El Colegio del Fin del Mundo 15. Desdémona y Polifemo
75%

15. Desdémona y Polifemo

E ra tiempo de recreo en el colegio Nuestra Señora y todos los estudiantes habían salido para distraerse y olvidarse por un rato de tanto estudiar.

El colegio tenía un área inmensa que permitía a los chicos caminar, correr, hacer deportes de todo tipo, siempre bajo la mirada atenta y vigilante de los profesores de turno que se paseaban por uno y otro lado.

Aunque la mayoría andaba en parejas o en grupos, había estudiantes que preferían andar solos.

Uno de ellos era Polibio Ferrer, un niño a quien sus compañeros cruelmente apodaban Polifemo porque era tuerto.

Polibio había perdido uno de sus ojos en la más extraña de las circunstancias: durmiendo.

Un día había despertado y simplemente el ojo ya no estaba ahí.

El oculista al que le llevaron luego de verlo y decir lo que un montón de otros oculistas antes de él ya habían dicho (es decir, que no se explicaban lo que había pasado), le fabricó un ojo de vidrio cosmético, el cual Polibio detestó desde el primer instante.

No podía ver con él, ni moverlo, y aunque se había acostumbrado a tenerlo, aún le incomodaba llevarlo en su cuenca vacía.

Desde el día en que se levantó tuerto, Polibio prefería andar solo, hablaba poco y actuaba mucho menos.

Por los senderos del gran terreno del patio de recreo se le veía caminar con la cabeza gacha sin rumbo fijo como haciendo tiempo hasta que fuese el momento de regresar a clases.

A veces, por andar así y acaso también porque ya no veía tan bien como antes, Polibio terminaba en lugares donde no se había propuesto ir.

Aquel día estaba cerca de la cancha de fútbol donde jugaban los chicos más grandes, los alumnos de tercero contra los de segundo de bachillerato.

Quienes estaban cerca observando generalmente también estaban atentos porque alguno de los jugadores podía lanzar el balón en la dirección equivocada y el dolor del golpe podía durar varios días.

Sumido en sus pensamientos no había tomado ninguna precaución y no vio venir un balón hacia su cabeza con una velocidad y fuerza suficientes como para causarle una lesión bastante seria. Antes de que eso sucediera, un puño golpeó el balón devolviéndolo a quien lo había lanzado tan descuidadamente.

—Oye niño, ¿qué no viste que esa pelota te iba a pegar? —preguntó la persona que así había salvado a Polibio.

—¿Eh? ¿Qué cosa? ¡Oh…! —Polibio recién en eso miró y se dio cuenta de la que se había salvado— Fuiste tú…

—Desdémona Andrade. Así me llamo —dijo la persona que lo había salvado.

Era Desdémona una chica delgada y alta de cabello largo y azabache, tez pálida y mejillas rojizas.

—¡Gracias! —dijo Polibio al ver a su salvadora .

—Vámonos de aquí que esta tarea de brutos puede haber fallado ahora, pero pronto patearán de nuevo y esta vez puede que sea yo su próximo objetivo —y diciendo esto prácticamente arrastró a Polibio fuera del sendero que había estado siguiendo.

Polibio se dejó llevar asombrado de la atención que estaba recibiendo por aquella chica a la que había visto de lejos como miran todos los alumnos de cursos inferiores a los de cursos superiores pensando que nunca hablarán con ellos y que ni tan siquiera sus miradas se cruzarán y al mismo tiempo aceptándolo como algo perfectamente normal.

—Espérame aquí —le dijo la chica torbellino a Polibio quien sin saber qué hacer se quedó sentado donde ella lo había puesto que era en una de las mesas del bar del colegio.

Al poco rato, Desdémona apareció con dos vasos de chocolate frío.

—Es tu favorito, ¿no? —dijo ella poniendo uno de los vasos y un sorbete frente a él.

— Sí, pero… ¿cómo supiste? — preguntó Polibio— ¿Es que tienes poderes mentales?

—No nada de eso —contestó Desdémona sonriendo—, pero soy buena observando y la única vez que te vi aquí antes fue precisamente chocolate frío lo que pediste.

