El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

La perla

E zra apagó las luces que rodeaban mis muñecas. De verdad, odiaba quedarme a oscuras. Me hacía sentirme sola. Me hacía sentirme un cadáver.

No pude quejarme demasiado, así que aproveché ese momento de penumbra para, al menos, subirme los pantalones y ponerme de pie.

A los pocos segundos volvió la luz. Pude ver a Ezra de puntillas terminando de ajustar la bombilla. Me dio vergüenza mirarle a los ojos, así que mantuve la vista en el suelo.

Pobre Leah.

—Creo que tendremos que ordenar en otro momento —comentó.

Esta vez sí sonrió, sin ladear la cabeza. Sonrió de verdad.

Solté el aire despacio, como si me diera permiso a mí misma para volver a mi cuerpo.

—Sí —admití.

Se acercó despacio. Me pasó el pulgar por la muñeca, donde las luces habían estado apretadas antes. El gesto fue suave.

—¿Te duele? —preguntó en voz baja.

Negué.

—No.

—Mírame, Leah. Me gusta que me mires —dijo.

Lo hice. Me costó un segundo, pero lo hice.

Sus ojos azules ya no cazaban. Acompañaban. Eran gentiles. Al menos eso me hacían creer.

Me colocó bien la blusa, como si fuera lo más natural del mundo, y después apartó un mechón de pelo de mi cara con cuidado, casi con reverencia.

—Ven —dijo—. Vamos abajo.

No me dio tiempo a responder.

Se inclinó primero, como preguntando antes, y cuando no me aparté me cogió en brazos con una naturalidad que me desarmó.

Instintivamente le rodeé el cuello con los brazos.

—Peso más de lo que parece —murmuré, más por costumbre que por convicción.

—No seas estúpida —respondió.

Bajó las escaleras despacio, con cuidado de no tropezar. Yo apoyé la cabeza en su pecho y escuché su respiración, ya calmada, regular. Ese sonido me ancló. Me devolvió algo que no sabía que había perdido.

Atravesamos el pasillo en silencio. La casa dormía. No había luces encendidas salvo una lámpara pequeña junto a mi dormitorio.

Me dejó en la cama con cuidado, como si fuera frágil, y se sentó a mi lado para quitarse los zapatos. Luego volvió a mirarme.

—¿Puedo? —preguntó, aunque su tono ya sabía la respuesta.

Asentí.

Ezra se metió conmigo bajo las sábanas, sin prisas, sin gestos que pidieran nada más. Me rodeó con un brazo y yo me acerqué sola, buscando ese hueco exacto entre su pecho y su hombro. Apoyé la mejilla ahí. Encajaba.

Demasiado bien.

Me pasó la mano por la espalda, despacio, como si marcara el camino hacia el sueño.

—Descansa, Leah.

No supe cuándo dejé de pensar. Solo recuerdo el calor, su respiración acompasada con la mía, y mis dedos cerrándose en la tela de su camisa como si fuera una cuerda a tierra.

◆◆◆

El despertador de siempre sonó a la misma hora de siempre.

Ese pitido insistente, ligeramente metálico, que llevaba años sacándome del sueño sin piedad. Abrí los ojos de golpe, con la sensación absurda de haber vuelto a mi vida demasiado deprisa. Durante un segundo no supe dónde estaba. Luego reconocí el techo. Las sábanas. El silencio.

Ezra no estaba.

Su lado de la cama estaba frío, estirado con cuidado, como si se hubiera levantado hace rato. Me incorporé despacio. La cabeza me dio un aviso leve, un zumbido sordo detrás de los ojos, nada alarmante. El recordatorio habitual de que mi cuerpo nunca será un cuerpo sano del todo.

—Joder —murmuré.

Me levanté, me duché, me vestí con la rutina automática de cada mañana. Moño mal hecho. Ropa cómoda. Cara cansada pero funcional. Mientras me ataba los zapatos, el dolor volvió a pulsar un poco, insistente, pero manejable. Nada nuevo.

Bajé a la cocina.

Y me detuve en seco.

La mesa estaba puesta con un desayuno completo. Tostadas, fruta cortada, yogur de arándanos y café recién hecho todavía humeante. El olor llenaba la estancia con una calidez inesperada.

En el centro, una nota doblada.

La cogí.

“Para mi pequeña perla.”

Nada más. Ni firma. Ni explicaciones.

Noté cómo algo se me apretaba en el pecho. Sonreí.

Me senté despacio, como si temiera romper el hechizo, y empecé a comer. El primer bocado me pilló desprevenida.

Estaba buenísimo.

Seguí comiendo, sorprendida, casi ofendida por lo bien que cocinaba aquel hombre. Como si no fuera suficiente con todo lo demás. Me terminé las tostadas, aunque dejé parte de la fruta y yogur. Por primera vez en días, sentí el estómago en paz.

Subí un momento a lavarme los dientes. De camino eché la ropa de ayer a lavar y cogí una bolsa de tela con una muda extra. Me gustaba ser precavida cuando me tocaban turnos muy largos.

Cogí mi bolsa de trabajo, el móvil de la mesa de la cocina, tiré el yogur vacío a la basura y me puse la chaqueta.

Al cerrar la puerta de casa, la llave giró con el clic seco de siempre… pero algo en mí no sonó como siempre. Noté el pulso temblándome en la muñeca, un traqueteo leve y casi imperceptible. Un escalofrío me recorrió la espalda, rápido, contenido. No de frío exactamente.

Me quedé quieta un segundo más de la cuenta, respiré hondo y apoyé la frente en la madera de la puerta, solo un instante. Luego me recompuse, ajusté la bolsa en el hombro y eché a andar.

