El Colegio del Fin del Mundo 17.  El Secreto de la Profesora Ruthdaela Loor
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17.  El Secreto de la Profesora Ruthdaela Loor

R uthdaela Loor aparentaba tener cincuenta y cinco o cincuenta y seis años y afirmaba haber comenzado su labor de enseñanza desde los dieciocho.

Mientras otros a esa edad ya acarician la idea de jubilarse, Ruthdaela en cambio no veía la hora de seguir enseñando.

Soltera y sin hijos, su trabajo y sus alumnos parecían ser su única devoción.

Menudita de talla, aún delgada y con gruesos lentes iba sonriente de curso en curso siempre cargando una taza llena de té que con cuidado y destreza lograba llevar a su escritorio sin derramar una gota.

Daba clases de Realidad Nacional a todos los cursos del colegio Nuestra Señora, así que todos los alumnos la conocían y curiosamente la adoraban también.

Simplemente no había clase como la clase de Ruthdaela quien le ponía toda su energía y vitalidad a todo lo que enseñaba y terminaba por consecuencia contagiando esa misma energía y vitalidad a sus propios alumnos quienes la habían elegido más de una vez como la mejor profesora del colegio.

El secreto de la incansable Ruthdaela era insondable.

Mientras otros para este tiempo declinan y se fosilizan en rutinas falsamente seguras, ella seguía mejorando y además tenía un “don de gentes” extraordinario gracias al cual sus compañeros en lugar de caer en el bajo y secreto acto de la envidia la estimaban y hasta admiraban.

Era la última hora de un viernes y los alumnos de su clase habían movido las bancas para dejar el centro de la clase libre.

Estaban separados en dos bandos, cada uno con un papel que contenía las líneas que habían de recitar pues estaban escenificando ni más ni menos que la batalla de Junín.

En el centro de uno de los bandos uno de sus alumnos se dirigía al que era su “ejército”.

—¡Colombianos!

—Con más énfasis, Julián, y mirándolos a los ojos —le indicó Ruthdaela—, recuerda quién eres ahora: eres su general, eres Simón Bolívar.

El muchacho pareció inspirarse, su tono de voz cambió mientras los otros en serena admiración callaban al ver a su compañero quien, en verdad, se veía diferente.

—¡Colombianos, en cien crudas batallas vencedores!

Mirad allí los enemigos fieros que buscando venís desde Orinoco: suya es la fuerza y el valor es vuestro, vuestra será la gloria; pues lidiar con valor y por la patria es el mejor presagio de victoria.

¡Acometed, que siempre de quien se atreve más el triunfo ha sido!

¡Quien no espera vencer, ya está vencido!

—¡Bravo! —gritó Ruthdaela al tiempo que los otros chicos aplaudieron— Muy bien, Julián…esa fue parte del di scurso que dio Bolívar a sus tropas antes de la batalla de Junín que ganó… ¿quién creen?

—¡Los patriotas! —respondieron en coro los muchachos.

—Bien. Ahora…—pero Ruthdaela no pudo continuar porque el timbre de salida sonó y todos debían regresar a casa.

Los chicos que estaban disfrutando de la actividad se lamentaron, pero había sido una jornada larga. Cogieron sus cosas y se despidieron de su profesora, que sonriente y muy fresca los vio irse, parada a un lado de la puerta, y aún se dio tiempo para echarles un cumplido.

—¡Lo han hecho muy bien, todos lo hicieron muy bien! ¡Tengan un hermoso fin de semana y descansen mucho!

Luego de que el último alumno se despidiera alguien más estuvo ahí para hablar con ella: el anciano padre Roland, el rector fundador de Nuestra Señora.

—Ah, Ruthdaela, chère , realmente yo también quisiera ser un alumno más en tu clase. Eso estuvo magnifique.

—Oh, gracias, padre — respondió Ruthdaela tomando un poco de su infaltable té—, pero no me diga que estuvo observándonos todo el tiempo.

—No pude dejar de quedarme. Aún creo que debes de tener un secreto en alguna parte. Mientras que otros ya “están tirando la toalla”, tú sigues adelante y no creo que sea ese té que tomas la causa de tu vitalidad.

—¡Oh, por supuesto que es el té! — respondió ella aún más sonriente .

—Sí, claro. Bueno, tengo que firmar unos documentos importantes. S'il vous plaît , nunca dejes de hacer tus clases lo que son ahora: una maravilla

—Es una promesa, padre.

Cuando el padre Roland se fue a su oficina, Ruthdaela recogió sus cosas para más tarde salir del colegio.

Fue hasta su carro y encendió el aire acondicionado a pesar de que estaba fresco afuera.

Manejó hasta la autopista más cercana llamada simplemente vía a Daule, hasta el emplazamiento de una empresa llamada Luminotec, una de las más importantes en Guayaquil.

Entró al parqueadero de esta compañía, pero no fue ella a quien se vio bajar de su carro una vez que estuvo ahí.

En su lugar, salió una rubia muy alta quien no era ecuatoriana ni tampoco Ruthdaela, pero asombrosamente llevaba su misma ropa.

