El Colegio del Fin del Mundo 18. La Combinación Incorrecta #2
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18. La Combinación Incorrecta #2

A los ojos de Desdémona, y sin considerar alguna otra evidencia, el ser parecía más bien un gigante monstruoso y no un ser avanzado, pero su vestimenta le decía lo contrario.

El extraterrestre tenía ropajes oscuros que cubrían casi todo el cuerpo, a excepción de las múltiples protuberancias y los tentáculos.

Estas ropas estaban a su vez completamente cubiertas de símbolos de color blanquecino y fulgurante que no se parecían a ningún otro símbolo conocido por Desdémona.

Parecían estar vivos porque se movían por toda la superficie del traje sin detenerse ni chocar entre sí.

Si acaso esos movimientos eran propios o pre-ordenados, aquello no era evidente.

Desdémona notó al acercarse que dentro había una niebla verduzca casi imperceptible alrededor del cuerpo tal vez para preservarlo.

La urna tenía sobre sí pequeños símbolos que cambiaban de posición de cuando en cuando haciendo un ruido semejante a un chirrido metálico y sobrecogedor.

Daba la impresión de que su propósito era contar algo.

Acaso, en su disposición inconstante y en el horrible sonido que hacían al moverse, había una historia secret a

Lo más extraño de aquella visión era esa aura imperceptible que venía desde el cuerpo, esa impresión de que el ser no era un individuo cualquiera sino un alguien sagrado, una especie de santo de las estrellas a pesar de su singular aspecto.

Aún más allá y atrás de la urna se veían artefactos tan descomunales como el ser y que por su complejidad sin duda solo podían ser operados por alguien de su raza.

Desdémona se preguntaba si todas eran simples herramientas.

—¿Y si algunas son armas? —murmuró.

—Un par de ellas lo son —le contestó una voz

Al darse vuelta, Desdémona se encontró con un hombre de una vejez extrema cuya boca de dientes obviamente falsos le sonreía.

Su cuerpo endeble se veía cubierto con una túnica tosca, sucia, apenas sostenida en la cintura por una soga amarillenta.

Sus cabellos desordenados eran largos y muy blancos y en sus ojos azules y cansados y su piel sin color se veía que este anciano tenía un mal que ninguna ciencia humana o sobrehumana podía ya curar.

—¿Quién es usted? ¿De dónde ha salido? —preguntó alarmada por no haberse dado cuenta de la presencia del anciano.

—Mi nombre es... o al menos fue Geoffrey of Longbridge, un antiguo navegante y científico al servicio de la corona inglesa y, soy como vos, un guardián de la justicia.

Hace mucho tiempo cuando visitaba las Encantadas, sentí el mismo llamado que os condujo hasta aquí.

¿Buscabais una respuesta, no es cierto? —preguntó el anciano.

—Sí, pero no creo que la respuesta que estaba buscando esté aquí —respondió ella.

—Está aquí porque lo que vos deseáis es justicia y el único que puede traer justicia a este mundo es el Todopoderoso.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto?

—Mucho —contestó el anciano—, pues todo este lugar fue construido para servir al propósito de Dios.

Veréis, intrépida doncella, cuando llegué fue porque el habitante anterior de este lugar, aquel ser venido de las estrellas que veis en esa urna, me había llamado.

Sabía, como yo ahora, que su momento estaba cerca y necesitaba que alguien continuase su tarea.

—¿Cuál tarea? —preguntó Desdémona sin creer del todo al anciano, pero sintiendo curiosidad por lo que tenía que decir.

El anciano fue hasta un asiento cercano tallado en piedra, suspiró con fuerza, y se sentó. Sus ojos se cerraron como si no quisieran volver a abrirse.

—Encontrar la forma correcta de invocar a Dios —dijo luego de abrir los ojos—, lo que todas las religiones a través de la historia han tratado de lograr sin éxito.

El ser de las estrellas creó este lugar secreto en este mundo, nuestro mundo, oculto en el brazo de una pequeña galaxia para así no ser molestado.

Seguro entonces de que nada le interrumpiría, el ser de las estrellas talló en piedra los símbolos que están allá.

Desdémona miró al sitio al que el anciano hacía mención.

Había miles y miles de signos tallados en rocas pequeñas de un color inusual regados por doquier.

El aspecto de las rocas delataba que eran material de este mundo, pero los signos en ellas no lucían como algo hecho por seres humanos pues más de uno mostraba agujeros, oquedades de todo tipo que, alternadas con protuberancias, anunciaban significados de gran complejidad.

—Los signos...—continuó el anciano— si son ordenados apropiadamente pueden formar una palabra que invoca a Dios. Para hacer esto correctamente hay que insertar los signos en el tablero que está en el centro de este salón.

