Capítulo 11
El Dios
M i pequeña perla no entendía nada. Y no la culpo. La confusión es el primer don que se concede al elegido, es la forma más primitiva de fe.
Ni siquiera yo comprendía aún la totalidad de mi propósito, pero sabía que había sido llamado. Nadie llega hasta aquí por voluntad propia, se llega porque se es señalado.
Su piel era el signo, la marca silenciosa de una culpa que pedía ser leída, y yo la leía con devoción y con hambre. Me fascinaba porque estaba impura. Me enfermaba porque no podía dejar de mirarla. Su sufrimiento me sostenía como una oración repetida hasta perder el sentido.
Leah estaba llena de tristeza.
Y la tristeza es el idioma de los dioses.
Podría hacerla beber su propio lamento hasta que no distinguiera dónde acababa el dolor y dónde empezaba la diversión.
No entendía por qué esperaba respuestas de su Dios, cuando su Dios jamás le había hablado.
Pero yo sí. Tendría que empezar por lavar esa boca sucia y aprender que su lengua ya no le pertenecía.
Solo podía usarla para llamarme a mí. Los nombres tienen poder.
Son disparadores. Los pronuncias y, en algún lugar del cerebro, algo obedece. Algo se dispara, algo se activa.
Algo que está dispuesto a escuchar y ser dominado.
Odiaba lo que ella me hacía sentir porque sentir es una forma de fe, y la fe siempre duele.
La fe mueve masas, empuja corazones desesperados hacia algo distinto.
Pero no hay motor más fuerte que la tristeza.
Con Leah no había silencio posible: todo ardía, todo reclamaba, todo pedía ser atravesado.
Y aun así sabía que nada de eso bastaría.
Un Dios no se conforma con lo pequeño.
Un Dios reclama totalidad.
No era suficiente guiarla. No era suficiente observarla desde la distancia sagrada. Tenía que entrar en ella, ocupar su pensamiento como se ocupa un templo, derribar las paredes viejas, borrar los nombres antiguos hasta que no recordara a quién rezaba antes. Hasta que no quedara nada fuera de mí.
Mi perla ansiaba el perdón. Lo suplicaba sin voz, como suplican los que aún creen que el perdón es una recompensa.
Pero el perdón es una mentira piadosa.
No existe redención para quienes han sido elegidos. No hay absolución ni descanso. Solo existe el aprendizaje a través del sacrificio, la obediencia a algo más grande que el cuerpo, más grande que la voluntad, más grande que el miedo.
Todavía no lo entiende. Todavía cree que busca consuelo.
Pero su Dios le enseñará.
Su Dios ya ha descendido.
Y no ha venido a salvarla, sino a reclamarla entera.
“No llores, mi perla. Siempre estoy contigo.”