8. La Confesión del Padre Roland
J e m’appelle Roland Pierrefond. Hace muchos años vine al Ecuador asignado por la Santa Madre Iglesia para hacerme cargo de una parroquia que hacía mucho que no tenía sacerdote propio.
Llegué a Guayaquil y fui recibido por un señor ecuatoriano descendiente de franceses, de nombre Jacques La Condamine, quien de algún modo tenía fuertes lazos con los representantes de la iglesia local y era además bastante más viejo que yo, si eso era posible.
En su compañía, fui llevado a la iglesia de la parroquia de la que me haría cargo y la cual resultó ser, para mi sorpresa, una de las más acaudaladas de la ciudad de Guayaquil.
Mi nueva parroquia estaba llena de gente que tan sólo iba a misa, pero no tenía a Dios en sus corazones y aquello se veía en sus acciones.
Eran personas de vida frívola a quienes su dinero les daba la falsa idea de que todo lo podían porque todo lo tenían.
Desde un primer momento me dediqué a erradicar esa falta de amor y lo hice de la única manera que conozco, la cual es luchando, y mi lucha no fue desde un púlpito ni del altar, sino de casa en casa, predicando uno a uno, trayéndoles la buena nueva de nuestro salvador que la conocían sin en realidad conocerla .
Me costó mucho tiempo tocar sus espíritus.
De a poco gané a unos cuantos, no los suficientes, pues sus corazones son duros, pero a los que sí, bueno…
se ve el cambio. Antes eran seres mundanos y ahora buscan la espiritualidad que solo se consigue amando al Señor y a nuestros hermanos.
Por supuesto, incluso con estos pocos aún hay bastante camino que recorrer y no me daré por vencido.
Seguiré mientras Dios me dé fuerzas hasta que estas personas, siempre tentadas por su amor al dinero, algún día amen solo a Dios.
Porque estaba desalentado por mis pobres logros, decidí que para cumplir mejor esta misión debía fundar un lugar donde pudiera educar a los jóvenes, quienes así crecerían con la guía que les faltó a sus padres.
Y me dije: “¡Qué mejor lugar que un colegio!” Así pues, busqué ayuda para mi proyecto y la encontré en Monsieur Jacques La Condamine, quien desde el primer momento se mostró encantado con la idea.
Llegó incluso a ofrecerse para encontrar el financiamiento y hasta el terreno para el colegio.
¡Dios tenga en su gloria a tan distinguida persona!
Fue unos días después, cuando La Condamine me llamó emocionado diciendo que había encontrado el lugar perfecto para la construcción del colegio.
Una hora más tarde, estábamos sobre una colina al este de mi parroquia donde había un terreno inmenso y magnífico, del cual desconocía su existencia, y que tenía tan solo dos construcciones: una casa antigua y una capilla derruida.
Confieso que en un primer momento me mostré reticente, sentimiento que aumentó al enterarme de que tal propiedad había pertenecido a un banquero que había defraudado a mucha gente y ahora estaba fuera del país.
La Condamine había aprovechado la situación y le había hecho una oferta sobre la propiedad, a lo que el banquero había accedido.
Ahora, me la ofrecía como una donación suya a la iglesia.
A ello iba a decir que no cuando entramos a la casa y en eso sentí una inmensa paz y al mismo tiempo una inspiración, una llamada que no puedo explicar, la cual me indicaba que ese era el lugar correcto para mi proyecto.
—Está bien —dije—, acepto su generosa oferta, pero eso sí, sin condicionamientos de ningún tipo.
Aquel gran señor se mostró complacido y, mostrando una pequeña botella de licor que había traído, me dijo esto en nuestro idioma: “Tan sólo le pediré, mi querido padre, que brinde conmigo por el éxito de su propia obra.”
—Bueno —dije—, no tomo, pero con gusto brindaré con usted.
—¡Qué bueno! Espero entonces que tampoco tenga objeción a brindar usando la Copa del Gran Profeta.
La verdad es que jamás en mi vida había oído hablar de la existencia de tal objeto, pero mi anfitrión lo tenía en esos momentos y me lo mostró. Al verlo, mi asombro fue a la par de mi indignación.
—¡No puede ser que me pida tal cosa! —dije mientras me movía para salir de la casa.
—Espere, padre —me dijo La Condamine interponiéndose en mi camino—, se lo suplico. Espere y escuche mi historia y entonces comprenderá .
Dijo aquello con tal vehemencia que decidí escucharlo.
—En el siglo dieciocho, una expedición francesa llegó a Quito para determinar la longitud del metro, y entre esos científicos estaba un ancestro mío, quien además tenía otra misión más importante todavía y al mismo tiempo, secreta.
Trajo desde su lejana patria los restos del más grande profeta de su tiempo para así preservarlos de quienes quisieran dañarlos.
Aquí, en alguna parte de esta ciudad, esos restos están enterrados sin que haya una marca que revele exactamente dónde.
—Pero… ¿por qué en este país?
—El Ecuador está en el centro del mundo y sus montañas, aunque no son las más grandes, están más cerca del firmamento que el mismo Everest. Muchos no lo saben, pero este país está lleno de secretos, algunos fundamentales para el mundo tal cual lo conocemos, y los dueños de esos secretos están aquí en este país precisamente porque aquí pareciera que nunca pasa nada, siendo pues el escondite perfecto.
Piénselo, padre…por algo se sabe que el tesoro de los incas fue enterrado en las montañas de este país y, sin embargo, todavía no ha sido encontrado.
—Pero Guayaquil no está en las montañas —objeté.
