12. El Mal de Maga
—¿Y es muy grave? —preguntó Derrmod Dargponne al doctor Vizcarra, que con semblante sombrío estaba sentado al otro lado del escritorio.
A su lado, Gwendolyn de Dargponne comenzó a sollozar sin más ni más, pues su corazón de madre ya estaba agobiado desde antes de escuchar la respuesta.
El médico guardó silencio; sopesaba las palabras.
Era un hombre mayor, a punto de jubilarse, y aunque tenía mucha experiencia en su campo, nunca se había acostumbrado a dar malas noticias.
—Bien, su hija… —dijo por fin entornando los ojos.
—María Gabriela —susurró Derrmod.
—Sí, María Gabriela. Los exámenes son concluyentes: no hay mucho por hacer. Su pérdida de la visión es innegable. En un año, tal vez más, tal vez menos, la perderá por completo.
Gwendolyn rompió en llanto y su esposo la sostuvo.
—Pero algo se podrá hacer: alguna operación, un trasplante… —insistió Derrmod con desesperación—. El dinero no es problema.
El médico negó con la cabeza. No era la primera vez que el familiar de algún paciente salía con eso, y en alguna ocasión no se había contenido y le había contestado a esa persona diciéndole que de nada servía su dinero, que a las enfermedades no hay cómo pagarles y decirles que se vayan.
A veces, pensaba si habría otras versiones de él mismo tratando con padres como estos para quienes el dinero es la solución omnipotente.
Bien sabía él que no lo era.
—Lamentablemente la ciencia no está preparada.
No se trata de una infección, ni de un mal congénito.
Es un proceso extremadamente inusual porque los nervios ópticos están bien, pero un velo los está cubriendo poco a poco.
Nadie tiene la culpa, y les mentiría si les dijera lo contrario.
Pueden buscar otra opinión, claro, si así lo desean.
—Usted es nuestra segunda opinión —dijo Derrmod.
—La tercera, más bien —corrigió Gwendolyn, entre sollozos.
El médico suspiró. “La tercera opinión…” repitió en su cabeza.
—En Roma existe un instituto especializado. He contactado a colegas que trabajan allí y he enviado información de este caso.
—¿Qué le han dicho?
—Ellos se muestran interesados. Creen que desarrollar un tratamiento es factible, pero esto podría tomar tiempo, dos o tres años.
—Entonces —dijo Gwendolyn, aferrándose a una esperanza—, ¿después de tres años mi niña podrá volver a ver?
El médico bajó la mirada. Se llamó a sí mismo “imbécil” por haberles contado. Pero ya estaba. ¿Qué se podía hacer?
—No funciona así. Para entonces ese “velo” del que les hablo ya habrá estropeado los nervios ópticos.
En todo caso, es algo que no había antes y si estas personas pueden desarrollar una manera de prevenir este mal, esperemos que también hallen una manera de revertir sus efectos.
Lo que deben hacer ahora es ser fuertes, para que su hija no se contagie de su desesperación.
“¡Bravo!” se dijo otra vez. “Doctor hasta el final. ¿Por qué tuve que decirlo de esa manera?”
Los esposos salieron del consultorio con el alma hecha pedazos.
Afuera, María Gabriela los esperaba escuchando música en su celular.
Aunque todavía faltaba tiempo para la ceguera total, ya veía los objetos borrosos y usaba lentes muy gruesos.
Cuando sus padres la tocaron para avisarle que era hora de irse, se volteó y les regaló una sonrisa inmensa.
—Te ves linda, mami.
—¿De veras? Gracias, mi amor.
—¿Ya nos vamos, papi?
—Sí, princesa, ya nos vamos.
—¡Qué bueno! Adiós, enfermera. Adiós.
Esa noche, Gwendolyn lloró hasta quedarse dormida.
Derrmod permaneció despierto buena parte de la noche como si hubiera tomado un litro de café.
Al amanecer tomó una decisión. Fue a la planta de acero de la que era dueño y la puso en venta.
Liquidó con generosidad a sus empleados y cerró un negocio que había iniciado con mucha ilusión y éxito, pero que ahora serviría para algo más.
Con aquel dinero, emprendió un viaje junto a Gwendolyn y María Gabriela.
Quería mostrarle el mundo a su pequeña mientras ella aún pudiera verlo.
Y así lo hicieron: recorrieron ciudades, mares, montañas.
