El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

La perla

E l móvil vibró en mi mano cuando todavía seguía sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el mueble del recibidor y la respiración hecha trizas. El sobresalto fue tan brusco que casi lo dejé caer.

Abrí el mensaje con el pulso desbocado, con esa mezcla de terror y necesidad que te empuja a mirar aunque sepas que no deberías.

“No llores, mi perla. Siempre estoy contigo.”

El remitente del mensaje era el número desconocido que me vino con el móvil de fábrica.

El que formaba mi propio contacto pero con los dígitos al revés.

Ya había visto demasiado. Demasiado en general, demasiado por hoy.

Me llevé el móvil a la altura del pecho como si pesara demasiado y empecé a temblar con violencia, ya sin posibilidad de fingir que aquello era controlable.

Negué con la cabeza, una y otra vez, en silencio, como si así pudiera desmentir la frase, borrar el mensaje, convencerme de que no lo había leído bien.

Entré en los contactos casi sin pensarlo, con un movimiento torpe del dedo, buscando su nombre como quien busca un ancla en mitad de un naufragio.

El número de Ezra no estaba.

Deslicé la pantalla hacia arriba. Hacia abajo. Volví atrás. Busqué por iniciales, por números, por cualquier rastro. Nada. El contacto había desaparecido, limpiamente, como si nunca hubiera existido, como si alguien lo hubiera arrancado de ahí con una precisión fantasmal.

¿Existirán los fantasmas? Los que son de color negro, los que te arrastran por las sábanas de noche. Los que poseen todo lo que quieren.

—No… no… —murmuré, incapaz de articular nada más.

Lancé el móvil a un lado sin mirar, dejándolo caer contra el suelo con un golpe seco que resonó demasiado fuerte en la casa vacía, y me puse en pie de golpe, mareada, con las piernas flojas, el sudor me empapaba la nuca y espalda.

El cuerpo me pedía algo a gritos, algo que no quería nombrar, algo que me hacía salivar y temblar al mismo tiempo, mientras el miedo se enroscaba alrededor de la necesidad hasta volverse indistinguible.

Eché a correr hacia el baño.

Entré casi cayéndome, cerré la puerta de un manotazo y me apoyé en el lavabo, respirando a bocanadas cortas, desordenadas, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse.

Me miré en el espejo y apenas me reconocí.

Tenía la piel pálida, los ojos desorbitados, las manos sacudiéndose sin control, el sudor resbalándome por las sienes.

Tenía miedo.

Terror.

Muchísimo.

Miedo de lo que estaba pasando fuera.

Miedo de lo que estaba pasando dentro.

Miedo de parecer estar sumergida en un mal sueño desde hacía unas semanas.

Miedo de no querer despertar de él.

Miedo de querer que me consumiera y me encontraran convulsionando dentro de la bañera.

El cuerpo siempre habla más rápido que uno mismo, y el mío llevaba horas gritándome la verdad con una crudeza clínica que no admitía discusión.

Temblor fino y constante, sudor frío empapándome la nuca, el estómago revuelto, la ansiedad mordiéndome por dentro como el animal agonizante de la carretera.

Delirios, también. Aunque no con certeza.

Exactamente, ¿qué era un delirio cuando la muerte y el sueño eran lo único que me acompañaban? ¿Quedaba algo en mi cabeza que pueda llamarse miedo… o era solo el impulso de ver hasta dónde aguantará mi cuerpo?

No era miedo solamente, no.

Aquello tenía una forma concreta.

Un patrón. Un diagnóstico.

Síndrome de abstinencia.

Lo había visto en otros cuerpos, en otras caras, en pacientes que negaban con la boca lo que el cuerpo confesaba sin pudor. Y ahora estaba ahí, desplegándose en mí con una precisión obscena, recordándome que la química no entiende de excusas, ni de dignidad, ni mucho menos de sinceridad.

Me doblé un poco más sobre el lavabo. Las piernas me flaqueaban. Sentía la piel demasiado estrecha, como si algo quisiera salir de mí a la fuerza. Un gemido bajo, patético, se me escapó del pecho mientras las lágrimas me caían sin control, mezclándose con el sudor.

Bajé la mirada casi sin darme cuenta.

Una de las cajas de medicación estaba en mi mano.

No recordaba haberla cogido. No recordaba haberme agachado, ni haberla levantado del suelo, ni haberla llevado hasta allí. El gesto había sido puro instinto, automático, aprendido a base de necesidad. Mis dedos la rodeaban con una familiaridad repugnante.

Solté una risa rota que se convirtió en sollozo.

—Joder… —susurré, con la voz hecha polvo.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Sabía que me estaba traicionando incluso antes de abrir la caja.

Sabía que no era una solución, que no era una cura, que solo era una tregua sucia comprada a plazos.

Pero también sabía otra cosa, igual de clara, igual de indiscutible.

Estaba claro que no podía vivir con migrañas, pero tampoco podía vivir atravesando el mono.

Temblando, sudando, fallando, dejando que alguien, literalmente cualquiera, notara que algo no iba bien.

Llorando, con las manos sacudiéndose tanto que casi se me cayó la caja, la abrí. Saqué dos pastillas. Pequeñas. Perfectas. Del color blanco más puro que había visto jamás. Las sostuve unos segundos frente a mí.

