El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

La perla

E ntramos en casa todavía con el frío pegado a la ropa. Cerré la puerta y, durante un segundo, el silencio me pareció casi irreal después de tantas horas de pitidos, órdenes y cuerpos abiertos.

—Vamos a la cocina —dijo—. He traído cena.

No sonó a propuesta, fue más una decisión.

Le seguí sin discutir. En cuanto dejó la bolsa sobre la mesa, me miró de reojo y sonrió.

—Si vas a preguntar si es comida de verdad, ahórratelo.

—No iba a…

—Sí ibas a hacerlo —me cortó, riéndose—. Confía en mí. Come. Luego te quejas si hace falta.

Me apoyé en la encimera mientras él dejaba la bolsa sobre la mesa y empezaba a sacar recipientes con una naturalidad doméstica. Le observé sin disimulo.

Cuando fue a abrir la nevera, se quedó quieto.

—Oye… —dijo, señalando con un dedo.

Seguí su mirada. Se posó en el post-it amarillo, torcido, con mi letra rápida y en tinta azul que me recordaba el tema de la calefacción.

—Ah —murmuré—. Sí. Lo sé. Iba a…

No pude seguir la frase cuando sus ojos azules giraron lentamente hasta mí.

—No tengo calefacción —me encogí de hombros—. Se me pasa. Siempre se me pasa.

—Normal —respondió—. Apenas tienes tiempo para vivir. A secas.

Se acercó un poco más. Demasiado para ser necesario. No lo suficiente para ser evidente.

—Déjamelo a mí —añadió—. Conozco a la compañía del pueblo. Y tú estás claramente… —me recorrió con la mirada, sin pudor— demasiado ocupada.

Solté una risa corta.

—No tienes por qué.

—Deja de decir eso, Leah.

—Gracias —acabé diciendo.

Me dejó ir y volvió a lo suyo, sacando la comida, encendiendo el horno. Yo seguí allí, observándole, permitiéndole ocupar ese espacio sin luchar por recuperarlo.

—Por cierto —dijo—. Te quedan muy bien esos pendientes.

Llevé la mano instintivamente a la oreja. Las perlas. Pequeñas, discretas. Me las había regalado mi madre.

—¿Estos?

—Esos —confirmó—. Siempre me han gustado las perlas.

—¿Ah, sí? —pregunté, intentando que mi voz no delatara lo pequeñita que me hacía sentir este hombre.

Ezra volvió a acercarse. Esta vez no fingió que era por la comida. Se detuvo a una distancia incómodamente precisa.

—Sí —dijo—. No llaman la atención a gritos, pero cuando alguien se fija… ya no puede dejar de hacerlo.

Me sostuvo la mirada. Yo no bajé la mía. El pulso me latía lento, profundo, en un lugar que no tenía nada que ver con el cansancio.

No encendimos la luz grande, la cocina quedó a medias, envuelta en una claridad tibia que hacía las sombras más largas. Ezra apoyó un plato frente a mí y otro frente a él. Nos sentamos uno frente al otro, separados por apenas un metro de mármol frío.

Yo apenas podía mirarlo. No por timidez, sino porque sentía sus ojos azules recorriéndome con calma, sin prisa, como si ya supiera dónde detenerse.

Esos ojos me ponían nerviosísima. Cada vez que levantaba la vista, la bajaba enseguida.

Me notaba expuesta, abierta, como si aún estuviera bajo las luces del quirófano.

Al empezar a comer, se remangó un poco la camisa.

Fue un gesto mínimo. Suficiente. El tatuaje que me pareció ver el otro día apareció despacio, un rosario negro, enrollado alrededor de su antebrazo, la cruz cayendo hacia la muñeca como un peso elegido.

Se me quedó clavado en la mirada. Se me quedó clavado en más sitios. Mi cuerpo se puso en alerta.

Señalé con la barbilla.

—¿Crees en Dios?

Él no se sorprendió. Ni sonrió. Miró su propio brazo un segundo antes de volver a mí.

—Pensaba que no —dijo—. Durante mucho tiempo, de hecho.