Con andar despreocupado, la rubia caminó hasta el edificio principal de las instalaciones Luminotec, entró en el lobby y se presentó en la recepción hablando con un fuerte acento que la delataba como ciudadana de la República Federal Alemana.

—Buenos días. Vengo a ver al señor Erick Van Holden.

—Buenos días… ¿De parte de quién le digo? —pregunta la recepcionista.

— Zelda Kauffmann.

—Bien. Le atenderá a pesar de que no estaba en su agenda —dijo la recepcionista luego de unos segundos—. Último piso por el ascensor a su derecha .

La persona que debía ser la profesora Ruthdaela Loor y que se identificó como Zelda Kauffmann fue hasta el último piso donde la secretaria del señor Van Holden la anunció a su jefe.

Luego la rubia entró con toda naturalidad como si ya antes hubiera estado en ese sitio.

Se sacó las gafas, saludó y dejó ver sus hermosos y profundos ojos azules.

Sentado frente a ella y con mirada de curiosidad estaba el señor Van Holden, el presidente de Luminotec, quien al verla entrar le pidió que tomase asiento, a lo que ella accedió de inmediato.

—Bien —dijo él—, usted ha pedido verme. Le confieso que no suelo recibir visitas de completos extraños, pero por su nombre reconocí en usted a una persona quien, como yo, pertenece a la comunidad europea.

—¡Es gracioso! —dijo Zelda riendo— Cada vez que vengo, usted me dice algo distinto, aunque siempre trata de ser amable.

El señor Van Holden no dijo nada en un principio, pero luego reaccionó.

—Disculpe, pero esta es la primera vez que nos vemos.

—Tal vez para usted, señor Van Holden —dijo la joven alemana—, y eso es porque usted pierde la memoria de nuestra visita una vez que me voy. Además, no presuma diciendo que he venido a verle a usted. Estoy aquí para hablar con alguien más importante.

—¡Creo que no entiendo…! —dijo Van Holden en voz alta enarcando sus cejas en señal de claro disgusto .

—No tiene que entender nada…—respondió la joven— Expergo, monsieur La Condamine.

El señor Van Holden había extendido la mano pensando en llamar al servicio de seguridad y hacer sacar a esta insolente señorita que le había venido a importunar.

No llegó a terminar ese acto. En su lugar, se quedó con el brazo extendido y con su expresión de enojo congelada en el rostro.

Permaneció así por un momento y volvió a su sillón luciendo bastante relajado, sin embargo, su presencia era distinta: la forma de sentarse, de entornar los ojos, y sonreír no son como antes.

Su acento holandés ya no estaba, reemplazado por el de otro país europeo.

—¡Frau Koeffmann, qué gusto verla! —dijo Van Holden.

—Monsieur La Condamine…

—Iba a manifestarme cuando usted pronunció el comando expergo . Lo siento. Es que sentí curiosidad por saber hasta dónde podría llegar Van Holden. El pobre… ¿qué haría de saber que tiene la conciencia de un muerto metida en su cabeza?

—¿O qué diría el padre Roland si supiera que su profesora más destacada en realidad soy yo?

—dijo la joven alemana al tiempo que los músculos, huesos y órganos dentro de su cuerpo comenzaron a moverse como si hubieran escuchado un comando silencioso que los obligara a replegarse, a unirse, a cambiar de tamaño, y también su piel casi translúcida se oscureció, su cabello rubio se hizo castaño y sus ojos cual zafiros se volvieron de un ámbar prístino.

—Usted y yo somos seres únicos, monsieur La Condamine.

—En verdad…—dijo La Condamine con una sonrisa— Esa habilidad suya es tan perfecta que incluso el buen padre Roland con su don de la Claridad jamás ha podido ver quién es usted incluso después de todos estos años.

Ni él ni ese guardián que se esconde en la forma de un humilde portero.

Yo mismo en ocasiones me pregunto si Zelda Kauffmann es en realidad su personalidad original, frau.

—A través de los siglos he cambiado mi cuerpo tantas veces que yo misma tengo problemas en recordarlo con exactitud.

—Interesante. Bueno profesora Ruthdaela, cuénteme de sus alumnos. ¿Hay alguno que se destaque entre los nuevos?

—Uno de los nuevos habla solo pero no creo que esté esquizofrénico.

—¿Sugiere que puede hablar con los fantasmas? ¿Será él el siguiente señor de los espíritus? Eso podría ser un problema.

—Bueno ya ve que pensamos eso mismo de Judith quién resultó ser más bien una víctima.

—De todas formas, vigílela. Eso de que tiene un ángel guardián indicaría que ella…

—¿Está bendita desde su nacimiento? Pero eso no se ha visto en siglos.

—Podría pasar. Muchas cosas están pasando en esta parte del mundo y es por eso por lo que existimos.

No podemos dejar a todos estos individuos andar por ahí sin ser vigilados sobre todo en un país como este en que pasan tantas cosas sin que la gente se dé cuenta.

Y tenemos que ser especialmente cuidadosos porque las señales de que hay otras fuerzas aparte de la nuestra actuando aquí mismo, son cada vez más claras.

—¿Se refiere al caso del niño tuerto? Me asusta estar cerca de él y que algo me asuste luego de haber vivido tanto no es algo bueno. ¿Qué piensa hacer?