El Colegio del Fin del Mundo 7.  El Joven Señor de los Espíritus #2
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7.  El Joven Señor de los Espíritus #2

Para tener poder sobre el otro mundo debíamos tener un representante de este mundo, un individuo en el que las razas humanas estuvieran conjugadas.

En nuestro tiempo, eso no habría sido tan complicado, pero aquellos eran los años de un mundo diferente al nuestro.

En aquel entonces, este continente donde ahora vive nuestra familia aún permanecía aislado del resto; las distancias eran mucho más largas y las naciones vivían en permanente conflicto e incomunicadas.

Ante la dificultad de encontrar a ese individuo ideal, nuestros ancestros decidieron crear el suyo propio.

Debían enriquecer nuestra sangre mezclándola con la sangre de otros.

El proceso de conseguir ese elemento crucial tomó siglos, pues la especie humana es mucho más diversa de lo que comúnmente se piensa.

Nuestros antepasados tuvieron que aceptar el hecho de que la naturaleza no admite ser apresurada y así fue como esperaron con ansia al descendiente que completaría la fórmula.

Tal persona nació en 1479 y, al igual que tú, podía percibir el mundo de los espíritus, aunque por alguna razón ignota no era el recipiente ideal del poder.

Fue una gran decepción cuando su padre vio que, a pesar de todos los esfuerzos hechos durante siglos, su hijo no era el heredero esperado.

¿Qué había fallado? La respuesta que buscaba llegó con Cristóbal Colón, luego de su primer viaje.

Teníamos los conocimientos y el poder genético de las razas del mundo conocido, pero no de aquel allende el mar.

Habíamos estado en la lejana Rusia y habíamos pisado Australia antes de que esta fuera una prisión británica, pero habíamos ignorado esa parte del mundo que hoy conocemos como América.

Hijo mío, nuestros antepasados ya conocían su existencia.

Habían venido aquí con los vikingos, pero no vieron en esta tierra la gloria de los otros imperios.

Esa negligencia les costó. No fue sino hasta 1789 cuando otro de nuestros ancestros llegó a estas tierras por la persona que daría a nuestro linaje ese elemento que le faltaba.

El error de antes fue como haber llegado un poco tarde a esas películas donde cosas importantes pasan desde la primera escena.

Habíamos dado un paso atrás, pues luego del arribo de Colón pueblos enteros se perdieron.

Fue muy difícil recuperar la mayor parte de ese saber y buscar a los descendientes, pero mi ancestro encontró a esa persona ideal.

Era una princesa que haría a nuestra sangre completa porque tenía dentro de sí la herencia de los pueblos amerindios.

Entonces, pasó algo insospechado: la princesa y él se enamoraron y en lugar de culminar la obra de tantos siglos, nuestro ancestro optó por una vida normal.

Verás, hijo, el niño que nació de esa relación debía ser aquel, pero su padre le negó su destino porque amaba a su esposa y sabía que ella sufriría al tener que renunciar a su hijo para servir a los propósitos egoístas de nuestros antepasados.

Así, aquel hombre selló el poder y no sólo lo selló para su hijo sino también para las generaciones venideras.

Cada uno de los que vinimos después nació sellado y créeme cuando te digo que hemos vivido felices.

En mi caso no ha habido felicidad más grande que tenerte.

Tú, mi hijo, naciste sin el sello y, si es como lo sospecho, hay una razón particular para ello.

En un principio no lo quería creer, pero las señales eran obvias.

Mientras crecías, te estudiaba y me daba cuenta de cómo luchabas en silencio con gran valor.

Mi padre, como todos los que nacieron sellados antes que él, me había pedido que escribiese mi juramento aquí de conservar este libro, pero sentí que eso no era suficiente ya que sabía que tú eras el destinado a tener el poder.

Sé que puedes ver otros planos de la realidad, solo eso.

Este libro te dará el poder de controlar a esos seres a voluntad, en otras palabras, serás como su rey.

Es una habilidad que puede ser una bendición o maldición.

