El color blanco (El color del pecado 3) PRÓLOGO
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El color blanco (El color del pecado 3)

El color blanco (El color del pecado 3)

Por M. Moon

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PRÓLOGO

L a primera vez que sentí que ya no era dueña de mí misma los ventanales del salón retumbaban. Tenía las pupilas dilatadas, el rostro gris y el pelo pegado a la frente.

Sabía que no podía confiar en mi mente, pero tampoco en el resto de mí. El cuerpo, el alma y el espíritu habían dejado de verse como iguales, cada uno habitaba una versión distinta de lo que yo era y ninguno estaba dispuesto a ceder.

Dentro de mí ya no había acuerdo.

Cuando pasaba frente al espejo, mi reflejo parpadeaba un segundo antes que yo.

La casa respiraba. Seguro que sí.

Si guardaba silencio el tiempo suficiente, podía oírlo. Un murmullo profundo, como si algo viviera entre las paredes, latiendo al ritmo de mi propio corazón.

Tenía una infección por dentro. Una especie de enfermedad silenciosa, una podredumbre lenta que no dolía pero lo ocupaba todo, que se filtraba en los pensamientos, en los gestos, en la forma de mirar, hasta contaminar incluso aquello que antes había sido mío.

Estaba podrida, sucia, intoxicada, impía.

Pobre Leah.

Pero entonces encontré el blanco más puro.

La divinidad en sí misma.

Lo rozaba con los labios y se deshacía despacio sobre mi lengua, como si necesitara recorrerme antes de descender, como si quisiera asegurarse de que cada rincón de mi boca lo reconocía, lo aceptaba, lo recibía, y cuando finalmente lo tragaba, cuando esa presencia blanca terminaba de disolverse dentro de mí, todo se ordenaba.

Mi enfermedad tenía un nombre.

Un rostro conocido. Unas manos manchadas de sangre. Una maldad que pretende pasar desapercibida.

No podía pronunciarlo, pero podía sentir cómo se organizaba a mi alrededor, cómo aparecía en los momentos en los que el ruido se volvía insoportable, en los instantes en los que el aire parecía demasiado denso para respirarlo, como si supiera exactamente cuándo acercarse y cuándo quedarse en silencio.

El ruido empezó a callarse. Se acercó el aire que me faltaba, se escondió el mismo sol que juró no darme la espalda, se tropezó la muerte que esperaba socorrerme y me consumió la tolerancia a la sumisión.

La segunda vez que sentí que ya no era dueña de mí misma me doblé, abrazándome el estómago como si algo desde dentro quisiera arrancarse paso a golpes, desde mi vientre hasta la punta de la lengua.

Vomité y parte cayó al suelo.

Otra la sostuve en mis propias manos.

La mezcla quedó acumulada entre mis dedos, caliente todavía, de un blanco turbio que no era limpio, que no era puro, que parecía más bien algo descompuesto, algo que ya no debería estar dentro de nadie.

El mal había escapado del centro de la Tierra.

Y estaba dispuesto a tragarme entera.