Polibio también sonrió sin saber por qué y sin saber por qué tomó de su vaso. Le pareció aquel chocolate el más sabroso que jamás hubiera probado .

—¡Qué sonrisa más linda tienes…!

—Polibio, así me llamo.

—Sí lo sabía, y antes de que me preguntes cómo, te diré que una vez entré desde mi computadora a la base de datos del colegio y vi tu nombre.

—¿Y qué tiene mi nombre?

— Que nadie más lo tiene.

—¿De veras?

—Sí, lo chequeé dos veces y nadie más tiene ese nombre.

—No lo que quería decir es que sí es verdad que pudiste entrar a la base de datos del colegio. Entonces, sabes mucho de las computadoras.

—Es verdad, no lo dudes —dijo Desdémona sonriendo ampliamente entre sorbos de chocolate que también ella parecía disfrutar—. Puedo hacerlo, lo he hecho muchas veces y he hecho muchas cosas más, aunque hacerlo esta vez me costó un poco

—¿Por qué?

—Es muy raro, había muchas más protecciones de las que esperaba, más de las usuales para solo un colegio común y corriente.

—Será porque este no es un colegio común y corriente.

Desdémona dejó de beber su chocolate y miró a Polibio con fijeza. Sus ojos se volvieron grandes como inmensas lunas oscuras.

—¿Has visto algo acaso?

—¿Algo como qué?

—Pues algo raro, alguna cosa inusual. Eventos fuera de lo normal que pasan aquí, en este lugar.

—He escuchado cosas, cosas sobre sucesos malos que le han pasado a estudiantes de aquí cuando han estado fuera del colegio, nunca adentro. Pero siempre he creído que son sólo habladurías.

—Claro, a pesar de que tienes ese ojo tan lindo no parece que seas muy observador.

—¿Te gusta mi ojo?

—Me gusta todo de ti, Polibio —dijo Desdémona con una sonrisa que parecía uno de esos amaneceres vívidos que sólo se pueden ver mientras se viaja por las estribaciones de las montañas.

—¿Gustar? ¿Cómo para que seamos novios? Creo que estás un poco grande para mí.

Ella rompió a reír. Polibio hizo un gesto de extrañeza y luego rió él también.

—¡Oh, pero si eres un amor! ¡No me equivoqué contigo! Tranquilo, Polibio, no es nada de eso. Aunque no tengo novio. Lo que quiero es que seas mi amigo. ¿Sí, precioso? ¿Podemos ser amigos?

—Claro, creo. Podemos ser amigos sobre todo si me explicas por qué quieres que yo sea tu amigo. ¿No tienes ya suficientes amigos? Siempre te veo con alguien.

—Hay gente superficial aquí, aunque no todos son así. Cuando vi tu foto en la base de datos sentí que no eras de esos, sentí mucha curiosidad por saber quién eras.

—Pero yo soy menor que tú. Bastante .

—¿Y? ¿Te importa eso? ¿No quieres que seamos amigos?

—¡No es eso! Sí, quiero ser tu amigo.

—Bien y cómo soy tu amiga te protegeré de ahora en adelante. ¿Te parece?

—¿Por qué lo harías?

—Aunque te parezca raro me gusta proteger, me molesta la injusticia. Tengo una obsesión por hacer lo correcto.

—¿Y qué tal si te haces policía?

—Probablemente. Quiero ser como mi padre que es admirado por todos porque él es, bueno, lo máximo en materia de policías. Quiero proteger al débil y de ese modo hacer la diferencia aun cuando soy mujer y en este país esta profesión es más de los varones. ¿Tú crees que pueda, Polibio?

—Creo que lo más importante es eso: quererlo con toda tu alma. Tú ya tienes eso.

—Bueno mi papá dice que hay más que eso.

—Tu papá suena como un tipo bacán.

—Es que lo es. Para mí él es como Superman. Y mi mamá también lo era, aunque ella murió hace años cuando yo era guambra todavía.

Polibio pensó en sus padres a los que quería y respetaba, pero que vivían trabajando todo el tiempo y con quienes salía muy poco. Se dio cuenta que mientras Desdémona idolatraba a su único padre, él veía a los suyos como seres un poco grises.

