Capítulo 4
La perla
A l día siguiente me prometí que compraría trampas para ratas, que escribiría a Max, que preguntaría al señor Lorne si conocía a un exterminador barato en el pueblo. Me prometí muchas cosas pequeñas. Eso es lo que se suele hacer cuando solo se piensa en la muerte.
Había tapado el agujero de la pared del salón atornillando cartones encima.
No era una medida inteligente ni efectiva, pero era lo único que tenía a mano.
Mi casa estaba llena de cajas de cartón que había ido acumulando a lo largo de estos meses, como si fueran restos de una mudanza eterna que nunca terminaba.
También colgué de nuevo ese puto cuadro.
Creí que si mi cerebro dejaba de ver el agujero, poco a poco iría olvidándolo.
Nada más lejos de la realidad.
La imagen de aquel hueco respirando frío seguía ahí, enquistada, susurrándome que el cartón no era más que una venda absurda colocada sobre una herida abierta.
Al menos ahora sabía que los episodios de la puerta paranormal se debían a esa corriente de aire.
Y no sé si me sentí más aliviada o angustiada.
Prefería tener fantasmas a saber que he vivido en un sitio desprotegido todas estas semanas.
Estaba segura de que tener un fantasma detrás de ti podría ser, mínimamente, excitante.
Cuando por fin conseguí levantarme de la cama, abrí la ventana del dormitorio.
Siempre me habían gustado las ventanas de esta casa, aunque tenía que admitir que resultaban un poco inquietantes cuando no había luz.
Tenían forma de vidrieras de iglesia, con arcos y bordes gruesos, y algunas incluso estaban tintadas con mosaicos que deformaban la claridad en pequeños fragmentos de color.
Por las tardes, el último rayo de sol convertía mi habitación en un pequeño santuario cubierto de manchas rojas, verdes y azules.
Me gustaba. Quizá era lo único que me gustaba de vivir aquí.
Como mi antiguo teléfono seguía roto y el nuevo todavía no había llegado, tuve que buscar alguna manera de orientarme en el tiempo.
Terminé subiendo al desván, donde encontré un reloj de pared que aún funcionaba.
Por poco me lo pienso dos veces antes de cogerlo, una familia completa de arañas decidió salirme al paso como si estuviera invadiendo su propio territorio.
Y técnicamente, así era. Yo todavía era una desconocida aquí.
Aun así, bajé el reloj entre temblores y suspiros, intentando convencerme de que no podían matarme, que no eran ellas las que debían preocuparme.
¿Qué debería preocuparme, exactamente?
Lo apoyé en la mesilla de noche, inclinado contra la pared.
Eran las tres de la tarde.
Otra vez había dormido más de diez horas. Doce, quizá trece.
Últimamente había dejado de contarlas, porque cada vez que lo hacía sentía que el sueño ya no me pertenecía a mí, sino a algo que me usaba para mantenerme apagada. Cuando dormía nada malo podía pasar. La sangre no corría cuando una dormía.
Bajé las escaleras con una torpeza casi mecánica. Mientras caminaba por el pasillo, me até el pelo rizado en un moño alto, improvisado y mal hecho, pero suficiente para despejarme la cara. Siempre me había molestado sentir los rizos tocándome la nuca cuando estaba cansada.
Crucé hacia la cocina arrastrando los pies, todavía con la impresión de que el suelo tenía memoria del frío de anoche.
Abrí la nevera esperando encontrar cualquier excusa para no bajar al pueblo, un yogur, un trozo de queso que hubiera olvidado, lo que fuera, pero el interior me recibió con un aire pobre, casi humillante: dos latas de atún abiertas, un limón marchito y un cartón de leche que juraría que llevaba ahí desde antes de que rompiera mi teléfono.
Suspiré, harta incluso de mí misma.
—Perfecto —murmuré, cerrando la puerta con la puntita de los dedos.
No me quedaba comida. No tenía nada que pudiera considerarse un desayuno, una comida, ni un mal tentempié. Y aunque parte de mí quería quedarse encerrada, pegada a la cama o a cualquier rincón en el que pudiera fingir que la noche anterior no había ocurrido, sabía que no podía seguir así.
Si no era por hambre, era por necesidad; si no era por necesidad, era por vergüenza. Es difícil tenerle miedo a la muerte cuando la llevas a cuestas a todas partes.
Además, necesitaba mi medicación.
Las migrañas llevaban días empeorando, acechando desde la base del cráneo, latentes, esperando a que el más mínimo estrés las prendiera como una cerilla.
Joder, era horrible.
—Vale… —me dije en voz baja, tomando aire—. Hora de bajar.
