El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

El sonido llenó la habitación apenas unos segundos antes de que se me resbalara de la mano. El móvil cayó al agua con un golpe sordo.

—No… joder, no… —susurré, intentando cogerlo.

Lo saqué enseguida, pero ya era tarde. La pantalla parpadeaba con líneas de colores, un ruido extraño, y luego…

nada. Negro. Sentí una rabia tan absurda que casi me hizo reír.

No era solo por el móvil. Era por todo. Porque ya no tenía la necesidad de llamar a nadie.

Ya no tenía por qué hacerlo. No sabía si quería que alguien respondiera en caso de hacerlo.

El reflejo del agua tembló y me vi a mí misma, distorsionada, desnuda, frágil. El cuerpo que antes reconocía me parecía ajeno. Mis hombros hundidos, mis costillas marcadas, las ojeras como manchas viejas. Me observé como lo haría un extraño. Y lo único que sentí fue decepción.

Hundí la mano y rompí mi propio reflejo.

Pero lo escuché.

Un sonido fino, irregular, como uñas diminutas arañando desde dentro de la pared. Me quedé inmóvil, con el agua cubriéndome. El sonido se repitió, un poco más arriba, parecía que algo escalara lentamente por detrás del tabique.

Tragué saliva.

Las ratas otra vez.

Llevaba días oyéndolas, corriendo por el desván, rozando las vigas, dejando ese murmullo seco que ya reconocía. El ruido continuó, constante, como un pensamiento que no se puede apartar. Cada rasguño parecía más cerca, o quizá era mi cabeza, exagerando.

Me descubrí apretando las rodillas contra el pecho, conteniendo la respiración para escucharlas mejor.

El baño estaba demasiado silencioso, salvo por el goteo del grifo y el roce en la pared.

Ese tipo de silencio que te obliga a escuchar tus propios pensamientos.

Y los míos no callaban. Parecían ratas también: pequeñas, persistentes, royéndome desde dentro.

Hundí la cabeza bajo el agua, intentando apagarlo todo.

El agua me cubrió por completo. El ruido desapareció. Ni las ratas, ni el goteo, ni siquiera mi respiración. Solo mi pulso. Ese golpeteo dentro del cráneo, insistente, parecía que alguien llamara desde adentro para que le abriera.

Aguanté la respiración.

Una parte de mí quería ver hasta dónde podía llegar. Hasta cuándo podía permanecer sin aire. Hasta cuándo podía soportar el ardor en los pulmones, el temblor de las costillas.

La cabeza me dolía tanto que tuve que cerrar los ojos.

Estaba a punto de contar hasta treinta cuando algo interrumpió el silencio.

Un chirrido.

El sonido de una puerta abriéndose. Las bisagras soltaron un quejido y el ruido metálico del pestillo resonó dentro del agua, grave, distorsionado, el baño entero se había estremecido.

Abrí los ojos de golpe. El líquido me ardió en los párpados.

Por un instante no supe si el ruido era real o si lo había imaginado.

Entonces una corriente fría me recorrió el cuerpo.

El pánico me atravesó tan rápido que no tuve tiempo de pensar.

Intenté incorporarme, pero patiné bajo el agua y tragué una bocanada entera.

Tosí, desesperada por salir a la superficie.

Cuando por fin logré sacar la cabeza, el aire me entró como una puñalada al pecho.

El vapor me impedía ver con claridad. La puerta seguía entreabierta, moviéndose apenas, como si una corriente invisible la meciera. El ruido del grifo goteando se mezclaba con mi respiración entrecortada.

—¿Hay alguien ahí? —dije, o creí decir. Mi voz salió ahogada, demasiado débil para romper el silencio.

Nadie contestó.

Me levanté temblando, con el corazón tan acelerado que me costaba mantener el equilibrio. Me envolví en la toalla como si eso pudiera protegerme. Las gotas caían de mis brazos, resbalando hasta el suelo y formando un camino que me seguía, traicionero.

Avancé hacia el pasillo. Cada paso hacía crujir la madera húmeda bajo mis pies. El aire estaba helado, y el contraste con el vapor del baño me erizó la piel. Podía sentir el agua corriendo por mis piernas, goteando desde la toalla, dejando un rastro.

Genial, ahora me había convertido en una presa.

Una muy tonta, completamente rastreable.

El pasillo parecía más largo que de costumbre.

Las sombras se estiraban desde los marcos de las puertas, deformadas por la luz tenue del baño.

Pero seguí avanzando, con los músculos tensos, los pies resbalando sobre las tablas del suelo mojadas.

Me golpeé el hombro con la pared, casi perdí el equilibrio.

Cuando por fin llegué a la puerta principal de la casa, el pestillo seguía echado.

Nadie había entrado.

El pomo estaba helado.

El aire, inmóvil.

Me quedé allí, apoyada contra la puerta, intentando recuperar el aliento y la tranquilidad.

El agua seguía goteando de mi cuerpo, empapando el suelo.

El silencio era tan denso que podía escucharlo vibrar. Pero sabía que algo había cambiado. No sabría decir qué. El olor, quizá. O la sensación de que la casa respiraba distinto.

Miré hacia el pasillo. La puerta del baño estaba ahora completamente abierta. El vapor se escapaba lentamente. No había nadie. Pero no importaba. Yo lo había oído. Lo había sentido.