9. Sam Jorge, Guardián de Nuestra Señora
¿Q uién soy yo en realidad? Muchas veces me lo he preguntado sin encontrar respuesta y es que tal vez no hay respuesta. Mi vida pudo haber sido otra.
Quizás habría sido un pescador que se adentraría en el ancho mar cada mañana para atrapar peces que luego faenaría y vendería en los mercados.
Quizás habría sido un campesino con una parcela y animales de granja que tras las noches de lluvia se levantaría percibiendo el aroma de la tierra mojada.
Quizás habría sido un albañil que luego de comer pan con guineo y de tomar un vaso de Coca Cola trabajaría con otros obreros para levantar edificios en las ciudades.
Mi apellido sería Tomalá, Guadamud, o Quimí y me llamaría Genaro, Jefferson o Jacinto, lo que a mis padres se les hubiera ocurrido. Claro, si es que ellos me hubieran querido tener. ¿Qué lleva a las personas a dejar a sus hijos? Cuando era pequeño, no lo entendía, y ahora de grande, lo entiendo.
De acuerdo con la historia que me cuenta quien me encontró, yo era un bebé en una cajita afuera de un lugar llamado Puerto López, en la provincia de Manabí.
Esta persona que venía de visitar a un sacerdote español amigo suyo, párroco de ese lugar, buscó por doquier a quienes eran mis padres para reclamarles por abandonarme y obligarles a que asuman su responsabilidad, pero se encontró con la realidad de que nadie sabía nada, o no querían decir nada, o simplemente no les importaba porque a fin de cuentas no era el mío el único caso.
Sin poder hacerse cargo de mí en ese momento, pero esperanzado en que alguien quisiera quedarse conmigo, me dejó en el orfanato local y ahí estuve largos años, los años más tristes de mi vida porque veía llegar a personas con la ilusión de ser padres buscando a un niño sano y bonito al cual adoptar, pero nunca ese niño era yo.
Conocí la frustración y amargura que da el no sentirse querido.
Me convertí en un niño problema el cual nadie hubiera querido adoptar y del cual hasta las autoridades del orfanato esperaban que llegase a la edad mínima para poder transferirme a un reformatorio.
¿Qué me hubiera pasado entonces? ¿Me habría convertido en un pandillero, luego en delincuente?
¿Me habría vuelto drogadicto y tal vez habría sido asesinado durante alguna rencilla?
Nada de eso pasó.
Una semana antes de que me llevasen al reformatorio, una semana antes de mi supuesto cumpleaños, apareció el hombre que me había entregado al orfanato.
Era un sacerdote ya mayor, de carácter apacible y profundamente humano.
Había pasado por el orfanato y se había tomado la molestia de preguntar por mi destino, aun cuando los años habían pasado y él ni siquiera vivía en Puerto López o en Manabí sino en Guayaquil.
El padre Roland quería saber de mí y se mostró consternado de que nadie me hubiese adoptado por lo cual habló con el director del orfanato. Creo que en verdad ya nadie me quería en aquel sitio, pues sin más ese mismo día me encontré al lado del padre Roland camino a Guayaquil.
Era su carro un Volkswagen del 78 que él mismo manejaba. Yo, que nunca había estado dentro de un carro, estaba feliz por la experiencia, aliviado de que alguien me hubiese sacado del orfanato y expectante por ir a una ciudad como Guayaquil de la que tanto había escuchado.
Y como estaba tan feliz fui yo quien inició nuestra primera conversación.
—¿Usted va a ser mi papá? —pregunté al sacerdote.
—No, hijito —dijo con su característico acento francés—. Yo soy un cura y los sacerdotes no debemos tener hijos.
—Pero entonces…—dije con pena y lágrimas— ¿Nunca voy a tener un papá?
—¡Oh, hijito, no llores! —me dijo— Tú siempre has tenido un padre, uno tan celoso que no ha querido que nadie más te tenga por hijo sino solo Él.
—¿De quién me habla?
—Pues de tu padre celestial que es el Señor, nuestro Dios .
Entonces comencé a entender la verdad detrás de mi vida.
Yo estaba destinado a servir al Señor quien cuida y ha cuidado de mí desde siempre.
Mi vida cambió a partir de entonces y, de ser un niño amargado crecí para ser un hombre que vive y ama la palabra de nuestro señor Jesús.
El padre Roland fue quien encontró tiempo para enseñarme y darme un sitio en su hogar que fue desde ese día mi hogar también.
No pude haber pedido mejor maestro. Fue él quien me preparó para compensar los años que no fui a la escuela primaria.
