Capítulo 7
La perla
Q uise continuar el día con normalidad. De verdad que sí. Pero me desperté antes de medianoche, con la funda de la almohada empapada en sudor. Sentía el pulso literalmente en las sienes. Me recorría cada pensamiento y célula.
En un intento desesperado por librarme del dolor, me di un baño de agua helada. Literalmente helada. Vertí cubitos de hielos en la bañera. Dicen que si distraes a tu cuerpo con dolor físico repentino, entonces tu mente reacciona. No sabía si era verdad. No sabía por qué lo hice.
En cuanto dejé caer mi cuerpo en el agua, me arrepentí. Me arrepentí de mi existencia, me arrepentí de mi profesión y me arrepentí de mi destino.
El frío me atacó. Me arrancó el aire de los pulmones en un espasmo torpe, animal, y durante unos segundos no supe si estaba gritando o si el sonido solo existía dentro de mi cabeza.
La piel me ardía como si me la estuvieran limando por capas, y el dolor, el de siempre, no desapareció.
Se enfadó. Todo en mi cuerpo parecía enfadado conmigo.
Si yo fuera uno de mis órganos, también estaría enfadada conmigo.
Dolía detrás de los ojos. En la base del cráneo. Era inmutable.
Salí de la bañera derrotada, con las piernas entumecidas y la cabeza ardiendo como si el frío hubiera avivado el incendio en lugar de apagarlo. Me envolví en una toalla sin secarme del todo y di dos pasos torpes hasta el lavabo.
No quise mirarla. A ella. Para mí ya tenía vida propia, era un ente individual.
Me hablaba y me miraba con condescendencia.
Me obligué a no hacerlo. Me obligué a pensar en cualquier otra cosa.
En el frío, en el ruido del agua escurriendo, en el dolor que martilleaba sin descanso.
Pero la pastilla seguía allí. De color blanco.
Pequeña. Inofensiva a simple vista. Exactamente donde la había dejado días atrás, sobre la pila del lavabo, esperándome con una paciencia obscena.
Como un fallo sin corregir. Como una promesa que me había hecho para romperla después.
No pensé. Pensar no sirve cuando la cabeza ya está infectada.
El dolor era una infección avanzada, caliente, febril que supuraba pus.
Una carne podrida alojada en el cráneo, hinchada, palpitante, extendiéndose como gangrena.
Pudría mis deseos, ablandaba la voluntad hasta volverla irreconocible y masticaba mis miedos como tejido muerto.
Todo estaba contaminado por dentro. Todo ardía.
Todo olía a descomposición. Y cuando el cuerpo entra en ese estado, ya no decide nada, solo se intenta sobrevivir.
La cogí con los dedos aún helados, torpes, y me la llevé a la boca sin mirarla siquiera. La tragué a palo seco, sin agua, sin pausa, como si retrasarlo un segundo más fuera peligroso. Me raspó la garganta al bajar, áspera, casi violenta. No me importó.
Joder.
Necesitaba sentirla atravesarme, notar que ya estaba dentro, que ya no había vuelta atrás. Necesitaba destruirme, necesitaba saber que estaba haciendo algo por mí misma. Aunque fuera eso.
Pero yo solo había mordido un pedazo de mi vergüenza.
Salí del baño sin secarme, desnuda, tiritando de forma descoordinada, con el frío clavándose en la piel como agujas sucias.
El aire de la casa me golpeó de lleno y se me escapó un gemido involuntario, bajo y avergonzado.
El pelo rizado me goteaba por la espalda, el agua cayendo al suelo en un rastro torpe, irregular, parecía que mi cuerpo se estuviera deshaciendo a cada paso.
No caminé del todo.
Avancé arrastrándome como una enferma.
Llegué al salón y me lancé sobre el bolso sin pensar, sin mirar, sin respirar bien. Metí la mano dentro con desesperación, revolviendo a ciegas, sacando cosas y dejándolas caer al suelo con torpeza. Llaves. El móvil. El monedero.
Joder. Joder. Joder.
El pulso me latía en la garganta. En los oídos. En los dientes. Volví a meter la mano, más hondo, arañando el fondo del bolso como si pudiera arrancarle lo que necesitaba a la fuerza. Mis uñas chocaron contra el plástico y sentí un alivio inmediato.
El pastillero.
Lo saqué con las manos temblando tanto que casi se me cae. Lo abrí mal, forzándolo, sin comprobar nada, sin contar. No quería ver cuántas quedaban. No quería saber nada.
Cogí dos pastillas. Tan blancas, tan bonitas.
Me las llevé a la boca con torpeza y las tragué. Me rasparon la garganta y tosí, pero no me detuve. No podía. Noté cómo bajaban, cómo se quedaban dentro de mi cuerpo.
El dolor no desapareció de inmediato, pero empezó a retirarse, como una marea obediente, dejando atrás un silencio nuevo. El latido dejó de gritar y pasó a susurrar. Y yo… yo pude respirar.
Cerré los ojos.
Dios.
Literalmente Dios.
