Capítulo 6
La perla
M i nuevo móvil sonó a las cuatro y media de la mañana.
Anoche intenté ponerle mi antiguo tono de despertador, ese pitido insoportable y familiar que había odiado durante años, pero el software no lo tenía registrado en su memoria de politonos.
Así que terminé despertándome con un sonido desconocido, limpio y ajeno, que me cayó encima como una vida que no era la mía.
Aun así por primera vez en meses desayuné. Un café y un par de tostadas con huevos revueltos. La verdad es que no esperaba que un desayuno me devolviera las ganas de vivir, por eso no le puse demasiadas expectativas.
La clave está en repetirle una rutina a tu cerebro tantas veces que al final se vuelve natural.
Eso me dije. No sé.
Pobre Leah.
Quería confiar en los procesos químicos que tendrían que suceder ahí dentro si, en teoría, duermes ocho horas, comes bien y haces algo de ejercicio. No estaba segura de si mis hormonas o córtex cerebral estaban de mi lado, pero yo lo estaba intentando.
En todo caso, si fallaba en mi misión solo esperaba que la muerte se sintiera como ser arrullada por los brazos cálidos de mamá.
Que fuera como comer mi plato favorito una noche de verano hecho por mi abuela.
O como escuchar las risas de mis amigas al contar una anécdota divertida que pasó hace años.
Me recogí el pelo en un moño como cada día y me vestí con la más cómodo que pillé. La noche anterior había dejado preparada una mochila con la ropa del hospital limpia y desinfectada, además de mi típico neceser y mi pastillero.
Cuando revisé el contenido, la carcasa de plástico me devolvió un destello que se sintió casi insolente.
Lo abrí.
Tres pastillas.
Bueno… cuatro, si contaba la que había abandonado cobardemente en la pila del baño días atrás, como si dejarla fuera del pastillero la hiciera menos real.
La receta no se renovaba hasta dentro de una semana.
Y no iba a llegar. No con mi cabeza así. No iban a ser suficientes. Tenía que conseguir cita con mi médico. Urgente, preferiblemente hoy mismo. Y aunque lo pensé solo un instante, lo justo para sentir cómo empezaba la inquietud, acto seguido cerré el pastillero con un chasquido seco.
Si no lo pensaba no lo sentía, y si no lo sentía entonces no existía.
Con todo preparado, salí de casa.
El aire de la madrugada me golpeó con ese frío que se siente más como un tortazo que como una temperatura. Una llamada a despertar, quizá. No estaba convencida de que fuera bienvenida.
Cerré la puerta detrás de mí y avancé hacia el coche.
Mientras conducía, el peso de lo que sucedió ayer seguía reconcomiéndome por dentro. Había tratado de ignorarlo. Había comprobado el remitente del paquete, pero todo parecía normal. No iba a dejar esto así, pero por el momento no tenía mucha más opción.
Fiché al entrar, puntual como siempre. Me puse el uniforme y respiré hondo varias veces, despacio, contando como me habían enseñado cuando aún creía que el control era algo posible.
Luego hice el relevo con María, que me saludó desde el fondo del pasillo, bolso al hombro, cara de madrugada vencida y libertad reciente.
Asentí de vuelta.
Revisé pacientes, constantes, monitores. Ese día me tocaba rendir en el bloque de digestivo. El hospital estaba sumido en ese silencio artificial que solo existe antes del amanecer. Pacientes, familiares, auxiliares, médicos… todos suspendidos en una pausa frágil. Caminé hasta la salita médica.
Cerré la puerta tras de mí. La luz blanca, el zumbido del ordenador, el olor a desinfectante. Todo normal. Encendí el equipo. Durante unos segundos me quedé inmóvil frente al teclado, con las manos suspendidas en el teclado. Sabía perfectamente que no debía hacerlo.
Acceder a la base de datos sin justificación clínica no era una tontería.
Era ilegal, una infracción directa de la ley de privacidad de los pacientes, una línea roja que no se cruzaba sin consecuencias.
Pensé en sanciones, en expedientes, en mi nombre asociado a una palabra que nunca se olvida: negligencia.
Y aun así, la duda me mordía por dentro.
Porque también sabía otra cosa, más incómoda todavía: que si no buscaba a ese tal Elah, si fingía que ese nombre no existía, no iba a poder seguir con mi turno como si nada.
A veces la ética se convierte en un lujo cuando la curiosidad huele a amenaza.
Escribí el nombre: Elah. Luego añadí el número de teléfono que había encontrado en mi móvil nuevo.
Si Max estuviera aquí me diría que matemáticamente no existen las casualidades. Que el ser humano elige creerlas a voluntad, pero estadísticamente no tiene sentido pensar que entre toda la población mundial, tú has sido elegido.
Me interrumpió la llamada de mi busca. No había visto lo suficiente, pero esto tendría que esperar.
Sonreí sin humor.
Perfecto, Leah. Pensé.
Bienvenida al turno de noche. Aquí también hay fantasmas.
Salí de la salita médica y cerré la puerta con más cuidado del necesario, como si el ruido pudiera delatarme. El pasillo seguía en ese limbo de luz tenue y pasos amortiguados. Me crucé con dos compañeras cerca del control y aproveché el gesto automático de cercanía que da el uniforme.
Estaba sudando. Taquicárdica. Nerviosa.
