El Colegio del Fin del Mundo 10. Manuel De Santis conoce al señor Isaías Wright
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10. Manuel De Santis conoce al señor Isaías Wright

M anuel De Santis es uno de los tantos alumnos que asisten regularmente al colegio Nuestra Señora, pero, a diferencia de los demás, no siente ningún interés por estar allí. Si le dijeran que lo cambiarán de colegio, recibiría la noticia con un simple encogimiento de hombros.

Alto y algo pasado de peso para su edad, tiene además un aspecto descuidado, pues no le preocupa mucho lo que los otros piensen de él.

A Manuel solo le interesa cumplir con sus estudios, que es lo que sus abuelos esperan de él, para luego estudiar en la universidad algo que realmente le guste, aunque él mismo no tiene claro qué es ese algo.

Entretanto, los días pasan con tedio para Manuel, quien se exaspera porque siente que nada extraordinario sucede en su vida.

—¡Chao, Manuelito! —le dice una compañera suya— Sonríe para mí, que tienes una sonrisa bonita.

Manuel hace un gesto desdeñoso que simula una sonrisa.

Ya antes ha tenido novias y le ha parecido que la mayoría de las chicas de su edad, y por extensión, todos los chicos de su generación son extremadamente superficiales.

Para Manuel aquello de vivir preocupado por su aspecto, pensando en la próxima fiesta, o en salir al cine no es lo suyo.

Así pues, su compañera, que tanto intenta conquistarlo, nunca será objeto de su afecto.

Una vez que suena la campana de salida, todos los alumnos salen presurosos, pero él no.

Nadie lo espera para llevarlo a casa. Su hogar no está muy lejos y caminando puede llegar en veinte minutos.

Manuel se queda atrás, pues no tiene prisa de llegar a su casa donde le esperan sus abuelos maternos quienes han cuidado de él desde la muerte de su madre.

Sin ser ricos, le han provisto con una buena educación y siempre han sido amables y dedicados con él.

Por ello, Manuel está agradecido. No se le ocurre mejor manera de retribuirles su esfuerzo que siendo buen estudiante, a pesar de que no le gusta estudiar, y de ser obediente, aunque detesta recibir órdenes.

Un día todo terminará, piensa Manuel, y ya no tendrá obligaciones. Se irá para conocer el mundo y buscar en otros lares lo que su propio país parece negarle: una existencia excitante. Pero los giros del destino se dan sin avisar.

A dos cuadras de su casa, un día se encuentra a un halcón en medio de la acera, exánime y tendido cual si estuviera muerto.

Manuel va hasta el ave y la examina. Nadie está cerca de él, la calle está sola.

Al levantarlo, el animal reacciona e intenta aletear, pero está muy débil o atontado para hacerlo correctamente.

El muchacho se pregunta si el ave ha sido criada por alguno de los moradores de ese barrio.

Los halcones no son comunes en los alrededores de Guayaquil y, en realidad, esta es la primera vez que Manuel conoce a uno de verdad.

Al muchacho le preocupa el mal estado del animal.

Si no encuentra pronto a su dueño o un veterinario, probablemente morirá.

Así pues, va de casa en casa preguntando por el dueño del ave hasta que alguien le indica que cruce la calle.

Lo hace y se encuentra frente a una casa que parece una pequeña fortaleza, por sus paredes altas de recio aspecto y una puerta delantera que parecía inexpugnable.

Escalar la muralla que rodea a la casa o intentar abrir el portón de ingreso no le parecen buenas opciones.

—¿Quién podría vivir así aislado del mundo? —se preguntó Manuel al tiempo que tocaba el timbre con el ave en brazos.

En eso, se abre la gran puerta y se puede ver a un anciano de apariencia hosca quien al ver al halcón sonríe con felicidad.

—¡Estás aquí, Horus! —exclama el anciano— ¡Qué bueno que lo has encontrado! Pasa, por favor.

El anciano hace pasar a Manuel por la puerta y toma el ave de los brazos del joven.

