cuerpo descansa como si hubiera decidido detenerse solo un momento.

Los párpados cerrados, la boca relajada, los rasgos suavizados hasta parecer ajenos.

Podría jurarse que la persona estaba dormida, atrapada en un sueño demasiado profundo, uno del que todavía podría despertarse si alguien dijera su nombre en voz alta.

Mirar un cadáver era enfrentarse a una paradoja insoportable: todo parecía estar en su sitio y, aun así, la persona ya no estaba en ninguna parte.

El padre lo reconoció primero. Un sonido bajo, quebrado, escapó de su garganta antes de que pudiera evitarlo.

La madre avanzó entonces, muy despacio, como si cada paso fuera una negociación imposible con la realidad.

No gritó. No lloró de inmediato. Solo se llevó una mano a la boca y negó con la cabeza, una y otra vez.

Uno, dos, tres.

—Cariño mío… —dijo.

Yo me quedé a un lado, cumpliendo mi papel, sosteniendo la escena desde fuera, repitiéndome que aquello era trabajo, que aquello era protocolo, que no tenía nada que ver conmigo.

Y aun así, mientras el oficial confirmaba el reconocimiento y los padres se rompían definitivamente, tuve una sensación extraña, casi física: la de haber sido testigo de algo que no se había cerrado del todo.

Todo parecía haber llegado a su final, y sin embargo algo en mí insistía en que aquello no podía ser el final verdadero.

Que la vida no podía apagarse de forma tan abrupta, tan simple.

Ojalá la vida no se cerrara con la muerte.

Ojalá la muerte no fuera solo una puerta que se cierra desde fuera.

Ojalá haya algo más allá. Algo que no esté contaminado por el miedo ni por la culpa. Algo que no duela.

Era muy curioso.

No podía recordar qué había desayunado, ni cómo ni cuándo. Tampoco con quién, de hecho. Pero recordaría para siempre lo que llevaba puesto cuando les tuve que decir a estos padres que su hijo estaba muerto.