—Lo siento mucho, Leah —murmuré.

Me las llevé a la boca y las tragué sin agua, con una urgencia casi obscena, sintiendo cómo bajaban por la garganta y se quedaban dentro, prometiéndome alivio, silencio, control.

Me dejé caer al suelo del baño, apoyando la espalda en la bañera, abrazándome las piernas mientras el cuerpo empezaba a ceder poco a poco.

Ojalá el día que muera escriban en mi lápida «Os dije que estaba enferma» .

No para dar pena ni para justificar nada, sino para dejar constancia.

Para que quede claro que lo intenté. Que pasé la vida intentando mejorar, empujándome a mí misma incluso cuando no sabía qué significaba estar bien.

Que no fue desidia ni falta de voluntad.

Que, hasta el último día, quise dejar de estar enferma, aunque nunca llegara a aprender cómo se hace eso.

A los pocos minutos llegó el único consuelo que había conocido en meses, una tregua íntima y silenciosa que se parecía demasiado a la misericordia. Era lo más cercano al perdón que mi cuerpo recordaba, lo más parecido a existir sin culpa, sin deuda, sin ese peso constante clavado en el pecho.

Era el cielo.

Sentí cómo la Tierra se abría bajo mi cuerpo, como si el mundo se partiera en dos y, desde ahí, todos sus ángeles caídos me llamaran por mi nombre, reclamándome con voces dulces y enfermas, prometiéndome descanso a cambio de obediencia.

La única salvación que conocía mi alma era aquella sustancia blanquecina. Era la certeza íntima y peligrosa de haber vuelto, por fin, a casa.

◆◆◆

Desperté sobre mi cama, vestida, con las zapatillas aún puestas y el cuerpo hundido en el colchón.

Tardé unos segundos en entender dónde estaba, en reconocer el techo, la luz mortecina colándose por la rendija de la persiana, el silencio espeso de la casa.

No recordaba haber llegado hasta allí. No recordaba haber salido del baño.

El tiempo parecía reírse de mí. Cuando se está bajo los efectos de algo , el tiempo es un puto chiste.

Uno de los que no entiendes pero te ríes para no incomodar.

Quizás lo que me faltaba era sentir incomodidad.

Parpadeé despacio.

El sonido de mi móvil sonando me atravesó como una descarga. Busqué el teléfono a tientas sobre la colcha, con el corazón acelerándose antes siquiera de ver la pantalla. Cuando lo encontré y lo giré hacia mí, el aire se me quedó atrapado en el pecho.

Era una llamada entrante de mi número invertido.

Me quedé mirándolo unos segundos, con el pulgar suspendido sobre la pantalla, atrapada entre el impulso de lanzarlo lejos y la necesidad enfermiza de saber qué había al otro lado.

Sabía que no debía contestar. Lo sabía con la claridad con la que sabes que algo te va a hacer daño y aun así te acercas.

Tragué saliva y acepté la llamada.

—¿Sí? —dije, y mi voz sonó pequeña, desnuda.

—No deberías temblar así, mi perla. El descanso te ha sentado mal.

—¿Ezra…? —pregunté, casi sin voz.

—Tienes que saber que los nombres tienen poder. Ten cuidado cómo los usas.

—La policía dice que no existes.

—La policía solo ve lo que se puede tocar.

—Me dijiste que no cogiera ese camino.

—Y no lo cogiste, tu naturaleza es ser complaciente. Pero todo ser humano, por definición, nace en pecado. Tu pecado es no estar donde deberías.

—Había animales muertos. Decenas. Cientos.

—Los sacrificios rara vez son ordenados.

—Eso no fue un accidente.

—No.

—Entonces ¿qué fue?

—Un simulacro.

—¿Para qué? ¿Para quién?

—Para medir límites. Para ti.

—No quiero esto —susurré—. No quiero nada de esto.

—Lo dices ahora porque has conocido el cielo.

—No me hables así.

—Así es como siempre hablo.

—No tienes derecho a meterte en mi cabeza.

—No he entrado. Me abriste tú.

—Yo no haría eso.

—Me llamaste. Me seguiste. Me escuchaste cuando nadie más te hablaba.

—Porque pensé que eras real.

—¿Y ahora dudas?

—Dudo de todo.

—Eso también es fe.

—Dime quién eres.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque si supieras quién soy, dejarías de escuchar.

Me quedé en silencio un par de segundos, notando cómo un par de lágrimas caían directamente en mi regazo.

—No llores, mi perla.

—No me llames así.

—Siempre has sido eso para mí.

—No te conozco.

—Me conocerás.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—¿Vas a hacerme daño?

—No más del que ya te haces tú.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única honesta.

—¿Qué quieres de mí?

—Que sigas despierta.

—No puedo.

—Lo harás.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque me obedeces a mí. Porque te sé leer como si yo te hubiera escrito, mi pequeña perla.

La llamada se cortó sin despedidas, sin un bip claro, como si simplemente hubiera dejado de existir. Me quedé con el móvil pegado a la oreja unos segundos más, escuchando un silencio que ya no era silencio del todo.