El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

La perla

S in haberme dado cuenta, había retrocedido en mis pasos. Buscando cualquier tipo de soporte, mi espalda había encontrado la pared.

Pero el conejo no se movía.

Inclinaba la cabeza, observándome, como si estuviera valorando la distancia exacta entre el miedo y el deseo.

El cuero de sus botas crujía con cada mínimo ajuste de peso, un sonido grave y deliberado que se me metía bajo la piel.

Mis uñas empezaron a rascar de forma compulsiva la pared, haciéndome pensar que aquel gesto ridículo pudiera anclarme a algo sólido.

Cuando estuve a punto de reírme, porque esto tenía que ser una puta broma, avanzó un paso.

Las luces se balancearon entre sus manos y uno de los extremos se deslizó, rozando el suelo. El desván quedó aún más a oscuras, iluminado solo por destellos intermitentes de colores que lo deformaban todo. Su silueta se agrandaba con cada parpadeo.

Otro paso.

El instinto tomó el control antes que cualquier pensamiento racional. Mi respiración se volvió irregular. Superficial. El cuerpo estaba preparado para huir.

Y eso hice.

Me deslicé hacia un lado aprovechando el parpadeo de las luces, el segundo exacto en el que su silueta se fragmentó en colores.

Corrí sin pensar, con pasos torpes sobre el suelo lleno de trastos, esquivando cajas, golpeándome la cadera contra algo duro que no identifiqué.

El corazón me martilleaba los oídos. Cada respiración era un ruido demasiado alto.

Escuché sus pasos detrás.

No rápidos. No desesperados.

Seguros.

Eso fue lo peor.

Me lancé entre dos pilas de cajas, me agaché y contuve el aliento. El cartón me rozó la mejilla, me clavé una grapa vieja en el antebrazo y ni siquiera reaccioné. Solo me hice más pequeña. Más silenciosa. Un animal escondido jugando a no existir.

Desde el hueco entre los cartones vi cómo el conejo avanzaba despacio por el desván. Las luces balanceándose en su mano, pintándolo de colores irreales. Giró la cabeza. A un lado. Al otro. Escuché su respiración amortiguada tras la máscara.

Me buscaba.

Mi cuerpo vibraba entero, tenso, preparado para salir disparado otra vez… o para quedarse allí para siempre.

Entonces, con una calma que me heló la sangre, levantó la mano.

Clic.

Desconectó las luces.

La oscuridad cayó de golpe. Total y absoluta.

Se me cerró el estómago.

—Mi pequeña perla… todavía no entiendes que aún a oscuras sigues brillando.

Me llevé la mano a la boca, inútil. El cuerpo me traicionaba con un temblor lento, profundo, imposible de controlar.

Otro paso. Estaba muy cerca.

—Te deberías esconder mejor, te creía más lista. No importa —continuó—. Me gusta encontrar cosas que creen que están a salvo.

Otro paso. El cartón crujió a escasos centímetros de mi escondite. Cerré los ojos con fuerza. Notaba mis pestañas húmedas.

—Eres tan sigilosa… —añadió—. Tan calladita. Pensando que si no te mueves no pasará nada.

Se detuvo.

El silencio fue insoportable.

—Pero siempre pasa algo, mi perla —susurró—. Y tú lo sabes bien.

Sentí su presencia demasiado cerca.

—Cuando te encuentre —dijo, despacio—, no te voy a preguntar si tienes miedo.

Una pausa.

—Te voy a preguntar si corriste lo suficiente.

Joder.

Tenía que moverme. Y tenía que hacerlo ya.

El problema era que apenas conocía mi propio desván.

Había subido aquí dos veces, como mucho, siempre con una linterna en la mano y prisa por bajar.

No sabía cuán profundo era el espacio, ni dónde empezaban las sombras de verdad, ni si el techo descendía en algún punto traicionero.

En ese momento, mi casa me era tan ajena como él.

Seguí tapándome la boca cuando avancé un paso a la izquierda. Lento. Medido. Pensé que, si rodeaba las cajas, si cambiaba el ángulo, quizá lograría perderlo unos segundos. Solo necesitaba eso. Segundos.

Pobre Leah.

Las luces de Navidad se encendieron de golpe en mi propia cara.

Y a escasos centímetros apareció la máscara del conejo.

Su respiración se filtraba por debajo del plástico, caliente, agitada. Ezra también jadeaba. No por la carrera. Por deseo, por anticipación.

El mundo se redujo a ese espacio mínimo entre su cuerpo y el mío.

—Bú.

No tuve tiempo de reaccionar.

El mundo giró cuando sus manos me alcanzaron. Sentí las luces de Navidad rodearme el cuello, apretando del todo. Forcejeé por reflejo, por puro instinto, y él respondió con un gruñido bajo, satisfecho.

—Leah —dijo, muy cerca—. Mírame. Me gusta que me mires.

Lo hice. O al menos lo intenté.

Los colores parpadeaban, mi pulso golpeaba demasiado fuerte en los oídos, el cuerpo entero me vibraba en alerta y deseo mezclados.

Me estaba quedando sin oxígeno.

