El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

El trayecto hasta el pueblo lo hice en una especie de piloto automático defectuoso, con la vista fija al frente y la sensación de que cualquier estímulo extra podía hacerme perder el control.

Reconocía los cruces, las rotondas, las fachadas bajas de las casas, pero todo me llegaba amortiguado, como si lo viera a través del cristal de unas gafas rayadas.

Cuando por fin divisé el desvío hacia el camino secundario que había estado usando esos días, sentí un alivio inmediato, casi físico.

Duró exactamente lo que tardé en frenar.

El camino estaba cortado. Vallas metálicas, cinta reflectante mal tensada y un cartel provisional clavado torcido en la tierra me cerraban el paso sin contemplaciones.

Me quedé allí unos segundos, con el coche detenido y el motor esperando, mirando el obstáculo como si pudiera desaparecer si lo observaba lo suficiente.

No había marcha atrás posible sin dar un rodeo absurdo.

No había alternativa cómoda. Solo quedaba la carretera principal.

Esa carretera. La que provocó algún tipo de incidente estos días.

Tragué saliva, giré el volante y me incorporé con una prudencia llena de nerviosismo.

Al principio todo parecía normal: el asfalto recto, los campos extendiéndose a ambos lados, el cielo bajo y gris aplastándolo todo.

Avancé unos metros más, despacio, con los sentidos en alerta, hasta que algo fuera de lugar empezó a filtrarse en el paisaje, una forma, luego otra, después demasiadas.

Cuerpos. Animales de ganado esparcidos sin orden, a ambos lados de la carretera y sobre ella misma, ocupando el arcén, invadiendo el carril, obligándome a serpentear con el coche.

Vacas, ovejas, algún ternero, algunos ya hinchados y rígidos, con la piel tensa y deformada, otros abiertos, oscuros, en pleno proceso de descomposición, cubiertos de aves carroñeras que levantaban el vuelo a mi paso con un batir de alas pesado y sucio.

El olor me golpeó de lleno antes de que pudiera reaccionar.

Era denso, dulzón, insoportable, y me cerró la garganta de inmediato.

Pisé el freno por puro reflejo y sentí una arcada subir sin pedir permiso, así que me tapé la boca y la nariz con la manga de mi cazadora, respirando a medias, intentando no vomitar dentro del coche mientras el estómago se me retorcía.

Seguí avanzando. Algunos cuerpos parecían recientes, demasiado recientes, con la sangre aún oscura y húmeda, la carne todavía reconocible como carne, y fue entonces cuando la vi.

A un par de metros del coche, casi al borde del asfalto, había una vaca viva.

O algo parecido a estarlo. Tenía el costado podrido, todavía supurante y el pecho se le movía con un esfuerzo irregular, húmedo, parecía que cada respiración fuera una traición a la propia muerte.

Me llevé la mano a la boca con fuerza para no gritar. Noté cómo el pánico me subía por la columna, cómo el pulso se me disparaba y el temblor volvía con violencia, mientras el coche seguía avanzando, lento, obediente, arrastrándome a través de aquel paisaje de muerte.

Miré al frente sin atreverme a girar la cabeza.

No quería ver más. No podía. El olor parecía pegarse a la piel, al pelo, a los pulmones, como si me estuviera contaminando desde dentro, y durante un instante pensé en parar, en dar la vuelta, en bajarme del coche y huir a pie, cualquier cosa con tal de no seguir allí.

Pero la carretera no ofrecía refugio, y yo tampoco estaba en condiciones de discutirle nada.

Así que continué, sola, con las manos sudorosas aferradas al volante y el corazón golpeándome el pecho, consciente de que aquello no era normal, de que algo profundamente incorrecto había ocurrido allí, y de que estaba atravesándolo sin ningún tipo de seguridad, con el cuerpo roto y la cabeza a punto de explotar.

Conduje los últimos metros casi por inercia, siguiendo la curva conocida hasta mi casa, y aparqué despacio.

Apagué el motor y me quedé unos segundos sentada, con las manos aún apoyadas en el volante, escuchando el silencio después de tanto ruido.

A unos metros, junto a la valla de su propiedad, estaba el señor Lorne.

De pie, apoyado en su bastón, mirando hacia el campo con una quietud casi solemne, como si llevara ahí un buen rato.