—¿Sabéis si está el doctor Ríos hoy? —pregunté, procurando que mi voz sonara casual.
Se miraron entre ellas un segundo.
—No, está de vacaciones —dijo una.
—Pero hay sustituto —añadió la otra—. Está usando su despacho.
—Gracias, chicas.
Asentí. Sonreí incluso.
Caminé hasta el despacho de mi médico con una incomodidad que no supe ubicar del todo hasta que vi el nombre en la puerta. Aun así, llamé.
—Pasa.
Allí estaba. Sentado donde no le correspondía, con la bata demasiado nueva y esa postura rígida de quien todavía necesita demostrar algo. Levantó la vista del ordenador y frunció ligeramente el ceño al reconocerme.
—Vaya —dijo—. Leah.
—Vaya, Josh.
No sonó a saludo.
Nos conocíamos de sobra. Demasiado. Habíamos empezado la carrera de enfermería juntos.
Compartido apuntes, cafés malos, guardias imposibles.
Luego él se cambió a medicina. Y cuando eso pasó nos empezó a tratar a mis compañeros y a mí como si fuéramos inferiores.
Siempre había sabido que lo haría. Algunos no soportan quedarse a medio metro del poder.
—¿Qué quieres? —preguntó, directo, sin perder tiempo en cortesías.
Respiré hondo.
—¿Cuándo vuelve el doctor Ríos?
Tecleó algo sin mirarme.
—En dos semanas. ¿Necesitas algo?
Lo dijo como quien cierra una conversación.
Dos semanas no eran suficientes. Ni de lejos. Lo supe con la misma claridad con la que sabía cuántas pastillas me quedaban, con la que había contado los días en silencio. Necesitaba la medicación antes. Y la necesitaba ya.
Pero no se la iba a pedir a él.
No a este tío.
—No. Esperaré a que vuelva. Gracias.
Asentí despacio, di media vuelta y salí del despacho antes de que pudiera añadir nada más. Antes de que viera algo en mi cara que no estaba dispuesta a regalarle.
En el pasillo, el hospital seguía funcionando como si nada. Como si no hubiera cuerpos sosteniéndose a base de rutinas, pastillas, que yo no tenía, y silencios.
Como si yo no hubiera visto nada.
Aun así, seguí caminando.
Por lo menos hasta que las migrañas aparecieran de nuevo. Porque siempre, siempre, siempre aparecían de nuevo.
—Leah, te necesitan en la habitación doscientos tres.
—Voy.
Empujé la puerta con el hombro.
El paciente estaba incorporado en la cama, sudoroso, una mano clavada en el costado derecho. Tenía la mandíbula tensa, los labios secos. Al verme, me miró como se mira a alguien que puede hacer algo… o no.
—Me duele —dijo—. Mucho.
—Me imagino —respondí, acercándome—. Túmbese. Voy a echarle un vistazo.
Comprobé constantes: tensión ligeramente elevada, frecuencia cardíaca acelerada, saturación correcta. Toqué el abdomen con cuidado, despacio, observando más su cara que mi propia mano.
—Aquí —dijo, conteniendo el aliento.
Asentí.
—Voy a ponerle algo para el dolor, ¿de acuerdo?
Preparé el carro sin prisas visibles. Moverse con calma ayuda a que los pacientes no se pongan nerviosos. Cuando el personal sanitario se mueve rápido es porque alguien se estaba muriendo. Así de claro.
Metamizol intravenoso. Revisé la prescripción, la dosis, la vía. Todo en orden. Cargué la jeringa con cuidado.
—Le va a aliviar —le dije mientras localizaba la vía—. Ya verá como vuelve a dormir en unos minutos.
Canalicé sin problemas. La vena respondió a la primera. Pequeñas victorias que casi nadie ve. Administré el fármaco despacio, observando. Siempre observando.
—Avíseme si nota mareo, náuseas o algo raro.
Asintió con un gesto mínimo. Su respiración empezó a acompasarse, poco a poco, como si alguien bajara el volumen del dolor.
Mientras retiraba el material, el latido volvió a aparecer detrás de mi ojo izquierdo. Más nítido esta vez. Persistente, pero soportable.
Lo ignoré.
Porque en eso consistía mi trabajo: tratar el dolor de los demás porque el mío es demasiado difícil de curar. Demasiado difícil de entender, demasiado fácil de anhelar.
Anoté la hora, la dosis y los síntomas del paciente. Avisé al médico de guardia. Ajusté la cama, dejé el timbre al alcance de su mano.
—Volveré a verle en unos minutos —le dije—. Procure descansar.
Salí de la habitación cerrando con cuidado.
En el pasillo, la luz me pareció ligeramente más blanca. Me llevé dos dedos a la sien y presioné. Aún no. Aún podía aguantar.
Estaba bien.
Yo siempre estaba bien.
—Leah —me llamó Sierra desde el control—. Tenemos un problema con la pauta de la doscientos doce. Falta medicación en el carro.
Me acerqué mientras revisaba mentalmente turnos, pacientes y dolores ajenos. Laura estaba también allí, con una carpeta bajo el brazo y cara de no querer líos a esas horas.
—La farmacia no nos ha repuesto el analgésico —dijo Sierra—. Y el médico lo quiere ya.
Asentí. Claro que lo quería ya. Siempre quieren todo ya.
—Vamos —dije—. Lo cogemos nosotras.