El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Ezra dejó la cuchara sobre el plato y se reclinó levemente hacia atrás, evaluándome con una media sonrisa.

—Entonces no es una cita.

Pausa.

—Aún.

Sentí un calor absurdo subirme por el cuello. Decidí ignorarlo. Cogí mi cuchara para ganar tiempo.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué te llevó a ser el oficial de un pueblo remoto?

Ezra soltó una risa suave, pero sin humor.

—La necesidad, también —contestó—. Y estar buscando algo que todavía no he encontrado.

—Eso suena… complicado.

—Es lo que es. —Alzó apenas la mirada—. A veces no eliges un camino. A veces te lo eligen.

Hubo un silencio breve. No incómodo; más bien un silencio que buscaba dónde apoyarse.

—¿Y te gusta lo que haces? —pregunté.

Ezra sonrió, pequeño, honesto.

—Me gusta lo suficiente. Me mantiene lejos de mis propios problemas y me da una buena excusa para meterme en los de otros.

—¿Incluidos los míos? —pregunté, en un hilo de ironía que pretendía ser ligero.

Ezra no respondió de inmediato. Me sostuvo la mirada con calma, con esa serenidad extraña que parecía esconder más de lo que mostraba.

—Solo si me dejas —dijo.

Cuando terminamos de comer, él se ofreció a pagar la cuenta. Repetí varias veces que no era necesario, pero insistió. Yo simplemente me dejé hacer. Ezra se levantó primero. Me ofreció una mano para ayudarme a levantarme, pero no la acepté. Él sonrió como si hubiera anticipado exactamente eso.

Caminamos hacia la puerta en un silencio cómodo, o algo que empezaba a parecerse a eso. Afuera, el aire helado del pueblo nos recibió de golpe, una corriente fría que me recordó lo mucho que había vivido encerrada en mi casa estos días.

—Gracias por… la compañía —dije, ajustándome el abrigo mientras él empujaba la puerta para que saliera.

—Ha sido agradable —respondió, sin pretensión ni dramatismo—. Y no lo digo por cortesía. Suelo tener comidas bastante aburridas.

—Entonces deberías variar de menú —repliqué, intentando restar importancia al comentario.

Él rió por lo bajo.

—Puede que hoy lo haya hecho.

Nos detuvimos junto a mi coche. Ezra guardó las manos en los bolsillos del uniforme, inclinándose apenas hacia mí. No en un gesto seductor, sino en uno que buscaba leerme, medir mis intenciones, quizá incluso mis miedos.

—Antes de que te vayas… —empezó.

Me tensé sin querer.

—¿Sí?

—Sé que dijiste que no estás huyendo de nada. —Su voz se volvió más suave, casi prudente—. Y no voy a insistir. Pero si alguna vez necesitas algo… conversación, un rato lejos de esa casa tuya, alguien que conozca el pueblo mejor que Google Maps … te he dejado mi número en el bolsillo del abrigo.

Me mordí la mejilla por dentro. No esperaba esa clase de oferta. No sonaba a coqueteo barato ni a héroe de pueblo intentando rescatar forasteras. Era… incauto. Directo. Y un poco peligroso, porque abría una puerta que yo no estaba segura de querer atravesar.

—Lo tendré en cuenta —respondí, manteniendo el tono neutral.

Ezra buscó mi mirada. Asintió como si eso, precisamente eso, confirmara algo que llevaba sospechando desde la farmacia. Di un paso hacia la puerta del coche, pero su voz volvió a detenerme.

—Leah.

Me giré.

—¿Sí?

Sonrió. Una sonrisa pequeña y real, sin doble fondo.

—Tu compañía es exquisita.

Y lo dijo con una honestidad tan limpia que me pilló indefensa un segundo.

—Lo mismo digo, Ezra —respondí, antes de que mi cabeza pudiera censurarme.

Terminé conduciendo despacio por la salida del restaurante, pero en lugar de ir directa a casa giré hacia el pequeño supermercado del pueblo. Necesitaba atravesar el bache de tener que hacer la compra.

Se sentía completamente innecesario alimentar un cuerpo que no desea ser habitado.

