16. La Decisión de Manuel De Santis
M i nombre es Manuel De Santis y soy alumno de tercero de diversificado del colegio Nuestra Señora.
Al momento tengo diecisiete años y muchas cosas en las que pensar.
Antes mi vida era muy diferente porque todo en ella era muy predecible y, por ello, tremendamente aburrida.
Hoy es diferente pero no necesariamente mejor.
Hace un año caminando de regreso a casa me encontré un halcón muriéndose en medio de la acera.
Tuve suerte y encontré a su dueño a tiempo y él logró salvarle la vida.
A cambio, este señor me mostró su hogar y me ofreció su amistad.
Su nombre era Isaías Wright, el eminente arqueólogo que murió recientemente, y tenía en esos momentos setenta y nueve años.
Obviamente las posibilidades de que nos volviéramos amigos eran casi nulas, pero el hecho se dio y nos volvimos buenos amigos.
A partir del día siguiente visité al anciano cada tarde.
Tengo que confesar que no lo hacía en aras de la amistad: para mí entrar en esa casa era como ir a Wonderland.
Por primera vez tenía algo verdaderamente interesante que hacer: aprender de alguien que no era un simple maestro de escuela, sino un hombre que había trabajado en excavaciones, museos y expediciones reales.
Aprendí más de lo que había aprendido en toda mi vida hasta ese momento y aún desearía haber aprendido más de aquel hombre excepcional, pero él ya murió.
Ayer en la mañana ya habían pasado dos días desde su muerte y me encontraba desayunando con mis abuelos.
Siendo sábado por la mañana, lo único bueno es el desayuno un poco más sustancioso que de costumbre y lo malo es que mi abuelo se pone a recordar en voz alta los días de su niñez cuando vivía al pie del mar en algún pueblito pequeño llamado Manglaralto.
Cada vez que lo hace, mi abuelo espera que lo escuche y lo hago, pero mi mente simplemente estaba en otras cosas.
Al verme, mi abuelita me preguntó preocupada qué me pasaba.
—Nada, abuelita —dije.
— ¿Pero cómo que nada? ¿Cómo va a ser que nada te pase? Imagina toda esa responsabilidad que te ha echado encima ese hombre antes de morirse y tú, hijito, has aceptado sin saber en qué te estabas metiendo. Por eso estás así, mijito, porque no sabes qué hacer.
Le sonreía a mi abuela porque sentí que era todo cuanto podía hacer.
Ni ella ni mi abuelo tienen manera de saber lo que en realidad me pasa y es que tengo un secreto.
En ese momento no era sino una incógnita, una astilla en mi curiosidad que debía sacarme a toda costa y estaba dispuesto a hacerlo a pesar de que a la vez me parecía la cosa más ridícula.
Mis abuelos no tenían manera de saber que me habían sido dados tres objetos de la misma clase, cada uno con el mismo poder fabuloso, o al menos así me lo aseguró el señor Isaías Wright antes de morir.
Los objetos que menciono son los sellos de Anubis.
Se llaman así porque fueron creados en el Egipto de los faraones por un tal Hermes Trismegistus (me tomó tiempo aprender ese nombre), quien para ello había invocado el poder del dios con cabeza de chacal, Anubis, el señor de la muerte y resurrección de acuerdo con la mitología egipcia.
Yo no lo quería creer y no lo creía en ese momento, pero tener los tres sellos era como tener una comezón en la oreja: tenía que rascarme y además no pasaba nada si lo hacía, aunque, bueno, eso no lo sabía del todo.
Y ese era el punto: quería saber. Era como tener el billete ganador de la lotería, pero no creerlo hasta que te den el dinero.
Bueno, yo quería tener el dinero en la mano, pero antes debía comprobar que la información era correcta.
Luego del desayuno, fui a mi habitación donde me encerré la mayor parte del día y salí apenas para almorzar.
Estuve todo el tiempo en mi cama mirando el techo, pensando, pensando nada más que pensando.
Ya en la noche decidí salir. Les dije a mis abuelos que saldría al cine, lo cual era algo que solía hacer cuando estaba aburrido.
En realidad, lo que hice fue tomar un bus de esos que recorren casi toda la ciudad.