Cada mirada de su hija fue un tesoro que una dolencia pronto arrebataría. Los recuerdos, en cambio, esos no.
✽✽✽
Maga se lo contó a Polibio una tarde, mientras el viento agitaba suavemente los columpios del patio.
—Así que —dijo Polibio—, te llevaron a viajar antes de que perdieras la vista del todo.
—Sí —respondió Maga—. Alcancé a ver muchas cosas maravillosas. Fue el mejor año de mi vida.
—¿Fuiste a muchos lugares?
—Más de los que puedo recordar. A veces siento que los guardé como postales en la cabeza.
Para mí es como si todo hubiera pasado ayer.
Vi tantas cosas, Polibio. La aurora boreal, ¿te imaginas?
Es irreal, como si el cielo jugara con luces de colores.
En África hice un safari. Me daba miedo cuando los leones rugían o cuando un elefante enorme con colmillos que llegaban al suelo pasó a nuestro lado, pero fue genial.
También fuimos al Salto del Ángel, donde el agua cae de tan alto que no ves de dónde empieza.
En Europa fui al Museo del Prado y en Inglaterra visité Stonehenge, que son unas rocas inmensas alineadas en forma circular.
Caminamos por la Plaza Roja, fuimos a bastantes lugares.
A veces siento que nada fue real, como si me lo hubiera inventado.
—¿Y tus papás?
Maga no dijo nada por un instante. Los recordaba siempre sonriendo, pero sabía que esa imagen no había sido la última de ellos, aunque sí la última en que los pudo ver juntos antes de quedar ciega.
—Murieron en un accidente automovilístico.
—¡Uy! —Polibio bajó la voz—. Lo siento, no tenía idea.
—Tranquilo. Los pienso todos los días y los extraño, pero estoy en paz. Mi abuelita me cuida desde entonces.
—¿Tu abuelita? Nunca la he visto.
—Siempre me recoge después de clases, de las mías, quiero decir. Si te quedas más tarde, podrás verla. Es una buena persona, aunque llena de misterios.
—No sé, tengo deberes —dijo él, dubitativo—. Pero bueno, nos vemos mañana, ¿sí?
—Claro, Polibio. Me daría mucha pena si un día no hablara contigo.
—También a mí. Me caes muy bien.
—¿Tienes más amigas?
—No tengo. ¿Por qué pensaste eso?
—Olvídalo, Polibio. Me da gusto. Eso es todo.
Sonó el timbre indicando que el recreo había terminado.
—¡Claro que sí! ¡Mi única amiga! Oye, me tengo que ir. Ya tengo otra clase, pero no quiero que te quedes solita.
—Anda, nomás. Ya pronto alguien viene por mí, que yo también tengo otra clase.
—¡Chao, chao! —dijo luego de besar una de las mejillas de la niña como parte de su despedida, algo que ella no se esperaba.
Entonces, llevado por sus prisas, Polibio se fue.
Con una gran sonrisa, Maga, que todo el tiempo había estado sentada en su columpio favorito, comenzó a balancearse despacio como si estuviera marcando el tiempo.
En eso, tras de ella apareció una chica vestida con el uniforme del colegio.
Alta para su edad, tenía cabellos negros, lacios y largos que enmarcaban una tez pálida que contrastaba con un par de mejillas sonrosadas, casi rojizas.
—¿Es ese Polibio, el niño del que me hablaste? —preguntó.
—Sí, él es —respondió Maga sin darse vuelta.
—¿Es el niño que perdió un ojo en circunstancias misteriosas?
—Así es. Ahora somos buenos amigos.
—Parece ser un niño muy lindo.
—Esa es mi percepción. No creo haberme equivocado. También siento que es un poquito vulnerable.
—Ahora que lo mencionas, creo que tienes razón. Incluso, parece un poco frágil.
—Por eso, te voy a pedir algo.
—Lo que sea para mi ahijada .
—Quiero ayudar a ese niño, pero todavía no es tiempo. Hasta que pueda hacerlo, me gustaría que vieras por él, sobre todo en los recreos. Sin su ojo, no ve como antes y no se da cuenta de los peligros a su alrededor.
—Bueno, si es durante los recreos, no hay problema. Estaré pendiente de él y te prometo protegerlo si es que algo le llegara a pasar.
Y luego de decir esto, empezó a columpiar a Maga. Primero lo hizo con delicadeza, luego más fuerte.