Capítulo 2 #2
Al entrar, me recibió la misma escena de siempre: varios botes y utensilios de limpieza esperándome en la salita de la entrada.
Los había dejado ahí a propósito, para recordarme que debía comprar más cada vez que saliera.
Pero parecía que no estaba funcionando. Me quité el abrigo.
En realidad, me quité todo. Si terminaba algún turno con sangre de algún paciente en la ropa, sentía la necesidad de desnudarme en la puerta.
Por eso tenía una cesta de mimbre a la derecha: ahí dejaba la ropa sucia antes de llevarla directamente a la lavadora.
Éramos mis bragas negras y mi moño despeinado contra el mundo.
Cargué el cesto como pude y fui hasta la cocina. Mientras metía la ropa en el tambor de la lavadora, vi un rastro de migas esparcido por la encimera. Probablemente del sándwich que terminé ya con las llaves en la mano, saliendo a toda prisa.
Odiaba la suciedad. Odiaba el desorden. Odiaba esta casa de mierda. Pero había decidido vivir aquí. Me había convencido de que podría convertirla en un bonito proyecto, de que algún día no me arrepentiría.
Aunque en ese momento nada de eso me importaba.
Era pleno invierno y todavía no tenía calefacción.
Cuando me incorporé me di cuenta de que estaba medio desnuda de frente al ventanal que daba al campo.
Este pueblo no está preparado para una enfermera sexy exhibicionista, así que me solté el moño, esperando que las puntas de mis rizos me cubrieran los pechos lo suficiente.
Vivía lejos de todos, pero nunca se sabía qué podía acechar en la oscuridad. Más allá de tu propia ventana. Ahí fuera.
En la mesa había un bloc de post-its amarillos. Arranqué uno. Busqué un bolígrafo entre los cajones, pero el único que encontré era de tinta roja. Dudé un segundo. Siempre me había parecido un color demasiado violento para escribir algo mundano. Aun así, lo destapé y escribí con trazo torcido:
“Llamar compañía gas. Calefacción.”
Pegué la nota en la nevera, justo encima de una mancha de grasa que parecía agrandarse cada día.
El cielo, detrás de la ventana, empezaba a aclararse. Esa franja gris azulada del amanecer que no promete nada. Busqué mi camiseta vieja, la que usaba de pijama, y subí las escaleras.
El pasillo de la segunda planta seguía lleno de cajas abiertas, algunas medio vacías, otras con cosas que ya no recordaba haber guardado.
Esquivarlas se había vuelto parte de la rutina.
Llevaba tres semanas viviendo allí y todavía no conseguía aclimatarme.
Ni al frío ni al silencio que te provoca estar sola en el mundo.
El suelo crujía con cada paso, y ese sonido parecía más fuerte conforme pasaban los días.
Tenía la sensación de que las paredes respiraban conmigo, como si la casa aún no me aceptara del todo.
El dolor de cabeza seguía latiendo detrás de los ojos. Me había tomado la pastilla hacía un rato, pero no parecía hacer efecto.
Al entrar en el dormitorio, el aire estaba helado. Me metí bajo las sábanas. Miré el techo, esperando que el sueño llegara rápido.
Y mientras el amanecer terminaba de filtrarse por las rendijas de las persianas, pensé que, quizás, lo más inquietante de todo no era el silencio… sino que ya estaba empezando a extrañar el ruido.
◆◆◆
El timbre sonó primero una vez. Luego otra. Y otra más.
Abrí los ojos, aturdida. La luz que se filtraba por la ventana era blanca y dura, el tipo de luz que te hace dudar de si son las once de la mañana o cuatro de la tarde. Tardé unos segundos en ubicarme.
El timbre volvió a sonar, esta vez con más insistencia.
Me incorporé de golpe, con la cabeza aún embotada y la garganta seca. El corazón me latía como si me hubieran arrancado del sueño por la fuerza. Busqué el reloj en la mesita, pero no lo encontré.
Ni el móvil. Ni nada.
Me puse los primeros pantalones que vi, unos de chándal viejos, y bajé las escaleras casi tropezando.