Manuel le deja hacer, pues está absorto mirando el hermoso jardín adornado con estatuas de tamaño real donde se ven dioses y diosas de panteones que Manuel desconoce por completo.

Sin embargo, se ve solo y se da cuenta de que el anciano se ha adelantado dejándolo en la contemplación del jardín, probablemente con el fin de atender a Horus.

Avanza hasta la casa, la cual encuentra con la puerta delantera abierta, probablemente dejada así por el dueño de casa, quien no pierde tiempo en atender a su mascota y tratar de salvarla.

Guiado por la voz del anciano, quien habla al halcón como si quisiera tranquilizarlo, Manuel pasa por lo que sería la sala, luego el comedor y de ahí a una serie de puertas, una de ellas abierta.

Entra a una especie de oficina con aspecto de consultorio y ve al anciano dándole un líquido a Horus.

Al poco rato, el ave emite un graznido y se incorpora batiendo sus alas.

—Muy bien, muy bien —dice el anciano al ver a Horus reponerse y luego continúa al ver a Manuel—.

Generalmente, lo dejo libre para que vaya a cazar y no suele traspasar los límites de mi propiedad, pero hoy algo debe haberlo desorientado.

Al desorientarse, chocó con alguna pared, lo que casi lo mata.

De hecho, estaría muerto ahora si no es por ti, mi joven amigo.

¡Oh! Pero qué mala educación la mía. Mi nombre es Isaías Wright. ¿Cómo te llamas?

—Manuel De Santis. ¿Usted es el famoso arqueólogo que descubrió…?

—El mismo que viste y calza.

—Hace años que su nombre no es mencionado. Leo el periódico por Internet todos los días y hace tiempo que no leo nada acerca de usted.

—Bueno, sí. La verdad es que vivo recluido desde la muerte de Carmen, mi esposa, hace algunos años ya y mi única compañía han sido mis libros y Horus. Pero, por favor vamos a la sala.

El señor Wright conduce al joven hacia la sala de la casa.

Ahí lo deja un rato para llevar a Horus a su aviario para que el ave coma y beba.

Entretanto, Manuel aprovecha para admirar la estancia en la que está ahora, un lugar no tan grande pero sobrecargado de objetos que jamás ha visto.

La sala y otras habitaciones de la casa son solo un extenso museo y hasta en la biblioteca se encuentran objetos exóticos, y los libros que los describen.

Su número es tan grande que le parece increíble que una vida haya sido suficiente para acumular tantas cosas.

Manuel se siente emocionado al verse rodeado de todas esas piezas, cada una un testimonio de otro lugar del mundo, un pedazo de historia en sí misma.

La que más le llama la atención de aquel museo de anarquía es un tablero de ajedrez con las piezas dispuestas como si estuvieran listas para una partida.

El tablero es enorme, casi del tamaño de una mesa pequeña y con aspecto de ser igual de pesado; las piezas son proporcionalmente grandes también.

Mecánicamente, toma una y la encuentra menos pesada de lo que esperaba.

La contempla con ojos bien abiertos. Ha tomado una de las dos torres blancas; sin embargo, la pieza no luce como una torre sino como un elefante con cuerpo humano.

—Es una pieza que busca imitar a Ganesha —dice entonces el señor Wright, quien ha regresado sin que Manuel se percatase de ello, embebido en la contemplación de la pieza.

—Es preciosa. ¿Quién es Ganesha?

—Un dios hindú, uno de los más queridos en la India. ¿Es que te gustaría jugar ajedrez?

—¿Yo? La verdad es que no sé.

En realidad, en alguna ocasión su abuelo le había querido enseñar y solo le había prestado atención para no hacerlo sentir mal. El juego le había parecido complicado, largo y sin sentido. Sin embargo, en aquella ocasión, se le antojó fascinante.

—Es una pena —dice el señor Wright—. Jugaba todo el tiempo con Carmencita, mi esposa, pero no ha sido usado desde su muerte.

Es un tablero que compré en la India y hasta donde sé uno de los primeros de su tipo que se hicieron y quizás el único que queda en todo el mundo.