Era así como debía sentirse la fe. Como si alguien me hubiera puesto una mano en la cabeza y me dijera ya está, descansa . Como si el cielo no fuera un lugar sino una química exacta, una dosis medida, una promesa cumplida de paz.
Pensé que si existía Dios tenía que parecerse a esto.
A esta tregua cálida.
A esta ausencia de dolor que no pedía explicaciones.
◆◆◆
Me desperté con el sonido de mi alarma de siempre. Estaba en mi cama y seguía siendo de noche. El reloj de mi mesilla marcaba las cuatro y media de la madrugada. No recordaba cuándo me había quedado dormida. Ni cómo había subido hasta la cama.
Lo último que recordaba era la ausencia de sentimiento. La ausencia de la existencia. La ausencia de la muerte y de la vida. La ausencia del ser. La ausencia del padecer y sentir.
Y fue lo más maravilloso que he sentido nunca.
Joder, ahora me tenía que preparar para ir a trabajar.
Me vestí más decente de lo normal, teniendo en cuenta que iba a ver luego a Ezra. Es cierto que llevaba adelgazando unas semanas, pero no me molestaba la idea de ponerme medianamente guapa de nuevo.
Elegí unos vaqueros azules oscuros y una camisa escotada marrón tierra.
Mi madre siempre me repetía lo bien que me quedaban las tonalidades cálidas con mi tono de piel y mis rizos.
Vestirme me llevó más tiempo del que me esperaba, así que al pasar al baño me lavé los dientes, me perfumé y me puse unos pendientes de perlas.
Las perlas me hacían brillar. Me resplandecían el rostro.
Cogí el móvil de la encimera de la cocina cuando pasé por delante de la nevera. No tenía tiempo para desayunar. Tampoco es que fuera a hacerlo. Me sentía con energía, hacía tiempo que no me levantaba con tanta fuerza.
Aun así, pillé un zumo junto con un paquete de galletitas y lo guardé en mi bolso del trabajo.
Una vez abrigada, salí escopetada hacia el coche.
La carretera seguía cortada, así que fui por el camino que me enseñó Ezra el día anterior.
Mi pobre coche no aguantaba tantos baches circulando por un camino que era puramente campo y tierra, así que intenté ir más despacio de lo normal.
Cuando llegué al hospital y fiché, saludé a mis compañeros.
Al cambiarme y vaciar la mochila en la taquilla, el peso de lo evidente cayó sin hacer ruido.
Una. Quedaba una.
No fue una sorpresa. Sabía que horas antes había engullido aquellas pastillas con la ansiedad torpe y precisa de una adicta. No sentí culpa. Tampoco alarma. Sabía perfectamente que no era una dosis mortal. Ni siquiera especialmente peligrosa. Lo suficiente. Siempre lo suficiente.
Todo ser vivo tiene derecho a existir sin dolor. Esa era la única verdad que me importaba. Llevaba meses sin sentir la cabeza en calma, sin notar los pensamientos alinearse como si obedecieran alguna ley básica. Meses sin ganas de comportarme como una persona promedio, funcional, entera.
La nada absoluta que sentí ayer fue sublime.
Espeluznantemente bella.
No pertenecer a mi cuerpo. No cargarlo. No sostenerlo.
Limitarme a respirar y pestañear, como si eso bastara.
Como si fuera suficiente existir sin peso.
Ese vacío fue, sin duda, el regalo más cercano a lo divino que había recibido nunca.
Estaba experimentando la felicidad, a costa de no recordar lo que había hecho horas antes, ni de cómo había terminado en mi cama arropada. Pero ese precio me parecía bastante razonable dadas las circunstancias.
—Leah.
La voz me sacó de golpe del hilo en el que estaba suspendida.
—Leah, ¿puedes venir un momento?
Alcé la vista. Dos compañeros me miraban desde la puerta del vestuario. Uno de ellos ya llevaba los guantes puestos. Mala señal. Nadie se pone los guantes para charlar.
—Voy —dije.
Cerré la taquilla con más fuerza de la necesaria. El metal resonó y el sonido me devolvió del todo al cuerpo, a su peso, a su temperatura incómoda. Me puse la bata, ajusté el pelo sin mirarme al espejo y caminé hacia ellos.
La nada había terminado.
El hospital nunca permite que dure demasiado.
Empujamos la puerta batiente y el aire cambió. Más frío, limpio y cruel. Me dirigí directamente a los lavabos quirúrgicos mientras seguían poniéndome al día.
—Varón, cincuenta y siete. Cirugía abdominal programada. Todo iba dentro de lo esperado hasta que no lo fue.
Abrí el grifo con el codo. El agua cayó con fuerza. Me mojé las manos y los antebrazos. Las uñas primero. Siempre primero. El cepillo raspó la piel mientras el jabón antiséptico me invadía el olfato. Odiaba ese puto olor.
—Lesión vascular —continuó—. Están conteniéndolo como pueden, pero van justos.
Froté palmas, dorsos, entre los dedos. Un gesto aprendido hasta el cansancio, totalmente automático. Codos elevados, siempre por encima de las manos.
