18. La Combinación Incorrecta
D esdémona Andrade habría pagado lo que fuera por una bebida energizante en esos momentos, pero ni su agotamiento ni el sol persistente de aquel día le harían desistir de su empeño.
Desdémona era una oficial de policía recientemente asignada al departamento de Investigación Criminalística por sus cualidades altamente encomiadas por sus superiores, siendo estas: persistencia, inteligencia y un extraordinario sentido de la justicia que la guiaba a donde fuera.
Hubiera podido tener éxito en cualquier carrera, pero había preferido la única profesión que le permitía castigar no al simple criminal sino a aquel cuya captura representaba un reto verdadero, aquel que era lo suficientemente astuto como para no dejar huellas tras de sí.
Su obsesión era llevar a la justicia a los individuos que, presumiendo de su inteligencia, pretendían matar y robar sin ser jamás castigados, y eso era lo que le ofrecía ser oficial de policía.
Tan grande era su deseo que precisamente en esos momentos investigaba un caso cerrado hacía años, un crimen jamás resuelto, y lo hacía en su tiempo libre.
Estaba ahora sobre un cerro sin nombre en la cordillera de Chongón-Colonche.
Había llegado hasta un poblado cercano siguiendo las pocas pistas aún existentes del crimen que investigaba.
Interrogando a uno de los lugareños, se le había ocurrido mirar hacia los montes pelados de la diminuta cordillera, visibles a lo lejos, y fue entonces cuando sintió una especie de llamado poderoso que en esos instantes ingenuamente confundió con una intensa corazonada.
Sin importarle nada más, sin darle un minuto de meditación a la naturaleza de aquel impulso, ella había partido hacia las elevaciones en el horizonte.
Tras varias horas había llegado a un lugar desconocido, a ese momento en que el cuerpo le pedía que se detuviera.
Su buen juicio le indicó que estar ahí no tenía sentido y, sin embargo, Desdémona no escuchó, diciéndose que no había llegado tan lejos para regresar a Guayaquil sin haber conseguido nada.
Tomó el último sorbo de agua que le quedaba en su cantimplora y con las contadas gotas que quedaron en su mano se mojó el cabello que tenía recogido por el calor que hacía.
“O es esto o no es nada”, pensó con decisión.
Ya no había retorno para ella. Fuese lo que fuese lo que le esperaba, si la muerte o la consecución de las claves del misterio que perseguía, eso no le importaba.
Su deseo era seguir, terminar su tarea. Anduvo un rato más, rodeando el cerro y al mismo tiempo siguiendo un sendero invisible en medio de arbustos, hierba y pequeños insectos que la seguían molestándola todo el tiempo.
En eso, todo pareció cambiar pues ya no hacía más calor ni el sol era tan brillante.
Había llegado a una planicie, un claro singular semejante a un círculo donde no crecía absolutamente nada y el terreno era tan llano que ni piedras había.
Avanzó con algo de temor en su corazón, de la mano de esa entereza que jamás le abandonaba, hasta que halló un orificio en medio del claro, una abertura que, sin ser amplia, permitía el paso de una persona.
Por un rato, Desdémona se quedó sin saber qué hacer.
La razón le decía que eso no estaba conectado con el caso que estaba investigando, pero le intrigaba que no hubiera señales de vida.
Esa parte era un sitio tan opresivamente solitario que incluso extrañó la presencia de los insidiosos insectos que la habían estado molestando antes de llegar ahí.
Para ella, una planicie tan perfecta era posible gracias a la acción de algo o alguien más poderoso que las fuerzas de la tierra.
La idea de estar ante algo que no comprendía la hizo estremecerse, pero el llamado seguía ahí.
La había estado guiando hasta ese sitio y aún insistía en que continuase.
Era innecesario: su curiosidad la carcomía y la hacía olvidarse de todo lo demás.
―Es el destino ―sentenció hablando para sí y entró en la abertura sin mediar más.
Descendió sorprendida de su propia habilidad para hacerlo y de aún tener energías luego de su arduo viaje.
Era delgada y se mantenía en forma como se lo exigía su institución, pero no era, ni había sido nunca, una atleta consumada.
A esa profundidad el oxígeno debía haberse enrarecido y eso no había pasado luego de casi media hora de descenso.
En medio de la oscuridad se llamó “loca” a sí misma y se preguntó si su padre le habría llamado de la misma manera de saber que se encontraba en semejante situación.
Era él quien le había criado, pues su madre los había abandonado y emigrado a otro país cuando ella aún era pequeña.
Aquel hombre que llegó a ser coronel de la policía se había desentendido de sus obligaciones para dedicarle a su única hija el tiempo que de otra manera no habría podido darle.