Pinchó un trozo de comida con el tenedor, lo dejó ahí, sin llevárselo a la boca. Con él todo parecía un juego. Un tira y afloja constante. Una incertidumbre que se instalaba en mis entrañas y desfilaba por mis venas. Me martilleaba el corazón y respiré hondo un par de veces.

Ojalá no se diera cuenta.

—Pero luego conocí la fe —añadió—. No la calma. La fe de verdad. A eso le llamo Dios.

El silencio se estiró entre nosotros. Pero no fue incómodo. Fue denso. Lleno. Asentí despacio.

—Sí —dije—. Conozco el sentimiento.

Ezra me miró de otra manera entonces. Como si hubiera encontrado algo que no estaba buscando, pero que sabía reconocer. Y por primera vez en toda la noche, levanté la vista sin apartarla.

—Vaya —dijo—. No te pega.

—¿El qué? —pregunté, pinchando la comida sin mirarlo.

—Esto —hizo un gesto vago con la mano—. Hablar de Dios sin que parezca que vas a juzgarme después.

Solté una risa breve.

—Tranquilo. Dejé de juzgar a la gente cuando empecé a verlos desnudos sobre una mesa de quirófano.

—Eso explica muchas cosas —replicó—. Incluido por qué me miras así.

Alcé la vista del todo.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo si salir corriendo.

—Depende de cómo te portes —dije, sin pensar demasiado.

Ezra sonrió, satisfecho. Se llevó el tenedor a la boca con calma.

—Entonces intentaré portarme mal.

—No eres un creyente ejemplar.

—No lo soy —admitió—. Pero el rosario queda bien, ¿no?

—Te lo tatuaste para impresionar a las mujeres como yo.

—Funcionó —contestó, mirándome sin pudor.

Negué con la cabeza, divertida, notando cómo la tensión se volvía ligera, eléctrica, fácil. Estaba jugando. Jugando a algo que no sabía a dónde me iba a llevar.

—Así que paz, Dios, silencio… —enumeré—. Bastante profundo para alguien que trae comida para llevar.

—Las dos cosas no son incompatibles —dijo—. Además, contigo hay que subir el nivel.

—¿Eso es un cumplido?

—Es una advertencia.

Nos miramos un segundo más de la cuenta. Luego ambos bajamos la vista al plato casi al mismo tiempo, como si hubiéramos sido pillados en algo.

Cuando terminamos de cenar recogimos la mesa juntos. Lavamos los platos rápidamente y yo no podía dejar de sentirme observada. No juzgada, no sentenciada. Observada. Esos ojos azules como el hielo me hacían sentir cada vez más acorralada, más pequeña. Me gustaba la sensación.

Ezra secaba los platos a medida que yo se los alcanzaba desde el fregadero y los guardaba en el armario. Él me miraba las manos, los dedos… creo que incluso contó las pasadas que le di a cada plato con el estropajo.

Era un hombre calculador. Hecho para observar. Hecho para medir. Hecho para leer.

Se llevaría bien con Max, pensé.

Seguro que ambos calculan la media del número de pestañeos de cada persona con la que se cruzan al día.

De mi amiga no me extrañaría lo más mínimo.

De Ezra, tampoco.

—¿Te parece que empecemos por el desván? Creo que es lo más desordenado de la casa —pregunté.

Cogió el trapo, lo dejó doblado con demasiado cuidado y pasó a mi lado sin rozarme. O rozándome lo justo. El suficiente para que el contacto quedara más tiempo del razonable en mi memoria que en mi piel.

—¿Tienes linterna? —preguntó.

—Creo que hay luz arriba. Si no, usaremos la del móvil.

—Perfecto —dijo—. Improvisar también es una forma de fe.

—Eso suena peligrosamente religioso.

—No todo lo que da vértigo es pecado.

Subimos la escalera en silencio. Yo delante. Otra vez esa sensación de ser seguida no por un cuerpo, sino por una atención afilada. El desván olía a polvo viejo y a cosas que nadie se atrevió a tirar. Abrí la puerta y encendí la luz. Parpadeó dos veces antes de decidirse.

—Encantador —murmuró Ezra.

—No empieces.

Avancé entre cajas apiladas sin ningún criterio reconocible. Cartón, bolsas viejas, muebles tapados con sábanas que parecían fantasmas cansados. Abrí una caja al azar.

