Capítulo 3
La perla
A quel día tuve que tomar dos pastillas. En teoría, estaban pautadas de forma puntual. Eso fue lo que dijo mi médico. Pero siendo enfermera, acordamos algo más flexible: si encadenaba varios días de dolor intenso, podía tomar una diaria sin problema.
El caso es que, desde hacía semanas, una sola ya no me hacía casi nada.
Me latía la cabeza con tanta fuerza que podía notar cada vena hincharse y relajarse, cada pequeña contracción dentro del cráneo. Joder, incluso sentía cómo las neuronas se encendían y apagaban como chispazos eléctricos, una detrás de otra, en un bucle infinito.
Si algo había aprendido de mi profesión es que nadie debería de vivir con dolor. Y ese día me lo podía permitir. Después de haber atendido varias bajas y tragar demasiadas guardias, me había ganado tres días libres.
Tenía claro que algún día me iría y no sabría volver. Es más, no sabría siquiera que existe un saber volver. Ni tampoco lo querré acaso.
Lo primero que hice fue pedir por internet un móvil nuevo. El otro seguía muerto, todavía sobre el mueble del recibidor, con manchas de cal y un olor leve a mi gel de baño. Debería haberlo tirado, pero me daba cierta calma tenerlo ahí.
Lo malo de estar deprimida es que olvidas cosas.
Demasiadas. Aunque más que olvidar, más bien empiezan a darte igual.
Y no son las importantes en apariencia, sino las que sostienen lo cotidiano: apagar el fuego de la vitrocerámica, cerrar el grifo, comer.
A veces me descubría a mí misma observando el reloj sin recordar si ya había almorzado o si solo lo había imaginado.
Estás tan concentrada en querer desaparecer que se te escapa lo básico: la supervivencia deja de parecer una prioridad.
Me quedé un rato tumbada en el sofá, con el portátil abierto sobre el vientre y las humedades mirándome desde el techo como un mapa que no llevaba a ninguna parte.
El goteo del grifo de la cocina sonaba con una regularidad casi tranquilizadora.
Intenté acompasarla con el pulso: uno, dos, tres…
Cuando se desincronizaba, la cabeza me dolía un poco más, como si el cráneo corrigiera el ritmo a golpes.
El correo de confirmación del pedido llegó por fin. Decía que mi pedido llegaría entre el lunes y el miércoles.
Demasiado tiempo.
Cerré el portátil y me quedé escuchando la casa.
Era mediodía, o algo parecido. El estómago me dio un tirón tardío; no recordaba si había comido.
Fui a la cocina, abrí un yogur de arándanos y me quedé de pie frente a la ventana, comí un par de cucharadas.
El post-it seguía pegado en la nevera, con mi letra torcida.
Para llamar hacía falta un teléfono que funcionara.
El mío descansaba en el recibidor como un pez seco.
Un ruido leve en el techo, ese arrastre delgado que ya reconocía, me recorrió la espalda.
No era más fuerte que otros días, pero estaba casi directamente encima de la cocina.
Putas ratas de mierda. Dejé el yogur a medio terminar en la encimera y, sin pensarlo demasiado, fui a por la linterna y la escalerilla plegable.
El acceso al desván estaba en la planta de arriba, una trampilla que se hinchaba y se deshinchaba con los cambios de temperatura.
Subí los peldaños despacio, con la linterna entre los dientes, y empujé la puerta.
El aire de allí estaba helado, con ese olor agrio del aislamiento viejo y la madera húmeda.
La linterna ahora enfocaba vigas, nidos de polvo, una maleta que no era mía, seguramente de los antiguos dueños.
También captó un trozo de moqueta mordisqueado, como un pan de azúcar al que le hubieran hincado pequeñas bocas.
No vi ratas, pero las escuché: un desplazamiento rápido, apenas un susurro, y después nada.
Me acerqué despacio, conteniendo la respiración.
En el haz de luz brilló algo pálido, descansando entre la moqueta y el suelo. Me agaché.
Era un tallo fino, seco, con dos pétalos anaranjados pegados todavía, casi traslúcidos.
Alguna flor que se había colado por una grieta y había muerto ahí, pensé.
O los pájaros. O el viento. Lo aparté con un dedo, sintiendo el crujido mínimo en la yema, y anoté mentalmente comprar trampas, sellar juntas, hacer lo que fuera.
La lista de cosas por hacer en esta casa se me hizo interminable de golpe. Sentí esa ola conocida detrás de los ojos, las ganas tontas de llorar y, al mismo tiempo, el rechazo físico a hacerlo.
Retrocedí. Cuando bajé la escalerilla, un latigazo me recorrió la sien derecha y tuve que apoyarme en la pared. Me quedé ahí unos segundos, con el metal frío bajo la palma.
Joder, a veces el dolor me recorría como un rayo.
Al volver a la cocina, el yogur vacío en la encimera me hizo cerrar el frigorífico con más fuerza de la necesaria al comprobar que no quedaban más.
El golpe reverberó por la casa y algo vibró en el mueble del recibidor.
