Capítulo 3 #3
Mientras intentaba recuperar un gramo de lucidez, mi mano chocó contra la repisa.
Allí, casi olvidadas, estaban las velas que guardaba para esos raros momentos en los que fingía relajarme, cuando pretendía que aún era capaz de sumergirme en agua tibia sin que los fantasmas de mi cabeza me hundieran por completo.
Los dedos, rígidos y torpes, tantearon hasta cerrar el puño sobre una de ellas, y no sabía si fue un acto de valentía o simple desesperación, pero conseguí llevarla a la otra mano, donde el mechero esperaba como si hubiera estado allí toda la vida aguardando este momento exacto.
La llama tardó en encenderse. Parpadeó, dudó, se inclinó como si quisiera extinguirse antes de empezar, pero acabó aferrándose a la mecha y levantó un destello cálido que por un segundo me hizo creer que tenía algo real a lo que agarrarme.
Inspiré como pude, un trago de aire tembloroso que me rasgó la garganta, y me obligué a salir del baño, casi a empujones. Seguía envuelta en mi toalla, esta vez ya arrastraba por el suelo. Ahora yo misma parecía un fantasma.
El pasillo me recibió con una oscuridad más densa de la que recordaba, una especie de penumbra que parecía moverse al ritmo de mi respiración y que reaccionó al brillo frágil de la vela.
La corriente seguía ahí, arrastrando la llama hacia un lado, obligándola a curvarse.
La vela proyectaba figuras alargadas y temblorosas sobre las paredes, sombras que parecían estirarse para tocarme los tobillos, para arrancar la toalla que resbalaba por mi cuerpo, para recordarme que estaba expuesta de un modo que jamás había permitido que nadie me viera.
Mientras seguía avanzando por el pasillo me di cuenta de algo que me heló todavía más: el aire no tenía un origen claro.
No venía de una ventana abierta ni de una puerta mal cerrada.
Era un viento que parecía surgir de ningún sitio y de todos al mismo tiempo, recorriendo los pasillos como un animal sin forma, desorientándome, haciéndome girar la cabeza a un lado y al otro sin llegar jamás a localizar un punto exacto.
Apreté la espalda contra la pared, buscando un mínimo de estabilidad, intentando distinguir si aquella ráfaga que movía la llama venía de la derecha, donde estaba la cocina, o de la izquierda, que llevaba hacia el salón.
Me desplacé lateralmente, manteniendo la vela alta, observando cómo el fuego se inclinaba primero hacia un lado, luego hacia el otro, como si también estuviera confundida.
Cuando alcancé la entrada del salón, tuve que separarme de la pared para no tropezar con los cuadros que la cubrían por completo, un mosaico de marcos antiguos que parecían haberse acumulado durante generaciones.
Cada vez que la vela pasaba cerca de uno, las sombras se deformaban sobre los rostros pintados, dándoles un gesto casi cómplice, como si supieran algo que yo no.
Todos eran retratos masculinos. Varios pares de ojos me observaban desde las paredes con una intensidad incómoda, como si estuvieran pendientes de cada uno de mis movimientos.
Sin embargo, hubo uno que me provocó un rechazo inmediato.
Era el retrato más oscuro de todos.
No sabía si era por la expresión del hombre, por las sombras que le devoraban parte del rostro o por la forma en que el artista había capturado su mirada, pero había algo profundamente inquietante en él.
Mientras los demás parecían simples cuadros antiguos, aquel transmitía una sensación distinta, casi enfermiza.
Me revolvió el estómago sin motivo aparente.
La llama, que hasta entonces había bailado sin control, se inclinó de manera firme hacia un punto concreto. Una dirección clara entre tantas corrientes sin sentido.
Hacia el gran cuadro del centro.
Un óleo enorme, pesado, que representaba un paisaje marino que nunca me había gustado. Siempre había tenido algo inquietante, un horizonte demasiado oscuro y unas nubes demasiado bajas.
—No puede ser… —susurré, apenas con voz.
Me acerqué despacio, con el corazón latiendo tan rápido que parecía retumbar en mis oídos. Dejé la vela sobre la mesa auxiliar más cercana, temiendo que se apagase si la seguía sujetando con la mano temblorosa.
El aire helado me azotó la nuca otra vez.
Algo dentro de mí me rogó que me alejara, que no tocara nada, que volviera al baño o incluso que saliera corriendo de la casa.
Pero mis dedos se estiraron igual, casi en contra de mi voluntad.
Apreté el borde del marco con ambas manos y tiré con cuidado.
Al descolgarlo, el cuadro cedió con un crujido áspero, liberando un olor a polvo seco, a madera que no veía la luz desde hacía años.
Lo apoyé contra la pared del otro lado, evitando que cayera, y solo entonces pude verlo bien.
Un agujero.
Un hueco real, profundo, demasiado amplio para ser casual.
Las tablas interiores estaban astilladas, parecía que alguien las hubiera arrancado. El aire que salía de allí era gélido, vivo, casi parecía que me estaba esperando. Me acerqué un poco más, con el pecho apretado y la vela proyectando sombras nerviosas detrás de mí.
Ese agujero daba directamente al exterior.
A la noche.
Al viento.
A la oscuridad abierta que rodeaba la casa entera.
Sentí un escalofrío recorrerme la columna, lento, enfermo, como una mano mojada bajando por mi espalda.
Porque eso significaba que llevaba desprotegida en esta casa todo este tiempo. Y porque nadie debería haber podido abrirlo sin que yo hubiera escuchado nada.
Me encontré a mí misma respirando el frío. Pensando que algo había entrado en mi casa. O estuviera esperando volver a hacerlo.