Está hecho de madera de teca antigua y las piezas fueron pintadas a mano, cada detalle cuidado para que no se parecieran entre sí.

El rey blanco, que aquí es azul, es Visnú, el dios supremo en la mitología hindú y su reina es la diosa Lakshmi.

Si te fijas bien en este de acá, el rey negro, tiene un tercer ojo en la frente y un par de brazos extra: es Shiva, el dios de la destrucción y a su lado, Kali, la diosa del tiempo y la muerte.

Las demás piezas son dioses menores y los peones son avatares de algunos de ellos.

—¿Avatares?

—Ellos mismos en una forma distinta.

—Ya veo, pero señor…

—Dime, muchacho.

—Yo quisiera que usted me enseñe.

—¿A jugar ajedrez ?

—Así es.

—Hoy tú me has hecho un gran servicio. Horus es un ave única, irrecuperable porque es parte de una sub-especie que se reproduce en periodos muy largos.

Hay otras especies de halcones, pero esta fue criada de manera especial para producir ejemplares extraordinarios.

Si tienes tiempo, podemos comenzar hoy, o tal vez mañana.

—Tendrá que ser mañana. Tengo que avisar a mis abuelos y también tengo deberes. Pero mañana es viernes.

—Entiendo. Llama antes de venir. Aquí está mi tarjeta —dice el señor Wright extendiéndole un papel con su número telefónico.

—Gracias. Hasta mañana, señor.

El señor Wright le acompaña hasta la puerta de hierro.

Manuel, en lugar de caminar, casi corre hasta su casa de lo contento que está.

Por fin siente que hay algo excitante en su vida.

Ahora ya sabe lo que quiere y hasta lo ha visto.

Manuel quiere ser como el dueño de Horus, quiere aprender de él y ver y explorar los sitios fabulosos que el anciano arqueólogo ha visto.

Ajeno a eso, el anciano ha cerrado la puerta de su morada y lentamente se da vuelta con los ojos puestos en las estatuas del jardín de su casa hacia el cual se dirige.

—Así que lo han aprobado y él es quien me sucederá —dice en voz alta.

Entre las estatuas y alrededor de ellas surge una niebla que lo rodea y cubre todo. Aquellas, con movimientos lentos, se acomodan para entablar un diálogo. Al mismo tiempo, un frío que no es de estos parajes se apodera del ambiente, pero el anciano está listo y se ha puesto un abrigo.

—Sí, Manuel De Santis es el elegido —dice una voz profunda que era al mismo tiempo como muchas—.

No es el mejor posible, pero sí aquel que estaba más cerca.

Hemos visto en su alma. Él nos custodiará.

Desde ya, presiente nuestros poderes. Cuando esté listo, se los daremos y eso nos lleva a preguntarnos lo que hará con ellos.

¿Los usará para hacer portentos en este mundo?

¿O los guardará por temor a lo que pueda pasar como otros hicieron en el pasado?

—Espero que tenga la sensatez suficiente para obrar con rectitud.

—No intentes contaminarlo con tu idealismo. Tal como es, está perfecto. Escogiste bien, arqueólogo.

—Fue el halcón quien lo hizo. Le pedí ese favor.

—Es una criatura que nos sirve bien, para eso existe. Ahora, debes entrenar al chico. Cuando llegue el momento, recibirá aquello que durante tanto tiempo te has negado a aceptar.

El señor Wright bajó la cabeza y luego la levantó dejando escapar un leve resoplido.

—Como si tuviera mucha elección. ¿Será él mi verdugo entonces? ¿Me matará para quedarse con todo?

—El día de tu muerte se acerca, pero nadie te tocará. Morirás con tranquilidad. Tal es nuestra voluntad —dicen las voces que vienen desde las estatuas .

—Está bien —dice a su vez el señor Wright farfullando mientras se abriga del frío y se dirige de vuelta a su casa seguido por muchos ojos que hasta hace solo un momento habían permanecido inertes—, solo espero que para el muchacho no vaya a ser tan tormentoso como lo fue para mí.