Pude ver cómo mi móvil muerto había cambiado de posición uno o dos centímetros para después quedarse quieto.
Lo miré como se mira a un animal que, de pronto, recuerda moverse.
Necesitaba aire.
Abrí la puerta principal y salí al porche. El frío me cortó la cara, pero agradecí el golpe.
Respiré hondo.
El jardín, si podía llamarse jardín a ese trozo de tierra endurecida, con hielo viejo entre las hierbas, tenía el mismo color de siempre.
Me acerqué bordeando las tablas del porche para no hundirme en barro.
Junto al escalón, donde yo recordaba solo tierra compacta, había tres tallos verdes asomando, protegidos por el borde de madera.
Los toqué con la punta de los dedos. Seguramente llevaban ahí desde antes, escondidos, esperando un día un grado menos de frío para abrirse. Bulbos viejos.
Cosas que estaban y que yo no miraba.
Porque, una vez más, la depresión te quita la visión. Te quita el privilegio de apreciar, de observar. Era la primera vez en meses que me paraba a observar la belleza de un par de flores.
Un vecino pasó por el camino de tierra con una bolsa de papel en la mano.
Estaba demasiado lejos para reconocerle.
Me levantó la mano, un saludo corto. Le devolví el gesto.
Noté que se detenía medio segundo más de lo natural para examinar el porche, la puerta, mis pies descalzos asomando por el borde del pantalón.
Me sentí muy ridícula. Me había convertido en la vecina fantasma. Nadie, excepto el señor Lorne, me había visto por aquí. Sabían que vivía en la casa, suponía. La idea de convertirme en mito y dejar de ser persona me resultó graciosa.
Volví a entrar.
Pasé la fregona por el pasillo. El suelo aún guardaba el dibujo de mi carrera de ayer desde el baño hasta la entrada, un rastro que yo misma había dejado. La madera, cuando se mojaba, olía a algo dulce y viejo. Y no me gustaba. Tenía que cuidar de esta casa, al fin y al cabo era mía.
No sabía cuánto tiempo estuve limpiando, haciendo girar el cubo, cambiando el agua y secando con un paño los zócalos, pero cuando terminé, tenía las manos heladas y un cansancio limpio, de esos que vienen de hacer cosas concretas. Me senté en el suelo, apoyé la espalda en la pared y cerré los ojos.
Pensé en Max. En la respuesta ridícula que le había mandado desde el hospital.
Le había dicho que estaba bien. Esas dos palabras eran una mentira tan obvia que me dieron ganas de reír.
Odiaba las mentiras. Abrí el portátil para escribirle un mensaje de verdad, algo que sonara a mí y no a un fantasma que sabe el código de desbloqueo de un móvil.
Tecleé su nombre en el correo y me quedé mirando el asunto en blanco.
Los dedos no se movieron. Lo terminé cerrando.
Se me daba fatal hablar de mí.
Se me daba fatal hablar de lo que sentía.
No se me daba mal pedir perdón, pero odiaba tener que hacerlo. Me dejaba en evidencia. Odiaba el ridículo. Odiaba tantas cosas.
El dolor cambió de lugar. Ya no se sentía como un casco apretado, sino como una aguja clavada detrás del ojo izquierdo, el tipo de punzada que anuncia que la última pastilla va a tardar en hacer efecto o que directamente no va a hacerlo.
Fui al baño a por otra, con la idea de tomarla enseguida.
En el espejo, el vaho había dibujado pequeñas islas que se deshacían en cuanto me acercaba.
No la tomé. La dejé encima del lavabo.
Debería haberla guardado. Se sentía como dejar carne fresca frente a una manada de leones hambrientos.
Volví al salón y corrí las cortinas de los ventanales lo justo para que entrara una claridad gris.
Me tumbé de lado en el sofá, con el portátil a la altura de las caderas, por si me daba por escribir a Max.
El goteo en algún punto de la casa, quizá la cocina, quizá el baño, volvió a llevar la cuenta por mí.
Uno, dos, tres.
Me quedé dormida sin decidirlo.
◆◆◆
Desperté por el sonido de un móvil sonando. Tardé unos segundos en saber dónde estaba. La luz había cambiado de color; afuera, el cielo tenía ese tono azul que precede a la oscuridad cuando todavía no es de noche.
Salí corriendo.
Mi móvil muerto seguía en el recibidor, podía verlo a medida que me acercaba.
Agotarme a base de trabajo durante estas últimas semanas me habían hecho desarrollar algún tipo de estrés post traumático hacia las alarmas del móvil.
Ya me despertaba incluso cuando no existía un puto móvil que sonar.
Al pasar junto a la escalera, escuché el mismo rasguño de la otra vez.
Esta vez venía más abajo. O me lo pareció.
Me quedé quieta en el sitio, con la mano en la barandilla. El sonido se repitió, breve, como si algo probara la madera desde dentro y desistiera. La casa crujió por su cuenta, en ese idioma de casas viejas que nunca aprendí del todo.
Me acerqué aún más despacio. En el recibidor, el teléfono me esperaba. Lo cogí. Lo giré. Lo acerqué a la oreja por costumbre absurda. Nada.