Capítulo 1
La perla
E ra mi cumpleaños. Un día que, para cualquiera, significaría algo digno de celebrar. Pero yo ya no era cualquiera.
Había dejado de encontrarle sentido a casi todo. A la vida, a los días, a las palabras que antes me hacían sonreír. Había dejado de reír, de pensar con claridad, de sentir algo que no fuera ese vacío constante.
Me sentía defectuosa.
Había perdido el norte, y con él, todo lo demás: los lugares, las personas, las razones que me mantenían viva. Nadie entendía mi silencio, nadie sabía leer mis ausencias.
La mayoría de la gente teme a los ruidos: a lo que cruje, a lo que estalla, a lo que rompe el orden.
Pero el silencio… el silencio es otra cosa.
El silencio aterra. Pone en evidencia todo lo que piensas y no cuentas.
En el silencio se esconden las cosas que no queremos ver.
Yo no estaba lista para ver muchas cosas.
Y me había vuelto, con el tiempo, una experta en no hacer ruido. Una sombra que respira. Una mujer que calla tanto que empieza a desaparecer.
Estaba sentada en la sala de descanso del hospital.
El reloj de pared marcaba las cuatro y media de la madrugada, pero el tiempo parecía no avanzar allí dentro.
Las luces blancas vibraban débilmente sobre mi cabeza, parecían también cansadas.
Había olor a café recalentado, a desinfectante y a algo más difícil de describir: ese aroma a agotamiento que se pega a las paredes de los lugares donde la gente sufre.
Odiaba y deseaba el sufrimiento a partes iguales.
No había muchos turnos tan vacíos como aquel. Mis compañeros hablaban en voz baja, riéndose de algo que no alcancé a escuchar. Yo fingía revisar informes, pero en realidad no hacía nada. Mis manos estaban quietas sobre la mesa, heladas.
Todo el día había evitado encender el teléfono.
Lo llevaba en el bolsillo de la bata, parecía un pequeño animal dormido que podía despertar en cualquier momento.
Tenía miedo de hacerlo, de ver la pantalla iluminada y confirmar lo que ya sabía: que nunca iba a recibir ese mensaje.
Que tenía que aprender a vivir con otra ausencia más, una que no era solo la mía.
Que, de verdad, el silencio es lo único que me quedaba.
Pensé que si no lo encendía podría mantener viva la posibilidad de que sí. Que, de algún modo, el silencio fuera solo una pausa, no una ausencia. Pero sabía que no era así. Lo sabía desde hacía mucho.
La cafetera hizo un sonido metálico detrás de mí y alguien se echó a reír.
Yo me limité a mirar el suelo. Llevaba semanas saturándome de trabajo.
Cogiendo turnos extra o incluso cubriendo bajas.
Necesitaba trabajar, necesitaba no pensar.
Sin embargo, desgraciadamente seguía siendo humana. También necesitaba dormir.
Dormir era lo más parecido a estar muerta.
Me pasaba mis días libres durmiendo. Llegaba a dormir catorce horas…
a veces. No me gustaba llegar a ese extremo.
Nunca había sido así. Pero mi cuerpo me lo pedía.
Dormía tanto… tanto que un par de veces solo fueron las ganas de mear las que me despertaron.
Me obligué a levantar la vista. Frente a mí, en una esquina de la sala, la televisión colgaba del techo.
El volumen estaba bajo, pero las imágenes bastaban.
El presentador de un documental cutre con sonrisa impostada hablaba de los casos más peligrosos del país, un especial de sucesos con música dramática y primeros planos borrosos. Uno de mis compañeros subió el volumen.
—Mira esto, tío —dijo alguien—. Qué barbaridad.
Su rostro apareció en la pantalla, congelado en una foto de prensa que habían usado mil veces. El pelo rubio, los ojos azules, la mirada perdida entre la pena y la rabia.
Verónica Astoria. Mi amiga.
Sentí cómo el aire se volvía pesado, cómo el estómago se me encogía hasta doler. La taza de café que sostenía tembló en mis manos, y tuve que dejarla sobre la mesa antes de derramarla.
—Mató a un amigo suyo —decía uno—. ¿Cómo puede alguien hacer algo así?
—Dicen que lo sedó antes. Que ha reconocido todo sin pizca de culpa. Qué enferma.
Las palabras pasaban a mi alrededor como cuchillos envueltos en algodón. No podía escuchar más. No podían hablar de ella así.
Verónica no era una asesina. No podía serlo. Yo la había visto llorar, reír, cuidar de otros incluso cuando nadie cuidaba de ella. Si lo hizo, si realmente mató a ese chico, tuvo que haber un motivo. Algo que solo ella entendía.
Hacía tiempo que la habían condenado. La última vez que la vi fue en la vista de su propio juicio.
No me había atrevido a ir a visitarla ni una sola vez.
Tampoco a Max.
Si mi amiga de verdad era una asesina… ¿Quién era yo para juzgarla?
No podía hacerlo. Porque yo también había desaparecido de la faz de la Tierra.
Había dejado de contestar llamadas, de abrir la puerta, de mirar a los ojos a quienes todavía me querían cerca.
