El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

La perla

C uando tuve que prepararme para ir a trabajar me di cuenta de que no había dormido.

Me di cuenta, también, de que la alarma de siempre, a pesar de haber sonado a la hora de siempre, me había pillado de sopetón.

Rompió el silencio de la casa como el llanto de un bebé.

Me di cuenta, por supuesto, de que había perdido la noción del tiempo.

Pasé la noche vigilando cada rincón de mi casa. Incluso me levanté un par de veces para correr las cortinas detrás de las ventanas. Nunca supe si me aliviaba o aterraba más el hecho de que no había nada ni nadie.

Aún así sentía el aliento de Ezra en mi cuello, lo sentía como una lengua viscosa que se arrastraba por mi cuerpo. Me intoxicaba su tacto, me intoxicaba su devoción. Me enfermaba solo de pensarlo… y solo de ansiarlo.

Me preparé para ir a trabajar por pura inercia, como si el cuerpo supiera qué hacer aunque la cabeza se hubiera quedado estática en el tiempo.

Elegí ropa cómoda como siempre. Al ponerme los pendientes de perlas me vi en el espejo y me detuve.

Tenía la piel apagada, los ojos hundidos, con ese cansancio que no se corrige durmiendo porque no nace del sueño.

Dudé un segundo y, al final, me maquillé un poco.

No para verme bien, sino para no verme así.

Bajé las escaleras buscando la bolsa del trabajo y fue entonces cuando noté que la luz de la cocina estaba encendida. Me quedé quieta, con un pie en el último escalón, escuchando.

Nada. Ningún ruido extraño. Ninguna presencia evidente.

Aun así, el aire estaba frío, demasiado frío.

La puerta principal estaba abierta de par en par.

Nevaba con fuerza. El viento se colaba sin pedir permiso y la nieve había empezado a invadir el recibidor, acumulándose en el suelo como una lengua blanca y silenciosa.

Corrí hacia la puerta y la cerré de golpe, con las manos torpes y el corazón desbocado.

Por la cantidad de nieve que había entrado, llevaba abierta varios minutos.

Entré en la cocina despacio, pensando que incluso el espacio podía reaccionar a mis pasos.

Sobre la encimera me encontré con los restos de un desayuno perfectamente preparado.

Dos platos. Uno vacío, con restos, migas desordenadas, la huella clara de alguien que había comido sin prisas.

El otro a medio terminar, con una tortita mordida a la mitad.

Acerqué la mano y toqué la comida restante. Seguía caliente.

Reciente.

Joder.

Sentí un vuelco seco en el estómago. Al lado del plato había una nota.

“Gracias por haber desayunado conmigo, mi perla. No me gusta estar solo. Conmigo tú tampoco volverás a estar sola.”

Bajé la vista y me fijé en mi propia mano, la que sujetaba ese pequeño papel: estaba manchada. Tenía restos de comida bajo las uñas, pequeñas partículas aplastadas contra la carne, y entre los nudillos había manchas brillantes, irregulares, dulzonas.

Tortitas. Sirope.

Había comido. Había desayunado.

Pero ¿cuándo?

El estómago se me cerró de golpe.

No solo me daba asco, también era la confirmación de que aquello había ocurrido de verdad.

O peor: de que había ocurrido conmigo, pero no me acordaba.

Me froté la mano contra el pantalón con torpeza, cada vez más fuerte, como si así pudiera borrar la sensación, pero cuanto más insistía más consciente era de la textura pegajosa, del olor dulzón que no recordaba haber tocado, de la idea insoportable de que alguien hubiera usado mis manos mientras yo no estaba consciente.

Levanté la cabeza y miré alrededor de la cocina con un movimiento brusco, desordenado, como un animal acorralado.

La encimera. Las esquinas del techo.

El espacio oscuro detrás de la nevera. El pasillo que se abría hacia el resto de la casa.

Nada se movía. Nada parecía fuera de lugar.

Y aun así, algo estaba mal.

Conmigo siempre estaba algo mal.

Tan mal que empecé a llorar sin darme cuenta, un llanto silencioso, contenido, como si incluso el sonido de mi propia respiración pudiera delatarme.

La casa estaba en absoluto silencio.

La madera no crujía. No zumbaba ningún electrodoméstico.

No había ruido de fondo alguno. Era como si la casa entera estuviera escuchando, como si cualquier ruido pudiera romper algo que todavía no entendía, pero que intuía peligroso.

Ese silencio era lo verdaderamente aterrador.

No porque confirmara que no había nadie, sino porque hacía imposible de creer que de verdad no hubiera nadie.

Me lavé las manos con un pequeño chorro de agua del grifo de la cocina. No tenía tiempo para pensar en ese momento, tenía que irme a trabajar.

Conduje despacio, demasiado despacio, atravesando la carretera cubierta de nieve, y entonces comprendí que el señor Lorne tenía razón: había nevado lo suficiente como para cubrir aquello que normalmente obligaba a desviar la mirada.