Y quizás hubiese terminado siendo otro estudiante en este colegio hermoso que se llama Nuestra Señora , pero Dios no lo quiso.
Mi mente no puede aprender igual que la de otros.
Por más que le pongo empeño, no puedo aprender más de lo que sabe un alumno de sexto grado.
El padre Roland me hizo ver de un médico y ese doctor le dijo que yo había sufrido algún tipo de daño cerebral y que por más que lo intentara siempre tendría dificultades en mi aprendizaje.
Cuando escuché eso, me acordé de mis días en el orfanato y como una vez me fui de trompones con otros niños y uno me dio tremendo palazo que me dejó soñado.
Tal vez fue eso lo que me dejó con ese impedimento, pero yo me siento normal y no siento rencor porque ya no sé lo que es ese sentimiento.
A mí en realidad no me importa porque no necesito de ningún título profesional para servir a Dios.
Prefiero tener la vida que llevo ahora en este hermoso lugar.
Aquí trabajo la tierra de los jardines del colegio, cuido de las plantas y animales y hago la limpieza, mientras que de noche vigilo con un ojo abierto y el otro cerrado.
Claro que hay otras personas que me ayudan, pero ninguna como yo vive aquí y, además, yo les doy órdenes.
Para ellos este es un lugar de trabajo mientras que para mí es mi vida, mi hogar.
Me olvido de decir mi nombre. Luego de que llegamos de Guayaquil el padre Roland consiguió que me inscribieran en el Registro Civil a pesar de no tener padres conocidos.
Me dijo que podía escoger los nombres y apellidos que yo quisiera.
Como no tenía idea del valor y del poder que los nombres pueden dar le pregunté al padre si me podía ayudar con eso.
Me dijo que si él se hubiera podido cambiar su propio nombre habría escogido Samuel porque es el nombre de un profeta de la Biblia, o Jorge por un buen amigo suyo que murió muy pronto. Así que decidí llamarme Samuel Jorge.
Por apellidos se me ocurrió que ya que no conocía a mis verdaderos padres podía escoger apellidos que fuesen comunes en la costa y así de pronto le acertaba cuando menos a uno.
Otra vez consulté al padrecito y este me contestó que siendo francés muy poco sabía de eso, pero de todos modos podía decirme los de personas que él había conocido.
De entre los que me nombró escogí los de Guamán y Quizhpe simplemente porque me sonaron bien, y por ello me llamo Samuel Jorge Guamán Quizhpe.
Los alumnos de aquí me llaman “Samuelito”, y estoy ahí cuando necesitan que les ayude con algo como un candado que no abre o un enchufe que no funciona.
Los profesores en cambio me llaman “Guamán”.
El padre Roland es el único que me llama por mi nombre, aunque a veces lo cambia un poco por razones que no logro entender del todo.
En esos momentos, me llama Sam Jorge. En realidad, me comenzó a llamar así desde el día en que intentaron matarle mientras llegaba a Nuestra Señora.
Recuerdo que estaba regando las plantas del jardín, cerca de la entrada, cuando vi al padrecito Roland correr hacia el colegio como jamás lo había visto correr.
Detrás de él venían varios hombres. Al principio pensé que eran ladrones, pero había algo raro en ellos.
No gritaban ni se insultaban entre sí. Corrían en silencio, todos al mismo paso, con la mirada fija en el padre.
Lo alcanzaron justo cuando bajaba de su escarabajo. Uno le apuntó con un arma, pero esta hizo un sonido seco y no disparó. El padre logró zafarse y corrió hacia mí. Yo agarré la pala con la que estaba trabajando y me lancé contra los hombres.
El primero cayó de un golpe en la cabeza.
El segundo recibió el mango de la pala en el pecho.
Un tercero terminó de espaldas contra el suelo.
Pensé que con eso bastaría, pero apenas di dos pasos hacia el padre oí un ruido detrás de mí.
Los tres ya estaban otra vez de pie. No era solo que se hubieran levantado.
Uno tenía el cuello torcido de una forma que ninguna persona podría soportar y aun así caminaba como si nada.
Otro llevaba la nariz hundida en la cara, pero no sangraba.
El tercero sonreía. Nunca olvidaré esa sonrisa.
No era de rabia ni de dolor. Parecía divertirse .
Volví a golpearlos con todas mis fuerzas.
Los vi caer otra vez. Escuché incluso cómo algo crujía dentro de ellos.
Sin embargo, uno tras otro, comenzaron a incorporarse lentamente.
Era como si el dolor no significara nada.
Cada vez que se levantaban parecían más decididos y más fuertes.
Entonces comprendí que aquellos hombres no eran como los demás.
