El color blanco (El color del pecado 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Leah

C omprendí que el mal había escapado del centro de la Tierra.

Y estaba dispuesto a tragarme entera.

Sentí el aire atrapándose en mis pulmones cuando intenté retroceder sobre el altar, pero antes de que pudiera hablar, un sonido atravesó la iglesia.

Mi alarma.

El tono reverberó entre las paredes de piedra en un eco imposible, distorsionado por el espacio vacío de la iglesia hasta parecer algo mucho más enfermizo. Durante un segundo mi cerebro fue incapaz de reaccionar.

Fruncí el ceño inmediatamente.

—Esa es mi alarma… —murmuré, completamente descolocada—. ¿Cómo…? ¿Qué estás haciendo, Xipe?

Él no respondió enseguida. Solo siguió observándome con aquella calma insoportable que hacía parecer que siempre iba varios pasos por delante de mí.

—Mi pequeña perla… —dijo al fin, acercándose lentamente—. ¿Estás segura de que conoces lo que estás escuchando?

Parpadeé, confundida.

—¿Qué…?

—¿Conoces realmente el sonido con el que despertabas cada mañana? —me interrumpió suavemente.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Llevo años usando el mismo tono.

La sonrisa de Xipe apenas se movió.

—Sí. Y precisamente por eso me aseguré de que ese sonido no estuviera disponible en tu nuevo teléfono. ¿Lo recuerdas?

El silencio que vino después me atravesó el pecho de golpe. Tenía razón. Recordaba buscar el tono por todos los ajustes del móvil y conformarme con uno sustituto.

Levanté la vista hacia él lentamente.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—¿Cuánto tiempo llevo observándote o cuánto tiempo llevo domesticándote, mi perla?

Noté mi pulso acelerarse desbocado.

—¿Cuánto tiempo llevo imaginándome cosas?

Él se acercó un poco más, hasta que pude sentir su respiración rozándome la piel.

—Mi perla… tú nunca imaginaste nada.

Sus dedos se deslizaron lentamente por mi mandíbula mientras hablaba en voz baja, casi con ternura.

—Ya sabes, siempre se ha dicho que hay que portarse bien porque Dios nos está observando continuamente.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo entero.

La simple presencia de Xipe era abrumadora.

Estar a su lado era ensordecedor, me infectaba y me aliviaba por partes iguales.

No entendía por qué. Mi cerebro me pedía que saliera corriendo porque instintivamente notaba el rastro de muerte que él dejaba.

Pero mi cuerpo se sentía seguro, en el fondo.

Como cuando se vuelve a un lugar conocido.

—Las casas antiguas están llenas de recovecos escondidos entre las paredes, ¿sabes? —murmuró mientras masticaba lentamente uno de los arándanos—. Hace años, muchas familias construían dobles muros y pequeños pasadizos para esconderse si estallaba una guerra.

La fruta crujió entre sus dientes y un pequeño hilo de saliva violácea resbaló por una de sus comisuras. Xipe alzó la mano con absoluta calma y se limpió sin dejar de mirarme, igual que un depredador entreteniéndose antes de desgarrar a su presa.

—La mayoría de veces ni siquiera los propios dueños conocen todos los rincones de su casa.

Sentí un nudo cerrándome la garganta.

—¿Qué rincones? —conseguí preguntar.

Tragó el arándano y su garganta se movió. Echó la cabeza hacia atrás, como deleitándose con su sabor.

—Rincones donde viven hasta las ratas —sus ojos todavía violáceos recorrieron mi cuerpo lentamente—. Las ratas… y otros seres mucho peores.

Los yogures a medio terminar.

Mi alarma sonando.

Los desayunos que no recordaba haber comido.

Las puertas cerradas que luego se abrían.

Los ruidos detrás de las paredes.

—Mírame, Leah. Me gusta que me mires.

Obedecí.

Siempre había algo insoportable en los ojos de Xipe. Algo que me obligaba a bajar la mirada demasiado rápido cada vez que se clavaban en mí, como si sostenerle la mirada durante demasiado tiempo pudiera abrirme por dentro.

Mis ojos descendieron lentamente hasta detenerse en ese tono azulado imposible que parecía demasiado vivo para pertenecer a una persona real.

Dios.

No.

Sentí cómo el aire desaparecía de golpe de mis pulmones al recordar.

Aquellos ojos pintados que llevaba meses evitando mirar demasiado tiempo.

Los mismos que me hacían sentir observada incluso cuando, según yo, estaba sola.

El mismo color. La misma expresión. La misma oscuridad enferma escondida detrás de las pupilas.

Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil al comprender que los ojos del retrato colgado en mi salón siempre habían pertenecido al demonio que ahora tenía delante.

—Aunque también dicen que el demonio acecha hasta por el agujero más pequeño de una pared.

—No… —susurré negando lentamente con la cabeza—. No…

Retrocedí instintivamente sobre el altar hasta que las cuerdas tensaron mis tobillos.

—¿Qué me has hecho?

Él ladeó la cabeza, observándome con una mezcla enfermiza de paciencia y fascinación. Apoyó ambas manos sobre el altar, encerrándome entre su cuerpo y la piedra fría.

—Salvarte.

—No…. —balbuceé llorando.

—Te he observado drogarte porque estabas enferma. Veía cómo te quedabas sentada en el suelo del baño durante horas porque las migrañas no te dejaban respirar. Pero tu dolor nunca fue físico del todo.

El pánico empezó a deformarse dentro de mí en algo mucho más extraño.

Porque parte de mí recordaba exactamente esa sensación.

Aquella presencia.

Como si realmente nunca hubiese estado sola.

—Parecías agotada de seguir viva, Leah.

La frase terminó de romper algo dentro de mí. El llanto explotó de golpe, violento, descontrolado, arrancándome espasmos que apenas conseguía contener mientras las lágrimas me corrían por el rostro.

—Te estabas quemando viva, mi perla —murmuró mientras sus manos comenzaban a deslizar lentamente la túnica morada fuera de mi cuerpo—. Yo solo seguí el olor de las cenizas.

Negué con la cabeza entre sollozos.

—¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me quieres?

—Te quiero porque vi todo aquello a lo que sobreviviste. Y tú me quieres porque fui el único capaz de reconocer tu dolor.

Xipe era el Dios del desollamiento.

Cuando regresé al hospital al día siguiente del accidente, todavía llevaba el cuerpo entumecido por la muerte de mis padres y el olor de urgencias atrapado dentro de la garganta.

Mi supervisora me había dicho que me podía tomar unos días libres, pero no quise.

Apenas había dormido un par de horas cuando una de mis compañeras me interceptó en el pasillo para decirme que el paciente de la moto había desaparecido durante la madrugada.

Se había fugado. Así sin más.

Recuerdo quedarme completamente quieta en mitad del pasillo mientras intentaba procesarlo.

Nadie conocía su identidad. Nadie había llegado a registrarlo correctamente antes de que entrara a quirófano y, después de la operación, yo estaba demasiado rota como para pensar en otra cosa que no fueran mis padres muertos.

No me había dado tiempo a contarle su nombre a nadie.

Xipe.

Aquella palabra me persiguió durante toda la noche.

La repetía mentalmente mientras intentaba dormir. Mientras me duchaba. Mientras vomitaba otra vez recordando todo. Había algo enfermizo en la forma en que sonaba.

Así que terminé buscándolo en internet.

Y ojalá no lo hubiera hecho.

Porque Xipe no era simplemente un nombre.

Era un dios.

El dios del desollamiento. De la carne arrancada. De los cuerpos abiertos como ofrendas.

Recuerdo quedarme observando la pantalla del ordenador con el corazón latiéndome tan fuerte que podía sentirlo detrás de los ojos. Las imágenes mostraban representaciones cubiertas de piel humana, rituales antiguos y figuras deformadas por símbolos religiosos que parecían sacados de una pesadilla.

El día que recibí el móvil nuevo y busqué en los registros del hospital el número invertido, me picó la curiosidad.

Busqué los informes del día del accidente.

Por protocolo, cuando llegaba un paciente inconsciente o irreconocible por las heridas, hacíamos fotografías una vez estabilizado.

A veces era la única manera de ayudar a identificarlo después.

Así que descargué las imágenes del paciente de la moto. Del hombre que se había fugado. De Xipe.

Su rostro seguía siendo prácticamente irreconocible. Tenía media cara deformada por los golpes, cortes atravesándole la piel y los párpados inflamados por los hematomas y la anestesia.

Aun así tenía los ojos entreabiertos.

Incluso amoratados, medio cerrados y cubiertos de sangre, conservaban aquel azul imposible.

Azul de cielo antes de una tormenta.

Azul de océano profundo.

Azul de agua helada justo antes de que alguien se ahogue.

Nunca pude olvidar ese color.

Por eso conocer a Ezra se sintió como una puñalada atravesándome el pecho. No fui capaz de sostenerle la mirada más de un par de segundos desde el primer día. Recuerdo convencerme a mí misma de que era atracción, tensión o cualquier otra estupidez con la que mi cerebro pudiera tranquilizarse.

