El Colegio del Fin del Mundo 13. Muerte del señor Wright, distinguido arqueólogo
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13. Muerte del señor Wright, distinguido arqueólogo

M anuel De Santis es un joven poco común.

Mientras que los chicos de su edad tienen otros intereses, Manuel prefiere pasar el tiempo con su único amigo que no es alguien de su edad, sino un anciano de casi ochenta años.

Este anciano es un renombrado arqueólogo que ha vivido los últimos años de su vida recluido en su hogar, una propiedad enorme cerca del colegio Nuestra Señora donde Manuel estudia.

Su amistad comenzó por pura casualidad cuando Manuel encontró a la mascota del arqueólogo muriendo fuera de la casa de su dueño.

Tomó al animal, un halcón peregrino, y buscó a su dueño hasta encontrarlo en aquel ermitaño de nombre Isaías Wright.

Agradecido, aquel le mostró su casa a Manuel, quien prendado de las maravillas y el conocimiento del señor Wright, le visita desde entonces sin faltar y con el pretexto de jugar ajedrez, pero con la secreta intención de aprender tanto de él como pueda.

El señor Wright está en el final de su vida y, abrumado por su existencia, yace en su cama esperando morir.

Se encuentra solo porque de tanto vivir ya ha visto morir a todos sus familiares, sus pocos amigos y colegas, a más de que nunca tuvo descendencia.

Apenas si le asisten permanentemente un par de enfermeras y su doctor que le viene a ver una vez al día.

El señor Wright halla consuelo en el pensamiento de que no morirá en un ignoto hospital sino en el lugar donde fue feliz con la mujer que amaba.

Un año ha transcurrido desde que conociera al joven Manuel De Santis y hoy las visitas diarias de aquel jovencito singular son lo único que iluminan su enferma existencia.

La de hoy en particular es especial, pues luego de meditarlo mucho el señor Wright ha decidido secretamente ya no tomar la medicina que lo mantiene vivo.

—Has venido —dice el anciano con voz muy débil desde su cama al ver a su joven amigo entrar en la habitación. Aquel luce algo acalorado porque afuera es una mañana de abril y en esa época del año siempre hace mucho calor en Guayaquil.

—Buenos días. Vine más temprano porque me aburría demasiado en ese colegio otra vez. Cuando estoy aquí siempre me siento mejor que allá. Ese lugar es deprimente.

—No recuerdo que fuera tan mal lugar.

—¿No recuerda…? ¿A qué se refiere?

—Nunca te lo había comentado, pero yo enseñé en tu colegio hace mucho tiempo.

El padre Roland me convenció de enseñar Historia del Ecuador.

Fue antes de que perdiera a mi esposa por siempre, en ese tiempo ya no viajaba como antes y me aburría en casa, así que acepté.

El colegio me pagó muy bien, pero sólo estuve por un año porque la verdad es que enseñar no es lo mío.

—¿Cómo así no me lo dijo antes?

—No hubo la oportunidad. Además, tú mismo casi no hablas de tu colegio. Es como tú dices, lo encuentras deprimente, entonces no veo razón para mencionarlo.

Manuel siempre ha sentido un notable desdén hacia su colegio porque no es un lugar emocionante.

Y lo mismo siente por su ciudad, su país y de hecho su existencia entera.

Tan sólo al conocer al señor Wright comprendió Manuel que en verdad había un mundo más allá del mundo rutinario que él conocía y adquirir ese conocimiento había despertado en él un interés por una vida que hasta entonces encontraba aburrida.

—¿Qué dicen los doctores? —pregunta Manuel queriendo cambiar la conversación.

—No hay esperanzas —dice el enfermo con cierto esfuerzo.

—¿Así nomás? ¿Cómo puede alguien ser tan frío?

—Recuerda que no tengo parientes a quien mis doctores le puedan hablar de mi condición. Me lo tienen que decir a mí, no les queda más.

Ambos callan por un momento. Manuel piensa en sus abuelos maternos, su única familia, y en que algún día él tendrá que escuchar, de la boca de algún seco doctor, acerca de esta o aquella condición que al final causará las muertes de ellos, su único vínculo con el pasado.

El joven es también su único nieto, así que Manuel ve el tener que pasar por ese trance como algo inevitable.

En cambio, el anciano no deja de pensar en Carmen, la esposa que ya se fue, y con quien desea reunirse lo más pronto posible.

—Eso que dice es triste —dice Manuel acercándose y poniendo una mano sobre el hombro del anciano—, usted siempre tendrá un amigo en mí. ¿No estoy aquí acaso?