—Constantes inestables —añadió—. El anestesista está ajustando sobre la marcha.
El agua corría arrastrando jabón, células muertas, cualquier rastro de lo que yo era fuera de allí. Cuando cerré el grifo, dejé que las manos escurriesen sin tocarlas con nada. Me sequé con las toallas estériles, primero una mano, luego la otra, antebrazos incluidos.
—Gracias por venir tan rápido —dijo alguien detrás de mí.
Asentí otra vez, ya con la bata abierta esperándome, los brazos extendidos sin tocar nada. Dejé que me vistieran. Dejé que me colocaran los guantes. Sentí el látex ajustarse como una segunda piel.
Cuando empujé la puerta del quirófano, la nada ya no existía. Había sangre, luces blancas, todo un equipo médico y un cuerpo abierto esperando que no nos equivocáramos.
◆◆◆
Llevaba casi diez horas dentro de esa operación cuando el relevo del siguiente turno terminó de cerrar lo que ya estaba salvado. El paciente estaba vivo. Estable, dentro de lo posible. A veces eso es una victoria completa.
Volví a la taquilla con el cuerpo en piloto automático.
Los hombros cargados, las manos aún tensas, la cabeza extrañamente despejada.
Pero no había fallado, no había entrado en pánico, no había vomitado al verme rodeada de tanta sangre.
Me quité la bata, la doblé sin pensar y me quedé un segundo quieta, como si necesitara permiso para volver a ser yo.
Saqué el móvil.
Llamé a Ezra.
Contestó al segundo.
—Ya he salido —le dije—. Se ha alargado muchísimo.
—Vaya —respondió—. Lo imaginaba.
Pausa breve.
—Te espero en la entrada del camino. Donde el otro día.
Sonreí sin darme cuenta.
—Voy.
Colgué y salí del hospital. El frío me mordió la cara en cuanto crucé la puerta, seco y despiadado. Subí al coche, encendí la calefacción y conduje en silencio, dejando que el cansancio se acomodara en su sitio. Llegué rápido. Demasiado rápido para las horas que llevaba despierta.
Cuando llevas demasiado tiempo sin dormir, algo en la cabeza empieza a romperse.
Los pensamientos se atropellan, los gestos salen torcidos, y tu propio cuerpo parece moverse sin tu permiso.
Todo va demasiado rápido y, al mismo tiempo, insoportablemente lento.
Como si el mundo estuviera mal sincronizado contigo.
La realidad se vuelve sucia, borrosa, llena de ruido.
Una nube espesa delante de los ojos. Sabes que está ahí, sabes que deberías poder atravesarla…
pero cada vez se vuelve más densa. Y empiezas a preguntarte si el que se está deshaciendo eres tú.
Aparqué.
No había ningún coche.
Fruncí el ceño y miré alrededor. Nada. Solo el camino oscuro, los campos quietos y el aire helado colándose por todas partes. Pensé en él caminando hasta allí, en el frío calándole los huesos, y algo parecido a la culpa me rozó por dentro.
Le vi. Estaba apoyado en la valla, las manos metidas en los bolsillos, el aliento dibujando pequeñas nubes blancas frente a su cara. Tenía una bolsa blanca reposando en sus pies. Cuando me acerqué, levantó la vista y sonrió como si llevara horas esperándome… y no le importara.
—Qué rápida —dijo.
—Has venido andando —respondí—. Estás loco.
—Un poco —admitió—. A veces hay que estar dispuesto a cometer locuras.
Nos quedamos frente a frente. Demasiado cerca para ser casual. Demasiado lejos para ser otra cosa.
—¿Todo bien? —preguntó, bajando la voz.
—Sí —dije—. Sacamos al paciente adelante.
—Entonces hoy es un buen día.
Asentí. Él me miró como si hubiera ganado algo más que una operación. Yo desvié la vista solo un segundo, lo justo para que no pareciera que me importaba tanto.
Él conducía. Yo me dejé caer en el asiento del copiloto con un suspiro largo. El coche avanzó por el camino secundario, estrecho, mal iluminado. Los faros recortaban los márgenes de tierra y la vegetación seca como si el mundo terminara unos metros más allá.
—¿Sabes algo de cuándo reabrirán la carretera principal? —pregunté, mirando al frente—. Así tenemos que dar un rodeo eterno.
Ezra tardó un segundo de más en responder. No mucho.
—Mmm… no —dijo al final—. Ya sabes cómo van esas cosas. Obras, permisos, papeleo infinito.
Cambió de marcha.
—Diez horas en quirófano no deberían ser legales —añadió—. Tendrían que darte una medalla. O al menos una cena decente. Creo que en lo último puedo ayudar.
Sonreí, cansada.
—No tenías por qué.
—Leah, siempre hay un por qué.
Cuando llegamos a mi casa, el cansancio ya se había asentado del todo, pesado pero manejable. Ezra aparcó frente a la entrada y apagó el motor.
—Hemos llegado —dijo.
Y por alguna razón, sonó más definitivo de lo necesario.