Pero no.

La verdad era muchísimo peor.

Era mi instinto intentando advertirme. Otra vez.

Porque una parte de mí ya reconocía esos ojos incluso antes de comprender por qué.

Quién iba a decirme que aquellos ojos terminarían observándome desde el retrato colgado en mi salón.

Quién iba a decirme que pertenecían al primer hombre capaz de ver el dolor pudriéndose dentro de mí.

Quién iba a decirme que también pertenecían al hombre que lo había provocado.

Y, sobre todo, quién iba a decirme que aquellos mismos ojos pertenecían a la persona a la que le salvé la vida con mis propias manos.

Lanzó la túnica morada al suelo.

El aire helado de la iglesia cayó sobre mi piel desnuda de inmediato, recorriéndome el cuerpo igual que una corriente húmeda y cruel.

Sentí los pezones endurecerse por el frío mientras mis rizos resbalaban lentamente hacia delante, deslizándose sobre mis hombros y rozándome el pecho con una suavidad que contrastaba de forma enfermiza con todo lo demás.

Xipe dio una única palmada y el sonido explotó dentro de la iglesia, rebotó contra las paredes de piedra, las vidrieras y el techo abovedado hasta convertirse en un eco profundo que me atravesó el cuerpo entero.

Después llegó el silencio que me pareció eterno.

Y unos segundos más tarde las puertas principales comenzaron a abrirse lentamente.

Los hombres entraron en fila. Las cuerdas seguían enrolladas alrededor de sus cabezas y cuellos como serpientes apretándoles la piel, ocultándoles parte del rostro bajo sombras irregulares. El olor a incienso húmedo y bosque mojado se extendió por toda la iglesia conforme avanzaban.

Ninguno habló.

Ninguno apartó la mirada de mí.

Fueron colocándose lentamente frente al altar, uno al lado del otro, en un silencio tan absoluto que podía escuchar mi propia respiración temblando dentro de la garganta.

Yo ya ni siquiera intenté cubrirme. Mis manos permanecieron inmóviles sobre la piedra mientras el frío seguía recorriéndome la piel desnuda.

Xipe descendió un escalón del altar mientras los hombres terminaban de colocarse frente a nosotros. El sonido de sus botas resonó por la iglesia con una tranquilidad ceremonial.

Después volvió la vista hacia mí.

—Hoy comienza la Consagración Blanca.

Los Desollados, según los había llamado Xipe antes, permanecían inmóviles frente al altar, alineados bajo la luz morada de las vidrieras, observándome en absoluto silencio.

Sentí el frío de la piedra subiéndome lentamente por la espalda desnuda.

Xipe apoyó una mano sobre el borde del altar antes de seguir hablando.

—La Consagración es el ritual que separa a las mujeres corrientes de las Perlas.

Sus ojos malditos no se apartaban de mí.

—Durante siglos, Los Desollados han buscado mujeres capaces de atravesar el sufrimiento sin romperse. Criaturas suficientemente vacías, suficientemente heridas y suficientemente fuertes como para soportar el proceso de purificación.

Tragué saliva.

El murmullo lejano de las velas crepitando era lo único que se escuchaba además de su voz.

—Tu mente será vaciada poco a poco —continuó—. Todo aquello que creías ser empezará a desaparecer. El dolor arrancará las partes inútiles de ti hasta revelar lo único que realmente importa.

Noté un escalofrío recorriéndome el cuerpo cuando se acercó un poco más.

—Quiero tu obediencia, tus súplicas, tu sufrimiento y tu sumisión.

Cada palabra caía lentamente dentro de mí igual que una condena.

—Te elegí por algo, mi perla. Reconozco el infierno que hay en ti.

Mis dedos se tensaron sobre la piedra del altar.

No fui capaz de responder.

La garganta me ardía demasiado.

Xipe observó mi silencio durante unos segundos antes de deslizar la mirada lentamente por mi cuerpo desnudo.

—Cuando termine la Consagración, Los Desollados contemplarán el nacimiento de la verdadera Perla Blanca.

Entonces los hombres comenzaron a murmurar.

Rezos.

Decenas de voces bajas pronunciando plegarias al mismo tiempo mientras me observaban desde abajo con algo peligrosamente parecido a la devoción.

Y fue ahí cuando el miedo cambió de forma dentro de mí.

Porque comprendí que ninguno de ellos creía estar haciéndome daño. Comprendí que a pesar de haber sobrevivido a todas las serpientes, probablemente acabaría muriendo en las manos suaves y cuidadosas de una mariposa.

«¿Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana?» — Isaías 14:12