Capítulo 2
La perla
T enía el cerebro lleno de pequeñas agujas. Las notaba, las sentía, las amaba . Agujas que me perforaban la médula espinal y se colaban hasta lo más profundo de mi cabeza. Bebía de ellas y ellas de mí.
Sentía que merecía sentir dolor. Todo el dolor necesario.
Porque quería, necesitaba estar así de enfadada.
Daba igual cuánto me consumiera la ira. Podía enfurecerme como un puto perro rabioso por cómo sucedieron las cosas.
Podía insultar y escupirle en la cara al destino.
Pero cuando llegara el final, mi final, tendría que soltar. Nada de lo anterior sería suficiente.
Qué pena. Si algún insecto necrófago se alimentara de mi cuerpo, en el primer bocado solo saborearía ira y resentimiento. En el segundo degustaría todo el amor que tuve alguna vez.
Ahora tenía tantas emociones que ni siquiera las distinguía.
Aunque si ya no estuviera aquí, todo esto acabaría.
El dolor, la culpa, el miedo y el asco. Todas esas emociones que me perseguían y me susurraban que eran las únicas capaces de hacerme sentir algo.
Necesitaba que alguien me apagara el cerebro, por favor.
Por favor.
Si moría, tal vez abriría los ojos en un mundo mejor. Uno donde haya menos muerte y menos sangre. O simplemente estaría muerta. Apagada. Olvidada. ¿La gente me olvidaría?
No era una mujer que valiera la pena recordar.
Cualquiera de las dos opciones me parecía bien.
Había estudiado la biología, bioquímica y fisiología del cerebro humano casi toda mi vida, pero aún no conseguía descifrar por qué el mío no funcionaba como debería. Quizás algo ahí dentro se había roto. Quizás no existía un pegamento en el mundo lo suficientemente fuerte como para recomponerme.
Me daba pena a mí misma. Absoluta pena y compasión.
Pobre Leah.
En cuanto crucé la puerta del pasillo y puse un pie en el descansillo, vomité los tres cafés que había tomado durante la noche.
Sentí las rodillas ceder, la garganta arder, y una vergüenza absurda se me mezcló con el temblor.
Mis compañeros me miraron con esa mezcla de lástima y prudencia que ya me resultaba insoportable.
María se acercó enseguida, siempre con ese tono dulce que usaba para no hacer daño. Me ofreció un vaso de agua, me sujetó del brazo y me acompañó hasta los vestuarios. Caminamos en silencio, con el sonido de mis pasos húmedos marcando el ritmo de la derrota.
Le pedí que abriera mi taquilla y buscara una de las pastillas para las migrañas. Me las habían recetado poco después de lo que pasó.
Ella rebuscó entre mis cosas, apartando un par de uniformes doblados y una chaqueta que ya olía a cerrado.
—Deberías comer algo antes —me dijo—. Seguro que tus dolores de cabeza son más por desnutrición que por otra cosa.
No respondí. No me atreví a mirarla, porque tenía razón y porque no quería que lo viera en mis ojos.
Desde que me mudé a la nueva casa, apenas había tenido tiempo de nada.
Ni de dormir, ni de cocinar, ni de existir.
Me pasaba los días entre el hospital y ese lugar que todavía no se sentía como un hogar.
Todo lo que hacía era limpiar. Limpiar, ordenar y limpiar otra vez.
Era como si, de algún modo, si conseguía dejarlo todo impecable, también pudiera borrar algo más.
Me alimentaba a base de sándwiches de máquina, cafés recalentados y, con suerte, algún zumo de cartón para desayunar. El cuerpo se me estaba apagando poco a poco, pero aún resistía. Me daba rabia.
Me gustaría enfermar.
Ojalá estar enferma.
Pero físicamente, de verdad.
Así al menos podría estar en la cama todo el día y empastillarme para dormir sin que nadie me juzgara.
María me dejó una píldora en la mano y me miró en silencio un momento. Tragué saliva y forcé una sonrisa débil.
—Tienes razón, gracias, María. Prometo estar más espabilada la próxima vez. Y… perdona por el numerito de antes.
—No pidas perdón —respondió enseguida, bajando la voz—. Nos puede pasar a cualquiera.
Mentira. Odiaba las mentiras. Todo el mundo mentía.
Esto no le podría pasar a cualquiera. Tenía más de tres años de experiencia como enfermera. La primera semana era normal que vomitaras de impresión alguna vez, pero lo mío no era por eso. Iba más allá. Y todos lo sabían, pero ninguno lo decía.
Putas mentiras. Se colaban por cualquier resquicio del alma. Infectaban el corazón, el espíritu y la voluntad.
Asentí, sin mirarla mucho rato. Era más fácil así, mantener la conversación en la superficie. Guardé la pastilla en la boca, bebí el agua y noté cómo el sabor amargo se me pegaba al paladar.
—Vete a casa, anda —añadió ella con una media sonrisa—. Si sigues aquí, acabarás durmiéndote de pie.
—Sí, eso parece —respondí, dejando escapar una pequeña risa que no sonó del todo real.