Para acceder a ella, sólo debes abrir tu corazón y desear ser responsable de lo que vas a recibir.

Si lo deseas, puedes rechazarla y llevar una vida normal.

No sé qué pasaría entonces al ser tú el último de nuestro linaje y, sin embargo, cualquiera sea tu decisión, estaré orgulloso de ti.

Tu padre, que siempre te adoró.

—¿Desear tener ese poder? ¿Eso es todo? —dije cerrando el libro y mirando al espíritu de la joven sacerdotisa que aún estaba ahí. Sin dejar de sonreír, aquella movió su cabeza afirmativamente.

—Entonces, sí. Claro que lo deseo. ¡Es el legado de mis ancestros!

Cuando dije eso, nada pasó o al menos nada pareció pasar. Me sentí exactamente igual que antes, pero me engañaba: ya era diferente .

—¿Está bien, mi señor? —dijo entonces la joven sacerdotisa.

Y sólo entonces, al comprender sus palabras, fue cuando entendí que la naturaleza del poder conllevaba, entre otras cosas, entender y también hablar el idioma de los muertos.

—Sí…sí…estoy bien. Gracias. ¿Quién eres

—Adamaris. Profetizaba para el dios Apolo, pero mi maestro era Orestes el sabio, uno de tus ancestros.

Mecánicamente devolví el libro al baulito y le eché llave para luego sentarme sobre un viejo sillón que era del tiempo de mis abuelos.

—A más de ayudarme a encontrar el libro… ¿Por qué más estás aquí, Adamaris?

—Hace mucho tiempo, tu ancestro, Orestes, vio venir un gran mal sobre este plano de existencia.

Para él era un futuro lejano, pero no por eso dejó de preocuparse y decidió que en el momento en que eso pasase, si había un descendiente suyo y este había conseguido el poder, sería su misión ayudar a desterrar ese mal.

Obviamente ese descendiente necesitaría una guía y esa soy yo, mi señor.

En eso, me di cuenta de que algo no encajaba,

—Espera… mi papá hablaba de esto como una ambición familiar, no como una herramienta contra el mal y ni siquiera te mencionó a ti.

Adamaris sonrió.

—Vuestro padre sabía lo que tenía que saber —me dijo—.

El que la obtención del poder y un recipiente adecuado se convirtieran en una ambición familiar, el que se equivocasen al soslayar a los pueblos de esta región, el que uno de tus antepasados sellara a sus descendientes, todo eso ya mi señor Orestes lo había previsto.

—¿No hubiera sido más fácil decirles a mis ancestros todo desde un principio

—Mi señor Orestes, no solo podía ver el futuro, sino cualquiera de sus variantes. En verdad, de no haberse dado los eventos de la manera en que se dieron, no habríamos llegado a este punto.

—Entiendo, creo…

De alguna manera, me sentí como si fuera parte de un esquema.

Estos son, en gran parte, procesos que se basan en el engaño y yo sentí eso: que mi padre y todos mis ancestros de algún modo habían sido engañados, o quizás no.

¿Por qué mi padre había escrito que “sospechaba que había una razón” para el hecho de que yo en particular hubiese nacido sin el sello?

—¿Cuál es ese gran mal que mencionaste?

—Uno que no ha sido liberado aún, pero cuando eso pase, el linaje del hombre necesitará a todos cuantos puedan para ayudarle.

—Lo único que puedo hacer es hablar con los espíritus.

—No, tu palabra es nuestra voluntad. Busca en el libro, haz tuya su sabiduría y encontrarás que tu poder va más allá de lo que crees

—Si esto es verdad. Orestes el Sabio ya sabía que aceptaría este poder. Sin duda, conocía quién ganaría si aquel gran mal o las fuerzas que se le van a oponer, ¿verdad?

La chica se llevó una mano al rostro, un gesto tal vez de su época, que parecía implicar asombro o algo más

—No sé si me expliqué bien. Mi señor podía ver el futuro y cualquiera de sus variantes…

—¿Pero no un único futuro?