—Decoración de Navidad… —dije, sacando una guirnalda de luces—. Y… Halloween.

Fruncí el ceño.

—Esto no es mío. Será de los antiguos dueños.

Ezra se agachó a mi lado, rebuscó un poco más y sacó una máscara de conejo diabólico con una grieta en un lado.

—Será —confirmó—. No te pega nada.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Cerró la caja y apoyó los antebrazos en las rodillas, observando el desván como si fuera una escena del crimen doméstica.

—¿Sabes por qué me sorprendí cuando me dijiste que vivías aquí?

Me encogí de hombros.

—Me lo puedo imaginar —respondí—. No es precisamente… acogedora.

Ezra negó despacio.

—No. Los antiguos dueños murieron. De una manera bastante trágica.

Levantó la vista hacia mí, atento. Midiendo. Esperando algo.

—Vivieron en esta casa toda su vida —añadió—. Y de repente… puf . Se acabó.

Abrí la boca para contestar, buscando algo inteligente, algo neutro, algo que aligerara de nuevo la conversación. No me gustaba hablar de eso. Ya tenía demasiada muerte en el trabajo.

No llegué a decir ni una sílaba.

Un bulto oscuro cruzó a toda velocidad entre mis pies.

—¡JODER! —grité, dando un salto hacia atrás sin ninguna dignidad—. ¡UNA RATA!

Me subí de un brinco a una caja, el corazón disparado, señalando el suelo como si la rata siguiera allí conspirando contra mí.

—¡¿La has visto?! ¡¿La has visto?!

Ezra parpadeó una vez. Dos. Y entonces se rió.

No una sonrisa contenida sino una risa franca, baja y auténtica.

—Sí —dijo—. Confirmo. Mamífero, cola y dientes largos.

—No te rías —le espeté—. Esto no es gracioso.

—Lo es un poco —replicó—. Has pasado de enfermera imperturbable a dibujo animado en tres segundos.

Se acercó con calma, alzó las manos en gesto de paz.

—Tranquila. Ya se ha ido. Hasta las ratas saben cuándo no son bienvenidas.

Me tendió la mano.

—Venga. Prometo que si vuelve, la exorcizo con el rosario.

Dudé un segundo. Luego se la cogí.

El cartón cedió un poco bajo mis pies cuando intenté bajar. Perdí el equilibrio apenas un instante, lo justo para que Ezra reaccionara. Su mano se cerró con firmeza alrededor de la mía, la otra fue directa a mi cintura. Demasiado cerca. Demasiado rápido.

—Cuidado —murmuró.

No llegué a responder.

El tirón me llevó contra su cuerpo y el mundo se recolocó de golpe: su pecho, su calor, el olor limpio mezclado con polvo viejo. Alcé la vista para decir algo ingenioso, cualquier cosa que frenara ese vértigo.

Ezra no me dio tiempo.

Me besó.

Su boca encontró la mía con hambre contenida, como si llevara toda la noche midiendo exactamente este segundo.

No fue suave. Lento al principio, profundo después.

Su mano en mi cintura se tensó, marcando territorio, anclándome allí como si el desván entero pudiera venirse abajo y él fuera lo único firme.

Respondí antes de pensar.

Mi cuerpo llegó antes que mi cabeza, siempre traicionera.

Le devolví el beso con la misma urgencia, abriendo la boca, buscando más, dejando que el pulso se me disparara sin intentar controlarlo. El mundo se redujo a respiraciones entrecortadas, a labios, a esa fricción que quemaba para doler aún más después.

Durante un segundo eterno, no existió nada más.

Y entonces

Paf.

La bombilla del desván se fundió con un chasquido seco.

La oscuridad cayó de golpe, espesa, total.

Ezra se separó apenas un centímetro, lo justo para apoyar su frente contra la mía. Podía sentir su respiración en mis mejillas, aún cargada, aún peligrosa.

—Mierda… —susurró—. No te muevas.

Escuché el roce de sus dedos apartándose de mi cintura.

—La bombilla —añadió con voz más baja—. Voy a ajustarla.