Llevaba cuatro meses huyendo de mi propio círculo, desde el incidente.
Nadie de mi alrededor sabía lo que pasó aquella noche. Y a veces, ni siquiera yo estaba segura de recordarlo bien.
Si no lo pensaba, entonces no existía.
Había aprendido a no pensar. Era una forma de sobrevivir. De mantener el cuerpo funcionando cuando la mente ya no podía más. En el hospital, eso resultaba fácil: bastaba con dejarse llevar por la rutina, por los pasos automáticos, por la sucesión de tareas que no admitían preguntas.
Limpiar. Medir. Registrar. Sonreír. Fingir.
A veces me sorprendía observando a los pacientes como si fueran parte de otra especie. Personas que aún lloraban, que aún gritaban, que aún sentían. Me preguntaba cuándo había sido la última vez que yo había hecho algo de eso.
Alguien apagó la televisión. El reflejo oscuro del cristal me devolvió mi propia imagen, distorsionada, cansada, casi irreconocible. Me quedé mirándome durante unos segundos, hasta que algo se movió detrás de mí en el reflejo.
Giré la cabeza.
Nada.
Solo el pasillo vacío y el zumbido de las luces fluorescentes.
Respiré hondo y traté de recuperar la compostura. Me alisé la bata, forcé una sonrisa y me levanté de la mesa. Si algo había aprendido en esos meses, era a camuflarme. A comportarme como se esperaba que hiciera.
Cuando entré de nuevo al pasillo, el turno de madrugada seguía su curso con la misma calma artificial de siempre.
Una compañera se apoyaba en el mostrador, riendo por algo que leía en el móvil.
Otro salía de una habitación tarareando una canción que no reconocí.
Todos parecían tan vivos, tan distraídos. Yo me uní a ellos.
—Leah, ¿estás bien? —preguntó Inés desde el mostrador.
Asentí sin mirarla.
—Sí. Solo… cansada.
Ella sonrió, comprensiva.
—Ve a tomar el aire, mujer. Te cubro unos minutos.
No insistí. Me alisé la bata de nuevo, crucé el pasillo y me dejé envolver por el silencio del hospital. Los pasillos estaban vacíos, bañados por una luz fría que hacía brillar el suelo como si estuviera cubierto de agua.
Odiaba que me hablaran con cuidado. Creían que podría romperme con una palabra mal dicha. Desde que todo el hospital se enteró de aquello , no había día en que no sintiera esas miradas: mezcla de compasión y de incomodidad, mi simple presencia era un recordatorio de algo que preferían olvidar.
Habían intentado ofrecerme de todo: vacaciones, turnos más cortos, tiempo para “recuperarme”. ¿De qué me tenía que recuperar, exactamente? No lo entendía porque humanamente era imposible recuperarse de algo así.
Nunca acepté. No quería descanso. No quería compasión.
Solo quería dormir. Sólo quería la ausencia del dolor.
Durante la primera semana, recursos humanos me llamaba a diario. Me hablaban de mis derechos como trabajadora a cogerme una baja, a pedir un traslado o incluso a retirarme de la medicina.
Pero yo solo quería volver a lo de antes.
A una rutina que no doliera. Quería despertarme con la primera alarma.
Quería desayunar un par de tostadas. Quería poder responderle a mi madre un “bien” verdadero cuando me preguntara qué tal todo.
Quería poder cerrar los ojos sin ver el color rojo.
Quería gritar. Quería llorar. Quería arrancarme la piel a tiras y trocearla después si eso significaba silencio de una puta vez.
No estaba pidiendo tanto. Solo quería sentirme viva sin que doliera.
Es tan jodido querer morir cuando tu cuerpo parece estar dormido.
Es tan jodido sentir que estás muerta cuando no te atreves a quitarte la vida de verdad.
Ya no sólo tenía que forzarme a sentir alegría sino también a sentir algo. Algo en general, por Dios.
Pobre Leah.
Me di cuenta de que mi cerebro estaba trabajando demasiado rápido.
Intenté centrarme en el ambiente. Fuera, la nieve caía lenta, paciente, cubriendo los coches y los árboles con un manto blanco.
Me quedé mirando el movimiento de los copos, hipnótico, parecía que el mundo allí fuera siguiera siendo capaz de ser bello, aunque yo ya no lo notara.
Tenía la sensación de que todo el hospital respiraba distinto cuando nevaba. Una constante sensación de luto.
Reuní el poco valor que me quedaba y saqué el móvil de su escondite.
Apreté el botón de encendido unos segundos.
La luz blanca de la pantalla se reflejó en el ventanal, devolviéndome un destello en los ojos que me hizo parpadear.
Una larga lista de notificaciones apareció de golpe: mensajes, llamadas perdidas, felicitaciones de gente que apenas recordaba.
Antiguos compañeros de clase, un primo que solo había visto tres veces en mi vida, la mejor amiga de mi madre…
todos deseándome un “feliz cumpleaños” que sonaba vacío.
También había mensajes de familia, aunque hacía meses que apenas hablábamos. Hablar con ellos tenía un precio que yo no quería pagar.
Pero entre todos los nombres, solo uno me detuvo: Max.