Una.

El hospital me esperaba.

Como cada mañana.

Después de fichar, pasar a los vestuarios y revisar mis pacientes, me di cuenta de que algo iba mal. No de forma escandalosa. Nada dramático. Solo pequeños fallos en el cuerpo, como un cable pelado que hace contacto cuando no toca.

Me apoyé más de la cuenta en las encimeras del control de la planta. Sujeté la carpeta con mis informes con ambas manos y respiré despacio.

A media mañana el temblor se coló en los brazos. Luego en el pecho. Un sudor fino me empezó a brotar en la nuca, congelado, pegajoso. Ajusté mi mascarilla, culpé al calor, al trabajo, al café. A cualquier cosa que no fuera yo.

—¿Estás bien? —me preguntó una compañera al pasar, mirándome a los ojos.

—Sí —dije demasiado rápido—. He dormido fatal hoy.

La excusa universal. Nadie volvió a preguntar.

Cuando pidieron refuerzos para quirófano de nuevo, levanté la vista sin pensarlo.

—Puedo ayudar —dije.

Y entré.

El quirófano siempre me había parecido un lugar casi sagrado. Frío, sí. Aséptico. Pero también exacto. Ahí dentro no había espacio para el caos. Ahí dentro los humanos jugábamos a ser dioses. Todo tenía un orden. Una función. Un pulso que seguir.

Al principio aguanté.

Me forcé a controlar la respiración. A fijar la vista. A no mirar mis manos más de lo estrictamente necesario. Sentía el sudor correrme por la espalda bajo la bata.

—Sutura subdérmica aquí —pidió el cirujano.

Tomé el hilo.

El primer punto salió torcido.

Nada grave, nada irreparable. Pero lo vi. Y él también.

—Otra vez —dijo.

El segundo intento fue peor. El pulso me traicionó en el último segundo. Noté cómo la sangre me bajaba de golpe a los pies.

—Leah —dijo el cirujano, sin levantar la voz—. ¿Te encuentras bien?

—Sí —respondí—. Ha sido un fallo tonto.

No me miró a los ojos. Miró mis manos.

—Estás sudando.

—Esta luz me hace sudar —me defendí—. Y llevo demasiadas horas de pie.

Mentía con una convicción casi heroica.

Una.

Apreté los dientes. El temblor no se fue. Al contrario. Se hizo más evidente, más insolente, como si estuviera riéndose de mí.

El silencio del quirófano cambió de intensidad.

—Leah —repitió, ahora sí mirándome—. Sal.

—Puedo continuar —dije—. De verdad. Solo necesito un minuto.

—No —sentenció—. Sal. Ahora.

Di un paso hacia atrás sin querer. Sentí la humillación subirme a la garganta como ácido. El deseo absurdo de quedarme, de demostrar que aún era útil, que aún podía se acumulaba en mis pestañas.

—No estoy enferma —añadí, casi suplicante—. Es solo…

No terminé la frase porque no había nada que terminar.

El cirujano negó con la cabeza, ya centrado otra vez en el paciente.

—Fuera —dijo—. Te necesito… el paciente te necesita lúcida. Hoy no lo estás.

Me quité los guantes con torpeza. Me temblaban tanto que tardé más de la cuenta. Nadie dijo nada. Nadie me miró. Eso fue casi peor.

Salí del quirófano con la bata todavía puesta, con el sudor pegándome la ropa al cuerpo y una certeza clavada en el estómago: algo estaba empezando a romperse. Algo esperable, algo humillante para una enfermera.

Fiché a la salida con el mismo gesto automático de siempre.

Tarjeta.

Pitido.

Pantalla verde.

Turno completado.

Pero era mentira. Yo no había completado nada como debía.

Antes de eso había intentado comer algo.

Por pura supervivencia, por disciplina. No lo sabía.

Un sándwich frío y una ensalada sin gracia en la cafetería.

Me senté con la espalda recta y la respiración entrecortada.

Los primeros bocados entraron a duras penas, como si el estómago no reconociera qué sustancia era esa. Aun así insistí.

Veinte minutos después estaba encerrada en un baño del personal, inclinada sobre el váter, sujetándome el moño con una mano y la pared con la otra. Vomité en silencio, sin arcadas exageradas. Cuando terminé, me quedé un rato respirando hondo, esperando que el temblor me diera tregua.

No lo hizo.

Me miré en el espejo.

Tenía la cara pálida, los ojos demasiado brillantes, una fina película de sudor en el labio superior. Abrí el grifo y me lavé la cara con agua fría. Una vez. Dos. Tres. El impacto me despejó apenas un segundo, lo justo para engañarme.

Apoyé las manos en el lavabo. Temblaban.

Una.

Salí del hospital arrastrando los pies, con la bolsa colgándome del hombro como si pesara el doble. El aire exterior me golpeó con una claridad casi cruel. Demasiado ruido. Demasiada luz. Demasiado todo.

Sabía que no estaba en condiciones de conducir. Lo sabía con una lucidez incómoda, profesional y objetiva. Si hubiera sido otra persona, la habría mandado a casa en taxi. Le habría quitado las llaves.

Pero yo no era otra persona.

Se muere tantas veces en vida que morir de verdad es lo de menos.

Busqué las mías en el bolsillo, las rodeé con los dedos para que no se me escaparan y caminé hacia el coche. Cada paso era una negociación silenciosa con mi cuerpo.

Me senté al volante y cerré la puerta despacio. Apoyé la frente unos segundos en él, respirando, contando. Luego arranqué.

El motor rugió con normalidad.

Pero para mí era demasiado ruido y muy poca normalidad.