Bajé del coche y me acerqué despacio, notando cómo las piernas me temblaban con cada paso. Él levantó la cabeza al oírme y me miró con atención, como si ya supiera que iba a preguntarle algo que no tenía respuesta fácil.

—Señor Lorne —dije, y mi voz sonó más frágil de lo que me habría gustado—. ¿Ha visto… lo de la carretera?

No hizo falta concretar. Sus ojos se endurecieron apenas un segundo antes de apartar la mirada hacia el campo.

—Claro que lo he visto, niña —respondió—. Todo el pueblo lo ha visto.

Se apoyó con más peso en el bastón y suspiró, un sonido viejo, cansado, como si aquello le hubiera añadido años de golpe.

—Dicen que fue un accidente —murmuró—. Nadie se pone de acuerdo.

—Eso no parecía un accidente —dije, incapaz de callarme—. Parecía una matanza.

Me miró entonces, de verdad, con una gravedad que me hizo sentir de nuevo el escalofrío en la espalda.

—Hay cosas que es mejor no mirar demasiado de cerca, Leah —dijo—. Menos aún si ya se viene de una matanza en sí misma.

No supe qué contestar.

Di media vuelta casi de golpe y empecé el camino hacia mi casa, primero andando y luego corriendo, con una urgencia que ya no tenía nada de racional.

Sentía el corazón desbocado, golpeándome las costillas, y a mitad del camino rompí a llorar, con las llaves ya en la mano, la cabeza llena de imágenes que se superponían sin orden: los cuerpos en la carretera, la vaca agonizando, la forma en que el señor Lorne había bajado la voz, como si nombrar las cosas pudiera invocarlas.

Abrí la puerta a trompicones, entré y la cerré de un portazo, girando la llave con una violencia desesperada.

Una vuelta. Dos.

Asegurándome de que quedaba bien cerrada.

Crucé el recibidor y tiré el bolso al suelo sin mirar, y el contenido se desparramó con un ruido seco que me sobresaltó aún más.

Me agaché a medias, sin saber qué estaba buscando, hasta que vi el móvil y lo agarré con dedos torpes, temblorosos, marcando el número de emergencias del pueblo casi sin mirar la pantalla.

—Emergencias, dígame.

—Hola… sí. Acabo de pasar por la carretera principal y está llena de animales muertos. Ganado. Por todas partes. Algunos… algunos siguen vivos.

—¿Puede concretar la ubicación exacta?

—La carretera principal, pasado el desvío viejo. No sé desde cuándo está así. Yo no suelo pasar por ahí porque… porque un agente me dijo que no lo hiciera.

—¿Un agente?

—Sí. Un oficial de policía. Me recomendó evitar ese camino hace unos días. Estaba llevando el caso.

—Entiendo. ¿Recuerda el nombre del agente?

—Ezra. Se llama Ezra.

—De acuerdo. Un momento, por favor. No cuelgue.

La línea quedó en silencio, salvo por un murmullo lejano y estático. Me senté en el suelo, con la espalda apoyada en el mueble del recibidor, abrazándome las rodillas sin darme cuenta, respirando a pequeñas bocanadas mientras miraba un punto fijo del suelo para no perderme del todo.

—Gracias por la espera. He consultado con la base de datos y con la comisaría local.

—Sí…

—No tenemos constancia de ningún oficial en el pueblo llamado Ezra.

Me quedé con el móvil pegado a la oreja, escuchando mi propia respiración descompuesta, incapaz de procesar la frase, incapaz de encajarla en ninguna lógica que no se desmoronara al tocarla.

—¿Señorita? ¿Me oye?

La garganta se me cerró de golpe y sentí cómo algo dentro de mí cedía, silenciosamente, sin dramatismo.

—Si necesita asistencia, podemos enviar a alguien a su domicilio.

Colgué sin decir nada.

El teléfono quedó inerte en mi mano mientras las lágrimas empezaban a empaparme el cuello, lentas, mudas, resbalándome por la cara sin sollozos, sin ruido.

Me llevé la mano a la boca para ahogar cualquier sonido y me quedé allí, consciente de que algo se había desviado definitivamente… y de que ya no sabía en quién, ni en qué, podía confiar.

Fue entonces cuando mi vista borrosa enfocó algo en el suelo frente a mí.

Las dos cajas de medicación que había robado del hospital hacía un par de horas.