Me había estado escribiendo y llamando todo el día, por varias redes sociales y desde varios perfiles. No me molesté en leer todos los mensajes, solo los últimos:
“Trabajas demasiado y yo te echo demasiado de menos. No sé si he hecho algo que te haya podido molestar. Porfa, llámame o ponme un puto sticker de vez en cuando, joder.”
“Vale, estaba un poco enfadada. Sé que estás viva porque hace poco creaste una playlist nueva en Spotify . No me presento en tu casa porque quiero darte espacio, pero te voy a denunciar por abandono de amiga.”
“Te echo tanto de menos, Leah. No sé qué ha pasado pero sabes que puedes contar conmigo, no?”
“Feliz cumpleaños. Te quiero y si no me he suicidado ya es porque seguro que los gemelos conservarían mi cuerpo para vete tú a saber qué y porque odiaría ponerte triste.”
“En serio. Odio saber que estás triste. Sé que pasarás tu cumple con tus padres o algo pero yo te propongo planes más estimulantes… ;) Asher tiene amigos.”
“Bueno, ya me callo. Te quiero y felices veintiséis. Mereces ser feliz el resto de tu vida. No sé qué te pasa Leah pero te aseguro que todo pasa. Incluso la peor de las maldiciones.”
La voz de Max sonaba tan viva en mi cabeza que por un momento creí escucharla. No me merecía tener una amiga como ella. No merecía a nadie que intentara revivirme. No merecía la pena tirarse al mar y morir ahogado por quien ha decidido saltar a la deriva y suicidarse.
“Estoy bien. Te quiero mucho, Max.”
Esa respuesta de mierda fue la única que pude teclear y enviar antes de que mis ojos empezaran a humedecerse.
La primera lágrima calló sobre la pantalla.
Llorar no me desahogaba. Quizás liberaba un poco de tensión muscular, pero nada más lejos de la realidad.
Lloraba porque mi cuerpo quería hacerlo.
Pero yo no quería a mi cuerpo ni quería ya nada.
El pitido del busca me sobresaltó con tanta fuerza que sentí cómo el corazón me saltaba dentro del pecho.
Ese sonido breve, agudo, insoportable, atravesó la quietud del pasillo como un cuchillo.
Tardé unos segundos en reaccionar; me quedé mirando la pantalla del móvil, con la lágrima secándose en el borde del cristal.
Luego bajé la vista hacia el pequeño aparato colgado de mi bata.
“CÓDIGO ROJO – URGENCIAS.”
El estómago se me encogió de inmediato. Había pedido —no, suplicado— que no me llamaran para casos graves. Mi superior lo sabía. Todos lo sabían. Pero si me estaban buscando, significaba que no había nadie más disponible, que necesitaban manos.
Cuando crucé las puertas de Urgencias, el caos me recibió como un golpe. Una camilla acababa de entrar. Los paramédicos gritaban datos al vuelo, los monitores pitaban sin compás.
—Varón, veintisiete años, herida penetrante en el costado, posible afectación pulmonar —dijo uno mientras empujaba la camilla—. Ha perdido mucha sangre, satura bajo.
Inés me vio aparecer y me señaló la sala tres.
—Leah, tú con él.
Asentí, con la garganta seca.
El joven estaba pálido, empapado en sudor y sangre. La ropa rasgada dejaba ver el corte, profundo, irregular, de cuchillo o navaja. Movía los labios intentando hablar, pero solo salía un sonido ronco.
—Tranquilo, estás en el hospital —dije sin pensarlo, con ese tono automático que se aprende a fuerza de costumbre—. Vamos a ayudarte, ¿de acuerdo?
Le sujeté la mano mientras le ajustaban la mascarilla de oxígeno.
Su piel estaba fría y resbaladiza, pero seguía aferrándose a mí con una fuerza desesperada.
Uno de los residentes preparaba la vía, otro pedía más gasas.
Yo presioné el costado con una compresa, intentando contener la hemorragia.
La sangre empapó mis guantes y se filtró hasta el antebrazo.
—Presión, rápido. —La voz me salió más firme de lo que esperaba.
Por un momento, creí que podía hacerlo. Que ese control clínico, esa distancia profesional, me mantenía a salvo. Pero entonces lo oí toser, y el sonido fue idéntico a otro que había escuchado antes. En otra noche. En otro turno.
Mi corazón se sobresaltó tan violentamente que tuve que apartar la mirada. Respiré hondo, tratando de mantener el pulso estable, de que nadie lo notara. Las luces blancas se reflejaban en la sangre del paciente, haciendo brillar el rojo como si ardiera.
El monitor seguía pitando con regularidad, pero en mi cabeza el sonido se mezclaba con otro, más antiguo, más conocido, que no había dejado de oír desde entonces.
El sonido de un corazón apagándose.
Me quité los guantes, los tiré al cubo y salí corriendo. Las manos me temblaban, y no supe si era por el esfuerzo o por el recuerdo. Solo sabía que, una vez más desde hace cuatro meses, no había podido cumplir con mi trabajo.
Y que el cuerpo había rechazado algo que la mente tampoco soportaba recordar.