Éramos demasiados para mí. Poco a poco me fueron rodeando.
Me quitaron la pala y entonces todos me cayeron encima.
Solo me dejaron cuando creyeron que habían terminado conmigo para entonces dedicarse a lo que habían venido, que era matar al padre, quien estaba en el suelo sin poder moverse.
Me interpuse cubriendo al padrecito con mi humanidad, lo que los exasperó.
En eso, el padre recobra la conciencia y se da cuenta de la tunda que me estaban dando.
—Esto es mi culpa —dijo él como delirando—, esos de ahí son demonios y están aquí porque salí sin protección. Ahora vas a morir por protegerme. Eso no debe ser.
—Este es mi deber —le dije mientras la sangre me bañaba el rostro y sentía que la vida se me iba por tanto golpe.
—No morirás —me dijo el curita— porque hoy has probado tu valor ante Dios.
En eso sacó una pequeña cruz de entre sus ropas. Era de humilde apariencia y se notaba que era bastante antigua.
—Toma la cruz —me dijo, a lo que accedí cerrando los ojos, pues pensé que me iba a dar la extrema unción—, y ahora repite conmigo: “En el nombre del Padre… ”
Los golpes iban y venían, pero ya no me importaba porque moría salvando a quien me había salvado.
Le hice caso al padre, y en cuanto dije esas palabras sentí que el cuerpo se me llenaba de un fuego que me quemaba las entrañas sin quemarlas de verdad.
En lugar de sentirme mal, una fuerza extraordinaria me invadió, pero como no entendía lo que estaba pasando, me atemoricé un poco.
—¿Qué es esto que estoy sintiendo? —pregunté.
—No temas, hijo. Es una bendición de Dios.
Después de eso, no puedo recordar nada, sino que estaba en una cama de hospital mientras a mi lado estaba el padrecito cubierto de vendas, mirándome.
—¡Dios sea glorificado! —dijo al verme abrir los ojos— Ya empezaba a preocuparme.
—¿Dónde estamos? Me duele todo el cuerpo.
—Es que fue un ataque terrible.
—Pero, padre… ¿Está usted bien?
—Sí, mi señor, estoy bien. Los siervos del dragón fueron repelidos y no creo que regresen ahora que saben de vuestra presencia. También yo seré más cuidadoso, pero es que me he vuelto viejo, mi señor, San Jorge.
—¿Sam Jorge? ¿Por qué me llama así, padre?
—¿Es que no recuerdas nada?
—Recuerdo a esos malvados que eran imparables. Nunca me he enfrentado a gente tan fuerte y que se vuelve a levantar para recibir más palo.
—Esos eran los sirvientes del Dragón .
—¿El Dragón, padre? ¿Ese es el mafioso de alguna banda?
—Veo que no recuerdas nada de nada.
—Me acuerdo que algo como que me hirvió por adentro. Hasta ahí.
—Debe ser la voluntad de Dios y, si Él así lo ha dispuesto…
—¿Qué fue lo que pasó después?
El padre abrió la boca, la cerró y después habló con acento decidido.
—Bueno, hijo, creo que se dieron cuenta de que no ibas a dejar de protegerme. Sin duda, tuvieron temor. Se fueron, desaparecieron.
Nunca he entendido lo que realmente pasó ese día, ni eso del Dragón, ni lo que me pasó poco antes de perder la consciencia, pero sí tengo claro que esa es una de las pocas veces en que el padrecito me ha llamado Sam Jorge. Ese episodio, por ahora, está en el pasado y el padre ya ni lo menciona.
Cuando salí del hospital, todo volvió a la normalidad.
Regresé a trabajar en los jardines y a dirigir la limpieza y orden del colegio.
El barullo de los chicos del colegio, el trajinar de cada día me distraen y no puedo aburrirme.
Voy también a misa cada domingo y luego me quedo para limpiar la iglesia.
Cuando termino, me siento sobre alguna de las bancas, no para rezar sino para sentir la paz del lugar y pensar en mi padre de los cielos.
Esos momentos de paz, estar en aquel templo, son la gloria para mí .
Lo que es diferente es que ahora estoy más atento en cuanto a la seguridad porque sé que hay fuerzas que desean asesinar a quien es mi padre en este mundo, aunque no me pueda adoptar. La verdad, no entiendo cómo puede haber gente que sea tan mala.
Las razones, creo que no las sabré nunca, así como tampoco quién soy en realidad o lo que pude ser de haber sido querido por mis padres biológicos. Eso no importa ya. Yo ya tengo un lugar en la vida y eso me llena de felicidad.
Soy Samuel Guamán, guardián de Nuestra Señora.