Había muerto un año antes, dejando a Desdémona sin la brújula que siempre le había guiado.
Desde aquel acontecimiento ella había estado descendiendo como lo estaba haciendo ahora, al ir por la vida dejándose llevar por sus propios impulsos.
No había sido una gran alumna en su colegio, el Nuestra Señora , pero luego de graduarse se inclinó por estudiar en la academia de policía a pesar de la oposición inicial de su papá, quien hubiera querido algo menos riesgoso para ella.
Fue la única vez en que no le hizo caso.
Estudió con entereza y se graduó con honores antes de cumplir los veinte.
“¿Qué estoy haciendo ahora, papá? Dime.”
Se detuvo con la idea de regresar por donde había venido, pero entonces tocó fondo.
Sus pies habían topado con algo firme y al hacerlo algún mecanismo pareció accionarse en algún lado en virtud de su llegada y al poco una puerta disimulada en frente de sí se abrió revelando un largo pasillo que al final dejaba ver una luz.
Desdémona caminó casi maquinalmente en dirección a la luz con el corazón latiéndole cada vez más fuerte al haber entendido que buscando las claves de un misterio había desentrañado otro más grande.
Al llegar a la luz, encontró algo cuya comprensión se le escapaba.
Había ingresado a una cámara cuyos confines trató de encontrar sin lograrlo.
Sus paredes y techo de roca eran lisos, cubiertos con imágenes tridimensionales que cambiaban mostrando escenas de un mundo que no era la Tierra.
En el aire, por encima de su cabeza, aparecían y desaparecían una y otra vez, escenas de una civilización tan avanzada que para servir a sus máquinas poderosas utilizaba estrellas enteras para alimentarlas.
Para los miembros de tal civilización, un solo planeta no era suficiente y por ello, otros planetas habían sido forzados a juntarse y formar un cúmulo que se mantenía unido por puentes llenos de luz.
Ellos habían eliminado a la noche: su cielo estaba perennemente lleno de la luz colectiva de soles de diversos colores y tamaños.
Tales escenas y sus sonidos, ininteligibles para el oído humano, pesaban fuerte en el espíritu de Desdémona, pues eran abrumadores.
No eran sólo esas imágenes y sus sonidos el único secreto de aquella estancia desconocida, sino que también al fondo, en una gigantesca urna hecha de un material transparente, estaban guardados los restos de un miembro de aquella raza capaz de poner al firmamento a su servicio.
Desdémona se acercó a la urna para ver el cadáver de aquel ser.
Se veía dentro a un humanoide ciclópeo, tan alto como un edificio de dos pisos, y tenía tres rostros, cada uno de los cuales estaba cubierto por una máscara metálica.
La del centro parecía tener ojos enormes y en medio, una serie de finos tabiques que se alargaban hasta un poco más arriba de un orificio ahora cerrado que era acaso una boca.
El rostro de la derecha era monstruoso pues tenía un sinnúmero de ojos y una oquedad enorme que oblicua mostraba una dentadura triple de hojas aserradas que pasaban por dientes, siendo en conjunto un cuadro que notablemente parecía destinado a expresar agresividad y odio extremos.
El rostro de la izquierda era en cambio hermoso, aun cuando no tenía ojos, nariz o boca, sino que había una sola línea continua la cual dibujaba una expresión tan amable como diáfana.
La piel del ser parecía ser escamosa y sin pelos, pálida, verdosa y aparentemente muy gruesa.
El cuerpo del ser presentaba protuberancias óseas en cada parte las cuales salían de entre la piel misma.
Algunas terminaban en puntas; y otras eran simplemente redondas, más grandes o más pequeñas, como diseñadas al azar.
Caminó alrededor de la gran urna y de esa manera pudo apreciar mejor la forma del extraterrestre muerto.
El tronco era su parte más voluminosa. El tórax era más ancho que el resto con un espinazo notoriamente grueso que se volvía una cola que llegaba al suelo.
De toda esa parte del cuerpo salían centenares de minúsculos tentáculos cuya función específica Desdémona no pudo discernir.
Tenía cuatro brazos igualmente largos, dos en cada lado del pecho, largos y redondeados como columnas, los cuales parecían ser el soporte principal del inmenso peso de aquel cuerpo mientras un par de extremidades inferiores, más pequeñas, pero más gruesas, ayudaban a sostener el resto.
Sus manos eran relativamente pequeñas, no así sus pies, que eran alargados y de fuerte apariencia.
En ambos casos, largos dedos con sendas garras de intenso color carmesí remataban las manos y los pies del ser.