—Sí, sí, por supuesto —contesta el otro, quien en ese momento mira desde su ventana al jardín de su casa, un lugar fabuloso lleno de todo tipo de estatuas cuya vista es posible desde la cama en que agoniza.

El señor Wright había visto en el corazón de su joven amigo y notado que su amistad, a pesar de ser sincera, no era del todo desinteresada y aquello de alguna manera le apenaba.

El gran arqueólogo no se lamenta. Gracias a Manuel, no morirá rodeado de extraños.

Desde la muerte de su esposa, había temido morir rodeado de extraños, sin tener cerca al menos un familiar o un amigo.

—No se agite.

—Gracias. Es bueno que estés aquí para poder darte algunas cosas. Primero, llama a una de las enfermeras. Una de ellas tiene algo para ti.

Extrañado pero obediente, Manuel hace como le indican y al punto acude una enfermera a la puerta del dormitorio del señor Wright. Manuel va a la puerta, la enfermera saluda, y le extiende una carpeta de cuero para luego retirarse sin decir más.

—¿Qué es esto? —pregunta Manuel mientras regresa a lado del anciano .

—Léelo, muchacho, léelo. No esperes que te explique qué hacer.

—No puede ser…—dice Manuel luego de leer rápidamente el contenido de la carpeta con los ojos muy abiertos.

—Por ser un menor, no podrás todavía tomar posesión efectiva de los bienes, pero una vez que seas adulto, es otra historia. Mientras tanto, mis abogados se encargarán de todo. No tendrás que hacer nada.

—¡Es demasiado! No puedo aceptarlo.

—¡Demasiado! No es que yo sea millonario, tampoco. Sin embargo, créeme, no hay nadie mejor que tú para hacerte cargo de esto. Además, existe una cláusula indicando que pierdes todo si decides donar mi colección.

—¡Jamás haría algo como eso! —contesta el joven con prontitud.

—Lo sé. Por eso has sido elegido y créeme, tal vez esta sea la carga más pesada que alguna vez tendrás.

—No lo creo.

En los ojos del muchacho, el señor Wright capta con un estremecimiento el brillo de codicia que el solo pensamiento de que iba a heredarle le causaba.

—Debo decirte algo más —susurra el señor Wright al sentir que la vida ya se le está yendo sin esperarle—. Hay cosas que no te he podido decir y que el nuevo dueño de esta casa debería conocer.

—¿Y qué cosas son esas ?

—Lamentablemente, hasta que no seas mayor de edad no podrás saberlo.

Recuerda que todavía no eres el dueño, pero ese día, además de la posesión efectiva, recibirás unas cartas en las que te cuento algunos de los secretos que he acumulado durante mi vida.

Gran parte de esa carga será entonces tuya. ¿Aceptas la herencia?

Aunque las palabras del anciano lo ponen incómodo, el joven no piensa renunciar a su sueño hecho realidad y así se lo hace saber al señor Wright.

—Por supuesto.

—Bien entonces. Una última cosa. No todo te será dado cuando seas un adulto. Tengo un regalo que hacerte ahora, algo que es más un dilema que una gracia.

—¿Y qué será eso?

La respiración del anciano se hace un poco agitada y por un momento parece que ya se va. Asustado, el otro hace ademán de llamar a la enfermera.

—No, no, no la necesitamos —afirma el anciano con sufrida vehemencia—. Tráeme esa estatua de Anubis que está sobre la repisa detrás de ti.

Manuel se vuelve y sobre la repisa indicada encuentra una estatua de Anubis en forma de perro.

Un año atrás, ni siquiera tenía idea de que los egipcios habían adorado a seres con cabezas de animales, pero luego de un año expuesto al saber de su amigo, había aprendido mucho.

Sabía que aquel dios había sido especialmente importante para los egipcios.

—Ábrela .

Manuel descubre que la estatua es en realidad una caja que tiene dentro pequeños trozos de papiro grueso y muy antiguo, cada uno provisto con el nombre del dios Anubis y una imagen de la cabeza de aquel dios, ambos en alto relieve.

—Esos son los sellos de Anubis, los últimos que quedan. Cientos fueron creados por el gran Hermes Trismegistus hace miles de años con un poder sin igual. Cada uno tiene el poder de la resurrección.

—¿Resurrección? ¿Estas cositas pueden traer a los muertos de vuelta a la vida?

—Sí, y te lo puedo asegurar porque yo una vez estuve muerto a los sesenta y cinco años y mi esposa usó uno para traerme de vuelta. Asimismo, yo usé uno de ellos para resucitarla cuando ella murió.