El que tomé pasaba cerca de un cementerio.
Esta ciudad cuenta con cinco cementerios si acaso no son más, y eso te hace pensar.
Hay más gente muerta que viva y cuando todos dejemos de existir definitivamente el mundo de los muertos estará superpoblado, más allá de su capacidad.
Los demonios y los ángeles tendrán entonces que mudarse para hacerles espacio a todas esas almas.
Yo salí con el propósito de traer una de esas almas de vuelta y con ello en mente iba hacia el cementerio más importante de la ciudad, el más poblado de muertos.
Pensaba bajarme y convencer de alguna manera al guardia de alguna de las puertas del cementerio para que me dejara entrar.
Tenía que probar uno de los sellos cuando menos.
Así pues, una cuadra antes de llegar a la famosa ciudad blanca me bajé del bus.
En eso un grupo de nubes tapó las pocas estrellas que se veían y después comenzó una llovizna muy leve.
Me había olvidado de mi paraguas y, con solo un abrigo muy delgado, sin duda cogería un resfrío si caminara bajo esa lluvia, incluso si esta era muy leve.
Me pregunté a mí mismo para qué había ido hasta ese sitio.
Ya iba a continuar mi camino cuando escuché sonidos que al principio no pude identificar.
Me detuve y me di vuelta. Estaba en una esquina y, siendo ya de noche, las únicas luces encendidas eran las del alumbrado público y las de una casa a media cuadra de ahí de donde al parecer también venían los sonidos que antes había percibido.
El corazón me empezó a latir repentinamente con fuerza y me vi caminando hacia la casa sin saber por qué lo hacía y en eso los sonidos de antes comenzaron otra vez, ahora con más nitidez.
Cuando me di cuenta de que estaba pasando, sentí mi piel erizarse, pues aquellas eran voces humanas gritando, lamentándose y la razón de sus lamentos era terrible.
Maquinalmente entré y vi un cuadro que permanecerá por siempre en mi memoria, pues nunca he visto tanto dolor y tanta tristeza en un mismo sitio.
En la sala de aquella casa estaban los padres de un pequeño bebito de piel muy pálida, quien no lloraba ni se movía aun cuando sus padres lo besaban y lo abrazaban alternativamente con la esperanza de que el pequeño niño reaccionara.
Alrededor de ellos, llorando ante tan triste cuadro, estaban los otros familiares.
Fue entonces cuando entendí por qué estaba ahí. Pensé tan rápidamente como pude. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo debía actuar? Decidí que lo mejor era dejarme llevar por lo que dictara mi corazón y así entré con el plan más descabellado en mente, el único que se me ocurrió en ese momento.
— Perdón, perdón, buenas noches. Yo soy doctor, no…estudiante de medicina y he visto estos casos antes. Sí, se engañan; es una confusión lógica, qué pena, pero común. El niño está en estado de… mortis apparentis , es decir, muerte aparente. Sí, dénme al bebé por un momento, por favor.
Ninguno de los presentes acertó a reaccionar.
Simplemente me vieron entrar y escucharon mis palabras atropelladas e improvisadas sin entender del todo.
Era ese efecto precisamente en lo que estaba contando y que me sirvió para que los propios padres no se opusieran cuando tomé al niño muerto en mis brazos.
Actué tan rápido como pude y subrepticiamente saqué de uno de mis bolsillos el sello de Anubis que había traído sin pensarlo, sin usar la razón que me hubiera dicho que estaba loco por proceder así.
En mi mente tenía clara la recomendación que me había hecho el señor Wright de que debía romper el sello cuando menos a un metro de distancia del cuerpo de quien pretendía resucitar.
No quise que los allí presentes vieran los sellos, así que rompí uno sin que nadie llegara a verlo.
Ver al poder del sello obrar su influencia es fascinante.
El cuerpecito estaba descolorido, frío, sin señal alguna de vida.
Desconocía la razón de la muerte del pequeño, tal vez había sido algo repentino o simplemente el acto final de alguna cruel enfermedad, pero cualquier cosa que hubiera sido, el poder del sello superó lo que aquel mal había hecho.