Sabía que los cadáveres de animales seguían allí, repartidos a lo largo del asfalto, pero ahora no podía distinguirlos.

La nieve los había vuelto indistintos, casi amables, y pude avanzar con un poco más de tranquilidad.

Llegué al hospital con dificultad, con los dedos rígidos y la cabeza todavía demasiado llena de silencio.

Fui directa a la taquilla para cambiarme y fue entonces cuando me di cuenta de que el busca no funcionaba.

Lo miré, lo giré entre los dedos, lo apagué y lo encendí sin éxito.

Se lo comenté a la enfermera responsable de la planta, que apenas levantó la vista de su lista y me dijo que no pasaba nada, que llevara el móvil personal encima y que, si me necesitaban, me llamarían por ahí.

Asentí, como si esa solución no me incomodara en absoluto. No me gustaba llevar mis objetos personales encima en el trabajo.

Me puse la bata, me recogí el pelo, guardé el teléfono en el bolsillo del uniforme y empecé a trabajar.

Las horas pasaron con una normalidad engañosa, hecha de pasos rápidos, voces bajas y luces blancas que no dejan espacio para pensar. Hasta que, a mitad de turno, llegó el aviso de urgencias. Un chico joven. Accidente de moto.

Cuando llegaron corriendo tres compañeros arrastrando la camilla desde la ambulancia, todo se volvió inmediato.

El cuerpo del chico estaba recto pero visiblemente torcido, como si algo esencial se hubiera desalineado.

Las piernas habían recibido el impacto de lleno; la ropa estaba rota, empapada en sangre, y bajo ella se intuía el daño antes incluso de mirarlo de frente.

Había fracturas abiertas, demasiado evidentes, y en uno de los muslos se distinguía, entre la sangre oscura y la piel desgarrada, la línea pálida e inconfundible del hueso.

Parte del fémur asomaba, limpio en su forma, casi obscenamente intacto frente al caos que lo rodeaba.

Un lienzo de color rojo donde solo destacaba el blanco del hueso. El color rojo y el color blanco biológicamente unidos.

Trabajamos rápido. Siempre se trabaja rápido.

Pero había algo en la forma en que los médicos se miraron entre ellos, en la manera en que nadie pronunciaba ciertas palabras, que lo dejaba todo claro sin necesidad de decirlo.

El chico estaba consciente a ratos, lo justo para gemir, para intentar moverse, para preguntar algo que nadie llegó a entender del todo. Conseguimos su nombre y apellidos rebuscando entre su cartera y llamamos a sus contactos de emergencia.

Siempre he odiado esa parte. La de escuchar las voces rotas de unos padres que saben que quizás no volverán a ver a su hijo con vida.

Hicimos lo que se hace cuando ya no queda remedio, cuando el cuerpo ha cruzado un umbral invisible y solo queda acompañarlo hasta el final sin hacerlo más doloroso de lo necesario.

No se le pudo salvar.

El chico murió rodeado de todo el equipo médico.

Cuando todo terminó y el ruido volvió a bajar de volumen, me quedé un segundo de más mirando aquella pierna imposible, aquel hueso que no debería haber estado ahí, expuesto al aire, y pensé, sin saber por qué, en la nieve cubriendo la carretera, en cómo basta una capa lo bastante espesa para que deje de verse lo que ya estaba roto desde antes.

Pensé, también, que yo siempre he estado rota de antes.

Los cachitos de mi alma parecían ya no coincidir entre sí.

Algo incómodo de pensar, algo que me perseguía desde hacía varias semanas.

Miré la hora en la pantalla del móvil.

Habían pasado cuatro horas de mi turno.

Salí de urgencias con la sensación de llevar algo pegado a la espalda, una presión leve pero constante que no sabía localizar del todo.

Decidí ir a la salita de descanso a por un café, necesitaba algo caliente entre las manos, algo sencillo a lo que aferrarme. Mientras caminaba por el pasillo tuve la sensación inequívoca de que alguien se movía a mi lado, apenas un desplazamiento de aire, una presencia rozándome el campo de visión.

Giré la cabeza de golpe. No había nadie. Nunca había nadie.

El pasillo estaba vacío, limpio, iluminado con esa luz plana que me ponía de los nervios. Seguí andando, diciéndome que era el cansancio, que llevaba demasiadas horas despierta, que la cabeza a veces rellena huecos cuando no soporta el silencio.

Pobre Leah.

En la sala de descanso la cafetera acababa de terminar.

Cogí el vaso y fue entonces cuando me di cuenta de que me temblaba el pulso de forma exagerada, un temblor fino, incontrolable, que hacía vibrar el café recién hecho hasta el borde.

Me quedé mirándolo un segundo y me convencí de que eran los nervios, el impacto tardío de la intervención, la imagen del chico muriéndose todavía demasiado fresca como para no dejar rastro.

Después de unos minutos, entonces escuché los gritos.