Antes de que pudiera contestar, el calor de su cuerpo se alejó.

Un paso.

Dos.

El sonido leve de una caja moviéndose.

Y me quedé sola.

A oscuras.

Con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salir corriendo antes que yo.

Escuché un roce. Algo leve. Como cartón moviéndose… o como uñas pequeñas sobre madera. Putas ratas. Me quedé inmóvil, con los músculos tensos, intentando localizar el sonido sin éxito. En la oscuridad, todo parecía venir de todas partes.

Tragué saliva.

—¿Ezra? —llamé en voz baja al principio, todavía con la intensidad del beso latiéndome en la boca—. ¿Ezra?

Luego un golpe seco. No fuerte. Cercano.

Un escalofrío me recorrió la espalda entera, lento y deliberado, era una mano fría deslizándose vértebra a vértebra. Noté cómo se me erizaba la piel bajo la ropa, el sudor frío en la nuca, en las palmas, en la base del cuello.

Respiré hondo. Error.

—No tiene gracia —dije, un poco más alto—. Ezra.

Escuché algo más. Un desplazamiento rápido, demasiado bajo para ser un paso normal. Demasiado irregular para ser el viento. Mi cerebro empezó a trabajar en automático, lanzando hipótesis que no quise aceptar.

—Ezra, contesta —pedí ahora, sin disimular el temblor.

Nada.

La ausencia de su voz empezó a dolerme en el pecho. Noté el pulso acelerarse, cada latido más fuerte que el anterior, como si mi propio cuerpo estuviera intentando hacer ruido por los dos.

La oscuridad lo duplicaba todo. El miedo. Las sensaciones.

La imaginación.

Sentí que el espacio se cerraba. Que el desván se hacía más pequeño, tan bajo que incluso el techo podría rozarme la punta de la nariz. Que algo podía engullirme en cualquier momento y yo no tendría forma de verlo venir.

Otro ruido. Muy cerca.

—Ezra… —susurré, ya sin orgullo—. Por favor.

Mi cuerpo empezó a reaccionar antes que mi cabeza: respiración corta, sudor frío, piel en alerta máxima. La sensación primitiva de estar siendo observada sin poder devolver la mirada.

La oscuridad no solo me había quitado la vista.

Me había dejado indefensa.

Pero entonces la luz explotó.

No fue cualquier luz, tampoco un encendido progresivo. Fue un golpe visual, brutal, violento en su naturaleza. Colores por todas partes. Rojo, verde, azul, amarillo. Destellos irregulares que me obligaron a cerrar los ojos un segundo, cegada.

Cuando los abrí, mi vista tardó en recomponerse.

Bajé la mirada, instintivamente, como si necesitara asegurarme de que el suelo seguía ahí. Vi botas. Firmes. Quietas. Una guirnalda de Navidad encendida, colgando de unas manos, proyectando sombras deformes sobre las paredes del desván.

Fui subiendo la vista despacio.

El torso de Ezra estaba tenso bajo la camisa. Sus brazos estaban elevados, sujetando la tira de luces con ambas manos, enrollada alrededor de sus puños como una soga luminosa. Los músculos de los hombros se veían completamente tensos.

Mi corazón no se calmó. Se desbocó aún más.

Cuando por fin alcé la vista del todo, cuando mis ojos se acostumbraron al exceso de color y luz…

…lo vi.

Llevaba puesta la máscara de conejo.

La blanca. La de ojos negros vacíos. La que habíamos encontrado antes, olvidada entre cajas que no eran mías. Las orejas largas proyectaban sombras imposibles en el techo bajo, deformándolo todo. Su respiración se oía amortiguada tras el plástico, parecía que rebotaba en mi cuello.

No se movía.

No hablaba.

Solo me miraba.

Las luces de Navidad parpadeaban, lentas, crueles, arrancándole cualquier rastro de humanidad al gesto. Sentí cómo se me erizaba la piel entera, cómo un escalofrío me atravesaba de arriba abajo, esta vez sin previo aviso.

—Por favor… —dije, apenas un hilo de voz.

El conejo inclinó la cabeza un par de grados.

Y supe, con una claridad aterradora, que aquello ya no iba de bromas.