Me hizo retroceder hasta que las piernas me fallaron. El suelo del desván me recibió con un golpe seco y, antes de que pudiera incorporarme, Ezra ya estaba encima de mí, a horcajadas, sólido, presente, reclamando mi cuerpo.

La máscara del conejo se inclinó hacia mí.

Aflojó la presión lo justo para que el aire volviera a entrar con fuerza en mis pulmones. Jadeé. Él sonrió bajo la máscara, lo supe sin verlo.

—Tienes tanto potencial, mi perla. Escurriré cada gota de él y me lo beberé todo.

Tosí, aspiré, el pecho me subía y bajaba con violencia. Antes de que pudiera recomponerme, sentí cómo sus manos abandonaban mi cuello y descendían, rápidas, firmes, cambiando de intención.

Las luces de Navidad resbalaron por mi piel hasta rozar mis manos. Forcejeé de nuevo, pataleé. Pero Ezra era el doble de grande que yo. En peso, en altura, en fuerza. El plástico se tensó alrededor de mis muñecas, dolorosas e inamovibles. Contrastaba con el calor que me ardía por dentro.

Agarrando el extremo de la tira que tenía atrapadas mis manos, empezó a arrastrarme despacio por el suelo del desván.

La madera raspaba contra mi espalda, el polvo se me metía en la garganta, las luces parpadeaban arrastrándose conmigo como un rastro de colores enfermos.

Sentí mi blusa rasgarse, e incluso noté cómo uno de los bolsillos traseros de mi pantalón se enganchaba con alguna astilla hasta romper la tela.

—No… por favor. Por Dios —conseguí decir.

—Ese Dios ya no existe.

Se detuvo junto a la barandilla de las escaleras. Allí, levantó mis brazos y pasó el otro extremo de las luces alrededor del poste, ajustándolo con calma, con una paciencia que me puso la piel de gallina.

El nudo quedó firme.

Anclado.

El conejo dio un paso atrás para observar su obra.

Desde el suelo, todo era distinto.

La perspectiva lo convertía en algo más grande. Más ajeno.

Yo estaba tumbada, mis muñecas estaban atadas con la tira de luces, los brazos estirados por encima de la cabeza, el cuerpo inmóvil por pura incapacidad.

El plástico frío me rodeaba la piel y las bombillas parpadeaban sin ritmo, proyectando colores sobre mí, sobre él, sobre el techo bajo del desván.

Él estaba de pie entre mis piernas.

Y la máscara desde ese ángulo era peor.

Las orejas largas proyectaban sombras imposibles sobre la madera. Los ojos eran negros, vacíos, parecían aún más profundos vistos desde abajo, como dos huecos que no devolvían nada.

No podía verle los ojos de verdad. Solo podía sentirlos.

El conejo inclinó la cabeza despacio.

Las luces parpadearon otra vez.

Desde ahí abajo, Ezra no parecía un hombre.

Parecía una idea. Una presencia. El depredador exacto que mi miedo había convocado. El hambre que mi insaciable enfermedad había buscado.

—Dime —dijo, más bajo—. ¿A quién le rezará mi perla cuando su propio Dios la someta?

Separó todavía más mis piernas de una patada. Se arrodilló lo justo para romper la cinturilla de mi pantalón. El botón saltó por los aires provocando un sonido hueco a un par de metros de mí.

—Ezra… por favor.

—No —corrigió—. Dime a quién .

—A ti… —me salió sin pensar, con la voz rota—. A ti… solo a ti.

Agarró la prenda por ambos lados de mi cadera y tiró. Instintivamente subí las rodillas. Solo quedó la tela descansando en mis tobillos.

Pero el conejo cayó de rodillas contra el suelo, como rindiéndose ante su propio manjar. Como si tuviera que contener algo que no estaba seguro de poder manejar en caso de salir.

Me sentía expuesta, me sentía sucia, sentía todo lo que nunca supe que se podía sentir con un hombre. Aunque esto no era un hombre. Era un concepto. Era la maldad. Era una infección, un virus.

En los ojos negros del conejo pude ver mi propio reflejo. Por mi rostro corrían un par de lágrimas y tenía mis rizos hechos una auténtica desgracia por detrás de la cabeza. Los codos completamente tensos y las putas luces seguían parpadeando.

Sabía que él me estaba midiendo.

A mí o a mi entereza, daba igual cuál.

No quedaba ninguna intacta.

Durante un segundo eterno se quedó inmóvil, respirando hondo detrás del material. Luego llevó ambas manos a la espalda.

El gesto fue lento, deliberado y obsceno.

Escuché el roce inconfundible del metal.

Mi estómago se contrajo antes de que mi cabeza pudiera reaccionar.

Ezra sacó una pistola.

Negra, sobria y demasiado real.

La sostuvo con la mano del brazo tatuado, el rosario negro recorriéndole el antebrazo hasta la muñeca y la cruz cayendo justo al lado del arma. Luces de Navidad parpadeaban sobre el metal, esos colores infantiles reflejados en algo que no tenía nada de inocente.

Apoyó el arma en mi muslo.