—Cierto. Hay una razón más y es a la vez el secreto más grande de la humanidad. Mi ancestro lo sabía porque bebió de la Copa del Gran Profeta que tiene el poder de otorgar a su dueño, si es que este elige beber de ella, el don de la Claridad.
—¿El don de la Claridad ?
—Así es: la capacidad de ver las cosas como realmente son y a las personas por quienes realmente son o llegarán a ser. Mi ancestro obtuvo ese poder y por ello su urgencia de venir acá y preparar todo para lo que pueda pasar.
—¿Para lo que pueda pasar?
—Sí, padre. Algo muy malo que, sin embargo, no sabemos cuándo pasará.
Yo lo he visto y también mis antepasados, quienes bebieron de la copa antes que yo.
He estado esperando todo este tiempo y he sido al mismo tiempo guardián de la copa, pero no tengo descendientes y ya estoy demasiado viejo.
El don que tengo me permitió ver su llegada y su proyecto futuro de construir un colegio, en otras palabras, me indicó quién podía sucederme en esta difícil tarea.
—¿De qué está hablando? Es todo tan…tan descabellado.
—Lo sé, padre, lo sé, pero alguien tiene que hacerlo.
Además, por alguna razón el colegio que usted construirá tiene un papel fundamental en todo esto.
De alguna manera, va a cambiar lo que va a pasar de una manera positiva; de hecho, si no se construye, es probable que el mundo termine muy mal.
Padre, sólo tiene mi palabra, le imploro, beba de la copa y entonces todo será mucho más… claro.
Al decir estas últimas palabras, La Condamine me extendió la copa llena de licor.
La miré y cerré mis ojos. Aún no sé por qué lo hice.
En la vida del hombre siempre hay un momento que nos define, uno que es tan definitivo que ya no hay marcha atrás y ese fue el mío.
Cedí a la tentación y bebí. Al hacerlo, mis lentes cayeron y mi naciente catarata desapareció.
Pero no fue lo único: me llevé las manos a la cabeza porque un torrente de imágenes me invadió, imágenes que no sé de dónde venían pero que llegaban con tal rapidez y número que grité asustado.
Sólo me calmé cuando entendí y pude entonces ver con mis ojos al mundo tal cual era.
—Al beber de la copa —dijo aquel —uno se vuelve su dueño, adquiere el don de la Claridad y todas sus responsabilidades. Antes eran mías y ahora estoy feliz de decirle que son suyas.
Monsieur La Condamine estaba frente a mí y me miraba sin verme, como si su mirada se hubiera apagado para siempre. Lo comprendí al instante: había quedado ciego y, con ello, súbitamente viejo, tan viejo como si el tiempo mismo le hubiera pasado cuentas.
—No tema —me dijo, con voz débil pero firme—. Esta oscuridad no me sorprende: era la claridad la que estaba prestada.
Enseguida aparté la copa y la sostuve para llevarla a su casa. Fue aquella la última vez que lo vi con vida, pues murió dos días después, y los médicos, incapaces de explicarlo, escribieron en el registro que su causa fue la “extrema vejez”.
Puede que La Condamine haya actuado de manera egoísta; quiso tal vez quitarse de encima un peso que era demasiado para él.
Es más que probable que así fuera, pero no lo culpo.
Todo cuanto dijo acerca del don era cierto y ese poder, abrumador como es, es mío ahora.
No quiero imaginar qué habría pasado si hubiese sido dado a otra persona.
Yo soy sólo un siervo de Dios y entiendo lo que debe hacerse y sé también por qué el colegio es tan importante: uno de sus alumnos o alumnas es quien de alguna manera comienza el evento cuya visión tanto atemorizó a la familia La Condamine por tanto tiempo.
Yo he visto lo que puede pasar y sé que uno de mis estudiantes hará algo accidentalmente.
Es inevitable, pero si estamos preparados, si ese mismo estudiante recibe la preparación adecuada y sabe qué hacer cuando se presente la ocasión, entonces tal vez la humanidad reciba una oportunidad más para hacer las cosas de la manera correcta.
Entretanto, he fundado este maravilloso colegio llamado Nuestra Señora.
Aunque suene arrogante y eso puede ser un pecado, me atrevo a decir que es uno de los mejores del país y aquí llegan todos aquellos jóvenes que de algún modo viven en el tormento de lo desconocido, no solo los de esta tierra sino del mundo entero.
Al entrar aquí están protegidos, aquí aprenden y nada les hará daño, pues este templo del saber también es el templo del Altísimo.
Conservo la Copa del Gran Profeta en mi oficina, oculta a la vista de quienes no se supone que deben verla.
No me gusta mucho, pues su naturaleza real abomina, aunque no hay maldad en ella.
Por este objeto, tengo el don de la claridad y sé, por ejemplo, la identidad real del hombre al que La Condamine llamaba el Gran Profeta o la razón que provoca que eventos misteriosos y secretos se den en esta ciudad.
Hay un motivo grande y fortuito a la vez.
Pudo haber pasado aquí o en cualquier otro lugar del mundo, pero la gente de esta ciudad es quien llevará esa carga y si se supiera, entonces todo cambiaría para todos en todo el mundo.
Hay noches en que rezo con vehemencia porque siento que esta carga me abruma y veo al don de la Claridad más como una condena que un regalo.
Sin embargo, al final siempre hallo consuelo en Dios, quien en su infinita misericordia me ha mostrado la otra cara de este destino: ser maestro.
Guiar a estos jóvenes, sembrar en ellos luz y disciplina, es la misión que equilibra el peso del futuro que he visto.
En sus rostros encuentro mi fortaleza, y en su formación, la esperanza de que lo que vendrá no sea destrucción, sino redención.