Sentí un nudo en el estómago. No era miedo exactamente, o quizá sí, pero no del tipo que te obliga a esconderte. Era miedo a comprobar con mis propios ojos que el mundo seguía girando mientras lo único que hacía era dormir y vivir con el cuerpo y mente entumecidos.
Fui al recibidor, cogí el abrigo del perchero y comprobé los bolsillos por costumbre, aunque no llevara nada dentro.
La casa se sentía silenciosa, casi expectante, y sin querer miré hacia el salón, hacia el lugar donde el cuadro cubría ahora, impecable y falso, el agujero que había descubierto la noche anterior.
No sabía por qué lo hacía, pero me detuve un momento, con intención de escuchar algo.
Pero no había nada.
Solo el zumbido lejano del motor de la nevera.
Me coloqué la capucha, respiré hondo y abrí la puerta principal. El aire del exterior me golpeó con fuerza.
El coche estaba tal y como lo había dejado: cubierto por una capa fina de escarcha a consecuencia del frío y hojas secas que el viento había arrastrado desde los campos.
Abrí la puerta del conductor, me dejé caer dentro y encendí el motor.
El sonido fue ronco al principio, como si también él hubiese dormido más de la cuenta, pero terminó despertando del todo.
El pueblo quedaba a unos diez minutos. Diez minutos de asfalto irregular, campos dormidos y árboles desnudos que se inclinaban bajo la brisa de invierno.
Me hubiera gustado que fuera verano, o primavera, algo que pudiera dar la ilusión de que había más horas por delante, pero no.
Era pleno invierno, y eso significaba que, con suerte, me quedaban un par de horas de luz antes de que el día se hundiera en ese azul oscuro que siempre hacía que mi casa pareciera más grande, más vacía y más hostil de lo normal.
Apreté un poco más las manos en el volante.
La calefacción tardó en arrancar, así que el coche estaba tan frío de cojones, y al exhalar podía ver el vaho escapando de mis labios.
El sol ya estaba bajo, escondiéndose entre las copas afiladas de los pinos, y su luz tenue pintaba el camino de un naranja apagado que no alcanzaba a calentar nada.
Las casas bajas y los tejados húmedos empezaron a aparecer entre los árboles. El cartel oxidado con el nombre del municipio pasó por mi ventanilla y reduje la velocidad; siempre lo hacía. Siempre hacía lo que se debía.
La farmacia quedaba justo a la entrada, antes de la plaza principal. Una fachada blanca, pequeña, modesta, con un letrero verde parpadeante que parecía más cansado que yo. Decidí parar ahí primero para quitármelo de encima.
El interior era cálido, demasiado cálido, seguro que querían compensar el invierno a base de calefacción.
Calefacción que yo no tenía en casa, por cierto.
El olor a desinfectante y a crema para bebés se mezclaba con un silencio tenso.
Apenas había estado allí una vez, el día en que necesité la medicación por primera vez desde que me mudé.
Esta era la segunda. Y me di cuenta de que detestaba ser reconocida.
Había una mujer mayor delante de mí, revisando un ticket con una parsimonia dolorosa, pero por fin la atendieron y se marchó.
Mi turno.
La chica del mostrador me miró con una sonrisa amable que desapareció en cuanto pedí lo que había venido a buscar.
—Hola. Vengo a recoger mi medicación —le dije, intentando sonar normal, aunque llevaba el corazón acelerado sin motivo.
—Claro —respondió—. ¿Me das tu nombre y tu fecha de nacimiento?
—Leah Crowe. Once de octubre de mil novecientos noventa y nueve.
Ella tecleó un momento, asintió… y entonces arrugó el ceño.
—Mmm… Vale, aquí está. Pero… no puedo entregártela todavía. La próxima reposición no corresponde hasta dentro de seis días —dijo con voz suave.
Bajé la mirada, respiré hondo por la nariz.
—Lo sé —respondí, intentando que mi voz no temblara—. Pero… soy enfermera, y de verdad la necesito. Sufro de migrañas muy fuertes.
Busqué en mi bolso y saqué la tarjeta identificativa del hospital. Se la enseñé. Me la dejé un segundo entre los dedos. A veces verla me hacía sentir escalofríos.
La chica la miró, asintió con cierta incomodidad, pero negó igual.
—Lo entiendo, de verdad. Pero no puedo dártela antes de tiempo. Si necesitas tomarlas más a menudo… deberías hablar con tu médico. Que te ajuste la dosis. Eso es lo que se hace en estos casos.
Me mordí la cara interna de la mejilla para no contestar mal.
—Sí, ya lo sé —dije, tragando saliva—. Pero estos días he estado ocupada, me acabo de mudar aquí, no he tenido tiempo de pedir cita, y… de verdad la necesito. ¿Podrías hacer una excepción? Solo esta vez. Puedo pagarlo de mi bolsillo si hace falta.
