Capítulo 6 #2
El trayecto hasta la farmacia del hospital fue corto, pero lo sentí largo. Caminábamos juntas, hablando de cosas prácticas, de camas, de turnos, de lo de siempre. Yo asentía cuando tocaba. Sonreía cuando tocaba. Por dentro iba contando.
Cuatro.
Cuatro pastillas para dos semanas.
No era suficiente. No lo iba a ser. No cuando el dolor decidiera volver a aparecer. No cuando explotaba detrás del ojo y descendía hasta la base del cráneo, aplastándolo todo a su paso, como un animal ciego masticando nervios.
En la farmacia todo era más borroso, más iluminado, más solitario. El farmacéutico estaba de espaldas, revisando un pedido que acababa de llegar. Pude ver varias cajas abiertas sobre el mostrador metálico.
Pero algo suspiró mi nombre.
No de frente. De refilón. Pero lo reconocí al instante. La caja blanca. El nombre impreso con esa tipografía que se te queda grabada cuando dependes de ella. Mi medicación. Varias cajas. Muchas más de las que yo iba a tener en semanas.
Sentí un tirón en el estómago.
Cuatro pastillas, Leah.
Cuatro.
Para dos semanas. Para trabajar. Para dormir. Para no vomitar de dolor en el baño del hospital como una adolescente de resaca.
Necesito parar el dolor. Necesito poder vivir sin dolor.
Nadie estaba mirando. Era tan fácil como alargar la mano. Una caja. Una sola. Nadie la echaría de menos. El hospital no sufriría. Yo sí, si no lo hacía.
Tragué saliva.
—Aquí tenéis lo que falta —dijo el farmacéutico, girándose y entregándole a Laura la medicación que veníamos a buscar.
Asentí, demasiado rápido. Aparté la mirada de las cajas como si quemaran. Como si mirarlas un segundo más fuera a delatarme.
Salimos de allí las juntas, comentando algo sobre el turno de noche, sobre lo lento que se hacía todo antes del amanecer. Yo apenas escuchaba.
Cuatro.
Volví a mi puesto con el número grabado en la piel, con el uniforme intacto y la conciencia tensa. El hospital seguía funcionando. Los pacientes seguían doliendo. Yo seguía andando.
Tenía que aprender a vivir cuando sólo deseaba morir.
◆◆◆
Nueve horas después salí del hospital con el cuerpo en modo ahorro de energía.
Tenía hambre, la espalda rígida y esa fatiga pesada que no se quitaba ni durmiendo.
Nada nuevo. Lo suficientemente habitual como para no merecer queja.
Me subí al coche y conduje hacia el pueblo con la mente en blanco, agradecida por no tener que pensar.
Al pasar el tramo principal del municipio algo no encajó.
Coches detenidos en mitad de la carretera.
Puertas abiertas. Gente fuera, hablando a la vez, gesticulando demasiado.
Nervios. Voces elevadas. Reduje la velocidad hasta detenerme del todo.
Apagué el motor. Abrí la puerta. El aire estaba cargado, tenso, como antes de una tormenta que no termina de caer.
Caminé unos pasos, intentando entender qué había pasado, y entonces vi de lejos a un pelinegro.
Ezra.
Estaba unos metros más adelante, hablando con un par de hombres. Tenía la mandíbula tensa y esa postura suya que solo aparecía cuando quería demostrar autoridad. Me acerqué.
—¿Ezra? —dije.
Giró la cabeza al instante.
—Leah.
No sonrió. Eso fue lo primero que me alertó.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
Miró alrededor antes de volver a mí, como si midiera quién podía oírnos.
—Han encontrado algo en el camino viejo —dijo—. Hacia las afueras.
Algo. No alguien. No un accidente. Algo.
—¿Qué tipo de algo? —insistí.
Ezra apretó los labios un segundo.
—Lo estamos investigando. No es seguro que vayas sola a casa ahora mismo.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el cansancio.
—¿Qué?
Suspiró, derrotado por la insistencia.
—Ha pasado algo raro al amanecer. La gente está asustada. Y… —bajó la voz— han tenido que llamar a refuerzos. La carretera está cortada.
Miré en dirección a mi casa. Campo. Silencio. Demasiado silencio.
—Puedo ir sola —dije, más por costumbre que por convicción.
Negó con la cabeza.
—No. Y no voy a discutir esto.
Dio un paso hacia mí, bajando aún más la voz.
No discutí. No tenía ganas.
Asentí.
—De acuerdo.
Ezra me indicó que volviera al coche. Caminó a mi lado, atento, como si el pueblo entero hubiera dejado de ser un lugar y se hubiera convertido en un territorio inestable.
Mientras miraba a la multitud, pensé que aquel día había empezado con cuatro pastillas y una migraña contenida.
Y estaba terminando con las mismas cuatro pastillas y algo mucho peor.
