El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

La perla

E l interior del restaurante era exactamente lo que había imaginado: un local diminuto, impregnado del olor a fritura y café viejo, lleno de clientes habituales que se saludaban con esa familiaridad que a mí me resultaba lejana. Un idioma emocional que hacía tiempo dejé de hablar.

Ezra entró primero. Intercambió un par de frases con la camarera que asignaba las mesas.

Ella le sonrió con esa alegría luminosa que solo se le dedica a un hombre con el que fantaseas en silencio.

Pero él no prolongó la interacción. Asintió, dejó que ella nos guiara y se centró únicamente en buscar nuestra mesa.

Esa ausencia de vanidad me desconcertó un poco.

Al fin y al cabo un hombre es un hombre, ¿no?

Me quité el abrigo como pude. Hacía días que no salía de casa, y casi un año que no compartía una comida con un hombre sin que hubiera algún asunto laboral de por medio.

Por un instante me sentí ridícula. Tenía al oficial del pueblo sentado frente a mí, dispuesto a invitarme a comer, y lo único que yo le había ofrecido era una escena de frustración digna de una yonki desesperada por su siguiente dosis.

Pobre Leah.

A veces ni yo sabía qué versión de mí misma estaba dispuesta a mostrarle al mundo.

Estuve a punto de quitarme el jersey y quedarme en manga corta, pero recordé el pijama que llevaba debajo. Creo que Ezra llegó a la misma conclusión, porque soltó una risa breve y, mientras se acomodaba, dijo:

—Debajo de mi uniforme tampoco estoy presentable. Suelo llevar camisetas de cómics… debería dejar de hacerlo.

—No te preocupes. Yo llevo la misma camiseta de pijama desde hace días. Creo que ya tiene vida propia —respondí.

Ezra me miró entonces con una mezcla de diversión y curiosidad. No era la mirada de un hombre que juzga, sino la de alguien que quiere descifrarte.

—Eres una mujer extraña, Leah.

—Nunca desveles tu próximo movimiento —contesté al fin con una media sonrisa.

El camarero apareció a tiempo de salvarnos del silencio que amenazaba con extenderse. Nos dejó las cartas. Ezra le agradeció con la naturalidad de alguien que parecía venir a menudo.

—¿Vienes mucho a este sitio? —pregunté, más para desviar la conversación que por interés genuino.

—Demasiado. —Se encogió de hombros—. La cocina no se me da bien. Y este pueblo tiene pocas opciones que no impliquen morir intoxicado.

Me sacó una risa inesperada. Me sorprendió oír mi propia voz.

—¿Y tú? —continuó él, inclinándose un poco hacia delante—. Dijiste que vives en la última casa del pueblo. ¿Qué te ha traído hasta aquí?

Noté el interés en su tono.

—Necesidad. De cambio de aires y espacio. Mucho espacio —respondí, sin adornos—. No busco nada emocionante.

—A veces lo emocionante te encuentra igual —replicó él, con esa calma que tienen los hombres que creen saber más de lo que dicen.

—Bueno —tomé aire—, eso está por ver.

Ezra abrió la carta, dándome un respiro.

Yo fingí hacer lo mismo, pero en realidad lo observaba de reojo.

Había algo en él… una especie de muro. Algo intocable, intachable.

Algo divino. Algo que se me hacía conocido.

No era el tipo de hombre que te desarma, más bien el tipo que te mira con atención, como si estuviera reuniendo piezas.

Y yo tenía demasiadas piezas que no quería que nadie tocara.

—Las sopas de este sitio están buenísimas —comentó él, casi en voz baja.

—Hace frío —respondí, sin pensar—. Creo que me vendría bien algo caliente.

—A cualquiera que lleve tres días sin salir de casa le vendría bien —añadió con un toque de humor suave, sin la menor intención de ridiculizarme. Solo constataba un hecho.

Cerré la carta.

—No he dicho que fueran tres días —le contesté.

Ezra levantó la cabeza. Me sostuvo la mirada un segundo demasiado largo.

—Ni falta que hace —dijo—. Se nota.

Me crucé de brazos, fingiendo indignación.

—¿Así que ahora eres experto en analizar podredumbres ajenas?

—Cosas del oficio —respondió él, llevándose una mano al pecho con dramatismo exagerado—. Detecto crímenes, peleas de bar… y días de encierro casero.

Me hizo sonreír a pesar mío.

—Pues deberías saber que no es educado decirle eso a una mujer.

—Tienes razón —admitió, inclinando ligeramente la cabeza—. Pero también sé que eres de las que prefieren la honestidad antes que la cortesía.

Arqueé una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes eso si me acabas de conocer?

—Porque la gente que se esconde en la última casa de un pueblo suele estar cansada de rodeos.

Me eché hacia atrás, dándole un golpecito distraído a la carta.

—Y tú pareces de los que siempre tienen una teoría para todo.

—Solo cuando me canso de la práctica —respondió, con una sonrisa pequeña, ladeada, que se le escapó sin permiso.

Sentí un cosquilleo tonto en el estómago. Nada profundo. Nada serio. De verdad.

—Pues no sé si me conviene que te intereses tanto —dije, bajando la vista hacia los precios del menú.

—Podrías sorprenderte —contestó él—. No soy tan aburrido como parezco en uniforme.

Solté una risa suave.

—¿Y cómo eres sin uniforme?

—Mucho más peligroso.

—¿En serio?