Aparqué, bajé del coche y, por primera vez en días, crucé esas puertas automáticas sin sentir que me sobraba el mundo entero.

Caminé entre los pasillos como si fueran territorio nuevo.

Cogí fruta, verduras, carne, pan… comida de verdad.

Comida que había olvidado que existía más allá de latas, sobres instantáneos y lo que fuera que hubiera estado sobreviviendo estos días.

Mientras llenaba la cesta, me di cuenta de algo casi absurdo en su simplicidad: una comida con Ezra había bastado para recordarme lo mucho que echaba de menos alimentarme de verdad.

Extrañaba comer, extrañaba sentirme con energía, extrañaba sentirme viva.

Cargué las bolsas en el maletero y conduje de regreso a casa con esa extraña mezcla de cansancio y ligereza que aún no sabía descifrar. El camino oscuro me recibió como siempre, sin sorpresas, sin vida. Mi casa apareció al final del sendero, quieta, como un animal agazapado en la penumbra.

Aparqué frente al porche y apagué el motor. El silencio cayó de golpe.

Subí los escalones con las bolsas, pero me detuve al ver un paquete apoyado junto a la puerta.

Mi nombre estaba escrito en la etiqueta, junto al de la tienda donde había pedido el móvil hacía unos días.

Días en los que, sinceramente, no había querido que nadie pudiera contactarme.

Cada vez era más agotador ignorar a la gente.

Que mi móvil se hubiera jodido significaba la excusa perfecta para desconectar del mundo.

Entré en la cocina, dejé todo sobre la encimera y abrí el paquete con un gesto distraído. Dentro había la caja del móvil… pero no era nueva. El cartón tenía un brillo apagado, un borde ligeramente abollado. Y encima, una nota impresa.

La desplegué.

Estimada clienta:

Lamentamos informarle de que el modelo adquirido quedó fuera de stock antes de ser enviado.

Debido a que no logramos comunicarnos con usted por teléfono, hemos procedido a enviarle un terminal reacondicionado del mismo modelo y características.

Por las molestias ocasionadas, hemos reembolsado automáticamente un 30% del importe a su tarjeta.

Gracias por su confianza.

Me quedé mirando esas líneas un largo rato. No lograron comunicarse conmigo. Claro. Mi viejo teléfono llevaba días inerte en la mesa de la entrada. A veces emitía sonidos, pero ni de coña podía recibir llamadas.

Suspiré y abrí la caja.

El móvil parecía casi nuevo, salvo por un leve desgaste en un lateral que apenas se notaba. Lo encendí. La pantalla brilló, blanca y limpia. El proceso de inicio comenzó con normalidad. Pero cuando entré a la agenda de contactos, el estómago se me encogió con un tirón mínimo y frío.

Había un solo contacto guardado.

Uno.

Nada más.

Elah.

Lo leí varias veces. Era mi propio nombre. Escrito al revés. Bueno, casi. No supe si fue la luz de la cocina o el cansancio, pero algo me recorrió la espalda, un hilo helado que me obligó a soltar el móvil sobre la encimera, con demasiado cuidado para no admitir que me había asustado.

Respiré.

Volví a mirar la pantalla.

Era absurdo. Podía ser un error del reacondicionamiento, un resto de alguna prueba interna, un simple fallo. Podía ser cualquier cosa. Quizás el antiguo dueño del teléfono se llamaba así, quizás el barrido de datos no fue lo suficientemente consistente.

Lo peor no era el nombre. Era la imposibilidad de explicarlo sin sentir que algo había estado mirando en mi dirección mucho antes de que yo abriera la caja.

Aun así, recogí el móvil, guiada por un impulso irracional, fe, locura o pura necesidad de confirmarlo, y toqué el contacto.

+00 812433896

Mi número. También al revés.

El miedo me atravesó el pecho tan rápido que tuve que apoyar la otra mano en la encimera para no perder el equilibrio. Ya no era absurdo. Ya no era un error. Ya no era nada que pudiera explicar sin que algo oscuro se abriera paso dentro de mí.

Era mi información.

Era yo.