Cuando abrí la puerta, un hombre mayor estaba frente a mí.
—Perdona que te moleste, niña —dijo, con una sonrisa amable pero algo nerviosa—. Soy tu vecino, el de la casa de al lado.
Señaló con el pulgar hacia la derecha. Tenía el pelo blanco, muy fino, y llevaba una bufanda enrollada torpemente al cuello.
—He querido presentarme un par de veces, pero nunca te encontraba en casa. Hoy vi tu coche en el porche y pensé que… bueno, que por fin estabas aquí.
Asentí, aún medio dormida. El aire que entraba por la puerta abierta me erizó los brazos.
—Ah… sí. Hola —balbuceé—. Lo siento, acabo de despertarme. Soy enfermera y apenas estoy en casa.
El anciano asintió despacio, observándome con una atención que me resultó incómoda. No era solo cortesía. Era como si estuviera estudiando algo, pensando algo.
—No te preocupes, hija. Mudarse siempre es un caos —dijo al fin, bajando un poco la voz—. Si necesitas cualquier cosa, estoy ahí al lado. Soy el señor Lorne.
Me obligué a sonreír.
—Gracias. Yo soy Leah.
—Lo sé —respondió él, casi en un susurro.
El silencio que siguió fue breve, pero se sintió demasiado largo. El hombre retrocedió un paso y levantó la mano en un gesto de despedida.
—Bueno, no te quito más tiempo. Solo quería verte.
Cuando cerré la puerta, el sonido del pestillo fue casi un alivio.
Me quedé unos segundos con la mano apoyada sobre la madera.
Me temblaban los dedos, y no sabía si era por el frío…
o por la forma en que él me había mirado.
Odiaba que la gente me mirara más de dos segundos seguidos.
Esas miradas se me clavaban como agujas: acusatorias, llenas de juicio, de odio.
Yo también me miraba así.
Las casas aquí eran viejas, casi todas heredadas. Siempre supe que acabaría en un lugar como este, aunque no imaginé que sería tan pronto.
El interior de la mía olía a madera húmeda. Algunas paredes estaban manchadas por filtraciones; supuse que de goteras sin reparar. Había tanto por hacer… Cada vez que hacía una lista mental, la idea me desbordaba. Sentía ganas de gritar hasta quedarme sin aire.
Odiaba tener que encargarme de todo sola.
Siempre fui una chica de familia. Me encantaba comer con mis padres, visitarles, contarles qué tal el trabajo y verles sonreír con esa mezcla de orgullo y nostalgia. Pero nunca tuve hermanos. Mi madre intentó quedarse embarazada de nuevo, varias veces, creo. Todas terminaron igual.
Supongo que solo estaba destinada a nacer yo.
Qué desperdicio de material genético.
Pasé al baño. Lo necesitaba con urgencia.
No me gustaba ducharme. Últimamente, todo lo que me sobreestimulaba me resultaba insoportable.
Sentir decenas de gotas cayendo sobre mi piel me ponía nerviosa.
Cada vez que cerraba los ojos, percibía ese olor metálico, tan familiar.
El agua caliente parecía viva. No me limpiaba, literalmente me envolvía.
Mi mente no la sentía como agua sino como sangre.
Cada noche me despertaba empapada, después de soñar que alguien me arrojaba un cubo de ese líquido rojo encima. En la calle, en el trabajo, en casa… daba igual dónde. Daba igual cuánto intentara esconderme.
Siempre me encontraba.
La muerte siempre me encontraba.
Después de cerrar la puerta del baño y desnudarme, me metí en la bañera despacio, dejando que el agua me cubriera las piernas, el vientre, el pecho.
No estaba demasiado caliente, pero el vapor empañaba el espejo del cuarto.
Apoyé la cabeza en el borde y alcancé el móvil para poner música.
Quería algo suave, cualquier cosa que apagara el ruido de mi cabeza.
Busqué una lista al azar, una que creé hace poco y sabía que Max había cotilleado, y presioné el botón de reproducir.