Capítulo 3 #2
Volví a abrir la puerta principal. La tarde había caído casi del todo. El frío traía un olor distinto, más húmedo, más terroso.
Cerré con el pestillo. Lo comprobé dos veces.
Caminé por la casa encendiendo luces amarillas que no calentaban.
En la cocina, el post-it seguía en su sitio.
Lo despegué, lo volví a pegar un centímetro más arriba, como si ese movimiento pudiera acercar la llamada.
Abrí el grifo para llenar un vaso de agua y recordé demasiado tarde que la cal hace su trabajo a escondidas.
El chorrito salió con un gemido. Bebí. El agua tenía un sabor metálico leve.
Pensé en las manos del hospital, en el olor que no se va.
Esa noche decidí no bañarme.
Pero quería comprobar cómo de posible era que la puerta se abriera de repente.
Algún tipo de corriente o que incluso el propio pestillo no encajara bien con el marco.
No lo sabía. Así que entré al baño y simulé la misma situación que el otro día.
Cerré la puerta del todo, retrocedí dos pasos para coger impulso y la empujé una vez más, hasta oír el clic del marco.
Quería asegurarme de que estaba bien cerrada.
Caminé hacia la bañera envuelta en una toalla, ya que no tener calefacción me estaba congelando hasta los putos huesos, y me dejé caer en el suelo, con las rodillas encogidas.
Sin embargo, algo estaba royéndome el cerebro de manera constante.
No eran las ratas que se estaban comiendo mi casa poco a poco.
Era un cosquilleo interno. Era un gusano que me tocaba un hemisferio del cerebro.
Era una lengua lamiéndome toda mi vergüenza para que me vendiera a ella por fin.
Era la podredumbre de mi alma. Era lo más bajo que podía caer.
Era pastilla que había dejado antes en el lavabo.
Parecía vibrar, la muy hija de puta. Parecía susurrarme cosas. Parecía muy blanca, muy suave, aterciopelada incluso.
Sabía que si la tomaba me daría sueño, sería la tercera en menos de veinticuatro horas.
Tanto que probablemente me pasaría más de doce horas dormida.
Así estos días libres pasarían más rápido y volvería al trabajo antes.
No me enteraría de nada. Ni del frío, ni de la soledad, ni de esta casa de mierda.
La química me estaba seduciendo. Notaba sus manos tocarme, acariciarme, saborearme. Una tercera pastilla significaba el botón de apagado de la vida. Me dejaría K.O. La idea de apagar el mundo por unas horas me gustaba demasiado.
Pero me mantuve sentada en el suelo.
Pasaron dos minutos.
Pasaron cuatro.
Pasaron diez.
El frío del baño se notaba por todo mi cuerpo, sin embargo sudaba.
Notaba todo mi cuerpo latir, expectante.
Me abracé a mí misma, como si mis brazos pudieran inventarse una calma que ya no existía en ninguna parte.
La toalla se había convertido en una piel muerta, incapaz de retener algo que pareciera humano.
La píldora seguía allí, inmóvil, pero yo la sentía avanzar. No era un objeto. Era una presencia. La escuché caer, en mi cabeza, desde el borde del lavabo hasta mis pensamientos más oscuros, como una gota que encuentra la grieta perfecta y se mete dentro.
Me levanté despacio. Las piernas me temblaban.
Caminé hacia el lavabo porque necesitaba demostrarle a algo, a alguien, a mí misma, que aún tenía voluntad.
La pastilla no se movió. Solo me esperaba.
La cogí entre los dedos. Era liviana, casi inocente, tanto que no podía destruir nada.
La apoyé de nuevo, esta vez más lejos del borde, convenciéndome de que alejarla dos centímetros me salvaría del desastre.
Cerré los ojos. Respiré. Sentí el golpeteo de mi pulso retumbar en las sienes.
La cabeza me iba a puto estallar, joder.
Entonces escuché un ruido. Primero leve y luego un poco más claro. Un silbido, un tirón súbito del aire, como si toda la casa hubiera inhalado de golpe.
Abrí los ojos, desconcertada.
El baño, que siempre era un bloque quieto, se estremeció. Una ráfaga fría se coló desde el otro lado de la puerta, tan brusca que la toalla se me pegó a la piel, como queriendo arrancármela. El aire seguía empujaba, insistente, como un animal queriendo entrar.
La puerta del baño tembló.
Luego cedió un milímetro.
Luego dos.
Un chasquido leve, casi cortés, acompañó cómo se empezaba a entreabrir, lenta y deliberadamente.
Retrocedí un paso, sintiendo el corazón saltarme a la garganta.
La habitación parecía encogerse. El frío también.
Y la puerta… seguía abriéndose.
Sola.
Como si me estuviera invitando a mirar.
O advirtiéndome. O riéndose de mí.
Mi cuerpo empezó a temblar sin obedecerme. La respiración se me volvió un torbellino descontrolado que subía y bajaba sin encontrar ritmo, y el mundo se me estrechó en una especie de túnel donde lo único real era esa puerta.
Las lágrimas brotaron sin que yo siquiera las reconociera como mías; simplemente comenzaron a caer, calientes, impertinentes, resbalando por un rostro que ya no sentía como propio.
El pánico me doblaba, me hacía más pequeña, me empujaba a esconderme contra la pared, intentando envolverme con mis propios brazos como si eso fuera suficiente para detener algo que ni siquiera podía nombrar.