Luego de apenas un instante sentí la sangre dentro del bebé volviéndose líquida una vez más para poder circular y pude oír su corazón diminuto volver a latir con vigor.
El color volvió a sus mejillas e incluso su cabello deslucido brilló de nuevo.
Al ser yo quien sostenía a la criatura, era el único que veía estos cambios.
Los otros presentes hasta ese momento incapaces de reaccionar ante mi aparición y mi intervención, en cambio, empezaban a levantarse y a preguntarse si no era yo algún loco.
El sello estaba haciendo su efecto; sin embargo, no pasaba más.
Al ver la reacción de los familiares, me preocupé y hasta agité un poco al bebé, pero no pasó nada.
— ¿Quién eres, desgraciado, que vienes a burlarte del dolor ajeno? ⸺ dijo uno de ellos agarrándome por el cuello ⸺ Vas a ver lo que te va a pasar por venir a burlarte así del dolor de…
La sorpresa, si es fuerte y súbita, tiene el poder de detener a cualquiera.
Vi que el bebito había sido, y era, un bebé muy hermoso que cuando abrió los ojos me miró sin reconocerme y seguidamente lloró.
Es indescriptible el gozo y la alegría que ese llanto causó en todos los que estaban en esa sala, especialmente los papás del niño.
Pronto el energúmeno que me había amenazado me soltó y los padres tomaron al bebé mientras todos se juntaban para ver a la criatura que de alguna manera había renacido.
Ese fue el momento en que aproveché para salir, pues nadie me estaba prestando atención y sabía, sentía, que era mejor que nadie supiese lo que realmente había sucedido.
Salí pues, y empecé a correr sin dirección, sin saber qué hacía, mojándome por completo porque lo que había sido una llovizna se había vuelto entretanto un aguacero del que no me daba cuenta por el montón de cosas que en ese momento me cruzaban la cabeza.
No recuerdo bien qué hice después ni cuánto tiempo estuve en ese estado irracional sino hasta el momento en que me encontré frente a mi casa entrando con sigilo para no levantar a mis abuelos, yendo luego a mi cuarto mientras la luz de la mañana entraba por la ventana.
Me saqué mis ropas empapadas y me dejé caer sobre la cama diciendo para mí: “Es verdad, es verdad, sí funcionan.”
Mi abuela me despertó, asustada de que hubiese dormido tanto y dándome medicina contra el resfrío antes de que este se manifestase.
Al hablar con ella le inventé que al salir del cine había tomado un bus equivocado y sin darme cuenta terminé al otro lado de la ciudad y como no tenía más dinero y hasta había salido sin mi celular, no había podido avisarles y había tenido que regresar a pie.
— Hijito, es como te digo, tal vez podrías rehusarte a recibir esa herencia —dijo.
Pero no, nunca lo haré. Una vez que tenga dieciocho años, toda la propiedad del señor Wright pasará a mis manos. Antes de morir, el señor Wright me habló de una carta que me revelaba más secretos suyos. Si esto es cierto, tal vez hay más cosas como los sellos de Anubis esperando por mí.
Es mi destino poseerlas.
Y ahora estoy en este momento donde yo mismo no sé qué va a pasar.
A mi alrededor hay gran cantidad de gente yendo y viniendo.
En alguna parte un canillita anuncia que en los periódicos que vende hay la noticia increíble de un bebé que resucitó por la obra de “un joven estudiante de medicina” al cual están buscando para que declare si el niño en efecto estaba muerto.
Eso no pasará. No quiero esa fama ni nada por el estilo.
Yo solo quiero saber, pues eso es lo que me define.
Por eso estoy ante este museo municipal recién inaugurado y que, por conmemorarse un aniversario más de la independencia de esta ciudad, ha traído dos exhibiciones que jamás se han llevado a cabo aquí por el costo tan grande que representa contratarlas.
Una está dedicada a presentar los objetos y el cuerpo momificado de uno de los faraones más célebres de la antigua historia egipcia.
En la otra se exhibe el esqueleto completo y auténtico de un tiranosaurio rex.
Por mi parte tengo justo aquí los dos sellos de Anubis que me quedan.
Estoy afuera del museo decidiendo a cuál de las dos exhibiciones entraré primero. Y me pregunto, de veras me pregunto.