—¿Eres de la Sierra?

—Sí, de Quito. Por eso me gusta este sitio, porque está entre colinas y es fresco, aunque no tan fresco como mi ciudad.

—Pero antes lo criticaste. Este lugar quiero decir.

—No. No hice eso. Dije que aquí pasaban cosas inusuales. Tú no las ves porque aún estás pequeño y eres inocente. Yo sí las veo e incluso he hecho mis propias investigaciones.

—¿Y qué has descubierto?

—Bueno algunas cosas he descubierto y otras he deducido como por ejemplo el por qué este colegio se llama Nuestra Señora.

—¿Y por qué es?

—Piensa, Polibio. Nuestro rector es francés… ¿Cómo se dice Nuestra Señora en francés?

—Creo que Notre Dame. No sé francés, pero creo que es así.

—¡Muy bien, Polibio! Eso fue lo que pensé en un principio, que el rector y fundador de este colegio le había puesto un nombre español que en realidad era francés por nostalgia de su país y por el hecho de que la iglesia católica más representativa de Francia se llama precisamente así, la catedral de Notre Dame.

—Oye, no hay nada de malo en ello.

—Bien, sígueme en mi razonamiento. Tú esperarías que en su oficina hubiese una foto de la famosa iglesia, pero no la hay y lo sé porque una vez entré con el pretexto de que quería quejarme de que no servían buen chocolate en el bar del colegio.

Y no encontré absolutamente una sola foto de esa iglesia, pero sí algo más.

—¿Qué era?

—Un retrato de alguien que había muerto hacía mucho tiempo, un retrato que había visto alguna vez en la ilustración de un libro. Aquella noche al volver a casa usé Google y descubrí quién era el hombre de la imagen.

—Dímelo ya.

—Era Michel de Nostredame.

—Ese era su nombre en francés, pero más bien a él se lo conoce como…—dijo Polibio con su único ojo bien abierto y un escalofrío en la espalda— ¡No puede ser!

—Nostradamus, ese es su nombre. ¡Viste que no eres bobo, Polibio!

—Antes de que perdiera mi ojo, leía mucho y siempre me interesaron los misterios. Además, mi papá nació en Europa y me contó que Nostradamus fue un profeta de algún tipo y murió hace mucho tiempo.

—Recuerdo que mientras estaba hablando con el padre alguien vino a avisarle de un problema en algún curso. Creo que era en tu curso. Alguien te había molestado ese día.

Polibio no dijo nada. Aquel día a otro niño se le había ocurrido la cruel idea de inventarle el apodo de Polifemo.

—Sé que algo te pasó, Polibio, pero yo me aproveché de eso para investigar la oficina del padrecito y me acerqué al cuadro de un cáliz, un vaso que representaba el Grial.

—¿El Santo Grial? ¿Una de las tres reliquias sagradas ?

—Así es. Me acerqué a ella y, usando una aplicación de mi celular para aumentar el tamaño de las cosas que se ven con la cámara, vi rastros de huellas digitales.

Aquello sugería que alguien había tocado el cuadro, pero me dije que los cuadros son para observar, no para tocar.

Así que lo toqué y descubrí que el cuadro tiene un mecanismo.

Accidentalmente, activé el mecanismo y el cuadro se movió dejando ver un pequeño cubículo practicado en la pared que tenía una puertecita de cristal asegurada con candado.

—¿Qué había dentro?

—¡Una calavera!

—¿Una calavera? Pero ¿de quién?

—¿De quién crees?

—¿De Nostradamus? Eso es sorprendente. ¿Cómo lo sabes?

—La verdad no lo sé, pero tiene que ser, es lo más lógico. Lo que no sé es para qué la tiene ahí guardada.

—En alguna parte leí que si se bebía usando a la calavera de Nostradamus como si fuera una copa obtenías ciertos poderes. Tal vez el padre Roland ya lo hizo.

—Sí, recuerdo haber leído eso, pero ¿no se supone que te mueres si haces eso?

—Sí, si no eres una persona digna. Quizás el padre sí lo es.

—¿Una persona digna? —Desdémona rompió a reír— Creo que has visto esa película de Thor como demasiadas veces.