—Sí —dijo—. Porque llevo camisetas de cómics. Y eso ya me quita toda autoridad.

Me mordí el labio para contener otra risa.

El camarero apareció junto a la mesa, como si hubiera esperado el momento justo para no interrumpirnos demasiado.

—¿Qué van a tomar?

—La sopa —dije—. Y… ¿el estofado está bien?

—Es uno de nuestros mejores platos —respondió él.

—Perfecto.

El camarero se volvió hacia Ezra.

—Lo mismo para mí —añadió el oficial.

Cuando el camarero se fue, él se recostó un poco en la silla, relajado, como si esta conversación le estuviera resultando tan fácil como a mí me estaba empezando a resultar inesperadamente cómoda.

—¿Ves? —comentó—. Puedo ser honesto y simpático cuando quiero.

—No te adelantes —le respondí—. Aún tengo que valorar si haces bien tu trabajo para que la seguridad de este pueblo y sus habitantes estén en buenas manos.

—Vaya —dijo, divertido—. Entonces me esforzaré en no decepcionar.

Yo acomodé la servilleta sobre mis piernas y desvié la vista un instante hacia las ventanas. Afuera, la calle principal estaba vacía. Una quietud extraña para la hora. Ezra siguió mi mirada.

—No te acostumbras al silencio hasta que llevas un tiempo aquí —comentó—. De noche es aún más evidente.

—¿Tan distinto es? —pregunté.

—Digamos que… este pueblo descansa demasiado pronto. —Hizo una pausa breve—. Y cuando lo hace, es como si alguien apagara un interruptor.

Tragué saliva sin saber por qué. Él no estaba usando un tono siniestro. Solo relataba un hecho.

—Supongo que es lo normal —respondí, intentando restarle importancia—. Los pueblos pequeños suelen dormir temprano.

—Sí —Ezra bajó la mirada hacia la mesa—. Pero aquí el silencio es distinto. Más… denso.

Se quedó unos segundos pensando, como si hubiera dicho más de lo que pretendía. Luego volvió a alzar la mirada hacia mí con una sonrisa tenue que no alcanzó del todo a sus ojos.

—Nada de qué preocuparse, ¿eh? —añadió, suavizando la expresión—. Solo cosas que acabas notando cuando patrullas siempre los mismos lugares.

—Yo no he notado nada raro —dije, ajustando el borde de la servilleta.

—Normal —matizó él con una naturalidad desconcertante.

No sonó a amenaza ni a advertencia. Más bien a constatación.

—¿Qué quieres decir con “normal”? —pregunté, más por necesidad de rellenar el aire que por verdadera valentía.

Ezra se quedó un segundo observando mis manos.

—Que los pueblos pequeños siempre se revelan —respondió por fin—. Antes o después.

Luego se encogió de hombros, volviendo a ese tono relajado que tenía al principio.

—A veces para bien, a veces no tanto. Depende de lo que vayas buscando… o de lo que estés huyendo.

Sentí un ligero latigazo en el pecho.

—Yo no estoy huyendo —dije, con una suavidad que me sorprendió.

—No he dicho que lo estés haciendo —respondió él, sin apartar la mirada—. Solo que los cambios bruscos suelen estar… motivados por algo. Algo capaz de romperle la vida a alguien.

El camarero llegó con la sopa, rompiendo justo la tensión que no sabía que habíamos creado.

—Aquí tienen —dijo, dejando los platos.

Yo murmuré un “gracias”. Ezra también. El silencio entre nosotros se acomodó alrededor del vapor que subía de los cuencos.

—¿Qué te llevó a ser enfermera?

Levanté la mirada, tensa, sin saber bien por qué.

—¿Cómo sabes que soy enfermera?

Él apoyó los codos en la mesa, entrelazó los dedos y sonrió con esa tranquilidad que parecía venirle de fábrica.

—Estuve en la farmacia durante toda la conversación —recordó—. Vi cómo sacabas la tarjeta identificativa del hospital.

Se encogió ligeramente de hombros.

—No era difícil unir los puntos, Leah.

Me quedé en silencio un par de segundos. No porque me molestara que lo supiera, sino porque me incomodó darme cuenta de lo abstraída y retraída que era.

Respiré hondo. Había preguntas que siempre parecían sencillas hasta que te las hacían en voz alta, frente a alguien que no te debía nada.

—Supongo que… quería arreglar cosas —respondí al final, sin intentar adornarlo—. O arreglar a la gente, no sé. Hay personas que hacen eso: buscan trabajos donde tengan la sensación de que pueden… compensar algo.

Ezra ladeó ligeramente la cabeza, como si mis palabras le encajaran con algo que ya sospechaba.

—¿Compensar qué?

Me tragué la respuesta fácil. Él no se merecía una mentira… pero tampoco la verdad. Realmente no tenía nada que perder.

—Depende del día —dije, intentando sonreír—. A veces compensar la sensación de no hacer suficiente. Otras, compensar lo contrario: haber hecho demasiado.

Ezra se quedó observándome unos segundos más de lo que habría sido cómodo.

—Entiendo —dijo al fin, bajando la vista a su sopa—. Muchos terminamos en nuestros trabajos por razones que no solemos contar en una primera cita.

—¿Esto es una cita? —pregunté, arqueando una ceja.

—Depende —respondió él, sin levantar la mirada—. ¿Vas a huir cuando terminemos de comer?

—Ya te he dicho que yo no huyo —contesté, aunque mi voz sonó menos firme de lo que quería.