Capítulo 12 #2
Entonces escuché un murmullo bajo, constante y casi metálico.
Tardé un momento en identificarlo porque no era un sonido al que estuviera acostumbrada últimamente.
Venía de las paredes, de dentro. Me incorporé despacio y caminé siguiendo ese susurro hasta apoyar la palma de la mano en una de ellas.
Aire caliente. Bajé la mirada y toqué el radiador.
Estaba caliente.
La calefacción estaba funcionando.
Retiré la mano de golpe, con un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura, y miré alrededor, como si esperara encontrar a alguien observándome desde algún rincón imposible. El aire de la casa ya no estaba helado, ya no mordía la piel.
Tragué saliva.
Ezra había cumplido su palabra. Había dicho que lo arreglaría. Y lo había hecho.
Me apoyé contra la pared, cerré los ojos un instante y dejé escapar un suspiro tembloroso, atrapada entre el alivio y el terror, consciente de que había dejado entrar a un completo desconocido a mi propia casa.
Que había dormido con él, que me había acostado con él.
Y de que eso, lejos de tranquilizarme, acababa de confirmar que nada de aquello estaba solo en mi cabeza.
Pero alguien le tenía que conocer. Alguien tenía que haberle visto. Nos habían visto juntos en el pueblo. El día que nos conocimos Ezra parecía un vecino más.
Miré la hora en el móvil con un movimiento brusco. Todavía me daba margen. Poco, pero suficiente. No podía quedarme quieta. No ahora. Necesitaba saber.
Cogí las llaves, me puse la chaqueta sin pensar y salí de casa casi corriendo, cerrando la puerta tras de mí con un golpe seco.
El aire frío de la tarde me despejó lo justo para mantenerme en pie mientras subía al coche y arrancaba sin demasiada delicadeza, con la intención clara de bajar al pueblo y preguntar, insistir, remover lo que hiciera falta hasta que alguien pronunciara su nombre sin que sonara a mentira.
Avancé unos metros y, casi de inmediato, el plan se deshizo solo.
El camino secundario seguía cortado, igual de cerrado, igual de definitivo que antes, con las vallas y la cinta marcando un límite que no estaba dispuesta a cruzar. Frené con rabia y me quedé unos segundos mirando al frente, sabiendo perfectamente cuál era la única alternativa que quedaba.
La carretera principal.
Sentí un nudo seco cerrárseme en el estómago. La imagen de los animales muertos, del olor, de la vaca agonizando a pocos metros del coche, volvió con una nitidez obscena.
Ni de coña.
No iba a volver a pasar por allí. No iba a exponerme otra vez a ese escenario, no con los nervios aún en carne viva y la cabeza hecha un desastre.
Giré el volante antes siquiera de terminar de pensarlo.
Si no podía ir al pueblo, iría a la única persona que conocía allí. El señor Lorne.
Conduje hasta su casa con una urgencia torpe, aparqué sin cuidado y bajé del coche casi de un salto. El porche estaba en penumbra, silencioso, y durante un segundo dudé, con la mano suspendida en el aire, preguntándome si no estaría cruzando otra línea que luego no sabría deshacer.
Llamé a la puerta.
Una vez.
La puerta se abrió con un leve crujido y el señor Lorne apareció en el umbral, envuelto en su bata y apoyado en el bastón. Al verme, arqueó apenas las cejas, como si no le sorprendiera del todo mi visita.
—Buenas noches, Leah —dijo—. Se te ve alterada.
—Necesito preguntarle algo —respondí sin rodeos—. Por un hombre. Se llama Ezra. Es oficial de policía del pueblo.
El señor Lorne no frunció el ceño ni negó de inmediato. Eso fue lo que más me inquietó. Se quedó pensativo, con la mirada fija en algún punto por encima de mi hombro, como si rebuscara en una estantería interior.
—Ese nombre… no —admitió al fin—. No me dice nada.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—Pero —añadió antes de que pudiera hablar— sé a quién te refieres.
Levanté la vista de golpe.
—¿Cómo?
—Le he visto patrullar —continuó, con voz tranquila—. Algunas veces, por el pueblo. Por la carretera. Nunca hablaba demasiado. Nunca me dio su nombre, ni se lo pedí. Aquí no somos de hacer muchas preguntas.
Tragué saliva.
—Entonces… ¿sí existía?
El señor Lorne encogió un poco los hombros.
—Existir es una palabra complicada, hija.
El comentario me heló más que tranquilizarme, pero no insistí.
—¿Sabe cuándo despejarán la carretera? —pregunté—. Tengo que ir a trabajar mañana. No sé cómo voy a llegar si sigue cortado el camino secundario.
El señor Lorne apoyó más peso en el bastón y esbozó una sonrisa leve, casi triste.
—Esta noche va a nevar —dijo—. Lo justo.
Le miré sin entender.
—¿Lo justo para qué?
Apoyó el bastón en el suelo y levantó un poco el mentón, como si mirara ya un paisaje que yo todavía no veía.
—Lo justo para tapar los cadáveres —respondió—. La carretera amanecerá blanca. Podrás conducir sin tener que mirarlos demasiado.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, mezcla de alivio y algo más difícil de nombrar.
—Gracias —dije al cabo—. De verdad.
Asintió una sola vez, despacio, como si agradecerle no cambiara nada.
Me di la vuelta para irme, con el corazón todavía encogido, y fue entonces cuando su voz volvió a alcanzarme desde el umbral.
—Pero no mirar a los ojos de la muerte no significa que no te vaya a alcanzar, Leah.
Me giré de inmediato.
La puerta ya estaba cerrada.
El porche había quedado en silencio, y el frío parecía haberse intensificado de golpe, como si el pueblo entero acabara de contener la respiración.