El Colegio del Fin del Mundo 7.  El Joven Señor de los Espíritus #3
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7.  El Joven Señor de los Espíritus #3

—El tiempo es una constante en la cual lo único cierto es su inconstancia.

Incluso con todas las provisiones que se han tomado, el plan de mi señor puede fallar.

Además, él vio mortandad, catástrofes, a un ser de poder inconmensurable ocupándolo todo y que llevaba a este mundo a una oscuridad eterna.

—Y no pudo ver quién era ese ser ni cómo prevenir su venida.

—Mi señor era solo un hombre. La criatura de su visión está más allá de la percepción humana; su llegada es inevitable.

Me quedé callado y pensé en todo lo que estaba renunciando, en lo que había renunciado, para tomar esta responsabilidad.

Pensé en mi papá, en cómo en vida me dio una existencia plena en la que nada me faltó a pesar de sus secretos, y luego pensé en mi mamá, quien todavía está conmigo.

¿Cuántas de estas revelaciones eran suyas también?

—Te quisiera pedir algo, Adamaris.

—¿Cuál es ?

—Todas estas cosas me han caído de sorpresa. Requiero tiempo para asimilarlas.

—Te dejaré entonces, mi señor. Descansa ahora que yo volveré en cuanto me llames.

Adamaris desapareció silenciosamente y era como si nunca hubiese estado ahí.

Imaginé cuántas veces aquella muchacha había recibido indicaciones de mi antepasado al punto de que sin decirlo directamente ella había entendido mi necesidad de estar solo, una necesidad que nunca había satisfecho del todo.

—¡Ustedes también váyanse y no quiero que regresen a menos que yo lo permita!

—dije entonces y los otros cuatro espíritus que habían rondado por mi casa desde siempre me miraron fijamente como sorprendidos de que les hablase en su lenguaje secreto.

Luego sus rostros tomaron otra vez aquella triste actitud inexpresiva que da la muerte y desaparecieron tal como antes lo había hecho Adamaris.

La desaparición de aquellos espíritus me causó una extraña euforia que se apoderó de mí.

Me levanté del viejo sillón, guardé el libro y me dirigí a mi cuarto.

Por vez primera sabía lo que era estar solo, por primera vez miraba hacia los rincones de mi habitación sin ver cómo aparecía el rostro de un extraño en la pared.

Ese día conocí la soledad de la que tanto hablaban las demás personas.

O tal vez yo soy el único que puede afirmar que ha experimentado una verdadera soledad, pues como ya dije antes, nunca estamos solos.

Hay miríadas de espíritus moviéndose entre los humanos, alternando entre este mundo y el siguiente, que es donde deberían permanecer.

Ellos vienen porque no se acostumbran a la muerte o porque simplemente no quieren olvidar lo que es sentir y, como ya no tienen un cuerpo físico, por eso mismo son incapaces de sentir; esa memoria pronto se desvanece.

Mi euforia pasó pronto mientras me acostaba en mi cama.

Realmente quería descansar a pesar de que aún no terminaba el día, pero es que no todos los días heredas un libro escrito por tus antepasados que además contiene un saber incalculable, ni todos los días te enteras de que eres el crisol de todas las razas del mundo, ni te es dado poder para dar órdenes a los espíritus de los muertos, ni se te anuncia que “un gran mal” va a venir sobre esta tierra.

Además, al día siguiente era el primer día en mi nuevo colegio, el Nuestra Señora.

Todas juntas eran simplemente muchas cosas.

Meditando, me encontró mi madre, quien había entrado a mi habitación extrañada de que demorase tanto cuando sólo me había pedido que le llevase una camisa sucia. Al verme así, creyó que algo me pasaba

—No pasa nada, mamá, es solo que…

—¿Qué es, papito? Dime nomás.

—Quiero dormir, pero me siento solo. ¿Puedes quedarte hasta que me duerma?

—Por supuesto, mi rey. Yo velaré por ti —dijo ella sentándose al lado de mi cama

Cerré mis ojos. Estar con mi madre es como estar con un guardián celestial, pues no necesitas más.

Aun así, no dejé de pensar en el libro sobre el cual decidí que lo guardaría en un mejor lugar.

También pensé en Adamaris y en mi papel en todo aquello.

No podía ser coincidencia que ahora yo pudiese dar órdenes a los espíritus; de ley, ambas cosas debían estar conectadas.

Y además estaban las palabras que me había dicho papá el día de su muerte cuando se me apareció.

Las recordé y recién entonces las comprendí.

—Mamá…

—Dime, tesoro.

—Mi papá

—Está en el cielo ahora

—Es cierto… Es solo que él te seguirá amando incluso más allá de la muerte.

“Dile a tu mamá que la amaré por siempre, más allá de la muerte.

El día de su deceso, habían discutido por un hecho insignificante y mi papá se había ido enojado al trabajo.

Cuando estaba así, su enojo guiaba su forma de manejar y se volvía poco cuidadoso.

Se estrelló contra un árbol y jamás recuperó la consciencia, por lo que nunca pudo hacer las paces con mamá ni despedirse de ella.

Me parecía injusto que él solo se hubiera podido despedir de mí gracias a mi habilidad.

Mi mamá estaba sollozando. Secó sus lágrimas y murmuró en mi oído: “gracias”.   Entonces me abrazó y ambos nos quedamos dormidos ahí hasta que la luz de un nuevo día nos despertó.