—¿Qué palabra es esa?

—Es su nombre, el nombre secreto de Dios, el verdadero.

—¿Pero ese no es Jehová, o Alá, o…?

—Esos son nombres que el hombre le ha dado a Dios, ninguno de ellos acertado. Y ahora, por favor, buscad el tablero.

Desdémona se acercó al centro sin comprender.

Aparentemente, ahí no había nada, pero se acercó movida por la curiosidad más que por otra cosa.

Al hacerlo, encontró un tablero rectangular, grande como una mesa, que aparecía cuando alguien se le aproximaba y que desaparecía si se alejaba.

En la superficie del tablero, oscura y sin embargo perfectamente visible, había toda suerte de orificios que eran donde seguramente encajaban las piezas con los signos.

—Un cierto número de piezas puede ser insertado cada vez y en cierto orden.

Las posibilidades son casi infinitas. Cuando el ser llegó y comenzó, Roma aún era el imperio más grande del mundo, y cuando finalmente me llamó, yo era doscientos cincuenta años menos viejo de lo que soy ahora.

El ser insufló energía en mi cuerpo y esa ciencia me ha mantenido vivo aún todos estos años, pero incluso con su portentoso conocimiento, se puede existir hasta cierto tiempo y yo ya no puedo.

Traté, pero no, ahora vos habéis de continuar mi labor. Tomad.

Le extendió un papel con un número de combinaciones escritas con tinta. Desdémona hizo un gesto antes de extender la mano lentamente para recibir el papel.

“Esto es una completa locura”, pensó.

—Es probable que parezca una locura, pero no lo es.

Ella enarcó las cejas al entender lo que había pasado.

—¿Usted puede leer la mente?

—¿Leer? No. Recibir los pensamientos que las personas dejan en el aire, sí. Es como si los escuchara y es algo sobre lo que no tengo poder.

—Pues entonces, si es que me ha escuchado, debería saber que tengo hambre y sed y que me vendría bien poder descansar un rato.

—Debéis perdonarme. La energía que me mantiene vivo sacia la sed y calma el hambre sin tener que beber y comer. Me gustaría poder ofreceros algo, pero no puedo .

—Despertarme y descubrir que este es el sueño más loco que he tenido sería suficiente.

—Pero no lo es, ¿verdad? Los portentos que nos rodean son reales.

Pasaron días antes de que yo mismo aceptara que este sitio era real y no una alucinación.

Cuando entendía lo importante de mi misión, la cometí sin dudar, pero ya a punto de acabar soy yo quien está acabado.

Necesito, pues, a una persona como vos, un adalid de la justicia.

Por eso, usé lo que me quedaba de energía para llamaros.

Vos estábais más cerca. Incluso ahora uso algo de esa energía para hablar con vos, para que me podáis entender, pues no conozco vuestro idioma sino el inglés antiguo y el latín.

—Es verdad —murmuró Desdémona, quien ahora entendía que el llamado poderoso de antes había sido mental.

—He logrado reducir el número de signos a ser usados —dijo con una voz que desfallecía—.

Y en ese papel están las combinaciones que ya usé.

Calculo que quedan alrededor de cincuenta por intentar y una de esas, sin duda, es el nombre de Dios.

Haced la combinación correcta, llamad a Dios y traed justicia a este mundo. Prometed, por favor.

“¿Será posible que esto sea cierto?”

—Lo es. Buscad en vuestro corazón. Dios tiene caminos misteriosos y propósitos secretos para cada uno de nosotros.

“Eso es algo que el padre Roland diría. ”

—Sin duda, era un hombre de Dios.

—No creo que se pueda decir de mí que soy una persona cercana a Dios.

—Mi debilidad… no me da tiempo… Si lo tuviera, os podría demostrar que dentro de vos mora el poder más grande… el de querer obrar lo correcto… el de querer ayudar a quien lo necesita.

Desdémona esta vez no pensó nada para que el anciano no la escuchara. Miró una vez más a los ojos cansados de quien le rogaba aquel favor improbable y al hacerlo, recordó a su padre.

—Está bien. Cumpliré su última voluntad.

Geoffrey of Longbridge se permitió sonreír. Casi no tenía dientes y las arrugas poblaban su boca, pero Desdémona nunca había visto tanta paz en aquel gesto.

—Os agradezco, dama de la justicia.

Desdémona se limitó a suspirar con resignación.

—¿Le digo algo? En el mundo de hoy, hay máquinas que pueden hacer estas combinaciones en segundos. ¿Por qué las máquinas del extraterrestre no pudieron?