—Conduzco yo —dijo Ezra—. Conozco un camino secundario. No está cortado.
Asentí sin discutir y le tendí las llaves. Me dejé caer en el asiento del copiloto con un suspiro que no intenté disimular. El cansancio me atravesaba la espalda como una barra de metal, de cuello a cadera. Ezra arrancó y se desvió con seguridad, alejándose del bullicio del pueblo.
—¿Qué tal el turno? —preguntó, con la vista fija en el camino.
—Largo.
—Ya me lo imaginaba —dijo—. Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
Ezra ladeó un poco la cabeza, sin mirarme.
—La que pones cuando solo quieres encerrarte en casa.
Le miré. Esta vez no aparté la vista.
—¿Siempre te fijas tanto en todo?
Una comisura de su boca se alzó.
—Observo lo que me importa.
Joder.
Tragué saliva y miré al frente.
—Pues hoy me duele todo —cambié de tema—. Y tengo hambre.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque sino, no habrías aceptado que condujera yo.
Sonreí.
—Puede ser.
No añadí nada más. Él tampoco.
Aun así, no pude evitar mirarlo. El pelo negro, un poco largo, ordenado sin esfuerzo.
Los ojos azules fijos en la carretera, atentos, serios.
No se dejaba barba, y eso le dejaba el gesto más expuesto, más limpio.
Tenía ese perfil tranquilo de quien está acostumbrado a decidir rápido cuando algo se tuerce.
Que podía dominar cualquier cosa.
Y a cualquiera.
Sus manos sujetaban el volante con firmeza, seguras, grandes.
Al girar ligeramente el brazo, la manga del uniforme se deslizó apenas lo justo para dejar asomar unos milímetros de un tatuaje oscuro en el antebrazo.
No lo vi entero, ni siquiera pude distinguir el diseño.
Solo lo suficiente para saber que estaba ahí.
Me di cuenta tarde de que lo estaba observando demasiado. Aparté la vista, incómoda conmigo misma, como si él pudiera notar el peso exacto de mi atención. El tío era guapo. Sin duda.
El asfalto desapareció y el coche se metió por un camino estrecho, flanqueado por campo abierto.
El campo se extendía a ambos lados, áspero y en silencio.
Hierba quebradiza, arbustos bajos, tierra exhausta.
Entre todo ese gris helado, surgían pequeñas flores anaranjadas y dispersas.
Sus pétalos brillaban bajo los faros, tensos, obstinados, como si se negaran a aceptar el invierno.
La escarcha las cercaba, pero no conseguía vencerlas.
Ojalá pudiera ser una de ellas.
Ojalá supiera crecer sin pedir permiso, sin miedo a romperme.
Ojalá me dejara consumir por el frío con la certeza de que, aun así, volvería a nacer.
El coche se detuvo frente a la casa. Ezra apagó el motor y me miró de reojo.
—Ya estamos.
Bajé despacio, estirando la espalda con un gesto cansado. Él salió también y se quedó quieto un segundo, observando alrededor, atento. Demasiado atento.
—Oye —dijo—, ¿has notado algo raro últimamente?
—¿Raro?
—Sí. Cualquier cosa.
Le sostuve la mirada.
—No —respondí—. Nada que no venga conmigo de serie.
Ezra esbozó una sonrisa breve.
—Eso no me tranquiliza.
Dio un paso hacia la casa y luego se volvió hacia mí.
—Voy a entrar contigo. ¿Te importa?
No era una pregunta del todo.
—No —dije—. Pasa.
Entramos. Encendí la luz y el salón apareció tal cual era: cajas por todas partes, algunas abiertas, otras olvidadas, un caos a medio domesticar.
—Perdona el desastre —dije—. Aún no he terminado de poner todo en orden.
Ezra recorrió la estancia con la mirada y luego me miró a mí, de arriba abajo, sin disimulo.
—No me desagrada lo que veo.
—No sé si eso me tranquiliza —repliqué.
—Debería.
Se acercó un poco más de la cuenta mientras inspeccionaba una ventana. Yo no me moví.
—Si quieres —dijo—, puedo venir algún día y ayudarte a ordenar.
—¿Las cajas?
—Bueno, podemos empezar por ahí, sí —respondió, mirándome directamente—. Luego ya veremos.
Sentí cómo se aceleraba mi pulso.
—Me vendría bien la ayuda.
Asintió, satisfecho.
—Mañana cuando salgas del hospital llámame. Haremos lo mismo que hoy, te llevaré a casa. No quiero que estés sola en la carretera. Y luego vemos qué hacer contigo… y con todas estas cajas.
La casa seguía medio vacía, pero ya no me pareció tan fría. No con Ezra dentro, ocupando espacio, mirándome como si supiera exactamente qué estaba haciendo.
Y aun así, no dio un paso atrás.
Ni yo tampoco.