—¡Nomás la vi una vez! ¡De veras! Lo que pasa es que tengo las revistas de ese personaje. Ahí aprendí, pero sabes, tienes que aceptar que es una posibilidad, pues sino cómo más explicar que esté vivo todavía.

—Ok…ya veo —dijo Desdémona—. ¿Ya ves? Por eso eres lo máximo, Polibio.

En eso sonó la campana avisando a los alumnos que debían retornar a sus clases.

—Tenemos que irnos —dijo Polibio, terminando su vaso—, gracias por el chocolate.

—Gracias a ti, precioso.

—¿Volveremos a hablar?

—Así será, Polibio. Recuerda que de ahora en adelante mientras estés en el colegio yo te protegeré. Ahora ve, que yo ya voy porque primero tengo que botar estos vasos.

—¡Bien, chao!

—Chao…

Polibio se alejó presuroso y con una sonrisa en los labios que hacía tiempo que no mostraba.

Entretanto, Desdémona tiró los vasos en los desperdicios y luego caminó hacia uno de los jardines y no a su salón.

Ahí en uno de ellos, el más alejado de todos, estaba una niña con gafas columpiándose.

Su nombre era María Gabriela. Desdémona se colocó tras de ella y comenzó a columpiarla despacio.

—¿Y bien? ¿Qué te parece? —dijo María Gabriela.

—Es lindo de veras —dijo Desdémona— y creo que él venía a verte. Caminaba en esta dirección cuando le salvé de un balón que lo iba a golpear.

—No era el día para vernos, pero sí el día para que empezara a sentir fe y a sonreír. Pronto nos veremos y mientras él esté solo quiero que alguien vea por él y lo defienda.

—Haré lo mejor que pueda, te lo prometo. No fue difícil hacerme amiga de él porque es muy abierto. En verdad, se le ve muy frágil.

—Entonces, ¿verás por él mientras esté en el colegio?

—Lo haré, pero recuerda que este es mi último año. Una vez que me gradúe, ambos deberán ver por sí mismos.

—Estoy trabajando en ello. No te preocupes.

—Tengo que irme ya, pequeña Maga. ¿Está bien si te dejo sola ahora?

—Vete tranquila.

Desdémona besó en la frente a la pequeña niña y se fue a su salón.

Maga siguió columpiándose y cerca, los colibríes interrumpían el silencio con el aletear vigoroso de sus alas mínimas.

La niña se entretenía escuchando mientras las alitas de aquellas avecillas rasgaban el aire a un ritmo inimaginable.

El sonido de aquel aletear cesó cuando alguien más se hizo presente detrás de Maga.

—Hola, mi querida niña —dijo la recién llegada.

—¿Cómo estás, abue? Otra vez, llegaste sin que yo pudiera escucharte.

—No hacer ruido es un arte, mi pequeña, uno muy útil.

—No me digas que alcanzaste a escuchar mi conversación con Desdémona .

—Ella estuvo aquí, ¿no es cierto? Esa chica es demasiado intrépida y esa es una cualidad que, a veces, te lleva a hacer cosas que otros no harían.

—¿Por qué lo dices?

—La intrepidez suele dejar a la prudencia atrás. Eso no es aconsejable.

—La necesito para que cuide de Polibio.

—De verdad te interesas mucho por ese niño.

—Lo sé, abue. Lo que pasa es que él vale la pena. Su historia es muy triste, pero siento que está llamado a cosas grandes y por eso mismo cosas malas le están pasando.

—¿Y por eso eres su amiga? Ya no te preocupes. Pronto será el momento en que le ayudemos a recuperar el ojo que le han robado y castigar a quienes le han causado tanto pesar. Hasta entonces es bueno que te concentres en tus estudios. Mira, ya es hora de tu clase privada con el padre Roland.

—Sí, llévame, abue.

Al irse, quedaron las flores del jardín agitándose con delicadeza al ser movidas por el viento apacible y fresco de la tarde.

En el centro del círculo que tales flores formaban estaba el columpio que Maga había ocupado.

Aquel siguió balanceándose, bastante más lentamente, aunque sin llegar en ningún momento a detenerse del todo.