Alzó la cabeza. La máscara del conejo seguía ahí, inexpresiva, pero su voz ya no jugaba.

—Lo que quiero de ti no se rompe, mi pequeña perla —continuó—. No se toma a la fuerza. Se guarda.

El cañón fue bailando por mi piel, acariciando la cara interna de mis muslos, trazando una danza infinita que parecía no tener principio ni final.

—Lo quiero todo —dijo—, quiero tu devoción, quiero tus rezos, quiero tus súplicas.

Yo seguía atada. Expuesta. Temblando.

Pero ya no sabía si era de miedo… o de algo mucho más peligroso. Algo más vergonzoso, algo nauseabundo recorría mi cuerpo. Me hacía cosquillas en el pecho y bajaba por mi vientre.

El arma encontró el punto exacto entre mis piernas. Recorrió mis labios por encima de la tela de mis bragas de arriba a abajo. Aprovechando el ángulo, se abalanzó un poco más sobre mí. Notaba mis propias rodillas a casi ambos lados de mi cara, una postura totalmente artificial.

Pero una postura en la que él me quería.

Él me quería dispuesta, me quería para esto.

Y yo no sabía si estaba lista para darle todo.

Cuando mi cuerpo dejó de resistirse, él bajó la mirada. Ezra se puso a contemplar lo que estaba provocando.

—Lo estás haciendo muy bien, Leah. Si te portas así de bien serás la favorita de tu Dios.

Mi cuerpo dejó de resistirse antes que mi cabeza. Mucho antes. Cuando quise darme cuenta, ya estaba reaccionando a cada mínimo movimiento, a cada pausa calculada, a cada segundo que me hacía esperar.

Separó la tela con la misma calma con la que había hecho cada nudo, cada paso del juego. Sentí el aire frío donde antes solo había tensión, y luego un contacto, seguro, deliberado, exacto.

Mi espalda se arqueó sola.

Sentí frío. Demasiado.

Forcé el cuello, en una postura todavía más antinatural, y pude ver cómo estaba empezando a introducir el cañón dentro de mí.

Mi respiración se volvió errática, desordenada, como si el aire no supiera por dónde entrar ni salir. Cada vez que intentaba concentrarme en algo, el techo, las luces, la madera bajo mi espalda, una oleada distinta me atravesaba el vientre y me borraba la memoria.

Vergüenza.

Enfermedad.

Una mezcla sucia de ambas.

Me odié por lo mucho que lo necesitaba. Y por lo poco que quería que se detuviera.

Las luces parpadeaban y cada destello parecía marcar el ritmo de algo que crecía, que se acumulaba en mi pecho, en la garganta, en un punto exacto donde el cuerpo deja de obedecer a la cabeza.

El metal salía y entraba dentro de mí arrastrando mis fluidos, tiñéndolos de rojo, verde y azul.

Abrían mis labios cada vez que la punta del cañón se separaba de mi cuerpo.

Pensé en Dios. Pensé en el pecado. Pensé en lo absurdo de todo eso… y aun así no dejaba de mirar cómo este hombre enmascarado me seguía follando con un arma. Ezra soltó un gemido grave, mientras yo intentaba contener la respiración. Ya no sentía las manos, ni mucho menos los brazos.

Las lágrimas cayeron sin aviso.

No de dolor. No de miedo. De confusión, de saber que nunca había tenido el control en su juego. Nunca.

—Mira cómo tu coño abraza la pistola, mi perla —dijo—, ¿harás lo mismo con mi polla?

Dejé escapar el aire que estaba conteniendo. El sonido de mi lubricación se unió al de mis propios gemidos.

—Dime cuánto te gusta, Leah.

Tragué saliva. Me ardía la cara.

Mi cuerpo solo le obedecía a él.

—No puedo pensar —confesé, con la voz temblándome—. No puedo…

—Habla.

Un gemido rompió la frase en dos.

—Sigue —susurré, rendida—. Por favor.

Apoyó el mango del arma en mi clítoris. Mientras todavía el cañón estaba dentro de mí, empezó a restregarlo en ese punto tan sensible. Lo notaba hinchado, lo notaba empapado.

Ezra dejó escapar una risa grave y acercó su cara a centímetros de la mía.

Escuchaba su respiración acelerada rebotar contra el plástico de la máscara. Con su otra mano todavía me sostenía una pierna, como obligándome a abrirme para él. Me estaba clavando los dedos, notaba sus uñas romperme un poco la sensible piel.

—Voy a entrenar tu cuerpo para que solo responda a mí, mi perla. Mía —sentenció mientras seguía restregando el arma por mi clítoris—. Tan blanca, tan resplandeciente, tan única…

El sonido que salió de mi garganta no se parecía a mi voz.

Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba a la vez, cada músculo reaccionando como si hubiera recibido una orden que no podía desobedecer.

El placer me explotó dentro, sin pedir permiso, sin darme margen para sostenerlo con dignidad. Me sacudió entera, una y otra vez, como una ola que no se conforma con pasar una sola vez por la orilla. Las piernas y manos me temblaban.

Me quedé jadeando, exhausta, con la mente en blanco.

Blanca como su perla.