Ella suspiró, incómoda, y su sonrisa se tensó como un hilo que iba a romperse.
—Lo siento mucho. Pero no puedo. Me podría meter en un lío. Si de verdad te encuentras mal, tienes que hablar con tu doctor. No soy yo quien decide eso.
—Pero por favor —insistí, con un hilo de voz que me irritó tanto como la situación—. No te estoy pidiendo nada raro… solo una caja. Solo…
—No puedo —repitió ella, más firme—. Y no voy a poner en riesgo mi trabajo.
La conversación empezó a calentarse. Yo apretaba el bolso contra mi costado; ella mantenía los brazos pegados al mostrador como si tuviera miedo de que me abalanzara. La gente en la cola empezó a tensarse, moviéndose incómoda. Una mujer detrás carraspeó, otra se giró como para no mirar.
Estaba a punto de decir algo de lo que me arrepentiría cuando una voz masculina se metió entre nosotras.
—¿Todo bien por aquí?
Giré la cabeza.
Un hombre alto, uniformado, con insignias que no reconocí de inmediato, se situó un paso por delante, sin invadir, pero dejando claro que estaba allí para intervenir si hacía falta. La expresión de la farmacéutica se relajó al verlo.
—No pasa nada, oficial —dijo la chica—. Solo una pequeña confusión.
Él me miró.
Con… paciencia. Con ese tipo de paciencia que suele tener la gente que está acostumbrada a lidiar con situaciones tensas sin empeorarlas.
Me acompañó hasta la salida, y salí de la farmacia después de que él, con una calma casi perfecta, pidiera un momento para hablar conmigo fuera.
No había nada autoritario en su gesto; más bien transmitía esa clase de seguridad tranquila que hace que uno obedezca sin sentirse empujado.
Una vez en la acera, me metí las manos en los bolsillos de la chaqueta para combatir el frío, y él me observó con una expresión que no era juicio, sino un tipo de interés humano.
—Perdona que me entrometiera —dijo—. Oí parte de la conversación. ¿Te has mudado hace poco?
Asentí, intentando recomponer mi respiración.
—Sí. Hace unas semanas. Vivo en la última casa, la que queda al final del camino, antes de los campos.
Él levantó una ceja, con una chispa de sorpresa nítida, casi demasiado honesta para ocultarla.
—¿En esa vieja casa? —preguntó, como si quisiera asegurarse de que había oído bien.
Suspiré y forcé una sonrisa cansada.
—Sí, lo sé. Es… una casa extraña. Muy grande, muy vieja. Pero necesitaba mudarme.
Él abrió la boca como si fuera a decir algo, algún comentario, alguna advertencia, alguna broma, pero terminó cerrándola y asintiendo de forma neutra.
—Perdona, soy Ezra —dijo al fin, ofreciéndome la mano con naturalidad.
Era más guapo de cerca. No de esa belleza ruidosa que pretende llamar la atención.
Sino de la que se nota en silencio: ojos claros, un azul difícil de sostener.
Hacía un contraste perfecto con la oscuridad de su pelo.
Mandíbula definida sin un solo rastro de barba; el uniforme perfectamente ajustado.
Y algo más.
Un aire tranquilo, sólido, como si nada pudiera sacarlo de su centro. Qué envidia.
Estreché su mano.
—Leah —respondí.
Su sonrisa fue breve pero cálida, de las que no parece que se regalen con facilidad.
—Encantado, Leah. Y… mira, no suelo decir estas cosas, pero pareces cansada —dijo sin rodeos, aunque con amabilidad—.
Muy cansada, de hecho. Seguro que el problemilla con la medicación no ayuda, claro, pero te prometo que una buena comida puede hacer milagros.
¿Qué tal si te invito a comer? El bar de la plaza es sencillo, pero decente.
Me quedé en silencio un par de segundos. Era extraño. Muy extraño que alguien quisiera invitarme a algo después de pelearme por mis pastillas como una desquiciada. Y más aún que yo no sintiera la necesidad inmediata de rechazarlo.
—No hace falta, de verdad… —empecé a decir, por educación más que por deseo.
—Nada es necesario del todo, Leah. Pero te lo ofrezco igual —respondió, con un humor leve, tranquilo, sin presión alguna—. Y no aceptaré un no, salvo que tengas algo urgente que hacer. ¿Tienes algo urgente que hacer?
Negué despacio.
—No. Es mi último día libre de la semana.
—Entonces ven conmigo —dijo, inclinando la cabeza hacia la plaza—. Te prometo que no te secuestraré. Solo comeremos. ¿Trato?
Solté una risa breve y débil.
—Trato.