Me puse la chaqueta, recogí mi pelo castaño en un moño mal hecho y salí de los vestuarios. El aire del pasillo me pareció más denso que antes, como si el hospital entero respirara a un ritmo distinto al mío.
Cuando metí la mano en uno de los bolsillos laterales para alcanzar la tarjeta y así poder fichar, vi las manchas de sangre.
Sangre de ese hombre, el de urgencias. Me había manchado el puño derecho.
El color rojo de la sangre contrastaba con el color blanco de la tela.
Parecía una señal de alerta, de huida, de peligro
Una náusea me subió desde el estómago hasta la garganta.
Pobre Leah.
Respiré hondo. Llevaba ejerciendo la medicina desde que terminé la universidad.
Conocí a Max allí, en primero, cuando todavía creía que la vida era algo que podía planearse.
Al principio quería dedicarme a las ciencias puras, a la investigación, a entender el “por qué” de las cosas.
Pero terminé descubriendo que lo que realmente quería era ayudar.
Sentir que servía para algo más que analizar números.
Me gustaba salvar vidas.
Me gustaba pensar que, por unos minutos, podía sostener el mundo de alguien más antes de que se desmoronara. Que podía darle a una familia la oportunidad de volver a abrazarse. Que entre tanta sangre, tanto caos, todavía quedaba un hueco de luz.
Pero ya no podía trabajar como antes.
Ahora los pitidos de las máquinas me ponían nerviosa, el olor del quirófano me revolvía el estómago, y cada vez que una camilla cruzaba las puertas de urgencias me temblaban las manos.
Me daba miedo mirar a los pacientes a los ojos.
Miedo a ver, en ellos, el reflejo de todo lo que pude haber hecho y no hice.
No entendía cómo alguien podía soportar tanta muerte sin romperse.
Ni cómo el universo, o Dios, o quien sea, podía permitir tanto dolor.
Mi familia siempre había sido profundamente creyente.
Cristianos de misa dominical, de promesas y rosarios.
Últimamente insistían en que los acompañara a la iglesia, pero siempre encontraba una excusa. No podía hacerlo.
Hubo un tiempo en que rezar me calmaba. Pensar que había algo más allá, que alguien velaba por mí, me daba paz. Que la muerte no era un castigo, sino un cierre. Pero ya no.
Lo que Dios permitió que ocurriera no tiene perdón.
Ahora ya no creía en nada. Ni en los milagros, ni en la justicia, ni en la idea de que todo pasa por algo. Solo en el silencio. Y en la forma en que el mundo seguía girando, como si nada se hubiera roto.
El aire de fuera era aún más cortante que el del hospital.
Encendí el coche y el motor protestó con un gruñido ronco antes de ponerse en marcha.
Mi coche era un modelo viejo, blanco, de esos que ya casi no se ven más que en los pueblos o en los desguaces.
Tenía los asientos gastados, el volante pelado en los bordes y un olor a gasolina que se mezclaba con el de la calefacción defectuosa.
Pero funcionaba. Le tenía cariño a este coche. Aprendí a conducir con él.
El cielo empezaba a clarear por el este, tiñendo la nieve de un tono azul pálido. Las luces de la carretera parpadeaban al pasar, reflejándose en el parabrisas como destellos de un sueño que no terminaba de disiparse. Puse la radio por costumbre, pero la apagué enseguida.
El pueblo quedaba a unos veinte minutos en coche, una zona pequeña y tranquila rodeada de campos que en verano olían a heno y en invierno a humedad. Había elegido mudarme allí porque necesitaba silencio y tranquilidad. Y había encontrado ambos, aunque no exactamente del modo que esperaba.
A medida que me acercaba, las casas empezaron a aparecer entre la neblina como siluetas solitarias.
No había una calle principal propiamente dicha, solo un camino asfaltado que se ramificaba hacia distintas parcelas.
Cada vivienda tenía su propio terreno, sus árboles desnudos, sus cercas de madera medio carcomidas.
Mi casa era la última antes de llegar al límite del pueblo.
Una construcción antigua, de madera oscura, con dos plantas y tejado inclinado.
Podía parecer que tenía algo melancólico, casi triste, pero también cierto encanto.
Estaba un poco apartada, como si se hubiera retirado a la periferia del mundo a propósito.
Los vecinos más cercanos vivían a un minuto o dos caminando, lo suficiente para saludar de lejos y mantener las apariencias de cordialidad, pero sin entrometerse en la vida de los demás.
Aparqué frente al porche. El suelo crujió bajo mis botas al bajar del coche. El aire se antojaba inmóvil, espeso, y la primera luz del amanecer se reflejaba en los cristales de las ventanas, devolviéndome un brillo amarillento, casi muerto.
Saqué las llaves del bolsillo, me quedé unos segundos mirando la casa y respiré hondo. Era extraña la sensación de llegar a un lugar que, supuestamente, era tu hogar y no sentir absolutamente nada.
Solo el cansancio. Solo el silencio, de nuevo.