—¿Entonces, ella todavía está viva?

—No, está muerta; volvió a morir. Escucha, los sellos pueden usarse una sola vez; luego de eso, pierden su poder.

No se puede resucitar a la misma persona dos veces y créeme, morir una vez es más que suficiente.

Para que su poder surta efecto, debes estar cuando menos a un metro de distancia del cuerpo de quien elijas resucitar y luego rompes el sello por la mitad.

Al instante, el individuo escogido se levantará sin ninguna señal de lo que terminó con su vida.

Como si nada le hubiera hecho daño: cuando yo resucité, fui curado de un terrible cáncer de huesos, mal que causó mi primera muerte .

El señor Wright se detiene cuando ve que Manuel se ha sentado con expresión seria en el rostro.

—¿No me crees?

—Usted se está muriendo, probablemente también esté delirando.

—Tu actitud es lógica. Sin embargo, no estoy delirando.

—Lo que cuenta parece de otro mundo.

—Se podría decir que así es. Mira, te doy tres sellos, los que quedan.

Originalmente te iba a pedir que usaras los tres para traer de vuelta a tres personas importantes para este mundo, pero es posible que necesites usarlos antes para ver cómo obran.

Yo nunca usé los que quedan porque temía su poder más aún cuando comprobé su alcance luego de yo ser arrancado del mundo de los muertos.

Usa uno con quien quieras para comprobar que te digo la verdad, usa otro para que alguien te resucite, y al menos el tercero úsalo en beneficio de este mundo que mucho necesita que le pasen cosas buenas…

Bien, está hecho…son tu responsabilidad ahora… úsalos con cuidado y sabiduría.

El joven toma los sellos demostrando así su aceptación del encargo. Los observa con detenimiento, los toca y sonríe mientras sus ojos brillan. Su corazón late pensando en que pasaría si aquellos objetos en verdad tuvieran el poder que el viejo arqueólogo había afirmado que tenían.

El señor Wright lo mira desde su dolor sin poder el recuerdo de cuando él mismo se volvió poseedor de aquellos sellos y de todo lo demás.

Se estremece y mira el jardín lleno de estatuas.

Afuera el ambiente ha cambiado. Ya no es soleado ni caluroso como lo estaba cuando Manuel llegó a la casa del señor Wright; en cambio ahora el jardín tiene un aspecto oscuro, hace frío y una especie de niebla parece levantarse de entre las estatuas y alrededor de ellas.

—Estoy listo para morir —murmura el señor Wright sin quitar la vista del enigmático jardín— me he ganado mi descanso…claro que sí.

Aquel es un susurro prolongado, interrumpido cuando el pecho del anciano se alza y emite un pequeño grito de dolor para dejarse caer, casi al instante.

—¡Carmencita, dulcecito! ¡Qué linda estás! —dice antes de morir con los ojos abiertos mirando hacia el frente.

Manuel, en un principio, no sabe cómo reaccionar, pues jamás ha visto morir a una persona.

Durante unos segundos, todo lo que puede hacer es permanecer impasible y mirar el cadáver de quien fuera su mentor y amigo: tiene los ojos abiertos y su boca, de labios agrietados y dentadura falsa, parece sonreír apaciblemente.

Manuel, como si todo ese tiempo solo hubiese estado reuniendo fuerzas para hacerlo, finalmente cierra los ojos del anciano y toca el botón de llamada a las enfermeras, quienes al poco rato acuden presurosas.

Las cosas entonces parecen darse por inercia y tan rápido que Manuel se asombra cuando en un momento dado ya está sentado en el funeral de su amigo.

El rito se celebra en un lugar en el que nunca ha estado, suntuoso y callado a la vez, porque ahí se vela a personajes de renombre.

Al triste evento han acudido más personas de las que creía posible.

El arqueólogo, olvidado, prácticamente ignorado en vida, ya muerto, por fin recibe de parte de sus iguales los honores que siempre mereció.

Sentado, vestido con un irreprochable traje negro y acompañado por sus abuelos, Manuel ve frente a sí a intelectuales de toda índole, del país y de otras partes del mundo.

Con paciencia, ellos hacen fila para así presentar sus condolencias.

Se las dan a él y a nadie más, pues se han enterado de que el joven Manuel De Santis, alumno del colegio Nuestra Señora , ha sido nombrado heredero universal de los bienes de quien en vida fue el distinguido arqueólogo, señor Isaías Wright.